50 ISLAS

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Las islas, por su condición de “aislamiento”, evocan aventura y exotismo, y son muy apreciadas por los viajeros. Hay incluso clubes de viajeros dedicados exclusivamente a visitar las islas más remotas y variopintas.

He oído hablar de viajeros que aseguran haber visitado más de 1.000 islas. Yo no llego a tantas ni por asomo. Hace poco las conté y, más o menos, he estado en las siguientes islas habitadas:

- Europa: unas 60

- Asia: unas 70

- África: unas 35

- América: unas 80

- Oceanía: unas 105

TOTAL: unas 350 islas habitadas

(Y, además, conozco 5 islas permanentemente habitadas en la Antártida, incluyendo las 3 de TAAF, o Tierras Australes Antárticas Francesas, que son: Kerguelen, Crozet, más Amsterdam junto a la deshabitada Saint-Paul)

No todos los países poseen islas. En España somos afortunados pues, además de las Islas Baleares y las Canarias, contamos con islas diminutas como Chafarinas, Alborán, Peñón de Vélez de Gomera, Alhucemas, Tabarca, Sisargas, Columbretes, Cíes, Perejil…

Entre los 193 países que comprenden las Naciones Unidas, 47 son insulares. En Europa son países insulares Chipre, Irlanda, Islandia, Malta y Reino Unido. Todos los 14 países de Oceanía, desde la enorme Australia a la diminuta Nauru, son también insulares. En el continente asiático, Indonesia la componen unas 17.500 islas (y 6.000 de ellas están habitadas), mientras que Filipinas la forman más de 7.000, casi las mismas que Japón.

Entre los viajeros recalcitrantes existe el convencimiento de que las tres islas habitadas más arduas de visitar (por carecer de aeropuerto) son las llamadas la “Trilogía”: Tristán da Cunha, Tokelau y Pitcairn. Hay una cuarta, poco conocida, que es Agalega, a la que muy pocos viajeros acceden.

Las diez islas más grandes del mundo, son: Groenlandia, Nueva Guinea, Borneo, Madagascar, Baffin, Sumatra, Honshu, Victoria, Gran Bretaña, Ellesmere. Nuestro planeta Tierra tiene una superficie de unos 510.000 kilómetros cuadrados, de los cuales unos 150.000 corresponden a tierra firme, o un 29 por ciento del total. ¿Qué porcentaje de superficie y cuántas islas habitadas están comprendidas en estos 150.000 kilómetros cuadrados? Algún día me entretendré en calcular su superficie y en contar las islas, país por país, incluyendo las islas de la Antártida.

Mientras tanto, aquí abajo describo 50 islas habitadas (10 por continente y sin repetir país) que me han llamado la atención. No son necesariamente las más interesantes ni las más fantásticas. He obviado, por demasiado conocidas, islas tan históricas como Sicilia, Creta, Galápagos, Pascua, o las correspondientes a países, como Cuba, Sri Lanka, o Mauricio; tampoco incluyo las 10 islas más grandes del mundo, ni las tres de la “Trilogía”, ni tampoco si han sido declaradas Patrimonio Mundial por UNESCO, que son muchas, muchísimas. Destaco las que están en un segundo o tercer plano, aunque no por ello son menos raras o curiosas.

La selección no es objetiva; está basada en mis propias experiencias, sólo pretende sugerir, suscitar deseos de ir a conocer las islas que describo. Lamento no conocer más islas, como la espectacular Okinoshima en Japón, las Lofoten en Noruega, o las Trobriand en Papúa Nueva Guinea, pues de haber estado en ellas las habría destacado en este elenco.

Al no repetir países, no he incluido ninguna de las fascinantes islas Marquesas, o alguna del archipiélago de la Salud, que conozco bien, al ya estar el cupo de Francia completo con la isla de Mayotte. De Rusia elegí Iturup, ignorando alguna de las fascinantes islas Solovetsky, o la de Kizhi, o Valaam; mientras que de Reino Unido rechacé Santa Elena y Ascensión al ya tener Lundy. Y descarté la entrañable Formentera, en España, por haber preferido colocar El Hierro.

Y tras todo este rollo “verborreico”, he aquí por fin mis 50 islas escogidas:

 

10 Islas de EUROPA

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1 – Cefalonia (Grecia)


Grecia alberga unas 90 islas habitadas y muchas de ellas son extraordinarias, como la bella Santorini, o las históricas Rodas, Patmos, Samos, Corfú, Creta… pero todas son demasiado conocidas y las cinco últimas son, además, Patrimonios Mundiales, así que me decanté por Cefalonia, una hermosa isla que descubrí por casualidad. Iba camino de Ítaca pero el barco me dejó en Cefalonia y cuando vi esta playa, llamada Myrtos, me asombré tanto por su belleza que decidí pasar en ella un día entero.

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2 – Isquia (Italia)

El “Castello Aragonese” en la isla de Ischia (Isquia) lo visité por dentro. En Nápoles abordé un barco hacia la isla; desde la distancia ya me sedujo el castillo. El rey Alfonso V de Aragón ordenó  en el siglo XV excavar un túnel en la roca de la montaña para acceder al castillo vía terrestre, pues antes sólo era posible por mar.

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3 – Spitsbergen (Noruega)

El poblado ruso de Barentsburg. Fui en una motonieve ya que no hay carretera que conecte ese pueblo con Longyearbyen. Entré en el comedor comunal para relacionarme con los habitantes, unos 1.200, y beber un poco de vodka con ellos; eran rusos y ucranianos, casi todos hombres, y vivían de manera espartana trabajando en la extracción del carbón. Visité la iglesia ortodoxa y me fijé en el busto de Lenin. Antes del anochecer regresé a Longyearbyen.

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4 – Aland (Finlandia) 

En Helsinki abordé un ferry nocturno y alcancé Mariehamn, la capital de las islas Aland, a la mañana siguiente. Pasaría allí un día entero, con su noche. Aunque las islas son administradas por Finlandia, todo el mundo habla sueco, sólo sueco, y el idioma finlandés casi nadie ni siquiera lo entiende, o no lo quiere hablar. Eso sí, usan el euro, al igual que en Finlandia continental.

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5 – Helgoland (Alemania) 

Fui a Helgoland en ferry, desde la ciudad alemana de Cuxhaven. Tenía mucho interés en conocer a fondo esta isla, por lo que pasé en ella tres días con tres noches. Fue inglesa, pero los alemanes la cambiaron en 1890 por posesiones alemanes en África, que pasaron a manos inglesas. Los ingleses, en 1945, intentaron hundirla lanzando sobre ella desde sus aviones militares miles de toneladas de bombas, pero no lo consiguieron. Hoy viajan a ella los alemanes para disfrutar de los precios libres de impuestos de las bebidas alcohólicas. Y hay que aprender alemán, pues nadie quiere hablar ni oírte hablar en inglés (aunque todos lo entienden), una lengua que aborrecen con toda su alma.

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6 –  Streymoy (Dinamarca)

Hubiera querido permanecer en la isla de Streymoy unos cuantos días, pero al final sólo pude escalar en Tórshavn, la capital de las Feroe, donde pasé unas 4 horas, las justas para beber una cerveza local, entrar en la catedral y recorrer el centro buscando casas con techos cubiertos con hierbas, como los que había observado en los países escandinavos. Ello fue debido a que abordé un mes de septiembre el último ferry de la temporada en Bergen (Noruega), con destino Seydisfjordur, en Islandia. De haber interrumpido mi viaje en Streymoy ya no habría podido proseguir a Islandia.

