PATRIMONIOS MUNDIALES DE UNESCO

 

 

Cada persona, como cada viajero, es un mundo; cada viajero tiene sus propios intereses a la hora de explorar un nuevo territorio. En mi caso, cuando llego a un nuevo lugar, suelo visitar los mercadillos más los sitios religiosos, y si puedo me tomo una cerveza local y viajo en tren. Tras ello procuro acceder a algún patrimonio mundial de la UNESCO que me parezca atractivo.

Muchos Patrimonios Mundiales (no todos) son extraordinarios y constituyen una buena propuesta para el viajero. Sin embargo, es inconcebible que un país tan fabuloso como Myanmar (la antigua Birmania) no poseía hasta el año 2014 ninguna de sus maravillas en UNESCO, y en el 2016 sólo contaba con un patrimonio mundial. Ocho de sus lugares fantásticos, como Bagan, Bago, Mandalay, Lago Inle, Mrauk-U, etc., están en observación en la lista Tentativa, sin ser aceptados por motivos, entre otros, políticos.

Los 193 países inscritos en las Naciones Unidas, más 2 países observadores (Vaticano y Palestina), son miembros de UNESCO, además de 10 territorios: Anguilla, Aruba, Curaçao,  Islas Caimán, Islas Feroe, Islas Vírgenes Británicas, Macao, Montserrat, San Martín y Tokelau.

Entre los UNESCO, yo tengo preferencia por los monasterios, iglesias, mezquitas, templos, etc. Alrededor de un veinte por ciento de los, actualmente, 1052 Patrimonios de UNESCO lo constituyen esos edificios religiosos (cada año esta cifra se incrementa con unos 20 patrimonios más).

España, con 45 lugares, ostenta el tercer puesto en el mundo en Patrimonios, tras Italia (con 51) y China (con 50). Pero si contamos los que España ha erigido en Hispanoamérica y Filipinas (la ciudad de Vigan más las iglesias barrocas), además del Palacio Real de Caserta, en Italia (comisionado por nuestro rey Carlos III), o las Misiones de San Antonio de Estados Unidos, doblamos esa cantidad (aproximadamente un centenar de los monumentos UNESCO se deben a España), convirtiéndonos de este modo en el primer país del mundo en cantidad de Patrimonios que ofrecemos a toda la Humanidad.

Además de esa lista de lugares Patrimonio Mundiales, existe otra de unos 1.600 sitios, tanto o más atractiva que la lista oficial de UNESCO. Se llama Lista Indicativa, y España ha propuesto 32 lugares extraordinarios. El maravilloso castillo de Loarre, la Vía de la Plata, o el Itinerario Cultural de San Francisco Javier, son algunos de los candidatos españoles.

Otro candidato que se debería incluir como Patrimonio Mundial por UNESCO en el futuro, es Madrid de los Austrias. Es injusto que numerosas capitales europeas vecinas a España cuenten con lugares UNESCO, como Lisboa, París, Londres, Roma, Berna, Luxemburgo, Viena, Bruselas, Berlín, Varsovia, Budapest, Praga, Riga, Vilnius, Tallin, Moscú, La Valeta, San Marino, Ciudad del Vaticano… incluso las capitales del norte de África: Rabat, Túnez y Argel, mientras que ese bello, entrañable e histórico barrio de Madrid no conste siquiera como candidato a serlo. Otros lugares a proponer podrían ser el Triángulo del Arte, o la mayor concentración de obras de arte de primerísima calidad en el mundo, formado por los tres museos de Reina Sofía, Prado y Thyssen-Bornemisza, y también el Palacio Real.

Por otro lado, hay ciudades que poseen numerosos UNESCO, como los seis de la ciudad de Beijing (Ciudad Prohibida, el Templo del Cielo, El Palacio de Verano, y muy cerca la Gran Muralla, Zhoukoudian y las Tumbas de la Dinastía Ming).

España está muy comprometida con UNESCO; además de las aportaciones de España a esta organización, hemos dado un personaje que merece atención especial en UNESCO por ser único: el cántabro Juan de Castillo, uno de los mayores arquitectos de toda Europa en los siglos XV y XVI, que participó activamente en la construcción de siete Patrimonios Mundiales, a saber:

  • Catedral de Burgos, España
  • Catedral de Sevilla, España
  • Convento de Cristo, en Tomar, Portugal
  • Monasterio de los Jerónimos, Portugal
  • Fortaleza de Mazagão, El Jadida, Marruecos
  • Monasterio de Batalha, Portugal
  • Real Abadía de Santa María de Alcobaça, Portugal

Y, además, entre otros lugares, trabajó en la catedral de Braga, Portugal, aunque no es sitio UNESCO.   Cada año recibo de la Organización UNESCO en París un excelente mapa desplegable con los Patrimonios Mundiales señalados y una explicación. Antes era gratis pero ahora cobran 2,50 euros, lo cual sigue siendo un regalo. Es muy aconsejable adquirirlo.

