Proyectos de Viajes

En el mapamundi que muestro más abajo resumo los últimos vericuetos adonde quisiera viajar para acabar de conocer todos los territorios del mundo, mas no creo que la materialice tal cual aparece debido a las circunstancias actuales de mi vida. No es igual viajar a los 20 años, cuando tus padres son jóvenes y tú aun no te has reproducido, que cuando ya has empleado 30 años netos de tu vida en viajar sin parar y eres sexagenario, como es mi caso, con tres hijas más un hijo que precisan mi atención. Ya no puedo viajar durante varios años seguidos, despreocupado, a lo “viva la Pepa”, como antes hacía, y trabajar por el camino de cualquier cosa. Y es que mi entorno ha cambiado.

Procuraré realizar estos viajes cortos sin desgañitarme si no lo consigo por no haber podido trabajar para reunir el suficiente dinero para ello. Siento que ya he cumplido mi cometido en el mundo de los viajes. Tras una vida dedicada a viajar he conseguido ser considerado el segundo mayor viajero de mi pueblo Hospitalet de Llobregat, lo que me llena de orgullo (el primer viajero de Hospitalet es mi vecino Toni Rubio, que ya lleva 20 años viajando por Asia). Ahora ya solo me resta transmitir lo que haya podido aprender a otros candidatos a acometer el fascinante Camino del Viajero.

Los viajes me han aportado lo que buscaba en mi juventud. Estaba desorientado entonces y poco a poco los viajes hicieron desarrollar mi mundo interior, me señalaron un objetivo y me aportaron las condiciones idóneas para alcanzar ese objetivo. Gracias a los viajes me formé como persona, adquirí conocimientos de Humanidades y una visión del mundo propia, un criterio, un centro de gravedad. Y crecí, hasta eclosionar.

Viajando vives el presente continuo, siempre te sientes igual, viajas con el mismo entusiasmo que en tus años mozos, conservas la misma pasión por descubrir lugares y personas nuevas, pero el tiempo pasa implacablemente y tú no te apercibes de ello, tú te ves siempre igual, pero los demás no. Si no te has quedado calvo la cabellera la tienes blanca, la cara se te ha ensanchado, tienes cuello de toro y te ha salido papada, la barriga comienza a ser prominente, las mozas lozanas esquivan tu mirada, los jóvenes te ceden el asiento en el Metro, todo el mundo te habla de Usted… físicamente te has vuelto mayor y no te has dado cuenta.

Por ello, lo más probable es que, a medida que gane algo de dinero, realice en el transcurso de varios años estos dos viajes visitando los lugares que me faltan en África y Europa para aprender de las gentes que allí moran.

Cuando materialice estos últimos proyectos viajeros, haya aprendido todo cuanto los viajes puedan ofrecerme, crecido más interiormente y mi alma esté satisfecha, dedicaré tiempo a los nietos que mis hijas y mi hijo me den y les enseñaré Humanidades con narraciones de batallitas de viajes, como el abuelo de la familia Cebolleta. Me convertiré en un monje de ciudad, armonizando la serenidad interior con el bullicio del mundo exterior.

Lo que me resta por conocer de nuestro bello planeta Tierra lo acometeré de la siguiente guisa:

- Cuando vuele al sur de África no me dejaré el delta del Okavango y el paso por la franja del Caprivi. Tras ello conoceré las islas de Moheli y Anjouan, en las Comores, el rebelde enclave de Cabinda (Angola) y después los siete reinos legendarios de Hausa Bakwai, en Nigeria, fundados por los siete hijos de una reina: Kano, Katsina, Rano, Zazzau, Gobir, Daura y Biram. Y para regresar a España escogeré el camino más peligroso pero más instructivo: Libia vía Chad, donde se hallan los restos de unos seres legendarios, los Sao, de los que quiero saber más, y las montañas del Tibesti. Desde Libia entraré en Túnez y me embarcaré a Palermo y luego a Valencia, para proseguir en tren a mi pueblo Hospitalet de Llobregat, en el noreste de mi querida España.

- En Europa repasaré los países de Escandinavia, que apenas conozco, y también visitaré las islas Lofoten.

Y es todo. Tras haber realizado siete vueltas al mundo ya no me queda por visitar nada de América que merezca el comprar un billete de avión. Conozco todas las divisiones territoriales de Estados Unidos, de Canadá y de México, sí como todos los estados de Brasil, todas las provincias de Argentina, Chile, Bolivia, etc. Y he recorrido las islas principales habitadas del Caribe, grandes y pequeñas, superando las 50.

De Oceanía he conocido más de un centenar de islas habitadas, pero me apena no haber visitado las islas Trobriand, Rotuma, las del norte de Cook, más los archipiélagos Austral y Gambier. Pero ello supone un gasto mínimo de 6.000 euros para un europeo, suma que, de conseguirla, preferiría gastarla en mi familia.

De Asia, mi continente favorito y donde más años de mi vida he pasado, también estoy satisfecho. He llegado a conocer todas las divisiones de China (31 más Macau, Hong Kong e incluso Taiwan), todas las de China, incluyendo la 7 hermanas, he recorrido a fondo los cinco países Tan (de Asia Central), con las 14 divisiones de Kazakstán e incluso la república dentro de la república de Tayikistán, todos los oblasts, repúblicas y krais de Siberia, etc.

