EL CAMINO REAL DE TIERRA ADENTRO

 

 

Logo del Camino Real de Tierra Adentro

 

En mayo del año 2012 aterrizaba en Los Ángeles tras un largo vuelo desde la Isla de Tahití. Era el último tramo de mi quinta vuelta al mundo, en la cual había visitado numerosas islas raras y remotas de los Mares del Sur. Disponía de tres semanas hasta mi vuelo desde el Yucatán a Madrid.

 ¿Cómo invertir de la manera más provechosa este tiempo?

Consideré visitar la totalidad de las 21 misiones de California erigidas por los misioneros españoles durante los siglos XVIII y XIX. En el pasado sólo había estado en cinco, las que estimé más importantes, entre ellas la de San Juan Capistrano y la de San Carlos Borromeo de Carmelo, donde se halla la tumba del mallorquín Fray Junípero Serra, así que podría visitar las otras dieciséis en dieciséis días y tras ello viajar a Cancún en autobuses. En ellas, si te declaras peregrino, te permiten dormir de modo gratuito, lo que ayudaría a mi exigua economía.

 

Las 21 misiones españolas de California, desde San Diego a San Francisco. Arriba a la derecha se halla dibujado Fray Junípero Serra

 

Sin embargo, había otra opción que me sedujo mucho más: ¡realizar el Camino Real de Tierra Adentro!

Esa elección representaba un proyecto hercúleo. Consistía nada más y nada menos que en recorrer, a lo largo de 2.560 kilómetros (los que distan de Santa Fe a México D. F.), sesenta lugares de un interés y belleza superlativos localizados en los estados de Nuevo México y Texas (en los Estados Unidos de América), y en los estados de Chihuahua, Zacatecas, Aguascalientes, San Luis Potosí, Jalisco, Guanajuato, Querétaro y México (en los Estados Unidos Mexicanos). Entre es­tos sesenta lugares hay ciudades, poblados, templos, monasterios, cuevas, hospitales, colegios, puentes, cementerios, haciendas y ca­minos.

Se puede afirmar que la inconmensurable riqueza cultural del Camino Real de Tierra Adentro corre paralela a la del Camino de Santiago. No es de extrañar que ambos caminos sean Patrimonio de la Humanidad, registrados como tales en la UNESCO, aunque en el caso del Camino Real de Tierra Adentro esta organización sólo incluye la parte mexicana, desde México D. F. hasta Ciudad Juárez. Estados Unidos declaró National Historic Trail los 646 kilómetros que discu­rren por su territorio, desde El Paso a Santa Fe y aun un poco más lejos, San Juan Pueblo, cerca de Taos.

Como no disponía de sesenta días, sino de un tercio de los mis­mos, tendría que eliminar muchos de esos lugares históricos a lo largo del Camino Real de Tierra Adentro, o bien, en algunos casos, visitar en un mismo día dos sitios que estuvieran cercanos.

 

Los antecedentes del Camino Real de Tierra Adentro se remon­tan a la fallida empresa del segoviano Pánfilo de Narváez para con­quistar Florida. De los seiscientos hombres que zarparon en 1527 de Sanlúcar de Barrameda, llegaron unos trescientos a la Península de Florida (debido a masivas deserciones en la parada de tránsito de Cuba).

Tras numerosas tribulaciones, entre ellas ser esclavizados por los indios o ejercer de curanderos, los cuatro únicos supervivientes de la expedición que en el año 1536 alcanzaron el Río Sinaloa (donde se encontraron con los españoles), fueron: el gaditano Álvar Núñez Cabeza de Vaca, los castellanos Alonso del Castillo Maldonado y Andrés Dorantes de Carranza, más el ayudante bereber Estebanico.

Acto seguido, y como fuera que del relato de Estebanico se había especulado que habían atravesado ciudades ricas en oro, se forjó una leyenda acerca de las Siete Ciudades de Cíbola y Quivira, similar a la de El Dorado, en el Virreinato de Nueva Granada (Colombia con Venezuela, Ecuador y Panamá), la cual llegó a oídos del salaman­tino Francisco Vázquez de Coronado, que era el Virrey del Reino de Nueva Galicia (que abarcaba varios de los actuales estados del noroeste mexicano, entre ellos Sinaloa).

El virrey ordenó al fraile italiano Marco de Niza y a Estebanico, junto a otros hombres, emprender la búsqueda de esas siete ciudades.