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7 – Lundy (Reino Unido) 

Esta es una isla muy simpática de 5 kilómetros de largo por 1 de ancho llena de aves frailecillos (que allí llaman puffins). La habitan 24 personas, de las cuales 23 te ofrecen alojamiento. Yo no dormí allí a pesar de que podría haberlo hecho en el faro. Había sólo una taberna (llamada Marisco) donde se podía comer, más un supermercado y tienda de  recuerdos donde vendían monedas acuñadas allí a los turistas. También observé una iglesia, pero estaba cerrada. Cuando cayó la tarde regresé en barco a Ilfracombe, en Devon.

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8 – Saaremaa (Estonia) 

Llegué a Kuressaare, la capital de la isla Saaremaa, en un servicio combinado de autobús – ferry – autobús. Lo principal de esa isla era el castillo. Como llegué una media tarde de invierno, ya lo habían cerrado, pero ello no me impidió admirar sus formas. Me alojé en el albergue juvenil y salí a comprar comida. Sobre las 8 de la noche iluminaron el castillo, cosa que ignoraba. Atravesé el puente de madera y llegué a la entrada principal para leer sobre un letrero la historia del sitio. Todo estaba escrito en estonio, pero las autoridades habían tenido la delicadeza de colocar al lado del texto en estonio una traducción al ruso, para que así los extranjeros pudieran entenderlo, lo cual es de agradecer. Por ese letrero aprendí que ese castillo databa del siglo XIV y fue construido por los caballeros teutones.  Por la mañana empleé varias horas en revisitar el sitio, aunque en el interior del castillo no me permitieron acceder al Palacio del Obispo, que era su residencia. Hacia el mediodía regresé en un combinado bus-barco a Tallin. Pero lo mejor de mi visita fue el viaje en barco tipo rompehielos. El sonido del crujido del hielo era emocionante, me sonaba a música, a música viajera.

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9 – Curzola (Croacia)

Hubo un tiempo cuando me interesé por seguir los pasos de los grandes viajeros de la Historia, como Xuanzang, Ibn Batuta, Cabeza de Vaca… visitando los sitios donde ellos habían estado a ver si se me pegaba algo de su bravura. Cuando estudié sobre Marco Polo me enteré en Venecia de que tal vez no hubiera nacido en esa ciudad, sino en la isla de Curzola, o Korcula, en Croacia, lo que motivó que viajara a ella. Y me gustó, la encontré una isla muy acogedora y bella, independientemente de que hubiera nacido allí Marco Polo, algo que los nativos de la isla creen, pues uno de sus edificios se llama Casa de Marco Polo, y le han dedicado su nombre a un hotel. En todo caso mi visita de medio día (no me quedé a dormir) valió la pena.

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10 – Jortytsia (Ucrania)

Caminé desde la ciudad de Zaporizhia (debía haber cogido un autobús) hasta la isla Jortytsia, llegando al atardecer. No obstante me dio tiempo a recorrer la isla, visitando los restos de una fortaleza cosaca, monolitos, un altar neolítico y un museo de historia. La isla es la más grande del río Dniéper y su naturaleza es abundante, con multitud de robles. Me pareció ser el único visitante de la isla durante las dos horas que la recorrí. Cuando comenzó a oscurecer regresé al puerto de Zaporizhia (esta vez en autobús) para abordar un barco a Kiev.

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10 Islas de ASIA

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11 – Fuvahmulah (Maldivas) 

Esta isla fue un hallazgo. Me encontraba en Gan (o Addu), al sur de las Maldivas, esperando un velero (que nunca llegó) para llevarme a las Islas Chagos. Un día entre los días, cansado de esperar, abordé una barcaza hacia Fuvamulah, donde me quedaría un día y una noche. Resultó ser una isla preciosa, de arenas tan blancas que parecían polvos talco, y apenas era visitada por los turistas al carecer de aeropuerto. En Fuvamulah descubrí los vestigios de una estupa llamada Havitta, que databa de los tiempos cuando fue una isla budista. Las gentes eran muy amables y se ofrecieron a mostrarme la isla en moto.

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12 – Joló (Filipinas) 

Joló es una isla que jamás ha sido conquistada, ni por españoles, japoneses o estadounidenses, y ni siquiera hoy por el Gobierno Filipino. Los rebeldes joloanos, los antaño piratas moros, te pueden robar, matar o secuestrar, cosa que suelen hacer sin piedad con los escasos extranjeros que se aventuran a viajar a esa isla. Por ello mi visita a Joló fue de solamente un día y dormí a bordo del barco que me llevó allí. No me paseé más allá del pueblo de Joló, sin internarme por la jungla, y al día siguiente proseguí mi viaje en canoas hasta alcanzar la gran isla de Borneo vía Tawi-Tawi.

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13 – Andamán del Sur (India)

Esta es, sin duda alguna, la isla más fabulosa que he visitado en mi vida.

Andamán son unas islas extraordinarias, dignas de King Kong, montañosas, con bosques repletos de árboles de más de 2.000 años de antigüedad que se perdían en el cielo, con una fauna riquísima donde abundaban los ciervos y los jabalíes a los que se les veía con regularidad cruzando la carretera, y se oían sin cesar cantos raros de pájaros. Con razón las habían bautizado Andamán, derivado de Hanuman, el Rey Mono que ayudó a Rama en el Ramayana.

A las tres horas de viaje, habiendo recorrido unos 70 kilómetros por calzadas sin asfaltar, llegamos con el autobús al embarcadero para tomar el ferry hacia la isla Baratang. Fue cuando sucedió algo mágico para mí: ¡inesperadamente, de entre la jungla, aparecieron unos cuarenta nativos Jarawa! ¡Qué alegría me dio verlos!

Iban todos prácticamente desnudos, mujeres y hombres, salvo unos hierbajos que les cubrían las partes más íntimas. Las mujeres cargaban con una cinta en la frente unos canastos llenos de moluscos y de la fruta de durián.

A mí no me distinguieron como “extranjero”, es decir, como no indio. No hablaban hindi, sólo su lengua local, y para ellos todos éramos extranjeros, sin diferencia de razas, y los niños no van a la escuela sino que se les deja en estado salvaje. No conocen el alcohol, aunque sí la nuez de betel. Algunos me tocaron con curiosidad el vello de mis brazos y la tela de mis pantalones. Varios hombres asían en sus manos arcos y flechas.

Un Jarawa joven que iba completamente desnudo pidió ropa a un indio y éste le ofreció una camiseta. El brioso mancebo no sabía ponérsela; introducía un brazo por la abertura correspondiente al cuello y la cabeza por una manga. Al final, tras varios intentos fallidos, acertó a colocársela, y todos los presentes, Jarawas, indios y yo, nos reímos a carcajadas.