Este es pues el mapamundi con las flechas señalando los destinos que me faltan por conocer:



Y este es el mapamundi con lo que ya conozco, viajando por tierra y por mar, sin incluir los viajes en avión

Según una antigua tradición, la vida del hombre pasa por cinco etapas, a saber: Huérfano – Inocente – Guerrero – Vagabundo – Mago.

Aplicado a mis viajes, considero que mis escapadas en la adolescencia representaron mi etapa de Huérfano, en la que daba palos de ciego sin saber aun qué buscaba. Durante mi viaje iniciático por Europa, desde los 18 a los 20 años, superé con éxito la etapa del Inocente y comencé a vislumbrar el significado de la vida del hombre en este mundo. Los siguientes viajes (desde el segundo al séptimo, que concluí a los aproximadamente 40 años de edad), llenos de aventuras y lances audaces, con multitud de romances y nacimiento de mis tres hijas y mi hijo, encarnaron la etapa del Guerrero, la más viril y apasionante. Los numerosos mini viajes posteriores hasta finalizar mi séptima vuelta al mundo (a los 62 años) reflejan sin duda mi etapa de Vagabundo, donde me muestro más maduro y experimentado. En la etapa del Mago, a la que aspiro a ser digno de iniciar en un futuro, cuando haya satisfecho mi deuda con la vida, pagando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, cristalizaré las enseñanzas que me impartieron en los monasterios donde viví, completaré los Caminos a Santiago que me faltan por recorrer y efectuaré otros peregrinajes a lugares preñados de energía telúrica para sutilizar las substancias de mi ser.

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TODA UNA VIDA ON THE ROAD (desde los 20 años hasta los 60)

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Viajar me viene de herencia. Mis antepasados cruzaron a pie de África a la Península de Arabia, y en Asia se expandieron. Unos se quedaron en Asia Central, India y en la actual China; hubo quienes prosiguieron hacia el sureste y poco a poco llegaron a Australia e islas de Oceanía, mientras que otros eligieron el noreste y atravesaron el Estrecho de Bering, alcanzando América. Y aun otros grupos prefirieron marchar hacia el oeste y se establecieron en diferentes partes de Europa. Una de estas partes fue la Península Ibérica, donde se halla España, de donde yo provengo.

En las siguientes 30 fotos, a una por cada año neto invertido en viajar por esos mundos de Dios, muestro mi trayectoria viajera de manera vertiginosa. En estas fotos con sus breves comentarios se observa mi evolución interior y exterior.

A los 20 años estoy en la casa de unos amigos en Bruselas, observando un mapamundi. Ya llevaba 2 años on the road, desde los 18, trabajando de cualquier cosa en los países que atravesaba. Era un mancebo brioso, gallardo, pleno de lozanía y fresco como una lechuga, entrometido, con los ojos bien abiertos. Vestía una camisa arrugada y sin botones en las mangas, más un pantalón de pana sin cinturón. Estaba muy delgado; era vegetariano. En dos años viajando en autostop por diez países de Europa había adquirido la suficiente experiencia como para acometer una aventura emulando a los soldados de los Tercios de Flandes, realizando en autostop el Camino Español, desde la Grand Place de Bruselas al Duomo de Milán (Milanesado), o 1000 kilómetros a través de Luxemburgo, Metz, Nancy, Besançon, Chambery y Turín.

El Camino Español fue fundado por Felipe II para trasladar tropas y dinero a los Tercios de Flandes. El Duque de Alba fue quien lo inauguró. Nuestras tropas se embarcaban en Barcelona o Valencia hasta Génova o Nápoles, y en Milán, nuestro “campamento base”, iniciaban la caminata de un mes y medio, hasta Bruselas, cruzando los Alpes. Por ese camino se trajo el cadáver de Don Juan de Austria, desde Namur a El Escorial.

 A los 21 años hice la “mili” en la Academia General del Aire de San Javier, Murcia. Soy el recluta junto al policía, el segundo soldado por la izquierda o el quinto por la derecha. Era muy rebelde, vegetariano, inconformista. Primero me destinaron a la Policía, pero luego me cambiaron a los pabellones a sacarle el polvo a los aviones. Nunca volé en ellos, eso era cosa de los alféreces y oficiales.

Para mí fue un shock ingresar obligatoriamente en el Ejército y perder mi libertad tras dos años de vagabundeos por Europa. Pero juré la bandera y la besé, como un buen soldado español. Lástima que no poseo ninguna foto de la jura de bandera. Varios autobuses llegaron a la base de San Javier procedentes de Barcelona, con padres orgullosos para ver a sus hijos jurar la bandera española, pero mis padres no pudieron ir.

 

Estoy en Rotterdam a finales de los años 70 (del siglo XX), junto a colegas europeos; soy el de la izquierda, visto un traje gris. Cotizaba fletes marítimos para la filial barcelonesa de la empresa de buques ScanDutch. Debía desplazarme con frecuencia para discutir asuntos de transporte marítimo; hoy me enviaban a Rotterdam, mañana a Marsella, pasado mañana a Singapur… pero resolví adoptar el Camino del Viajero y pedí la cuenta. Trataron de retenerme ascendiéndome a la categoría de Jefe de Negociado, pero fui inflexible y lo dejé todo para emprender mi primera vuelta alrededor del mundo, de 1001 días de duración. Fue la mejor decisión de mi vida.