La empresa fue un fracaso estrepitoso. Estebanico murió a ma­nos de los indios del actual estado de New Mexico, y el fraile Marcos de Niza regresó con las manos vacías. Sin embargo, informó que desde lejos había avistado una ciudad más grande que Tenochtitlan, donde abundaba el oro y la plata, las turquesas y las esmeraldas, las perlas y los rubíes. El virrey, haciendo caso al fraile, reunió en 1540 un contingente militar para conquistar esas siete ciudades yendo él mismo de capitán. Le apoyaba económicamente Antonio de Men­doza y Pacheco, el Virrey de Nueva España (Nueva Galicia era un virreino dentro del Virreinato de Nueva España). El fraile Marcos iba de guía. Los españoles que fueron con Francisco Vázquez de Coronado ascendían a poco más de 300, mientras los indios mexi­canos no llegaban a los 800.

De Sonora, el contingente penetró en Arizona y fue cuando al no ver el mar prometido por Marcos de Niza, Francisco Vázquez de Coronado se apercibió de la extrema fantasía del fraile, quien debía haber leído más libros de caballería medieval que el mismísi­mo hidalgo don Alonso Quijano. Quisieron linchar al fraile por su patraña, pero Francisco Vázquez de Coronado lo impidió.

Uno de sus hombres, el extremeño García López de Cárdenas, a quien envió a explorar el noroeste, acabaría descubriendo el Gran Cañón del Colorado. Al mismo tiempo despachó al capitán de ar­tillería Hernando de Alvarado a Taos para establecer relaciones amistosas con los indígenas a orillas del Río Bravo (que en Estados Unidos se conoce por Río Grande) y con los Indios Pueblo de Taos.

Hernando de Alvarado se reunió con Francisco Vázquez de Co­ronado y le presentó a un indio del Río Mississippi, a quien llamó El Turco, para que le condujera a Quivira. Con El Turco siguieron explorando esas tierras hasta arribar al estado de Kansas, donde se comprobó que Quivira comprendía unos 25 pueblos paupérrimos habitados por los humildes indios Wichita, los cuales no tenían ni oro, ni plata, ni donde caerse muertos. Finalmente, Francisco Váz­quez de Coronado regresó al Reino de Nueva Galicia con apenas trescientos indios mejicanos y cien españoles supervivientes. La ex­pedición, aunque rica en descubrimientos, económicamente había sido un fracaso.

 

Pintura en Taos. El Turco informa a Coronado que hay dos días de marcha hasta la ciudad legendaria de Quivira

 

Simultáneamente a estas expediciones desde México, el adelan­tado pacense Hernando de Soto, fascinado por los relatos de Álvar Núñez Cabeza de Vaca en su aventura norteamericana, desembarca­ba en 1539 en las costas de Florida acompañado por unos 620 hom­bres con sus morriones, dos docenas de sacerdotes, nueve naves y más de doscientos caballos.

Luego de tres años de escaramuzas con los indios y otras tribu­laciones la expedición cruzó los Apalaches y los actuales estados de Georgia, Carolina del Sur, Carolina del Norte, Tennessee, Alabama, Arkansas, Oklahoma, Texas y Luisiana.

Hernando de Soto moriría de fiebres en 1542, siendo enterrado a orillas del Río Mississippi. Los supervivientes, poco más de 300 hombres, alcanzaron eventualmente México.

En el año 1595 el Rey de España, que a la sazón era Felipe II, es­tando al corriente de todas estas expediciones y otras más de menor calado, además de haber leído el libro Naufragios, de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, encomendó mediante una capitulación (escrita en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial) a Juan de Oñate esta­blecer una ruta desde México hasta el actual estado de New Mexico, para propagar la fe católica entre los nativos de más allá del Río Bravo y abrir nuevas misiones. Por supuesto, uno de los motivos prácticos de abrir este camino era llevar el mercurio español (de Almadén) y traer el Quinto Real, o el veinte por ciento de la plata de las minas mexicanas. En tiempos de los Borbones el Quinto Real bajaría a solo un cinco por ciento. El restante 95 por ciento de los metales se quedaría en México y demás lugares de América para desarrollar sus ciudades.

Juan de Oñate, mexicano nacido en Zacatecas, de origen vasco, acometió la empresa real en 1598 y partió con 400 colonos y sol­dados más varios centenares de indígenas mexicanos, once frailes, 1000 caballos, 7000 animales de granja y 83 carromatos cargando aperos y comida en abundancia. De principio a fin, la caravana se extendía a lo largo de 7 kilómetros. Cruzaron el Río Bravo por Ciu­dad Juárez y El Paso, hasta llegar a Santa Fe.