Hasta la fecha (mediados del año 2016) conozco unos 520 sitios UNESCO, o aproximadamente un 50 por ciento de los existentes. Tengo la intención de ir resumiendo en esta página mi visita a varios de estos Patrimonios Mundiales, junto a una foto, así como de los 200 que conozco de la Lista Indicativa, comenzando por los que más me han impresionado, como son los 300 siguientes (más adelante los presentaré de manera más organizada) :

 

 

1 – PARQUE NACIONAL DE TAÏ

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Este ha sido el Patrimonio de la Humanidad donde he experimentado más tribulaciones que a punto estuvieron de costarme la vida.

Viajé a Abidjan, en Costa de Marfil, el año 1987, y me alojé en la Misión Católica, que hace las veces de albergue de viajeros. A los pocos días llegaría media docena de viajeros procedentes de diversas ciudades de España, más una chica de Estados Unidos de América. Entre todos alquilamos una furgoneta con conductor (asunto que yo ya había gestionado los días de espera) y juntos resolvimos durante un mes conocer todos los parques nacionales de Costa de Marfil.

El primer Parque Nacional que visitamos fue el de Comoé, donde vimos diversos animales salvajes, sobre todo innumerables hipopótamos mientras navegábamos en canoa por el río Comoé. Todo fue bien y había armonía en nuestro pequeño grupo, hasta aceptamos a dos autostopistas españoles a unirse a nosotros.

Los últimos días debíamos visitar el último parque, el de Taï. Por la tarde descansamos en el poblado de entrada. Cuando se acabaron las cervezas fui a comprar varias a un kiosco vecino. Allí había un muchacho adolescente. Al aparecer, huyó despavorido, gritando a viva voz:

–… ¡Los siete segundos!… ¡Los siete segundos!…

No comprendía nada. Entré en el kiosco y advertí una serpiente muy delgada, de color verde. Al lado había una escoba, la agarré y le arreé unos buenos estacazos en la cabeza a la serpiente, matándola. Yo mismo tomé varias botellas de cerveza de la nevera y en la caña de la escoba colgué la serpiente, como un san Jorge matando al dragón, y le dije al niño:

– ¡Qué cobarde eres, si era una serpiente de nada!

El niño estaba con su madre, muy preocupada, y me dijo que esa era la serpiente más peligrosa de la zona, y cada año mata a varios niños. Se la llama la serpiente de los siete segundos porque cuando te pica, uno cuenta: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… y al llegar a siete, te mueres sin remedio.

Me advirtieron los nativos que en el pico del Parque Nacional Taï, llamado Niénokoué, de 360 metros de altura, mora un espíritu misántropo al que no le gusta que profanen sus dominios, por ello a los humanos que lo intentan les crea obstáculos para que no lo logren.

El día siguiente emprendimos la caminata a ese pico. Debíamos cruzar ríos con ayuda de canoas y a veces utilizar los árboles como puentes. Para beber cortábamos las ramas de los árboles, que nos proveían de agua potable y bien fresca.

Cuando se hizo oscuro acampamos junto al río. De pronto observamos cómo una gran mancha negra se acercaba a nuestro grupo, rodeándonos. Sin darnos tiempo a reaccionar nos vimos acorralados entre la gran mancha negra que se acercaba a nosotros y el río. El guía nuestro gritó despavorido:

– ¡Las Magna Magna!

Y lleno de terror cruzó el río a nado y desapareció. Eran unas hormigas gigantes que son carnívoras y poseen una dentadura muy poderosa. Se las denomina Magna Magna en el oeste de África, o Siafu en lengua swahili, mientras que la ciencia las cataloga como Dorylus. Se alimentan de gusanos, insectos y sobre todo de ratas, que devoran en menos que canta un gallo. Se han dado casos en los que se han comido seres humanos, sobre todo bebés de pecho. Viven en colonias de 20 y hasta 50 millones de ejemplares y todas son ciegas. Poseen una reina que gobierna sobre las hormigas obreras y las que hacen la labor de soldados. Están muy bien organizadas y cuando atacan una presa siguen una estrategia impecable, que se diría militar.

Instintivamente hicimos antorchas y las mantuvimos a raya con el fuego, al que temen. Era imposible saltar sobre la mancha negra, pues era de varios metros de longitud, y de intentarlo uno caería dentro de la mancha, lo que significaría la muerte. Una vez que comienzan a comerse un humano, solo le dejan el sombrero y las gafas, todo lo demás lo engullen y se lo comen a medias entre todas. No teníamos tiempo para nada, ni siquiera para beber agua pues las hormigas eran muy osadas y se acercaban peligrosamente. Cada vez el círculo que nos protegía era más pequeño, hasta que estábamos espalda contra espalda. Estábamos todos agotados. De pronto aparecieron las primeras luces del sol, y las hormigas, a la orden de la reina, desaparecieron como por arte de Birlibirloque ¡Estábamos salvados!