 

  A los 28 años era monje Zen en el Monasterio Bukkokuji, Japón. Aspiraba a hallar respuesta a una simple pregunta: ¿Por qué estoy aquí?

 

  A los 28 años y medio en el mercado central de Urumqi, disfrazado de Uigur antes de penetrar furtivamente en la prohibida y misteriosa Kashgar, donde permanecería una semana. Nada detenía mi ímpetu; pensaba que el hombre existe antes que las fronteras. Me arrogaba el derecho a viajar allá donde hubiera conocimientos que contribuyeran a comprender mejor el mundo. Ya lo afirma un aforismo sufí: “Busca el conocimiento, aunque sea en China”.

 

  A los 29 años en Palenque, explorando los templos Aztecas, Mayas y Toltecas de Norte y Centroamérica para aprender de sus antiguas ceremonias y estudiar el comportamiento de la Humanidad en todos los continentes.

 

  A los 30 años me alojé en el Monasterio Dionisius. Peregriné durante diez días por diversos monasterios del Monte Athos. Me nutría de todas las religiones; todas me aportaban enseñanzas valiosas para elevar el ser. Todas las religiones eran también las mías, pues eran obra del hombre.

 

  A los 30 años y medio navegué en felucca desde Luxor a Aswan durante cinco días y cuatro noches, regocijado hasta el máximo de los extremos por estar concluyendo (en 1001 días) la primera vuelta al mundo de las siete que realizaría. Llegaría a casa pobre, con una mano por delante y otra por detrás, con la ropa hecha unos zorros, sin calcetines, colándome en el Metro hasta Hospitalet de Llobregat, en España, por no tener ya ni una peseta en los bolsillos, con la bolsa vacía de cosas materiales, pero en compensación con infinidad de vivencias prodigiosas que enriquecieron mi mundo interior.

 

  A los 32 años viajé a Bukhara, donde me encontré con mi admirado Mullah Nasrudin y una bella doncella de gentil donaire. El Sufismo y los tekkes derviches de Asia Central me aportarían conocimientos provenientes de la más remota antigüedad que hombres sabios habrían transmitido hasta nuestros días.

 

A los 32 años y medio estoy en Asia Central. En un chaikahana de Bukhara hice amistad con unos derviches y me contaron acerca de la Tariqa de los sufíes Naqshbandi, en Qash al-Arifan.

Las gentes son el alma de los lugares, por ello un buen viajero, para poder comunicarse con la mayoría de los humanos, aprende las seis lenguas oficiales de las Naciones Unidas (Árabe – Chino – Español – Francés – Inglés – Ruso).

 

 

  A los 33 años junto a la Esfinge. Durante varias noches dormía a sus pies dentro de mi saco de dormir, cuando acababa el show de Luz y Sonido, fuera de las miradas de los guardianes de las Pirámides. Ella me indujo a intuir el significado de los cuatro símbolos de su alegoría, que también representan a los cuatro Evangelistas: el toro, el león, el águila y el ángel. El cuerpo de toro reposa sobre garras de león y está flanqueado por dos alas de águila (hoy desaparecidas), y la cabeza humana evoca amor, es un ángel. Si el ser humano acomete su búsqueda personal con la solidez y fuerza de un toro, con el poderoso arrojo de un león, con miras altas como las que logra el águila en los cielos y, como el ángel, irradia amor hacia todo lo que respira, alcanzará su designio.

 

A los 34 años viajé a Pagan, en Birmania (hoy Myanmar). En aquellos tiempos el visado estaba limitado a una semana y no pude visitar el antiguo Reino de Arakán, algo que haría muchos años más tarde. En la actualidad, zonas fronterizas del noroeste de Myanmar, del  norte de Bangladesh, junto a los estados del noreste de India (las Siete Hermanas) y las Islas de Andamán y Nicobar, ofrecen al viajero osado aventura pura y encuentros con grupos étnicos que parecen pertenecer a un mundo exótico y ancestral que se consideraba extinguido.

 

 

A los 34 años y medio maté una serpiente en Costa de Marfil.

Entre los gajes del viajero se incluyen el ser robado, ser apaleado, ser encerrado en mazmorras y jugarse la vida en mil ocasiones.

Me hallaba en una aldea a las faldas del Monte Niénokoué, dentro del Parque Nacional de Taï (Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO). Quise invitar a cervezas al Chef du Village y a unos compañeros españoles con los que emprendería al día siguiente la escalada al pico Niénokoué.

Cuando llegué al kiosco pedí las cervezas y el mozalbete que me las sirvió salió acto seguido despavorido del kiosco gritando como un loco: “¡Los siete segundos, los siete segundos…!”

Extrañado por su comportamiento entré al interior del kiosco y observé sobre las cajas de cerveza una serpiente verde que me pareció inofensiva, por lo raquítica. Al lado había una caña de escoba, la agarré y le arreé a la serpiente varios golpes certeros sobre la cabeza, matándola, a la vez que me extrañaba la actitud tiquismiquis del joven por un bicho así de insignificante.