Santa Fe es la capital de estado más antigua de los Estados Uni­dos (fundada definitivamente en 1610), mientras que la primera ciu­dad de ese país es San Agustín, en Florida, fundada en 1565 por el caballero de la Orden de Santiago y adelantado asturiano Pedro Menéndez de Avilés.

El Camino Real de Tierra Adentro se iniciaba en la Ciudad de México, en la Plaza de Santo Domingo, al acabar la temporada de las lluvias, y arribaba a Santa Fe seis meses más tarde. Se mantuvo permanentemente activo de 1598 a 1882, cuando al inventarse el tren dejó de ser tan utilizado.

Tenía ante mí un nuevo desafío viajero que no debería tomar al tuntún, sino con la seriedad y respeto que merecen sus creadores españoles y mexicanos. Y exclamé para mis adentros: “¡Voto a bríos que el acometer el Camino Real de Tierra Adentro será una aventura de gran envergadura, una digna culminación de mi quinta vuelta al mundo!”.

 

Un fausto día abordé en Los Ángeles un autobús de la compañía Greyhound con destino a Albuquerque siguiendo la antigua Ruta 66, mitificada por Jack Kerouac en su obra On the Road.

 

Albuquerque. Ruta 66

 

En Albuquerque tomé el simpático tren Rail Runner Express hasta Santa Fe. En las paradas el maquinista hacía sonar la bocina con un “bip-bip”, como en los dibujos animados del Coyote y el Correcami­nos.

 

El tren Rail Runner, de Albuquerque a Santa Fe

 

Ya conocía Santa Fe de un viaje anterior tres décadas atrás, pero esta vez veía la ciudad con otros ojos; era más consciente a sus atractivos e historia. Hoy Santa Fe es una bella ciudad habitada por muchos artistas que abren sus estudios en edificios de adobe, al igual que hacen en Taos.

En el territorio de la catedral había una llamativa escultura me­tálica simbolizando las aportaciones de España. En la base estaban representados la gallina, la cabra, la oveja, un burro, un cerdo y una vaca. Y más arriba había caballos, una guitarra clásica, un sombrero cordobés, un fraile y un conquistador con su morrión. Una placa agradecía a los colonos españoles de 1598 el haber llevado la cultura y tecnología europea a los Estados Unidos de América.

 

Santa Fe. Monumento y placa de agradecimiento a España por su contribución a la civilización de América

 

No encontré atractivo San Juan Pueblo, que crucé sin apenas vi­sitar, y me dirigí a Taos, pues era una población más rica en historia.

En Taos había unos cuadros en una plaza central ilustrando el encuentro de Hernando de Alvarado con los indios Pueblo más va­rias placas con la historia de ese acontecimiento. En uno de los letre­ros, titulado en español El Encuentro, se podía leer en inglés la misión que le confió Felipe II a Juan de Oñate:

“You will endeavor to attract the natives with peace, friendship and good treatment, with which I particularly charge you, and to induce them to hear and accept the Holy Gospel”.

 

El Encuentro

 

Todavía caminé a Taos Pueblo, a unos 2 kilómetros de distancia de Taos, para observar la actual forma de vida de unos 4000 Indios Pueblo en una especie de reserva protegida, donde te hacían pagar la entrada.

 

Taos Pueblo

 

Tras Taos me dirigí a El Paso en diversos autobuses con peque­ñas escalas en Albuquerque y Las Cruces, más Mesilla.

En El Paso deseaba ver una escultura que me había pasado des­apercibida durante mi visita a esa ciudad en un viaje anterior.

Me informé sobre su localización por unos mejicanos y me enviaron al aeropuerto. Allí vi una colosal escultura de bronce de 11 metros de altura y 17 toneladas de peso. Se considera la estatua ecuestre más grande del planeta. Estaba dedicada a don Juan de Oñate. Era la pri­mera en una serie de doce estatuas dentro del proyecto XII Travelers Memorial, que el Estado de Texas estaba preparando para agradecer y honrar a las primeras personas que contribuyeron al desarrollo del Estado de Texas. Estaban en preparación en los talleres las es­culturas de don Benito Juárez, Pancho Villa y Adelita, Álvar Núñez Cabeza de Vaca y el Estebanico, etc.