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14 – Iturup (Rusia)

Había obtenido un permiso en la isla de Sajalín para poder visitar el archipiélago de las islas Kuriles, pues es territorio militar. Abordé un barco en la población de Korsakov, al sur de Sajalín. La primera escala fue Urup. Yo deseaba aprovechar el tiempo de carga y descarga para descender y corretear por la isla. Pero no. El barco permanecía en altamar y una balsa traía pasajeros y se llevaba de vuelta a los recién llegados. Por ello descendí en la segunda isla, Iturup, que los japoneses conocen por Etorofu-to. El puerto de Iturup se llamaba Kasatka, pero en tiempos de los japoneses se conocía por Hitokappu y era famoso porque de allí zarparon los barcos de la Flota Imperial Nipona para atacar Pearl Harbor. Uno de los pasajeros me invitó a pasar varios días en su casa, en el interior de una fábrica de caviar rojo. Y acepté. Al cuarto día me marché a pie con destino Kurilsk, adonde llegaría de noche, caminando todo el día entre la nieve y con miedo a que me atacaran osos o lobos, habiendo cruzado toda la isla, desde el Océano Pacífico al Mar de Ojotsk. En Kurilsk causé sensación; policías, soldados y periodistas curiosos venían a verme a diario a la casa de una bondadosa mujer que me dio alojamiento. En total pasé una semana completa en Iturup, isla de la que conservo muy tiernos recuerdos.

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15 – Sangchuan (China)

Mediante un autobús y un barco llegué a tal isla de Sancián, o de San Juan, pero como los chinos pronuncian tan mal el español, San Juan se convirtió en Shangchuan.

Una vez alcanzado el puerto me informé del paradero de la iglesia donde murió san Francisco Javier, y a continuación caminé hacia ella.

Se hallaba a unos 7 kilómetros del puerto. Un arco de la entrada anunciaba en chino y en inglés: “St. Francis Xavier Graveyard”.

Soy un seguidor de san Francisco Javier y he visitado la mayoría de los 22 sitios relacionados con él, como es el Castillo Javier, la isla de Mozambique, las Islas Malucas, Malaca, Ceilán, Socotra, Melinde, y hasta visité su tumba en Goa.

En el siglo XVI los chinos cedieron la isla de Shangchuan a los portugueses, junto al enclave de Macao. Francisco Javier estuvo esperando en esa isla el permiso de las autoridades chinas para poder cruzar al continente Pero los chinos tardaron tanto en contestar que Francisco Javier acabó muriéndose en esa isla un 3 de Diciembre de 1552. Tenía 46 años.

El alcanzar ahora el lugar donde murió san Francisco Javier, era como una culminación a mis viajes anteriores tras sus huellas.

Iba alborozado subiendo los escalones que me conducían a la iglesia, cuando fui interceptado por una señora muy amable. Cuando le dije que era español, como el santo, me enseñó todos los lugares, desde el emplazamiento donde estuvo la tumba hasta que fue trasladada a Goa. los monumentos, las cruces, la iglesia en general, y un pañuelo navarro de color rojo, comprado en Javier, que le había sido regalado el año 2006 por un aventurero español llamado Álvaro de Marichalar.

Me quedé unas 3 horas casi extasiado admirando el lugar. La vista del mar desde lo alto de esa colina era bella.

Regresé regocijado al puerto y hallé un hotel encantador cuya dueña me hizo un precio especial por una habitación con cama de matrimonio. Cené en el restaurante de la planta baja una gran bandeja de pescado fresco, delicioso, acompañado de una cerveza Tsingtao.

Ese día sería el más feliz de mi viaje por China.

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16 – Kish (Irán)

Compré en Dubai un paquete turístico de 3 días con sus 3 noches en un dormitorio compartido de un hotel de la isla de Kish, más el desayuno y el transporte desde el aeropuerto. Lo encontré baratísimo, más que si viajaba por mi cuenta. Mis compañeros de viaje serían todos emigrantes de India, Nepal, Filipinas, Sri Lanka, Bangladesh o Pakistán, que necesitaban ausentarse de los Emiratos Árabes Unidos para regresar a los 3 días con un sello nuevo en su pasaporte.

Kish tiene un status especial en Irán y acepta turistas sin necesidad de visado iraní. Pero desde Kish no se puede viajar a Irán continental sin el correspondiente visado.

Aparte de los emigrantes, sólo vi turistas iraníes, que viajan a esa isla para comprar artículos libres de impuestos, al ser Kish zona de libre comercio. Las mujeres iraníes se tumbaban en las playas y los hombres nadaban hasta alcanzar los arrecifes coralinos.

Pasé tres días gratos paseando por la isla. Cuando tenía mucho calor entraba en el lujoso Darish Grand Hotel para refrescarme. Ese hotel es una maravilla arquitectónica al estar diseñado como Persépolis.

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17 – Langkawi (Malasia) 

Los tres días que pasé en la isla de Langkawi fueron muy placenteros. El segundo día me apunté a una excursión a un lago llamado de la Doncella Preñada donde pululaban multitud de monos ladrones que te robaban comida, la gorra, o incluso las gafas. Lo mejor fue atravesar numerosas islotes rocosos por el camino. En mi barco casi todos eran turistas de la India, de lo cual me alegré pues uno se cansa de verse sólo con turistas europeos, australianos, norteamericanos o japoneses. Trabé mucha mistad con ellos y comimos juntos en una parada que hicimos en una playa idílica.

A media tarde regresamos todos complacidos a la ciudad de Kuah, la capital de la isla.

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18 – Phu Quoc (Vietnam)

Tras un largo día de viaje que inicié en la cálida Phnom Pehn, alcancé a media tarde la isla de Phu Quoc, en Vietnam. Allí tomé una moto y le pedí al conductor que me llevara a los bungalows de Long Beach, donde pronto encontré uno a orillas de la playa. Al oscurecer hallé un restaurante en la playa donde cené marisco, la especialidad culinaria de la isla.

Phu Quoc no es todavía una isla de turismo masivo (o no lo era cuando la visité en el año 2013) pero comenzaba a serlo.

Un día más me quedaría en esa isla visitando los alrededores antes de navegar a Vietnam continental.

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19 – Ko Samet (Tailandia)

Nunca olvidaré mi experiencia en esta isla.

Me hallaba en Bangkok y aún me faltaban cuatro días para mi vuelo de regreso a España ¿Cómo emplear ese tiempo? Ya había estado en Chiang May y realizado una excursión en elefante hasta Chiang Rai, en el Triángulo de Oro. También conocía varios sitios UNESCO de ese país, como Sukhothai y Ayutthaya.

Al final me dejé aconsejar por unos viajeros en la calle de los mochileros, Khao San Road, y me marché a la isla de Koh Samet por hallarse cerca de Bangkok.

Una vez instalado en mi cabaña salí a cenar y en una cafetería nocturna hice amistad con un italiano. Juntos acordamos probar del menú una “tortilla especial” a base de hongos. Era un poco más cara que la tortilla normal, pero queríamos experimentar el sabor de esos hongos por primera vez en la vida. Tras media hora de habernos devorado la tortilla a medias no sentíamos nada especial y nos queríamos quejar al dueño para que nos devolviera el dinero por habernos servido una tortilla normal en vez de una especial. Fue cuando al venir a vernos, comenzamos a reír por cualquier motivo, a carcajadas, y así seguimos al menos una hora, no era posible pararnos, todo nos parecía gracioso.

Al final me fui a mi bungalow a darme una ducha fría y tras ello pronto me quedé dormido. Juré nunca jamás repetir la experiencia.

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20 – Tidore (Indonesia) 

La isla de Ternate la ocuparon los portugueses, mientras que los españoles se instalaron en Tidore. Ambas naciones recogían especias para mandarlas en sus naves a Portugal y España. Tras la muerte de Magallanes en la isla de Mactán (junto a Cebú), los supervivientes, a mando de Elcano, escalaron por un tiempo en Tidore antes de proseguir a Sevilla. Hoy, junto al puerto de Tidore, se exhibe una placa colocada allí en el año 1993 por el capitán del buque escuela Juan Sebastián Elcano.