Al rato llegó la madre con el muchacho y el jefe de la aldea. Al verme con la serpiente muerta sobre la caña, todos me abrazaron agradecidos. Acababa de matar la peligrosísima serpiente de los Siete Segundos, así llamada porque cuando te muerde, uno cuenta: uno, dos, tres, cuatro… y al llegar a siete te mueres debido al potente veneno que alberga. Cada año esas serpientes matan a varios nativos de ese poblado, sobre todo a los niños.

Convertido en un héroe celebramos mi hazaña bebiendo sin coerción infinidad de botellas de cerveza, hasta el amanecer.

 

 

  A los 35 años entablé amistad con una viajera recalcitrante francesa en una cueva de Gangotri. En aquellos tiempos, en mi naturaleza era inseparable mi pasión por los viajes con el misticismo y el interés por las mujeres.

 

  A los 35 años y medio peregriné hacia las fuentes del Ganges. En la India me unía a sadhus y hombres sabios del Himalaya para compartir ideas y reflexiones que ayudaran a dilucidar el sentido de nuestra existencia en este mundo. Me enseñaron que, independientemente del éxito, siempre que estuvieras buscando estabas en el buen camino y tu alma seguía viva.

 

  A los 36 años en Pul-e-Charkhi, Afganistán, en tiempos de Najibullah. A veces mis lances temerarios para penetrar en sitios prohibidos me saldrían caros y pasaría largas temporadas a la sombra. Me condenaron por “espía” a 5 años de cautividad, pero tras 101 días encerrado en mazmorras me liberaron de Kabul y pude volar a Tashkent.

 

A los 36 años y medio el alcalde de Hospitalet de Llobregat (Barcelona, España) Juan Ignacio Pujana, me nombró segundo mejor viajero de mi pueblo (sólo por detrás del gran viajero Toni Rubio) y me regaló un medallón. Teniendo en cuenta que en Hospitalet vivimos un cuarto de millón de personas, ser el segundo mejor viajeros de esa villa es un título importante que me hace sentir muy orgulloso (mi hija Paula, que cargo en brazos, era entonces muy pequeña).

 

A los 38 años estoy con mi hija Anushka en Novosibirsk, Rusia. Nunca me olvidé de mis tres hijas y mi hijo durante mis viajes. Tampoco de mis padres y estuve junto a ellos en sus últimos momentos, sin viajar, en casa. La familia es sagrada. Los que aman a sus padres y a sus hijos son bienaventurados. Es mil veces preferible ser un buen hijo y un buen padre que ser un buen viajero. Cuando tus padres ya no están, el amor que sentías hacia ellos lo diriges hacia Dios.

 

 

  A los 40 años con un monje etíope en una isla del Lago Tana. Los monjes de los monasterios coptos de Etiopía me aportarían muchos conocimientos sobre el mundo interior del hombre.

 

   A los 43 años en la Isla de Pascua. Además de viajar a todos los países de la ONU buscaba conocer islas y territorios con entidad propia, y aprender acerca de las costumbres ancestrales de los pueblos de Oceanía.

 

A los 47 años viajé a la Antártida en un crucero de lujo. Fue una licencia que me tomé para acceder a un continente al cual, de otro modo, no me hubiera sido posible viajar. Pagué 2300 Dólares americanos (precio dumping) por un camarote de lujo.

 

A los 50 años vendo libros sobre una mesa el día de San Jorge en la Rambla de Cataluña, Barcelona (España). Tengo amigos con los que me veo solo una vez al año (cuando no estoy viajando) precisamente ese 23 de Abril en Barcelona.

 

A los 51 años navegué en un crucero de lujo a la Isla de Pitcairn, aunque a mí me salió a precio de ganga. Al igual que para alcanzar la Antártida, el crucero fue la única manera de arribar a una isla histórica y remota, sin aeropuerto ni servicio regular de barcos. Me alimentaba de langostas, salmón y caviar, todo bien regado con champagne y vodka. Todos los pasajeros parecían ricos y circunspectos. Yo pasé con éxito como uno de ellos y hasta el capitán me invitó una noche a cenar a su mesa, pues iba camuflado vistiendo una camisa de seda (regalo de una novia rusa). Hay ocasiones en las que es conveniente ir disfrazado de manera astuta para aparentar ser un adulto responsable.

 

A los 52 años peregriné a pie a Finisterre para quemar mis ropas. Era el tiempo de realizar los viajes interiores, de evolucionar de bípedo implume a Hombre, de cumplir tu cometido cristalizando lo aprendido, de crear substancias sutiles para nutrir el alma.

 

 

A los 53 años estoy en Tskhinvali, Ossetia del Sur. Un viajero está ojo avizor ante los cambios políticos y geográficos del planeta y viaja a las naciones recién inscritas en las Naciones Unidas (como Sudán del Sur), o en proceso de ser aceptadas, e incluso a naciones rebeldes que no se integran en un país vecino, tales como la República Saharawi, Palestina, Tibet, Abkhazia, Transnistria, Nagorno Karabakh,  Gagauzia, Bangasamora, Azawad…

 

 

A los 54 años, tras diez días de navegación en un barco de pescadores, arribé a la remota Isla de Tristan da Cunha, cerca de la Antártida, y allí conviví con los nativos dos semanas. Junto a la Isla de Pitcairn y los atolones de Tokelau completé “la Trinidad”, o los tres lugares habitados más remotos del mundo, al carecer de aeropuerto.