Interrumpimos el trekking a la cima del Niénokoué y nos dirigimos en el vehículo a San Pedro. Fue allí donde experimenté las primeras fiebres. Había contraído el paludismo. Mis compañeros me transportaron a un hospital de San Pedro, pero las condiciones en él eran lamentables, y la botella del suero la colgaban de un clavo en la pared, sin ningún tipo de higiene. Fue cuando uno de ellos resolvió acompañarme al hospital de Abidjan y avisar al cónsul de la Embajada de España, que me vino a visitar. Yo estaba inconsciente, y así permanecí durante varios días. Todo esto me lo contaron después mis compañeros de viaje, pues yo no recordaba nada; en mi memoria hay un vacío entre la salida del Parque Nacional Taï y el día que me dieron el alta en el hospital de Abidjan. Sólo recuerdo a fogonazos la llegada a San Pedro.

Por suerte, de los cuatro tipos de malaria que existen, había contraído el más benigno, el que no te mata, y así pude contarlo y regresar unos días más tarde a Hospitalet de Llobregat, en mi querida España. Lo primero que hice al llegar a mi pueblo y estar restablecido de salud, fue comprar un cirio en la iglesia donde me bautizaron, en señal de agradecimiento a Dios.

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2 – PAPAHANAUMOKUAKEA

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Para alcanzar este sitio UNESCO volé desde Los Ángeles a Honolulu y un día más tarde al atolón de Midway junto a un nutrido grupo de veteranos de guerra, tanto estadounidenses como japoneses. Las plazas que quedaban las habían vendido a los viajeros para abaratar el costo del vuelo charter. A bordo me encontré con varios viajeros consumados que conocía por haber coincidido con ellos otros destinos, como en el atolón de Wake.

No es frecuente encontrar un avión con destino Midway, pues no es un atolón turístico y se ha de obtener previamente un permiso militar. A veces los cruceros escalan en Midway con turistas ornitólogos, pero no con regularidad. Para mí era una oportunidad única para conocer ese atolón, incluido en el sitio de Papahanaumokuakea.

Nada más al aterrizar, hacia el mediodía, hubo una ceremonia militar para conmemorar el aniversario de la Batalla de Midway, acontecida entre el 4 y el 6 de Junio de 1942, donde los americanos salieron victoriosos. Hablaron dos oficiales veteranos, uno americano y a continuación otro japonés. Todos asistimos con caras circunspectas a la ceremonia, y nos levantamos en señal de respeto al oír los himnos de Estados Unidos de América y del Japón. Tras ello, los soldados americanos nos invitaron a servirnos sin coerción café con leche y bollos de nata.

Disponíamos de unas 6 horas de tiempo libre antes de volar de regreso a Honolulu.

Lo sorprendente de Midway es la increíble cantidad de albatros autóctonos (conocidos por Albatros de Laysan) que allí vivían. Era su territorio, los pocos humanos que allí vivían (unos 70 entre militares y voluntarios estudiosos de los albatros) eran invasores en su atolón. Nos contaron que en ese atolón, de unos 6 kilómetros cuadrados de superficie, vivían unos dos millones de albatros, la mayor concentración de estas aves en el mundo. No se inmutaban ante nuestra presencia ni nos temían, pues estaban acostumbrados a ser respetados por los humanos. Los machos flirteaban con las hembras. Era una visión que parecía sobrenatural, milagrosa. Así les pareció a la mayoría de los viajeros con los que conversé.

Para muchos Midway era el lugar más sorprendente que habían visitado a lo largo de sus carreras viajeras. Para mí Midway representó un lugar mágico.

Cuando me cansé de pasear por el atolón esquivando albatros para no pisarlos, me fui a la playa. Allí había una taberna llamada Captain Brooks, donde la comida nos sería ofrecida gratuitamente, pues ya habíamos pagado por ella en el billete del avión. Era buffet libre y las bebidas estaban incluidas. Cuando llegó la hora nos dirigimos al aeropuerto y acto seguido volamos de regreso a Hawaii.

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3 – HARAR JUGOL

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Una noche abordé un tren en Addis Ababa con destino final Djibouti y por la mañana descendí en Dire Dawa, donde transbordé en un minibús hasta la otrora misteriosa y prohibida ciudad amurallada de Harar.

Harar fue la ciudad por la que tenía más expectativas antes de viajar desde Nairobi a Etiopía en camiones. Ni las iglesias de Lalibela, ni las Fuentes del Nilo Azul, ni los castillos portugueses de Gondar, o Axum con su Arca de la Alianza, me habían suscitado tanta pasión. Y era debido a que había leído que Richard Burton (pero no el actor de cine que se casó con la actriz Elizabeth Taylor, sino un viajero inglés del siglo XIX) había sido el primer europeo en penetrar en esa ciudad, a la que llegó a pie, desde el Mar Rojo, sin miedo, y permaneció en ella diez días.