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10 Islas de ÁFRICA

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21 – Djerba (Túnez)

Djerba es la isla más grande del norte de África. En Jorf abordé un transbordador hasta Ajim, ya en la isla.

Todo un día recorrería Djerba; era una isla muy turística, abundaban sobre todo los visitantes alemanes. Y franceses. Hubo un tiempo cuando los españoles dominaron Djerba, que la conocían como Yerba, o Los Gelves.

Aparte de los hoteles lujosos de los turistas encontré la isla medio desértica. Lo que más me sedujo fue el zoco de su ciudad y puerto principal, Houmt Souk, con sus vestigios de murallas.

Al día siguiente pretendí regresar a Túnez continental por el mismo barco, pero un nativo me dijo que había un puente al sur, en El Kantara, así que cambié de rumbo y abandoné la isla por ese puente para encaminarme a la ciudad troglodita de Matmata.

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22 – Mayotte (Francia)

El pase de la compañía aérea que había comprado hizo que escalara tres días en Mayotte, en mi visita a las islas del Océano Índico. El aeropuerto se halla en la isla de Dzaoudzia, desde donde una barcaza te lleva a la vecina Mayotte, a su capital Mamoudzou.

En Mamoudzou me sentí en Francia desde el primer día. Allá donde hay franceses hay buenos vinos, pastís, quesos y café au lait con deliciosos croissants.

Esos tres días me dieron tiempo para recorrer la isla, a pie y en autostop sin pedirlo, pues los conductores paraban sus coches junto a mí y ofrecían ayudarme.

Lo que más me sorprendió de Mayotte fue encontrarme con lémures en los bosques. Fue algo inesperado. En el pasado había visitado un parque nacional en el sur de la isla de Madagascar donde habitaban familias de lémures, y creí que era el único lugar del mundo donde vivían. Pero no, pues en Mayotte también viven, lo mismo que en otras islas Comoras, debido a que fueron introducidos desde Madagascar.

El cuarto día proseguí mi viaje por las islas del Índico.

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23 – Rodrigues (Mauricio)

 

Tuve que volar desde Mauricio a la isla Rodrigues pues no encontré servicio marítimo. Lo primero que me llamó la atención fueron sus gentes. Así como en la isla de Mauricio sus habitantes profesan mayoritariamente el hinduismo y el islam, y sus gentes proceden de la India, en Rodrigues practican el catolicismo y son criollos, o mezcla de europeos con negros de África, más los inevitables chinos. También vi en Rodrigues habitantes de las islas Chagos, que habían sido expulsados de sus islas por los ingleses.

Las “rodrigueses” hablan una especie de patois que es difícil de entender.

Me alojé en una pensión regentada por un chino, donde me trataron muy bien, y cada día realizaba excursiones, y como coincidí un domingo, fui a la misa matutina en la Cathédrale Sacré-Coeur, en el poblado de San Gabriel, que fue muy colorida y donde se tocó el acordeón durante los servicios. Ir a misa en África es la mejor manera de observar a los locales con sus costumbres y sus vestimentas.

No obstante, lo mejor de mi estancia en Rodrigues fueron las noches que allí pasé, pues en un hotel de categoría superior a mi pensión por sólo consumir una bebida (un pastis, por ejemplo), te permitían quedarte a presenciar una danza de Sega, que reflejaba el dolor de sus creadores, los antiguos habitantes, que los ingleses capturaban en la isla de Madagascar, principalmente, para ser esclavizados.

Cuando los ingleses sorprendían a los esclavos interpretar Sega, los castigaban cruelmente con el látigo.

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24 –  Sainte Marie (Madagascar)

Viajé a la isla de Sainte Marie por recomendación de tres viajeros franceses. Justo un día anterior unos ladrones habían robado y asesinado a un turista español en el mercado central de Antananarivo y me sentí afligido, por lo que deseé un cambio de aires hasta el día de la salida de mi avión, por ello acompañé a los franceses.

Primero viajamos a Toamasina, donde cambiamos de autobús, y finalmente abordamos una barcaza que nos depositó en Sainte Marie.

Desde el momento del desembarco nos convencimos de que habíamos hecho una acertada decisión en ir allí. Los nativos conocen esa isla como Nosy Boraha y su población es de unas 20.000 almas. En siglos pasados, la isla había sido un conocido refugio de piratas, y una de las visitas turísticas es al cementerio de esos piratas.

Nos alojamos en unas cabañas en Ambodifotatra, donde se ubica la iglesia más antigua de todo Madagascar.

Cada día explorábamos la isla, degustábamos el pescado y el marisco, y hacíamos amistades locales. Notamos la presencia de una notable cantidad de turistas franceses, casi todos venidos de la islas de la Reunión y de Mayotte.

Encontramos Sainte Marie un pequeño paraíso, tanto por la naturaleza como por la belleza de las playas y la cordialidad de las gentes. Guardo unos recuerdos muy gratos de esa isla.

El cuarto día me separé de los franceses y regresé a Antananarivo para volar con destino a Etiopía.

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25 – Desroches (Seychelles) 

Me siento avergonzado cada vez que recuerdo que pagué 700 euros por una noche en un bungalow en esta isla. Ha sido el precio más caro que he pagado jamás por una noche de hotel en mi vida. Pero fue la única manera de penetrar en la isla Desroches del archipiélago Amirante. En la isla hay una parte donde trabajan obreros venidos de la India para la recolección del coco. Y en la otra parte está el hotel de lujo, que sólo lleva en su avioneta (desde Victoria en la isla de Mahé) a la isla de Desroches a clientes para pernoctar. Eso sí, desayuné 3 veces bebiéndome una botella entera de champagne francés, y comí langostas hasta no poder más, para, de este modo, resarcirme en parte de la exagerada cantidad de dinero que tuve que pagar.

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26 – Santo Tomé (Santo Tomé y Príncipe)

En Luanda (Angola) había reservado una plaza en un barco con destino a la isla de Santo Tomé, vía el enclave angoleño de Cabinda. Pero una semana antes de embarcarme hubo un golpe de estado en Santo Tomé y Príncipe por lo que la salida se canceló. Tuve que comprar un billete de avión Luanda – Santo Tomé. Al facturar en el aeropuerto ayudé a unos monaguillos con paquetes conteniendo biblias para evitar que pagaran extra peso. En agradecimiento, al aterrizar en Santo Tomé el obispo, que estaba esperando esas biblias, me invitó a vivir en su parroquia la semana que debía estar en esa isla antes de proseguir mi viaje por otros países de África.

El obispo y un párroco, ambos portugueses, me invitaban a acompañarles a las misas en diferentes puntos de la isla, adonde me llevaban en el coche parroquial. Yo les ayudaba cargando biblias.

Conocí los poblados más alejados de la parte oriental de Santo Tomé. La carretera no circunvala la isla en su totalidad.

Nunca he visto gente más feliz con tan pocos medios económicos como los nativos de Santo Tomé. Todos sonreían a pesar de sus condiciones espartanas de existencia.

Tan gozoso me sentí en Santo Tomé que no pensé siquiera en viajar a la vecina isla de Príncipe.

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27 – Gran Comora (Comoras)

Llegué temprano al aeropuerto de la isla Gran Comora. Como me informaron de que la población de Moroni estaba unos 15 kilómetros de distancia, me fui caminando siguiendo la carretera de la costa, lo que me tomó poco más de 2 horas. A mi izquierda tenía la constante visión del volcán Karthala.