Poco a poco, con determinación y gallardía, iba explorando los vericuetos más inverosímiles de nuestro bello planeta, tales como los atolones de Wake y Midway, la Ruta de los Huesos, las Islas Kuriles, Ogasawara, las islas de la Antártida Francesa, la Península de Chukotka, o la Isla Agalega. Estaba mimetizado con la Tierra; sentía que conocer más nuestro planeta equivalía a conocerme más a mí mismo.

 

A los 54 años y medio en los lindes entre la República de Yakutia y la región de Magadan. En mis viajes por todo lo largo y ancho de este mundo (como decía el Capitán Tan) me he encontrado con otras personas que habían adoptado en sus vidas el Camino del Viajero. Hemos disfrutado de la mutua compañía e intercambiado anécdotas sobre nuestra actividad sin fin para conocer y amar nuestro bello planeta Tierra.

Hay pocos viajeros verdaderos, o aquellos cuya única actividad es descubrir el mundo durante su vida entera; se podrían contar con los dedos de las dos manos. Yo he tenido la fortuna de conocer a varios de ellos.

Heinz Stucke (alemán), André Brugiroux (francés) y Jeff Shea (estadounidense) son tres Maestros viajeros de la actualidad. Van camino de ello el también alemán Sascha Grabow y el austríaco Hubert Weissinger.

En la foto aparezco en la fila de la derecha, al fondo. Al lado de la mujer está Jeff, y luego André. Comemos junto a unos nativos yakutos carne de reno que me regaló un alcalde de un pueblo siberiano con el que simpatizamos Jeff y yo. Realizamos la Ruta de los Huesos en una furgoneta, a la búsqueda de Gulags de los tiempos de la URSS.

 

 

A los 55 años estoy en Cannes. Allá donde he ido siempre he amado a mi país. Es de bien nacido ser agradecido, y España, además de su bella lengua y fascinante historia, me ha regalado un precioso tesoro para viajar: ¡El pasaporte! ¡Gracias España!

 

  A los 56 años estoy con un renunciante en la ciudad de Takamatsu, en la Isla de Shikoku. Era una versión japonesa del sadhu hindú. También busca lo mismo que un viajero, pero a otro nivel, en su propio país, recorriéndolo sin cesar, lo que no quita que también alcance las mismas miras y estado de conciencia que un sadhu hindú o un viajero. El Camino del Sadhu es un camino similar al Camino del Viajero, pero a nivel casero. Hablamos durante varias horas, ambos dormimos en el mismo parque, sobre unos bancos de madera. Hablamos sobre Japón y sus peregrinajes. Yo acababa de realizar a pie el Kumano Kodo y él otro similar pero más largo pues le tomó unos tres meses de tiempo, el llamado Peregrinaje de los 88 Templos, en Shikoku.

 

 

A los 57 años atravieso Australia, desde Perth a Sydney, en el tren Indian Pacific. Utilizar medios locales de locomoción, por tierra y por mar, evitando al máximo el avión, es lo más apropiado para el buen viajero, pues así, además de economizar dinero, no se pierde lo que está entre el origen y el destino del viaje.

 

 

A los 58 años visité numerosos sitios UNESCO en México.

España, con 44 lugares, ostenta, tras Italia, el segundo puesto en Patrimonios de la Humanidad que aportamos al mundo entero. Si a ellos incluimos los que han erigido los españoles en América y en Filipinas, alcanzamos casi la centena, o un diez por ciento de todos los Patrimonios de la UNESCO.

En la foto me hallo en San Luis de Potosí, recorriendo durante tres semanas el Camino Real de Tierra Adentro, fundado por Don Juan de Oñate, que transcurre por sesenta pueblos y ciudades, desde Santa Fe de Nuevo México (en Estados Unidos) a México D.F., a lo largo de unos 2600 kilómetros. Yo logré escalar en veinte de estos sitios. Eso sí, fueron los más interesantes, entre ellos Taos Pueblo, El Paso, Chihuahua, El Parral, Sombrerete, Zacatecas, Aguascalientes, Guanajuato, San Luis Potosí, Querétaro, etc., hasta México D.F.

Un buen viajero se interesa por las obras de la Naturaleza y por aquellas creadas por el hombre. Visitar esos lugares es parte de su aprendizaje de la vida. Y aunque numerosos sitios UNESCO se han inscrito mediando actos corruptos (propinas, intereses políticos, etc.) quedan, no obstante, aun muchos que merecen ser visitados.

 

 

A los 59 años estoy señalando a un tarsier en la Isla de Bohol. Durante mis viajes no olvidé de interesarme por el mundo de los animales, desde los pingüinos a las ballenas, desde los orangutanes a los dragones (de Komodo). Compartimos con ellos el planeta Tierra. Sus comportamientos, sentimientos e instinto nos enseñan muchas cosas sobre la naturaleza del ser humano. Merecen toda la ternura del mundo.