Me quedé unas dos horas admirando esa extraordinaria estatua que exhalaba gran poderío. Era una verdadera obra de arte. La ex­presión de Juan de Oñate y el caballo andaluz te hechizaban, pare­cían estar vivos. Hacía justicia al apelativo de Juan de Oñate como El Último Conquistador.

Uno de sus escultores era el nieto del artista que esculpió las cua­tro caras de los presidentes norteamericanos (George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln) en el Monte Rushmore, Dakota del Sur.

 

La estatua de Don Juan de Oñate, el último conquistador

 

Otra estatua que pude contemplar en las calles centrales de El Paso, cerca del Hotel Camino Real, aunque no tan impactante como la de Juan de Oñate, fue la dedicada al fraile castellano García de San Francisco, fundador de Paso del Norte, hoy una ciudad doble o gemela, dividida entre Ciudad Juárez y El Paso. Tras esas visitas me dirigí a pie hacia la frontera con México cruzando el puente sobre el Río Bravo.

Por una parte estaba orgulloso y arrobado por seguir los pasos de tantos héroes que realizaron proezas nobles y valientes en esa parte del mundo. Sin embargo, se me afligía el corazón al saber que a ve­ces se cometían actos de bellaquería contra los indios por parte de algunos españoles, como fue el hecho de que Juan de Oñate, en una refriega con los indios (durante la cual mataron a su sobrino) hiciera mutilar el pie a unas dos docenas de indios varones como represalia. Tampoco me gustó leer que Francisco Vázquez de Coronado mata­ra a El Turco por haberle engañado exagerando la supuesta riqueza de Quivira.

Los Reyes Católicos fueron los únicos monarcas entre las naciones europeas que colonizaron América, que en las Leyes de Burgos de 1512 concedieran a los indios la ciudadanía española, y acataron celosamente las Bulas del Papa Alejandro VI, que les encomendaba evangelizar a los nativos de las tierras descubiertas.

Los cuatro estamentos de las Leyes de Burgos, eran:

  • Los indios son hombres libres
  • Los Reyes Católicos son señores de los indios por su compromiso evangelizador
  • Se podía obligar a los indios a trabajar con tal de que el trabajo fuese tolerable y el salario justo
  • Se justificaba la guerra de conquista si los indios se negaban a ser cristianizados o evangelizados

Simultáneamente se instauró una “Protectoría de Indios” en toda Hispanoamérica donde se velaría por el bienestar de los indígenas contra los abusos de las encomiendas, hasta que se abolió este sistema en 1547. El artífice de tal institución fue el Cardenal Cisneros por un informe del encomendero Fray Bartolomé de las Casas.

Sin embargo, a veces se desobedecían estas leyes, pero los infractores eran castigados.

Juan de Oñate, en el año 1606 y por órdenes del rey Felipe III al enterarse de la dureza con la que había tratado a los indios durante la expedición a Santa Fe y dos más a Quivira y por el Río Colorado, fue requerido en México D. F. a rendir cuentas, siendo desterrado de Nuevo México a perpetuidad y de la Ciudad de México por 4 años. Al final, Juan de Oñate se redimió y viajó a España, donde sirvió al rey Felipe III como inspector jefe de todas las minas del país. Murió en Guadalcanal, cerca de Sevilla, a los 76 años de edad.

En el National Statuary Hall Collection, de Washington D. C., están representados los 50 estados de Estados Unidos de América con dos personalidades significativas por cada estado. Se propuso a Juan de Oñate como uno de los dos personajes para representar a New Mexico, pero fue rechazado, prefiriéndose en su lugar al jefe indio Popé, que en el siglo XVII lideró una revuelta de los Indios Pueblo contra los españoles, obligándoles a abandonar Nuevo México du­rante doce años. Fray Junípero Serra, representando California, es el único español en ese National Statuary Hall.

Me presenté en Ciudad Juárez, donde pagué el importe de un permiso turístico.

Era ahora que oficialmente iniciaba el Camino Real de Tierra Adentro.

 

 

En los días restantes escalé en las siguientes ciudades maravillosas no parando de aprender historias y hazañas sobre aquellos valientes españoles y mejicanos:

 

CHIHUAHUA

Estatua rindiendo respectos a Antonio de Deza y Ulloa, un novohispano, es decir, nacido en el Virreinato de Nueva España, que fue el fundador de Real de Minas de San Francisco de Cuéllar, el nombre antiguo de la ciudad de Chihuahua

HIDALGO DEL PARRAL

El alférez real don Juan Rangel de Viesma, oriundo de Extremadura, que encontró impor­tantes minas de plata, por lo que el rey Felipe IV llegaría a declarar a El Parral como la capital del mundo de la plata.