Moroni era una población grata, con callejones estrechos, cafeterías morunas y gentes vestida con chilabas, pero deseaba ver otra población, así que proseguí mi viaje, esta vez en taxi compartido, hasta Chomoni, al este de la isla, pues me habían dicho que esa población era muy pintoresca, sus gentes muy gentiles y las arenas de sus playas eran blancas.

Aunque los nativos hablaban entre ellos el comoriano, o una especie de swahili, todos comprendían asimismo el francés y el árabe.

Cada poblado tiene una personalidad definida en Gran Comora, pues en el pasado en esa pequeña isla llegaron a coexistir más de 12 sultanatos independientes.

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28 –  Sal (Cabo Verde)

Me precipité al volar desde Praia (en la isla de Santiago) a la isla de Sal, desde donde tenía que volar a Lisboa una semana más tarde. Creí que Sal sería más excitante, pero me equivoqué. Debía haber esperado más días en Santiago.

En Sal no había ciudades históricas como en Santiago (donde Cidade Velha es Patrimonio Mundial), y los productos los encontré más caros debido al turismo masivo, sobre todo proveniente de Italia y España.

En Sal me aburría en extremo; no soy una persona de sol, mar y playa, prefiero las montañas y las caminatas. Echaba de menos Praia, ciudad ligeramente más excitante, donde cada noche me sentaba en la terraza de un bar a beberme una cerveza Sagres y comerme unos cacahuetes a precios de ganga.

El tercer día no lo resistí más y preferí pagar una multa de 100 dólares americanos por cambiar la fecha de vuelo, cosa que hacía por primera vez en mi vida. Pocas horas después volaba desde Sal a Lisboa.

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29 –  Dek (Etiopía)

Fue una gran aventura alcanzar la isla Dek por primera vez en el año 1993, pues estaba prohibido a los extranjeros visitar las islas del lago Tana, y por más que probé en Bahir Dar, siempre rechazaban aceptarme en los barcos. Sin embargo lo conseguí. Volvería más veces a Dek en años posteriores, cuando ya se había anulado la restricción. Pero la primera visita del 1993 fue la que más me impactó. Tuve que rodear el lago, primero visité Gorgora, donde el madrileño Pedro Páez construyó un palacio (hoy desaparecido) en el siglo XVII. Me quedé a dormir y por la mañana zarpé en una gabarra junto a 400 nativos hasta Kunzula, atravesando diversas islas donde se observaban monasterios y haciendo una escala en Delgi. Al día siguiente proseguimos el viaje y la barcaza hizo una escala de 3 horas en la isla Dek antes de proseguir a Bahir Dar, tiempo suficiente para correr al monasterio Narga Selassie y conversar con los monjes a la vez que me enseñaban los tesoros y frescos que custodiaba ese cenobio.

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30 – El Hierro (España)

Tuve una estancia muy dichosa en El Hierro, la isla habitada más meridional, occidental y pequeña de las 7 islas principales del archipiélago canario. Además, me alojé en el considerado hotel más pequeño del mundo, con capacidad para sólo 4 habitaciones.

Uno suele juzgar su estancia en un lugar por su belleza y por la amabilidad de sus gentes, y en ambos casos mi experiencia en El Hierro se lleva una puntuación máxima.

A apenas 200 metros del hotel frecuentaba cada noche un bar donde pedía una copa de vino local, a la vez que escuchaba cómo los nativos interpretaban música canaria.

Los trekkings por la isla son fáciles, como el que realicé dos veces hasta el poblado de La Frontera siguiendo un sendero marcado por tablas de madera.

El cuarto día de mi estancia en El Hierro abordé un ferry hasta la isla vecina de La Gomera.

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10 Islas de AMÉRICA

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31 – Juan Fernández (Chile)

No es fácil viajar a las llamadas Islas de Robinson Crusoe, a 670 kilómetros de distancia de Chile continental. No encontré servicio marítimo dese Valparaíso y hube de volar en una avioneta de miniatura desde un aeropuerto de segunda clase en las afueras de Santiago de Chile. La avioneta nos dejó sobre una meseta. De allí descendimos a pie durante 40 minutos al puerto y una lancha nos depositó, tras una hora de navegación, en la aldea de San Juan Bautista, la capital del archipiélago. Durante la travesía vimos numerosas focas, que al principio nos seguían.

Me alojé en unos bungalows con un color diferente cada uno a orillas de la playa, donde su dueña, la buena señora María Eugenia, me alimentó con lasañas de langosta durante toda mi estancia en una cabaña llamada Anna Pink. Uno nunca sabe los días que permanecerá allí, pues depende del capricho del tiempo. A veces el avión no regresa a recogerte en tres semanas. Yo esperé el avión de vuelta tres días.

La mejor actividad a realizar en esas islas, aparte de bucear, es ascender a los picos, desde donde se obtienen unas vistas que te cortan la respiración.

Mi lugar favorito era el escondrijo del pirata escocés Alejandro Selkirk, allá en lo alto de la isla, en un lugar estratégico dominando ambas orillas de la isla, observando el paso de navíos. Si era español se escondía, pero si era una nave de piratas ingleses luciendo una bandera con una calavera y dos tibias, hacía señales para que le rescataran, como así sucedió, según afirma una placa colocada en ese sitio.

San Juan Bautista era un pueblo de apenas 500 habitantes. En la entrada de la Biblioteca se erguía un Moai original, traído especialmente de la Isla de Pascua. La naturaleza era otro de los atractivos de esas islas. Uno se llegaba a olvidar de la vida en una ciudad; el tiempo pasaba sin darte cuenta de lo bien que uno se sentía. El paraíso debió ser algo parecido a vivir en las Islas de Juan Fernández.

El cuarto día oí los rugidos del motor de una avioneta y me llevaron en lancha al aeropuerto para volar de regreso a Santiago de Chile. No estaba contento; hubiera deseado que el avión regresara una semana más tarde.

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32 – Baranof (Estados Unidos de América)

Viajé a Sitka, la capital de la isla de Baranof, por su historia relacionada con Rusia. Alaska fue vendida en 1867 a los estadounidenses por poco más de 7 millones de dólares. Hoy se diría que fue una ganga, pero el emperador Alejandro II en esos tiempos necesitaba con urgencia dinero para afianzar la posición de Rusia en Asia Central. Los rusos evangelizaron a los habitantes y tradujeron la Biblia a la lengua aleutiana, por ello hoy en toda Alaska los nativos profesan el cristianismo ortodoxo.

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33 – Saba (Holanda)

No pretendía explorar la isla de Saba en profundidad. Me contenté con conocerla superficialmente y realizar un trekking a la cima más alta del Reino de los Países Bajos: el Monte Scenery, de 888 metros, que es un volcán potencialmente activo.

El aterrizaje en el aeropuerto de la isla me cortó la respiración. La pista es tan corta que temí que el avión cayera al agua.

Desde allí caminé hasta la primera población, The Bottom, la capital de la isla. Fue fundada sobre un cráter. Los amables conductores paraban sus coches junto a mí y se ofrecían a llevarme, pero yo declinaba con gentileza, ya que deseaba sentir la isla bajo mis pies. En The Bottom visité un museo más las tres iglesias de diferentes denominaciones.

Entré la Oficina de Turismo, donde me proveí de mapas gratuitos de la isla, y emprendí un corto pero agradable trekking que me tomó menos de dos horas a través de una naturaleza exuberante, hasta el pico Scenery. El sendero estaba muy bien señalizado; era imposible extraviarse por entre la maleza. Desde la cima, la vista era espectacular.