 

  A los 60 años viajé a Xian para visitar la estatua dedicada al Viajero Xuanzang, mi gran héroe, mi Maestro. A estas alturas ya solo viajo a la esencia de lugares escogidos con un propósito justificado, como es rendir pleitesía a uno de los más nobles viajeros de la historia de la Humanidad.

Allá donde haya huellas de los grandes viajeros del pasado hay que mostrarles respeto y preservar su memoria. Sin los viajeros la Humanidad seguiría viviendo en cavernas, o habría desaparecido.

 

A los 60 años y medio, en 2014. Hace ya años que en los viajes solo me intereso por tres clases de personas que han trascendido su condición de bípedo implume: sabios (como Mulláh Nasrudín), santos (como Milarepa) y viajeros (como Xuanzang). Por ello mi viaje a Argelia (y poco más tarde al Kurdistán Iraquí) obedeció a mi deseo de seguir las huellas a estos tres prototipos de Hombres con mayúscula. En la vieja Hipona honré al sabio San Agustín y en Orán al viajero Cabeza de Vaca. En Aksehir, Turquía, fui a mostrar mis respetos a la (supuesta) tumba del sabio Nasrudín y en Konya a la de Rumí. En el territorio de Tur Abdin rendí pleitesía al sabio Efrén de Siria, y en Tarso bebí de la fuente del pozo de la casa de San Pablo. Explorar los monasterios fundados por el viajero San Sava en Serbia y el de San Iván de Rila en Bulgaria culminó mis visitas del año 2014 a lugares mágicos a la búsqueda de baraka y conocimientos que me ayudaran a elevar el ser. En el fondo, un viajero es un buscador de tesoros en forma de baraka y conocimientos para crecer interiormente.

En la foto acabo de trepar varias tapias hasta alcanzar los tejados de casas abandonadas, recibiendo arañazos por codos y piernas, para hallar un vestigio español en Orán casi devorado por la maleza: la Puerta de España en la antigua alcazaba. Iba a la búsqueda de signos que permitieran verificar si el viajero gaditano Álvar Núñez Cabeza de Vaca realmente estuvo desterrado en Orán por orden del Consejo de Indias. No averigüé nada sobre él; debió de pasar sus últimos días en la bella Sevilla, probablemente como monje en algún cenobio, llegando a ser prior del mismo.

 

A los 61 años concluí mi sexta vuelta al mundo. La dediqué a conocer veinte personajes sabios, santos y viajeros. Desde Nepal a México pasando por la India, Papúa Nueva Guinea, Islas Salomón, Vanuatu, Tonga, etc. En la foto poso junto al busto a Pedro Fernández de Quirós, nativo de Évora, Portugal,  que capitaneó en el año 1606 una expedición española a Oceanía transportando numerosas familias con hijos procedentes de Extremadura, Castilla y Andalucía, para poblar la isla de Espíritu Santo (isla que aún se llama así, en español), en Vanuatu. Me costó todo un día llegar a este monumento, parte en autostop, varias horas caminando, mojado hasta los huesos por la lluvia. El jefe del poblado, que Quirós bautizó Nueva Jerusalén, me atendió con una gentileza ejemplar y me invitó a frutas. Era antepasado de los nativos con los que se encontró Quirós en la isla de Espíritu Santo, y me contó historias relacionadas con esa expedición. En esa vuelta al mundo también localicé una placa dedicada al gallego Francisco Antonio Mourelle, en Vavau (Tonga), y hallé rastros del gaditano Álvar Núñez Cabeza de Vaca en el estado mexicano de Sinaloa.

 

Me hallo en el patio de la Catedral de Canterbury mostrando el símbolo de la Vía Francígena

A los 62 años inicié a pie la Vía Francígena, desde Canterbury a Roma. Pero tuve que interrumpir el peregrinaje en Francia al cabo de varios días. No estaba en condiciones de acometerlo en invierno (enero del 2016. Tendré que reanudarlo en verano. Esto es lo que escribí en mi cuaderno de bitácora sobre esos días:

“El primer día de la Vía Francígena no me fue fácil. Son sólo 31 kilómetros, pero hay que hacerlos de un tirón, hasta Dover, ya que no hay donde pernoctar durante el camino.
Iba siguiendo la ruta de Sigerico el Serio, el arzobispo de Canterbury que a finales del siglo X emprendió a pie el peregrinaje a Roma, lo que le tomó 80 días con etapas de 20 kilómetros, o un total de unos 1.800 kilómetros.
Era enero del 2016, invierno. Como no existen albergues de peregrinos en Canterbury había dormido sobre un cartón bajo un cajero automático callejero, y no me mojé sino que dormí plácidamente, pues el sonido de la lluvia me sirvió de nana.
A las 9 de la mañana abrieron la catedral de Canterbury a través de un portal majestuoso. Asistí a la misa anglicana y recibí la bendición del peregrino. Tras ello me dirigí a la catedral católica, a pocos pasos de la anglicana, y también solicité la bendición del párroco católico, por si acaso, pues más vale que sobren bendiciones que no que falten.
En ambas catedrales sellaron mi Credencial del Peregrino.
A la salida de Canterbury me detuve en una cafetería para tomarme un buen desayuno inglés, ya que pensé que hasta la noche no volvería a comer (de hecho me equivoqué pues por los huertos del camino recogería rábanos, riquísimos, que me comería mientras caminaba).
A la salida de Canterbury visité por unos minutos la iglesia de San Martín, la más antigua de Inglaterra, incluida, junto a la catedral, en el Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y tras ello seguí el camino hasta un poblado llamado Patrixbourne, antes de internarme por el follaje por más de 20 kilómetros. Había tanto barro campo a través que cada poco rato debía hacer un alto para limpiar mis mocasines. Ello aminoró mi marcha.
Me perdí dos veces. La Vía Francígena no está tan bien organizada ni señalizada como el Camino de Santiago. Una vez oí disparos de escopetas, eran cazadores matando pájaros; había entrado en un coto de caza sin darme cuenta. Y otra entré en la autopista y la Policía me detuvo y me depositó de nuevo en el camino,
Así y todo logré alcanzar Dover poco antes del anochecer, cansado por tantas paradas para limpiarme el barro. Una vez en esa ciudad costera caminé hasta el puerto y pocas horas más tarde crucé al Canal de la Mancha.
En Calais, ya en Francia, el peregrinaje se haría más benigno, pero no lo concluiría hasta Roma sino que varias etapas más adelante lo interrumpiría y regresaría a Hospitalet de Llobregat, en mi querida España, para proseguir la Vía Francígena más adelante”.

A los 62 años y medio concluí con éxito mi séptima y última vuelta al mundo, que me tomó 80 días atravesando diez países de los cinco continentes: Rusia en Europa, China en Asia, Fiji y Nueva Zelanda en Oceanía, Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil en América, y Marruecos en África. Salvo para cruzar continentes no utilicé el avión, sino trenes y autobuses, autostop y los pies. Pero sobre todo barcos. Desde que dejé La Paz para atravesar en autobús la Carretera de la Muerte, hasta Rurrenabaque en la provincia de Beni, ya sólo crucé ríos y más ríos en barcos, durante dos semanas sin parar, durmiendo en hamacas en la cubierta. En la foto estoy cruzando en una gabarra el río Madre de Dios, en Bolivia. Una vez en el estado brasileño de Acre seguiría al de Rondonia y en once días surqué el río Madeira hasta Manaus, luego el Amazonas con el Tapajós, hasta que, vía Santarem y Macapá, alcancé Belem en el estado de Pará.

A los 63 anos fui invitado al Festival de Viajeros de Dubai, junto  a otros 34 viajeros internacionales, donde explique el sentido de mis siete vueltas al mundo, comparando esos siete viajes con las aves del poema La Conferencia de los Pajaros, del mistico persa Farid Al-Din Attar, que versa sobre los siete valles que las aves han de sobrevolar para alcanzar el Simorg, o su alma.

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En resumen:

En 1974 tenía 20 años, pesaba 50 kilos, estaba ágil y delgado. Era ingenuo, buscador de mi destino, aprendiz de viajero, inquieto. Conocía 10 países. Me aceptaban a trabajar en cualquier sitio. Tenía el mundo entero a mi disposición.

En 2016 tenía 62 años y ya estaba para el arrastre, pesaba 100 kilos, estaba gorilón, barrigón, chaparrito, el pelo canoso con grandes entradas, enorme papada, la cara ancha y con cuello de toro.

Pero me sentía completo; poseía un centro de gravedad y había alcanzado mi equilibrio interior. Conocía todos los países del mundo y se me consideraba el segundo mejor viajero de mi pueblo, Hospitalet de Llobregat, título que todavía ostento (el primer viajero es mi vecino y amigo Toni Rubio, que lleva 20 años de aventuras por Asia y aún no ha vuelto a Hospitalet).

A partir de los 60 años ya nadie me daba trabajo y no tenía donde caerme muerto; sobrevivía estoicamente como un monje de ciudad con 10 euros al día (y hasta me sobraba algo de calderilla). Ese había sido el precio (y recompensa) por haber invertido la mayor parte de mi vida en desarrollar el alma. Por ello, si volviera a nacer volvería a ser viajero.

AFICIONADO A LOS VIAJES: considera mi trayectoria si pretendes acometer el Camino del Viajero. Si titubeas, viaja sólo por placer, de vacaciones, como todo el mundo, y adopta el Camino del Obrero. O bien busca un Camino intermedio entre el de la cigarra y el de la hormiga.

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Hace años me sobresaltaron las siguientes dudas:

¿Es moral viajar tanto? ¿No se podría gastar todo el dinero que empleo en los viajes en aliviar el sufrimiento humano? ¿Es que acaso los nativos de Mozambique, Bangla Desh o Paraguay no tienen también derecho a conocer su planeta y hacer turismo al Coliseo de Roma, a la Torre Eiffel de París, o al Museo del Prado de Madrid, como hacen los occidentales?…

Durante mucho tiempo estos y otros pensamientos similares no me dejaban ni un momento en paz y mi conciencia me remordía implacablemente, día y noche.