 

DURANGO

“Fundé yo una villa que la puse por nombre la Villa de Durango, como mi Patria. 17-12-1574. Francisco de Ibarra.”

 

ZACATECAS

Al llegar a Zacatecas (ciudad fundada por el conquistador anda­luz Pedro Almíndez Chirino en 1531) me aconsejaron desplazarme al Monasterio de Guadalupe, a poca distancia de allí. Abordé un autobús y visité tal monasterio, tanto por dentro como por fuera. Se trataba de un Colegio Apostólico de Propaganda Fide por donde pasaba el Camino Real de Tierra Adentro. El monasterio era de una gran belleza pero lo que más me impactó fue descubrir en el patio una estatua de piedra, muy enigmática, representando a un monje con un bordón en posición piadosa, tanto que al verla te producía ganas de meditar.

Leí el letrero, que decía:

“Misionó a pie desde Texas, Louisiana, hasta Nicaragua y Panamá fundando los colegios apostólicos de la Santa Cruz de Querétaro, Gua­dalupe, Zacatecas. Cristo Crucificado de Guatemala.”

Era un monje valenciano de la Orden Franciscana, llamado Fray Antonio Margil de Jesús, que emigró a América en el siglo XVII. Bautizó a 40.000 infieles durante sus caminatas fundando misiones franciscanas. Su estatua estaba allí erguida como agradecimiento por su labor en Zacatecas.

 

SAN LUIS POTOSÍ

San Luis Potosí era una ciudad grata. Vi allí una plaza donde se homenajeaba a los fundadores de la ciudad en 1592; entre ellos se hallaba el nombre de Juan de Oñate. La ciudad estaba bajo la advocación del rey santo francés Luis IX, que era primo hermano de nuestro rey español Fernando III el Santo. Curiosamente, una de las veintiuna misiones de California que había visitado en el pasado, lla­mada Misión de San Luis Rey de Francia, estaba dedicada al mismo rey.

AGUASCALIENTES

Museo Nacional de la Muerte en Aguascalientes

 

GUANAJUATO

Guanajuato es denominada la Capital Cervantina de América. La estatua se halla a la entrada de un museo de dos plantas con cuadros originales de Pablo Picasso y de Sal­vador Dalí con temática cervantina. También noté ilustraciones, representando a Don Quijote, de Honoré Daumier pero no así de Gustave Doré.

 

SAN MIGUEL DE ALLENDE

Por todo México hay placas explicando la historia de sus ciudades

En Méjico conocen mejor la historia de su país y su relación con España que en la misma España.

España, de sus entrañas, mandó para civilizar el Nuevo Mundo a millares de misioneros, soldados, familias, viajeros, artistas, hombres de letras y magistrados, con el objetivo de crear centenares de ciudades planificadas, catedrales y monasterios, universidades, escuelas y bibliotecas, imprentas, audiencias, fundiciones, puertos, astilleros, industrias, técnicas avanzadas de agricultura, etc. La colonización de América significó una verdadera epopeya en la Historia de la Humanidad.

 

QUERÉTARO

Estatua dedicada al Apóstol Santiago.

Santiago de Querétaro es una ciudad jacobea. El 25 de Julio de 1531 los españoles iban a construir una ciudad cuando los indios chichimecas se les opusieron. Comenzó una batalla campal entre ambos bandos cuando de pronto hubo un eclipse y en el cielo apareció la figura de Santiago montado en su caballo blanco, junto a una enorme cruz. Los chichimecas vieron en ello un signo de Dios. Dejaron de guerrear, aceptaron la erección de la ciudad y se convir­tieron mansamente al Cristianismo.

En una placa del templo y convento de Santa Cruz leí lo siguiente:

“A la memoria de los heroicos misioneros que durante dos largas centu­rias salieron de este convento para llevar la civilización a vastas regiones de América. Querétaro agradecida”.

“Al conmemorar los 500 años del encuentro de las culturas hispana e in­dígena, pueblo y Gobierno de Querétaro reconocen en ello el mestizaje que dio origen a lo que hoy es México. Querétaro 12 de octubre de 1992”.

 

MÉXICO D. F.