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34 – Maíz (Nicaragua)

Viajé a la isla del Maíz en barco, desde Bluefields. Era el año 1984, Daniel Ortega era el presidente de un país comunista. Me dejaron entrar en esa isla de milagro por haberme declarado un internacionalista.

Pasé una semana idílica en esa isla y cada día comía langostas. Por las noches bailaba con las nativas en una sala de fiesta. Me gastaba 1 dólar americano al día, todo incluido, alojamiento en una cabaña junto al mar y comidas. No había turismo, sólo algunos extranjeros internacionalistas se habían aventurado a visitar esa isla conmigo en una travesía horrible  a bordo de un cascarón, donde todos acabaron vomitando.

Hoy (siglo XXI) ya no es igual. Hoy la isla del Maíz está plagada de turistas que llegan en vuelos internacionales, y los precios se han disparado.

Tuve experiencias irrepetibles en la Nicaragua sandinista, como también las tuve en la desaparecida URSS, en Berlín Oeste con su famoso checkpoint Charlie, en la Yugoslavia de Tito, en la España de Franco…

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35 – Vancouver (Canadá)

El barco proveniente de Prince Rupert (Columbia Británica) escaló a las 9 de la noche en un puerto del norte de la isla de Vancouver (isla descubierta para el mundo occidental por el español, nacido en Lima, Juan Francisco de la Bodega y Quadra), y una hora más tarde proseguiría la navegación hasta la ciudad de Victoria, la capital de la isla de Vancouver. Diversos taxis estaban esperando a los pasajeros para transportarlos a la vecina ciudad de Port Hardy, a unos 12 kilómetros de distancia.

Como yo no estaba dispuesto a pagar el alto precio del taxi, me marché a pie; no me importaba llegar a Port Hardy a medianoche.

Tras una hora de caminar en la oscuridad, un coche paró a mi lado y una señora de su interior, exclamó asustada:

- ¡Estás loco! Esta parte de la isla está habitada por grizzlies. Sube con nosotros, que te dejaremos en la ciudad.

Y me llevaron a Port Hardy.

El grizzly (ursus horribilis) es un oso gris gigantesco, muy peligroso cuando tiene hambre, pues suele atacar a las personas.

Curiosamente, los canadienses que me ayudaron, a juzgar por sus rasgos, pertenecían a los indígenas precolombinos, no a los emigrantes provenientes de Europa.

Al día siguiente pude continuar mi viaje por la isla de Vancouver con una escala de dos días en Tofino (donde me esperaba un amigo estadounidense). Una vez en Victoria crucé en barco a la ciudad de Vancouver.

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36 – San Blas (Panamá)

Hasta finales del siglo XX se podía cruzar la Jungla del Darién a pie, con ayuda de un machete, pidiendo ayuda a los nativos y a los indios Kuna de las aldeas para alquilar canoas, o como guías. Pero en el año 2008 no pude atravesar en su totalidad esa jungla, era demasiado arriesgado.

Hoy los turistas vuelan desde Bogotá a Panamá, o bien abordan un barco desde Cartagena de Indias a las islas de San Blas, y de allí toman un avión a la ciudad de Panamá.

Yo no quería volar. Contacté a los indios Kuna en la ciudad de Panamá y esperé a que llenaran una furgoneta hasta la costa y allí navegué con ellos hasta la primera isla, Máquina. Hice amistad con un nativo que era pastor protestante, el reverendo André, y yo le hacía de ayudante, casi de monaguillo, durante los siete días que recorrimos en su lancha varias islas, parando en Porvenir, Narganá, Corazón de Jesús y Tubualá. A la vez que se ocupaba del proselitismo a los indios Kuna, Andrés vendía artilugios baratos que había comprado a los chinos en la ciudad de Panamá.

Nos despedimos en Puerto Obaldía; de allí seguí por tierra por un fragmento de la Jungla del Darién a Capurganá, donde me estamparon el sello de entrada en el pasaporte sin preguntarme sobre el billete de salida de Colombia. Luego continué a Turbo, y un día más tarde llegué en autobuses a mi querida Cartagena de Indias, la ciudad colonial más bella de toda América.

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37 – Mujeres (México)

Iba viajando por México con una compañera canadiense. En el Yucatán teníamos dos opciones de visitas isleñas: Cozumel, o Isla Mujeres. Preguntando a los nativos averiguamos que Cozumel era una isla para turistas ricos, mientras que Isla Mujeres era más adecuada para mochileros, así que escogimos Isla Mujeres.

Abordamos un ferry desde Cancún y nos instalamos en un camping de hamacas, desde donde hacíamos excursiones y disfrutábamos de la belleza del lugar y de las playas.

Lo mejor del día eran las puestas de sol y los acantilados justo al extremo sur de la isla, donde se ubicaba el templo de Ixchel, la diosa de la fertilidad, adonde las niñas mayas debían peregrinar para devenir mujeres.

Tras Isla Mujeres viajamos a la antigua ciudad maya de Tulum.

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38 – Mustique (San Vicente y las Granadinas)

Mustique es la isla más elitista del Caribe. Llegué a ella en un ferry desde Kingston, la capital de San Vicente y las Granadinas. Allí solamente vivían millonarios. Algunos artistas de cine (como Johnny Depp), diseñadores de moda (como Tommy Hilfiger), o incluso músicos (como Mick Jagger), habían comprado una mansión que únicamente visitaban una vez al año. Todo era lujo, la isla estaba limpia y no encontré a ningún vagabundo o rastafari, pues no son aceptados en Mustique. Todos edificios son palaciegos, incluso el del supermercado y el de la escuela. A orillas de la playa se hallaba el famoso bar Basil, decorado con tótems tallados con caras humanas y bellas balaustradas de madera, donde los precios de las bebidas constaban de dos cifras, aunque fuera un café o un vaso de agua.

Pregunté por curiosidad los precios de alquiler de los apartamentos más baratos, y me informaron que rondan entre los 15.000 y los 40.000 dólares americanos por una semana.

Durante todo ese día recorrí la isla a pie. No es grande; tiene una longitud de 5 kilómetros y una anchura de 1 kilómetro. Vi un santuario de pájaros y grandes tortugas que se paseaban indolentemente por el follaje sin que nadie las importunara. De vez en cuando circulaban por la carretera coches pequeños, tipo a los que usan los golfistas. Todo el mundo me saludaba y me sonreía con cortesía, hasta los jardineros. Tenía la sensación de estar visitando un mundo Barbie.

Al caer la noche me quedé a dormir dentro de una barca de pescadores y al amanecer tomé el ferry de regreso a Kingston.

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39 – Soledad (Argentina)

El soldado argentino Jacinto Eliseo Batista conduce a las mazmorras a los prisioneros ingleses en las islas Malvinas (que los ingleses conocen como Falkland), en el año 1982.

Pasé siete días en la isla Soledad, pues la frecuencia de vuelos desde la ciudad chilena de Punta Arenas a Puerto Argentino (que los ingleses conocen como Stanley) era semanal. Fueron muchos días pues no hay gran cosa que ver en las Malvinas; además, muchos sitios estaban cerrados al público por contener minas antipersona sin desactivar desde los tiempos de la guerra entre Argentina y Reino Unido. Tuve tiempo de hacer amistad con los habitantes, muchos de ellos extranjeros de Rusia y de España que trabajaban como pescadores y se reunían cada día en el Club de los Marineros para beber ron y jugar al ajedrez.