El minibús me dejó frente a una de las cinco entradas a la ciudad, cuyas murallas (llamadas Jugol) se hallan muy bien preservadas. Harar es una excepción en Etiopía. En esa ciudad la población es mayoritariamente musulmana, mientras que en las del resto del país predominan los cristianos.

Vi cristianos en Harar, e hice amistad con algún monje que otro en sus iglesias, pero predominaban las mezquitas, algunas de ellas databan del siglo X.

Una de las visitas no religiosas que efectué fue a la casa/museo donde supuestamente vivió el poeta Arthur Rimbaud, pero no para componer poemas, sino para desempeñarse de traficante de armas. Subí al primer piso y me gustaron sus cristaleras.

Sin embargo no encontré ningún signo que recordara la visita de Richard Burton, el mejor viajero inglés de todos los tiempos. Por la noche asistí a un espectáculo de hienas. Un hombre las iba llamando a gritos una a una, por su nombre, y ellas se acercaban sumisamente. El hombre repartía entre ellas trozos de carne y luego regresaban al desierto.

Volvería en más ocasiones a Harar por otros motivos, y en cada nuevo viaje encontraba algo que me había dejado la vez anterior. Harar es una de esas ciudades míticas en África, como Timbuktu, una ciudad que un viajero que se precie como tal debe visitar en su vida.

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4 – RUTA CULTURAL DE SAN FRANCISCO JAVIER

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En la portada de la iglesia del castillo de Javier, en Navarra, adonde llegué a pie, como un peregrino, están escritos los nombres de las 22 ciudades relacionadas con la vida de san Francisco Javier, el llamado Apóstol de Asia:

Javier – París – Roma – Venecia – Bolonia – Vicenza – Lisboa – Mozambique – Melinde – Socotra – Goa – Comorín – Tranvancor – Ceilán – Megapatan – Meliapor – Malaca – Banda – Molucas – Amanguchi – Meaco – Sancián.

He tratado de viajar a la mayor cantidad de estos lugares siguiendo las huellas de nuestro querido santo y viajero. En algunos de los que he estado, por ignorancia, no indagué sobre él (por ejemplo en la Isla de Socotra, o en Sri Lanka), pero sí que ya sabía sobre él cuando visité Goa, en la India, donde predicó el Cristianismo tres años y tres meses, atendiendo una leprosería, y por ello allí se preserva su cuerpo incorrupto.

En la Isla de Mozambique dormí en la misma iglesia donde vivió san Francisco Javier un tiempo. En la isla de Ambon esperé durante una semana el barco a la Isla de Timor y averigüé sobre él. En Lisboa contemplé la estatua del santo de rodillas en el Padrão dos Descobrimentos (se embarcó a Oriente en Lisboa por cuenta del Gobierno Portugués, en calidad de nuncio del Papa de Roma). En Malaca hay una iglesia llamada (en inglés) St. Francis Xavier y varias estatuas.

Finalmente, en mayo del 2016, pude llegar en ferry a la isla de Sancián, en China, donde visité el lugar donde Francisco Javier murió y la iglesia que allí construyó, la cual constituye un lugar de peregrinaje, sobre todo para los católicos japoneses. En lo alto de una colina se yergue una estatua dedicada a él.

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5 – ESCULTURAS RUPESTRES DE DAZU

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Tenía a mi disposición cinco montañas adonde dirigirme para admirar este Patrimonio Mundial:

– Shizhuan shan, con esculturas del siglo XI

– Bei Shan, con estatuas representando el Budismo Tántrico

– Nan Shan, con estatuas del siglo XII, la mayoría Taoístas

– Shimen Shan, con esculturas con motivos Budistas y Taoístas

– Baoding Shan, con estatuas Budistas en una garganta con forma de U

De haber visitado las cinco montañas me habría empachado de estatuas, así que mi intuición me hizo seleccionar Baoding, la última, porque había leído que su autor, el sabio monje Zhao Zhifeng, había trabajado en esa garganta durante 70 años, y deduje que habría alcanzado el estado de Nirvana.

Llegué a Baoding Shan (Shan significa montaña en chino) en el asiento de atrás de una moto. Compré el billete de entrada y durante todo ese día contemplé el complejo de estatuas a lo largo de una garganta, sin dejarme ni una, tomando notas de todas ellas, leyendo los letreros y, ante algunas, meditando. Allí había sabiduría labrada en piedra.

Baoding Shan era una escuela esotérica al aire libre para estudiar y poner en práctica los conocimientos que allí se ofrecían para intentar superar la condición de bípedo implume que adquirimos al nacer, y aprender a vivir correctamente como un hombre completo.