Observaba que muchos turistas viajaban a países exóticos para contemplar, arrobados, la clase de gente que ignora en sus países de origen. Otros se gastaban fortunas en safaris en países africanos para fotografiar a los animales, en tomar el sol en atolones del Océano Pacífico adonde llegaban en lujosos cruceros, o bien en desplazarse a países remotos para golpear con un palito a una bolita para intentar introducirla en un agujerito en unos campos que se llaman de “golf”. Con el importe del billete de avión o de barco y la estancia de solo uno de ellos se podría alimentar a una familia pobre africana o asiática durante un año.

Mientras que en mi caso casi todo el dinero que ahorro trabajando o de la venta de mis libros lo empleo íntegramente en mis viajes. Soy recatado en mis escasos gastos, no poseo vehículo, siempre camino o tomo el metro y el autobús, como lo justo y solo compro lo que encuentro más barato en los mercados, visto aún ropa de cuando hice la “mili” y, por supuesto, jamás compro (ni mucho menos leo) los manipuladores periódicos, que tratan de adoctrinar a los ciudadanos y cuya redacción es controlada por comisarios políticos.

Mas a pesar de mi vida austera, miles de veces me he sentido culpable cuando he negado limosnas a las legiones de menesterosos tullidos que me han suplicado lastimeramente. Tras distribuir algunas monedas o billetes a los más desesperados, me reprimía y rechazaba a los demás conteniendo las lágrimas, pues no podía repartir todo mi dinero y regresar a casa. Mil veces he estado a punto de renunciar a mis viajes y buscar un medio de expiar mi falta de piedad ante gente afligida y tanto despilfarro cometido para financiar mis viajes a lo largo de toda mi vida.

Pero un buen día me inspiró un simple aforismo de principios de los tiempos de la Humanidad, también aplicable a los viajes, que reza así: “Todo lo que contribuye a elevar el ser es bueno; todo lo que obstaculiza elevar el ser es malo”.

Y logré el equilibrio en mi mundo interior.

Ahora sé que mis viajes son justificados y conscientes (ser viajero es un estado de conciencia), pues de todos ellos extraigo enseñanzas que me ayudan a vivir correctamente. Ahora solo quisiera poder exclamar alborozado el día que deje de viajar: 

“Oh, Dios mío, qué rico he sido!

Fui uno con el planeta Tierra, participé en su dinámica,

le hablé de tú a tú, escudriñé todos sus chakras

y vi lugares maravillosos que pocos humanos imaginan siquiera que existen.

Gocé de una vida bella e intensa,

sentí el mundo entero a mi disposición,

lo comprendí y lo amé.

¡Gracias, un millón de gracias!”

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Eran los últimos días de Octubre de 2007. Durante varias noches dormía en el Vaticano, en el suelo, bajo las columnas de la Piazza di San Pietro, junto a miles de peregrinos españoles y de otras nacionalidades. Todo mi dinero me lo habían robado los jueces georgianos en Batumi, a través de un negociador, en un simulacro de juicio, para poder ser liberado de una inmunda mazmorra, donde permanecí sin comer varios días (me acusaron de haber penetrado en la prohibida república rebelde de Abjasia).

Tras acabar de visitar la Soberana Orden de Malta, en la Via Condotti, Roma, advertí la Iglesia MM. SS. Trinità Degli Spagnoli, a pocos metros de allí, y entré para hablar con los monjes. Conmemoraban la beatificación de casi 500 mártires españoles (de los aproximadamente 8000 religiosos asesinados cobardemente antes y en el transcurso de nuestra desgraciada Guerra Civil del siglo XX, las monjas tras ser previamente violadas, y muchos sacerdotes y niños que estudiaban en escuelas religiosas fueron enterrados vivos, por verdaderas bestias humanas). Y debió de sucederme algo extraordinario en esa visita a los Trinitarios, orden que se cuida de redimir a los cautivos de las cárceles en todo el mundo (los Trinitarios liberaron a nuestro Miguel de Cervantes de un calabozo de Argel por 500 escudos), pues he decidido solicitar en un próximo futuro ser admitido como miembro e ingresar en una cofradía andaluza para hacer de costalero en la Semana Santa al son de saetas y solicitar mi ingreso en la Orden de los Trinitarios. Me identifico con las andanzas y destino de Juan Pobre de Zamora, el primer backpacker que dio la vuelta al mundo en solitario (en los siglos XVI / XVII) en la historia de la humanidad, en barcos y a pie, con una mano por delante y otra por detrás, que al llegar a España entró de monje en un monasterio madrileño, lo mismo que el zaragozano Pedro Cubero y el andaluz Pedro Ordóñez, contemporáneos de Juan Pobre, que también culminarían una vuelta al mundo por tierra y por mar y acabarían sus vidas en monasterios españoles. Por ello creo que en mis años maduros esa será la manera más útil de poner al servicio de una noble causa lo que haya podido aprender durante mis largos viajes (además de ayudar a otros a viajar). Cuando concluya mi sexta Vuelta al Mundo haré la solicitud en la central de los Trinitarios en Madrid. Ojalá que me acepten, aunque solo sea para llevar la mochila al rescatador de esclavos en el Chad, Sudán, Mauritania u otros países donde aun existe la esclavitud, o bien ayudar a liberar (previo pago de rescate), a alguna de las miles de personas secuestradas por las mafias criminales, ocultas en las inaccesibles junglas de Colombia.

MM. SS. Trinità Degli Spagnoli, Roma