El mismo día de mi llegada a México D. F. visité la modesta y casi ignorada tumba del hidalgo extremeño y bachiller de la Universidad de Salamanca que llegaría a ser el conquistador de México: Hernán Cortés, en la Iglesia del Hospital de Jesús.

El día siguiente caminé desde el Zócalo al edificio de la antigua Aduana, sito en la Plaza de Santo Domingo. Allí me atendieron muy bien asignán­dome una señora historiadora que me mostró con cortesía y tesón todo lo concerniente al Camino Real de Tierra Adentro, como los almacenes donde se custodiaba la plata y el importe de las alcabalas y los almojarifes. Desde ese tribunal se controlaban también las mer­cancías llegadas a Acapulco en el galeón de Manila, y a Veracruz en la Flota de Indias desde España.

Antes de dirigirme al Yucatán viajé desde México D. F. a tres ciudades históricas que también tienen relación, y mucha, con el Camino Real de Tierra Adentro:

 

TLAXCALA

Visité el Palacio del Gobierno para admirar los murales del mejor muralista mexicano del siglo XX, el tlaxcalteco Desiderio Hernán­dez. Sus murales me maravillaron de tal manera que me quedé como petrificado durante más de una hora, admirándolos embelesado. No me podía creer que se hubiera alcanzado tal perfección en plasmar en frescos la historia de Tlaxcala. A lo largo de varios murales se po­día ver con gran realismo el encuentro entre los bizarros españoles y los nobles tlaxcaltecos.

En el Palacio Legislativo observé el escudo del Estado de Tlax­cala. Arriba tenía escritas las siglas I K F y entre ellas dos coronas. En el centro había un castillo rematado por una bandera mostrando un águila imperial. Y abajo vi dos huesos entrecruzados junto a dos calaveras, más hojas de palma verde a los laterales. Un empleado de la Oficina de Turismo me contó que la letra I es la abreviatura de Isabel, la reina de España, K es Ka­rolus, el rey Carlos V, y F es la del infante y futuro rey Felipe II. Los demás símbolos encarnaban la grandeza y gloria de España y Tlax­cala. Ese escudo fue regalado por Carlos V al pueblo de Tlaxcala.

Los aztecas eran tiranos y subyugaban a muchos pueblos mexica­nos, entre ellos al pueblo tlaxcalteco, al que sometían, esclavizaban y capturaban a sus miembros para comérselos, pues eran caníbales. Les habían sitiado su territorio para que no pudieran siquiera abastecerse de sal, y con ello intentar aniquilarlos por completo. La apa­rición de Hernán Cortés fue una irrepetible oportunidad de acabar con tal yugo azteca, por eso los tlaxcaltecas le apoyaron.

 

PUEBLA

Al llegar a una de las avenidas principales de Puebla, lo primero que vi fue un hermoso mosaico formado por muchos azulejos, con la frase:

“Instituto de Geografía Nacional de Puebla.

Homenaje de admiración y gratitud a los fundadores y constructores de la Puebla de los Ángeles en su cuarto centenario

MDXXXI – MCMXXXI”.

Puebla de los Ángeles fue el primer nombre dado a Puebla de Zaragoza por uno de sus fundadores, entre 1530 y 1531, llamado Fray Toribio de Benavente, muy querido por los indios, pues a veces se quedaba sin comer por alimentar a los indios más pobres, por ello le apodaban en su idioma Motolinia o El pobrecito fraile. El escudo de Puebla de Zaragoza contiene las siglas K V que se refieren a Carlos V.

Pronto llegué a pie al Monasterio Antiguo de San Francisco, que no había podido visitar en un viaje anterior a Puebla. Allí, ante mi sorpresa, hallé una estatua dedicada al Beato gallego Sebastián Aparicio, el precursor de los Caminos de América. En tal monumento se podía ver un mapa de México con la Ruta desde Veracruz a Zacatecas, vía Puebla de los Ángeles, Tlaxcala, Ciudad de México y Querétaro.

Antes de que Juan de Oñate emprendiera su denodado viaje ha­cia Santa Fe, ya existía una ruta que unía Veracruz con Zacatecas creada por Sebastián Aparicio. Se la conocía por El Camino de la Plata. También fundó otro camino a Acapulco.

 

VERACRUZ

Para culminar el Camino Real de Tierra Adentro navegué a la fortaleza San Juan de Ulúa, en el puerto de Veracruz, donde se estibaba la mercancía en la Flota de Indias con destino a Sevilla o a Cádiz.