Las esculturas que más me llegaron al alma fueron las de la Rueda de la Vida, el Buda Shakyamuni y su piedad, el nicho de los seis animales que simbolizan los seis sentidos del ser humano (vista, oído, olfato, tacto, gusto, e intuición), Avalokitesvara, los tres santos de la escuela budista de Huayan, diversos Bodhisattvas, y un largo etcétera.

Por la noche viajé en autobuses y trenes hacia otro Patrimonio de la Humanidad de la organización UNESCO: los Santuarios del Panda Gigante de Sichuan.

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6 – FERROCARRIL RÉTICO EN EL PAISAJE DE LOS RÍOS ALBULA Y BERNINA

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Una fría mañana del mes de febrero, en Saint Moritz, Suiza, compré un billete de tren a Tirano, en Italia. Pagué por él la equivalencia a 30 euros.

El trayecto duraría dos horas y media. Había más extranjeros en el tren, pero ellos habían pagado un extra para instalarse en un vagón con techo de cristal para poder hacer fotografías a las montañas. Yo viajé en el vagón de batalla. De hecho, apenas iban pasajeros en ese tren, y casi todos los que viajábamos en él éramos turistas.

Hubo muchas paradas pero la mayoría eran tan cortas, de apenas 10 segundos, que no podía descender por miedo a que se me escapara el tren, aunque a veces lo hacía y corría rápido de vuelta. El controlador, vestido con un anorak de color rojo, ya se había fijado en mi audacia y cuando me veía intentando bajar, me reñía y me pedía que me quedara dentro del vagón.

¡Qué rabia!

El paisaje era hermoso, las cumbres de las montañas estaban nevadas, como el macizo de la Bernina, que supera los 4.000 metros de altura, los pueblecitos que atravesábamos eran encantadores, así como los lagos, pero al no disponer de más tiempo en las paradas para saborear el entorno, me sentía moderadamente frustrado.

Había muchos letreros por el camino que te ilustraban de cada lugar, indicando la altitud. Por los altavoces anunciaban las paradas con comentarios turísticos en los idiomas alemán e inglés, mas al cruzar la frontera italiana los cambiaron por italiano e inglés. Cruzamos un acueducto e invadimos carreteras. Semáforos en rojo obligaban a los coches a parar en las aldeas para dar preferencia de paso al tren. Incluso había carreteras que eran compartidas simultáneamente por coches y las vías del tren.

Cuando avisté el Santuario della Madonna supe que ya estaba arribando a Tirano. Varios turistas extranjeros esperaban en esa población para realizar el mismo trayecto en tren, pero a la inversa.

Horas más tarde, tras visitar las atracciones turísticas de Tirano y comprar un cirio en el Santuario della Madonna, abordé otro tren, esta vez con destino Milano para visitar otro Patrimonio Mundial: la pintura de La Última Cena, de Leonardo da Vinci.

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7 – ÁREA ARQUEOLÓGICA DE MRAUK U Y MONUMENTOS

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No fue fácil acceder a Mrauk U. Primero volé desde Bangkok a Yangón, tras el cambio de aeropuerto compre un billete de avión a Sittwe, donde la Policía me registró en un libro de visitantes, pues esa zona es conflictiva por la tensión entre los budistas y los musulmanes, por ello no se permite llegar a Sittwe por tierra a los extranjeros.

Me acerqué al puerto de Sittwe sobre el río Kalandan y abordé durante 6 horas una barca hasta Mrauk U. Llegué ya de noche a esa mítica ciudad. Localicé un hotelito y tras depositar mi pequeña bolsa me desplacé a otro hotel vecino donde me encontré con un gran viajero estadounidense, Jeff Shea, con quien emprendería visitas diarias a los templos y monasterios budistas de los alrededores.

El Reino de Arakán era independiente hasta que fue invadido por los birmanos en el siglo XVIII. Las ruinas del antiguo palacio real se pueden hoy distinguir y quedaban justo enfrente de mi hotel.

Los tres días pasados con Jeff descubriendo ese lugar tan remoto e ignoto fueron memorables. El primer día juntos lo empleamos en conocer los templos budistas principales de Mrauk U, que son muchos, casi tantos como en Bagan, algunos de los cuales (como el Koe Thaung) albergan hasta 90.000 estatuas de Buda. El segundo día viajamos por el río Lay Myo hasta el Estado Chin, fronterizo con India, para ver las mujeres con tatuajes en la cara, y el tercero viajamos al remoto monasterio Maha Muni (que significa Gran Sabiduría), que fue visitado por el propio Buda.