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40 – Roatán (Honduras)

De las tres islas principales que componen el archipiélago de Islas de la Bahía elegí visitar durante tres días la más grande, Roatán.

Desde Comayagüela, cerca de Tegucigalpa, donde había pasado la noche anterior, viajé en autobús a La Ceiba, donde abordé un ferry a la isla de Roatán, y una vez allí tomé un autobús hasta la capital Coxen Hole, instalándome en una simpática pensión regentada por un viajero inglés que se enamoró de una nativa hondureña y decidió allí quedarse para el resto de su vida, abandonando los viajes para siempre.

Mucha gente en Roatán era de origen africano mezclado con los nativos caribeños de la isla de San Vicente (San Vicente y las Granadinas), conocidos como “garífunas”, y hablaban, además del español, también el idioma inglés. Habían sido esclavizados por los ingleses y llevados a esas islas para recoger caña de azúcar.

Cada día realizaba una excursión diferente para bien explorar la isla. Justo coincidí un 15 de septiembre, cuando era la fiesta nacional hondureña; ese mismo día del año 1821 Honduras se independizó de España. Hubo desfiles con música y bailes, jolgorio generalizado e ingestión de botellas de ron sin coerción.

El cuarto día regresé en barco a Honduras continental y proseguí mi viaje por Centroamérica.

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10 Islas de OCEANÍA

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41 – Bougainville (Papúa Nueva Guinea)

Se puede llegar desde España hasta las Islas Salomón sin coger un avión, vía la isla de Bougainville. Por ejemplo: trenes o autobuses desde Hospitalet de Llobregat (España) a Moscú (Rusia), tren transiberiano hasta Irkutsk y cambio en el tren transmongoliano hasta Beijing vía Ulán Bator, más trenes hasta Vietnam, autobuses hasta Bangkok, luego Malasia y Singapur, para usar barcos a la isla de Java y de allí a Jayapura, aún en Indonesia, para cruzar en motos a Vanimo en Papúa Nueva Guinea y proseguir usando camiones, autobuses, barcos y jeeps hasta la población de Buin, en la isla de Bougainville. Y un día más tarde entrar por lancha en las Islas Salomón hasta alcanzar la isla de Gizo.

Yo hice la parte final de este viaje en mi segundo viaje a Bougainville en el año 2015 (el primero fue en 1991). Esta segunda visita a Bougainville duraría tres días. Lo mejor de esta isla tan exótica son sus gentes y sus mercados.

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42 – Babeldaob (Palau)

En la isla de Babeldaob fui testigo de una de las ceremonias más raras que he presenciado en mi vida, la practicada por los adeptos de la religión Modekngei.

Me hallaba dando la vuelta a la isla, a pie, en autostop y hasta en barcostop. El tercer día alcancé el poblado de Ibobang. Pronto oscurecería así que busqué al jefe del poblado y, tras las zalemas a su persona, le pregunté si podría quedarme a dormir en el abai, casa tradicional para los huéspedes.

Él me dio su permiso pero me avisó de que a las 6 de la mañana se practicaría allí una ceremonia de su religión Modekngei, pues uno de los nativos del poblado estaba aquejado de un mal de estómago y la sacerdotisa le iba  a pedir a los espíritus un remedio para curarlo.

A las 6 ya estaba listo para presenciar esa ceremonia. Llenaron el abai unas 50 personas. La sacerdotisa debía tener unos 45 años. Comenzaron por meditar con los ojos cerrados frente a un tapiz donde estaba representado Jesucristo y el fundador de esa religión en el año 1915, mezclando cristianismo con creencias nativas antiguas. Tras la meditación la sacerdotisa comenzó a sisear imitando a una serpiente, animal que los adeptos de esa religión adoran. Esa era la manera de comunicarse con el espíritu. La sacerdotisa pronto comenzó a hacer gestos como si estuviera poseída. Al acabar llamó al enfermo y le aconsejó que recogiera por la selva las plantas medicinales que supuestamente le había comunicado el espíritu de la serpiente.

Me quedé a desayunar con los feligreses, tras lo cual agradecí al jefe del poblado y a la sacerdotisa su hospitalidad, y proseguí mi viaje rodeando a pie la isla de Babeldaob, lo que todavía me llevaría dos días más.

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43 – Savai’i (Samoa)

Tomé en Apia un barco hacia la vecina isla de Savai’i. Mi intención era conocer el famoso montículo de Pulemelei, una especie de pirámide inacabada, que constituye el vestigio arqueológico más grande de la Polinesia.

Preguntaba a los indígenas pero nadie parecía conocer el paradero de ese montículo. Al final alguien me indicó que me dirigiera a la plantación Letolo. Una vez en ella la recorrí en buena parte, pero no conseguía hallarla.

Entonces acertó a pasar por esa plantación un hombre de aspecto circunspecto montado a caballo y me señaló su localización, llevándome en su grupa a ella. Como el montículo estaba cubierto por la maleza no me había fijado en él. Subí a la parte alta. Mide 65 x 60 metros por 12 de altura. Sus lados están orientados a los cuatro puntos cardinales.

El hombre, al ver mi interés por el montículo, me invitó a ser su huésped por un día en su mansión, y yo acepté. Era el dueño de la plantación Letolo.

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44 – Thursday (Australia)

Pasé dos días con sus dos noches en las islas del Estrecho de Torres (una en Thursday y la otra en Horn). Tanto en sus museos como incluso por la calle, se recuerda que Luis Váez de Torres (se duda si fue español, o tal vez portugués al servicio de España) descubrió para el mundo occidental ese estrecho y esas islas en el año 1606.

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45 – Poporang (Salomón)

Esperé 6 días en la isla de Poporang un barco hacia la isla de Gizo. En esa semana hice muchas amistades locales y exploré bien la isla, que alberga en la maleza muchas armas dejadas por los soldados japoneses en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

Mis dos amigos eran salomoneses, pero el de la derecha provenía de la isla de Bougainville, donde vive la gente de color de piel más negra del planeta, más que en el Congo; por la noche se convierten en invisibles.

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46 – Kiritimati (Kiribati)

Me hallaba en Fiji cuando se me ocurrió conocer Kiritimati, el atolón más grande del mundo.

Había un vuelo semanal que salía de Nadi, escalaba en Kiritimiti y después continuaba hasta Honolulu, destino final. Tras unas pocas horas regresaba a Kiritimati y a continuación volaba de vuelta a Fiji.

Tenía dos opciones: la primera era descender en Kiritimati, visitar durante 14 horas el atolón y luego regresar a Nadi en el vuelo de vuelta de Honolulu del mismo avión. La segunda hubiera sido quedarme en Kiritimati hasta el siguiente vuelo semanal, ocho días más tarde.

Me decidí por la primera opción; ocho días me parecieron muchos.

Como no había transporte regular desde el aeropuerto a la ciudad principal, llamada London, caminé al mismo tiempo que hacía autostop y pronto un camión paró y me llevó hasta London.

Allí vi lo típico de un poblado que no llega a los 2.000 habitantes: niños uniformados que iban a la escuela, la iglesia (la encontré cerrada), los pescadores faenando en el puerto, los edificios gubernamentales, y poco más.

Como aún me quedaban 12 horas de tiempo resolví regresar al aeropuerto caminando, deteniéndome en las aldeas del camino para así relacionarme con los nativos, a los cuales encontré secando pescado, colectando copra, matando un cerdo para devorarlo acto seguido, o preparando una bebida alcohólica a base de coco.