Fueron tres días saturados de impresiones y de aprendizaje sobre budismo y etnografía que nos enriqueció la mente y el alma. El cuarto día Jeff y yo nos separamos. Él aún viajaría al Estado de Kachin, en Myanmar, mientras que yo, al carecer del permiso militar para ese estado, me tuve que conformar con hacer desplazamientos alrededor de Yangón, a los monasterios budistas de Bago y Kyaiktiyo.

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8 – MISIONES JESUÍTICAS DE SANTÍSIMA TRINIDAD DEL PARANÁ Y JESÚS DE TAVARANGÜÉ

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El día anterior había visitado la misión jesuítica de San Ignacio Miní, en la provincia argentina de Misiones. Al trato poco cordial de sus porteros se añadió lo exagerado del precio de entrada, y me sentí timado (existen allí diferentes tarifas según las nacionalidades, y la mía, la española, era la más cara, carísima para unas ruinas en estado lamentable, y más teniendo en cuenta que tanto la población de San Ignacio como las misiones jesuíticas habían sido erigidas por los españoles).

Pero en Paraguay me vendieron por el equivalente a sólo 4 euros tres billetes para visitar las misiones de La Santísima Trinidad del Paraná, la de Jesús de Tavarangüe, y finalmente la de San Cosme y San Damián. Es decir, me salió el precio de misión a 1.33 euros, o unas 15 veces más barata que la de San Ignacio Miní.

En un largo día, desde la ciudad paraguaya de Encarnación, me dio tiempo a visitar, en diversos autobuses, en autostop, en moto y a pie, las tres misiones jesuíticas, a cual más interesante y fascinante, en mejor estado que la argentina de San Ignacio Miní, con excelentes folletos explicativos que me regalaron (cosa que no me dieron en la misión argentina). Además, en la primera las porteras me invitaron a desayunar en el excelente museo de la misión, en la segunda una joven guía se ofreció para explicarme el lugar durante más de una hora señalándome los elementos mudéjar de la arquitectura y el simbolismo de sus relieves. Y en la tercera tuve tres guías, uno sobre la misión en general, otro sobre las maravillosas tallas de madera de la iglesia, y el tercero fue un profesor en astronomía que me mostró el reloj de sol de la misión y me dio clases magistrales de su ciencia una noche estrellada en su observatorio astronómico dentro de la misión, pues su fundador, el sacerdote jesuita Buenaventura Suárez (descendiente de Juan de Garay, el fundador de las ciudades de Santa Fe y, por segunda vez, de Buenos Aires), fue un experto astrónomo, el primero del Hemisferio Sur.

Los conocimientos, tanto arquitectónicos como históricos que me fueron transmitidos ese largo día por los empleados paraguayos de esas tres misiones (de las treinta que hoy existen repartidas entre Paraguay, Argentina y Brasil), fueron de un valor incalculable. Aprendí sobre los siniestros paulistas, o bandeirantes, los criminales esclavistas portugueses (con ayuda de indios locales) que desde Brasil se internaban en Paraguay a capturar indios guaraníes para esclavizarlos y venderlos, sobre la expulsión de los Jesuitas por Carlos III, sobre los estudios que realizaban los guaraníes en las treinta misiones jesuíticas, entre ellos música, astronomía y tres lenguas (guaraní, español y latín).

Ya me hubiera gustado a mí ser educado en mi infancia como un indio guaraní de aquellos tiempos, y no como se estudia hoy en España, robando el alma a los niños por una educación dirigida por comisarios políticos, que tratan de adoctrinarte, y aún es peor en algunas regiones periféricas de nuestro país.

No tuve tiempo de regresar ese día a Encarnación, por lo que pasé la noche en una posada de San Cosme y Damián, junto al observatorio astronómico, cenando una deliciosa sopa de pescado al estilo paraguayo. Dormí feliz, como un lirón, por el rico día en conocimientos e impresiones dichosas que acaba de vivir. Por la mañana me marché a seguir viajando a otra parte.

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9 – CENTRO HISTÓRICO DE BUJARÁ

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Llegué de noche a Bukhara, proveniente de las ruinas de Merv, en Turkmenistán (otro Patrimonio Mundial), atravesando el río Amu Darya en Chardzhou, (hoy Turkmenabat).

La estación de tren queda alejada del centro de la ciudad. Intenté quedarme a dormir en ella, pero a medianoche la cerraban. Llovía en la calle. Justo enfrente de la estación, atravesando los raíles, unas luces intermitentes indicaban que allí había un caravanserai. Me acerqué y por el equivalente a medio euro de la actualidad me ofrecieron un camastro donde encontrara sitio. En una sala ya había siete uzbekos instalados, ruidosos y fumando (me pareció oler marihuana), busqué en otro, y aún en otro, y al final hallé un cuarto con sólo cuatro uzbekos pacíficos que me ofrecieron naranjas de sus bolsas. Todos eran vendedores de naranjas que al día siguiente abordarían el tren para venderlas en alguna ciudad de Uzbekistán, Kazakstán, o bien de Rusia.