Todavía me sobraron dos horas, que empleé en tomarme una cerveza en un hotel cercano al aeropuerto.

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47 – Vava’u (Tonga)

Viajé a la isla de Vava’u para rendir mis respetos al navegante gallego Francisco Antonio Mourelle de la Rúa, que fue el primer europeo en escalar en esas islas de Tonga a finales del siglo XVIII. Fue muy bien recibido por los indígenas. Hoy se yergue un monumento en el puerto dedicado a esa visita.

Tras esa visita de Morelle, la Expedición Malaspina también escaló en Vava’u pocos años después.

Mi vuelo de regreso a la isla de Tongatapu lo tenía programado para tres días más tarde, precisamente el día siguiente de mi cumpleaños.

¿Dónde me quedaría a dormir? A unos pocos metros del monumento noté un albergue de mochileros, pero estaba cerrado por las fiestas navideñas. Fue cuando un isleño me aconsejó dirigirme a un bar español, llamado The Basque Tavern, pues además de ser bar y restaurante ofrecían servicio de hotel, y a precios asequibles para mi bolsillo.

Caminé unos pocos metros y enseguida lo encontré. Servían paellas, tapas, sangrías, y las noches deleitaban a los clientes interpretando con una guitarra música de flamenco. Así que allí me instalé haciendo amistad con los propietarios, un padre y un hijo de San Sebastián. El hijo se había casado con una joven tongoleña y era padre de varios hijos; todos hablaban el español.

Íñigo y Papu habían llegado a la isla de Vava’u en un velero en los años 80 (del siglo XX).

Pasé mi cumpleaños en compañía de Papu bebiendo cervezas locales sin coerción.

Me fascinó Vava’u, mucho más que la isla de Tongatapu. Vava’u, como me aseguraba Papu, era una auténtica isla de los Mares del Sur. Allí los indígenas vestían con su tradicional tapa, o un tejido de corteza vegetal, incluso los bebés de pecho, y todos observaban a rajatabla las tradiciones ancestrales de sus antepasados de la Polinesia.

El cuarto día volé de regreso a Tongatapu.

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48 – Chatham (Nueva Zelanda)

En la isla de Chatham aprendería sobre la trágica historia de los Moriori, cosa que me haría reflexionar sobre la naturaleza humana.

Volé en un pequeño avión construido el año 1953, desde la ciudad de Christchurch, en la isla sur de Nueva Zelanda, hasta la isla Chatham. Y una vez allí caminé hasta el poblado principal, llamado Waitangi.

Tres días tal vez fueron muchos para tan pequeña isla, pero era lo mínimo que debía esperar en Chatham hasta que saliera mi próximo vuelo con destino Auckland.

Recorría la isla a pie, aunque a veces los nativos paraban sus coches ofreciéndome llevarme, sin yo solicitarlo.

La visita que más me impresionó fue la que realicé a un centro cultural y religioso llamado Kopinga Marae. En su interior me atendió un nativo de la etnia Moriori, que me explicó la historia de su raza.

Por él aprendí que los Moriori son polinesios que vivían felices en las islas Chatham, practicando el pacifismo, hasta que llegaron los Maoríes y los esclavizaron. Los mantenían encerrados, como hoy las gentes de campo tienen en sus corrales a animales como gallinas, cerdos, ovejas o toros, y comérselos cuando tienen hambre.

Los Maoríes eran caníbales y casi acabaron con todos ellos. Hoy, los descendientes de los supervivientes Moriori que se escaparon, reivindican su carácter pacífico, por lo que ese centro cultural y religioso muestra a los visitantes sus costumbres, creencias y lengua.

El cuarto día abandoné la isla de Chatham ligeramente afligido por haber conocido esta historia de los Moriori.

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49 – Funafuti (Tuvalu)

Vanuatu es el país menos visitado de Oceanía. Durante los tres días que pasé allí no vi ningún viajero, sólo algunos norteamericanos destinados como Peace Corps, más los inevitables mormones de Utah tratando de convertir a los nativos a su fe.

Mi hostal estaba regentado por un antiguo cura alemán que al enamorarse de una joven nativa colgó los hábitos y abrió su negocio para ayudar a los viajeros modestos, pues era el lugar más económico para dormir, aunque quedaba un poco lejos del aeropuerto, al final del atolón.

Durante los tres días que pasé en Funafuti me relacioné con los nativos y una noche me invitaron a un festín donde creo que participó toda la isla. A juzgar por las barracas espartanas donde vivía la gente, encontré Tuvalu un país más pobre que sus vecinos Fiji, Samoa o Tonga.

Muchos indígenas iban tatuados, caminaban descalzos y se vestían con un pareo. Todos eran amables y me sonreían al pasar.

El momento más importante del día era cuando llegaba el único vuelo al atolón. Todos, o casi todos los indígenas, se reunían para ver salir del avión a los pasajeros.

El cuarto día tomé un avión de regreso a Fiji.

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50 – Espíritu Santo (Vanuatu)

Viajé a la isla de Espíritu Santo para buscar un monumento dedicado al portugués Pedro Fernández de Quirós, quien, al servicio de España, escaló en esta isla donde quiso fundar una colonia de españoles.

Sabía que al norte de esa isla, en una gran bahía (Big Bay), se erguía un busto dedicado a Quirós. Resolví viajar allí desde Luganville, la capital de la isla Espíritu Santo, en autostop, pues al ser domingo no había servicio de autobuses. Una familia me recogió en la carretera y me llevó hasta un cruce a varias decenas de kilómetros de distancia. Tras ello caminé durante dos horas, hasta Matantas, en la Gran Bahía. Allí, un jefe de poblado muy ávido por el dinero me exigía una cantidad de dinero ridículamente alta por mostrarme el busto de Quirós. Me desembaracé de él y traté de encontrarlo por mi cuenta. Al rato alcancé el otro lado del poblado y allí conocí a su segundo jefe, el bondadoso señor Moisés junto a su esposa y su hijo, cuyos antepasados se habían reunido con Quirós y habían hecho amistad con los tripulantes de la expedición española. El hecho de ser español me abrió sus corazones pues tenían buenos recuerdos que les habían transmitido sus abuelos sobre aquellos españoles del siglo XVII. Me prepararon frutas y me abrieron un coco para que bebiera. Vi el río Jordán y un monumento piramidal coronado por un busto de Quirós. Estaba emocionado hasta el máximo de los extremos. Subí como un crío a la pirámide, la rodeé, acaricié el busto, y así estuve entretenido por cerca de una hora. Una placa en inglés, francés, bislama y español, decía: “QUIRÓS En Conmemoración del 400 Aniversario de la llegada a “Austrialia del Espíritu Santo” (Vanuatu) de tres buques españoles, enviados por Felipe III, Rey de España, al mando del Capitán Pedro Fernández de Quirós. Embajada de España 14 de Mayo de 2006” El señor Moisés me invitaba a pasar allí la noche, pero decliné con gentileza.

Me despedí con gratitud y emprendí el largo viaje de regreso. Me pilló la lluvia y durante dos horas tuve que cobijarme bajo un árbol y cubrirme la cabeza con hojas gigantes, hasta que un coche que pasó por allí se apiadó de mí, frenó al verme, me invitó a subir atrás, junto a las gallinas y los niños, y me depositó en Luganville, adonde llegué mojado hasta los huesos.

 

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