Por la mañana me desplacé al centro de Bukhara. De hecho, iba en tránsito desde las orillas del Mar Caspio hasta Siberia, pero era una pena no detenerme, aunque fuera por sólo un día, en las ciudades más legendarias del camino, a pesar de que las conocía absolutamente todas de cinco o seis viajes anteriores en tiempos de la URSS, cuando un inevitable guía de la agencia soviética Intourist te acompañaba a todos sitios. Esta sería la primera vez que visitaría Bukhara por libre.

Sólo disponía de un visado ruso. En Turkmenistán me habían concedido un visado de tránsito de tres días al llegar en barco a Krasnovodsk (hoy Turkmenbashi), procedente de Bakú, en Azerbaiján. En Bukhara, cuando me presenté a la Policía, me ofrecieron in situ tres días más, y así poco a poco iba recorriendo las repúblicas de Asia Central, no pasando en cada una de ellas más de tres días, hasta que alcancé Novosibirsk, en Rusia.

Rememoré mis viajes anteriores a la mítica Bukhara, cuyo nombre tal vez no invoca tanta pasión y exotismo como “Samarkanda”, pero me gustaba más; de hecho Bukhara es mi ciudad favorita de toda Asia Central.

Lo primero que hice al formalizar mi situación con las autoridades, fue dirigirme a Lyabi Houz, y tomarme un té con dulces de miel en un chaikhaná junto a la estatua de mi héroe Mullah Nasrudín y su burro. No dejé asimismo de revisitar los originales cuatro minaretes de Char Minor (que justo significa “cuatro minaretes”), las madrasas principales, mausoleos y minaretes varios, la bella mezquita Bolo-Khauz, el palacio y la fortaleza Ark con el pozo donde encerraron y, posteriormente, ajusticiaron a los dos espías ingleses Stoddart y Conolly, en el contexto del Torneo de Sombras (El Gran Juego) entre Rusia e Inglaterra por controlar Asia Central.

En aquellos tiempos del siglo XIX Bukhara era una ciudad prohibida, y al intruso que penetraba en ella y era capturado, el Emir ordenaba ejecutarlo sin contemplaciones. Sólo se tiene constancia del gran viajero húngaro Arminius Vámbéry que se introdujo en esa ciudad prohibida y se escapó vivo de ella, pues cuando los soldados del Emir quisieron probarle para comprobar si era un europeo, interpretaron con la flauta una pegadiza melodía, a ver si con sus pies seguía el ritmo, cosa que hacen todos los europeos, pero no los asiáticos. Como Arminius ya conocía esa trampa, se contuvo, no movió los pies, y le tomaron por local, de momento. Después le siguieron para ver cómo se desenvolvía para hacer aguas menores en el campo. Arminius se agachó, como las mujeres, pues esa es la forma que adoptan los asiáticos, y no de pie, como hacen los europeos. También superó la segunda prueba. No obstante, resolvió abandonar Bukhara al día siguiente, por si acaso le planteaban una tercera prueba que no pudiera solventar.

El día siguiente proseguí mi viaje por Asia Central y me desplacé a Samarkanda.

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10 – MONASTERIO DE STUDENICA

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Me hallaba siguiendo la Ruta Transrománica. De Pristina, la capital de Kosovo, crucé a Kosovo Norte, a la ciudad dividida de Kosovska Mitrovica, a la parte serbia tras la aprobación de los militares de las Naciones Unidas (me controlaron varios soldados italianos). Me hicieron preguntas sobre el propósito de mi viaje por Kosovo, pues de los 193 países de las Naciones Unidas, 108 reconocen la independencia de Kosovo, mientras los otros 85 no, y entre estos últimos se halla España junto a la inmensa mayoría de los países iberoamericanos (Brasil, México, Argentina, Chile, etc.).

Una vez cruzado el Río Ibar entré en la parte serbia de Kosovo. Hasta llegar a Serbia debí todavía viajar en autobús, cruzar la frontera, descender en Usce y finalmente caminar ascendiendo montañas unos 11 kilómetros, hasta el monasterio. Suerte que a la media hora paró un coche y su conductor me transportó hasta Studenica.

Desde Pristina me había tomado un día entero alcanzar ese Patrimonio Mundial que es, al mismo tiempo, uno de los monasterios de la Ruta Transrománica.

Además de Serbia, otros siete países europeos integran esa ruta, entre ellos España y Portugal. Los más de 1.300 monasterios y templos cristianos ortodoxos serbios localizados en Kosovo, debido al odio hacia los serbios por parte de los albano-kosovares, que son musulmanes, centenares de ellos han sido destruidos con saña, a pesar de estar en la lista de Patrimonios Mundiales de la UNESCO.

El monasterio de Studenica era más bien pequeño y estaba amurallado. Era bello, rodeado de naturaleza exuberante, y databa del siglo XII. Su emblema era una cruz y un ancla, que simboliza la esperanza en la resurrección. El monasterio lo moran ocho monjes. Al entrar vi a uno de ellos que estaba barriendo el monasterio. Le pregunté por los dormitorios de los peregrinos y me mandó al albergue, dentro del territorio amurallado, que cobraba 110 dinares (unos 10 euros) por una habitación individual con el desayuno incluido. En una pared de mi cuarto había un mapa mostrando los viajes de San Sava, un santo muy venerado en los Balcanes que peregrinó a Anatolia, a Egipto (al Monasterio de Santa Catalina en el Sinaí), Tierra Santa, etc., y fundó, junto a su padre, el monasterio de Hilandar, en el Monte Athos. Los padres de San Sava habían sido precisamente los fundadores del monasterio de Studenica.

Acepté encantado el precio, dejé mi bolsa y salí a explorar el monasterio por dentro y fuera de sus murallas, con todas sus instalaciones y los frescos en la iglesia central y en el refectorio, o trapeza. El monje barrendero fue el encargado de mostrarme la iglesia, las tumbas de reyes (entre ellas el hermano de San Sava) y los mejores frescos, en especial el de la Crucifixión. Los del interior de la Trapeza también eran muy vistosos y su visión te transmitía paz interior.

Al día siguiente, tras participar en la misa y luego desayunar, reanudé mi peregrinaje a pie, en autostop y en autobuses a lo largo de la Ruta Transrománica. Y si el monasterio de Studenica me había gustado, el próximo adonde me dirigía, el monasterio femenino de Zeca, llamado el Rojo (que fue fundado por San Sava), me encantaría todavía más por ser el lugar de coronación de los reyes serbios, y su estancia en él me proporcionaría una gran satisfacción por su belleza y el trato exquisito que las lozanas monjas me dispensarían sin cesar.

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11 – ISLA DE LORD HOWE

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Visitar Lord Howe me supuso cerca de 1000 euros de mi exiguo presupuesto de viaje, entre los billetes de avión más el precio disparatado del hotel más barato. A punto estuve de sacrificar el viajar a este sitio, pero al final pudo más la curiosidad que el coste, pues me hallaba al inicio de un viaje y todavía tenía dinero. Si hubiera sido al final del mismo me habría tenido que volver a casa sin conocer esta isla. Pero todo tiene su precio; al final, por volar a Lord Howe, tuve que sacrificar otras islas, como las Trobriand, en Papúa Nueva Guinea, todavía más interesantes que Lord Howe, pues en ellas las mujeres papúas seducen a los hombres.

Antes de volar a Lord Howe reservé por Internet el vuelo combinado con 3 noches de hotel, la cantidad mínima para poder obtener el permiso. Si se intenta volar a Lord Howe sin la reserva de hotel, no te entregan la tarjeta de embarque en el aeropuerto. Y ni hablar de explicar en el aeropuerto que uno va a acampar en esa isla, lo que está terminantemente prohibido. En fin, a lo hecho, pecho.

En el aeropuerto me esperaba la dueña del alojamiento. Primero me paseó con su coche por la isla y me dio explicaciones sobre su flora y su fauna. La isla era preciosa, de ensueño, tal vez demasiado perfecta para ser verdadera; yo de inmediato la bauticé Barbie Island. Me alojé en un cottage encantador, en una planta baja con cama de matrimonio, cocina, un patio, árboles frutales, una hamaca, y la nevera estaba llena con botellas de leche, huevos y bollos de nata… aquello era un verdadero lujo en mis condiciones, pues varias noches atrás las había pasado durmiendo en los asientos de madera del aeropuerto de Sídney.

Todo era caro en esa isla, hasta los productos del supermercado. El museo era gratuito, menos mal, y lo visité tres veces, una por día, para aprovechar y aprender bien la historia de la isla, que había sido descubierta durante una expedición de la Royal Navy que iba a los penales de la vecina isla de Norfolk, y la bautizó con el apellido del primer lord del Almirantazgo: Richard Howe. La isla siempre había estado deshabitada, por eso su historia humana comienza con la llegada de los ingleses.

Trataba de alimentarme del contenido de la nevera, pero a veces compraba, para complementar, productos del supermercado. El día siguiente era domingo, fui a misa y al comprarle un cirio al monaguillo hice amistad con él y me invitó las dos últimas noches a cenar en su restaurante. El monaguillo era chino y había viajado a España en sus años mozos. Su esposa era nativa de las Islas Salomón. Ambos eran muy simpáticos y al saber que era español se mostraron muy complacidos.

Paseaba por la isla y me bañaba en sus playas, pero es tan pequeña que en un día se visita todo y se asciende a sus picos. Muchos pájaros me sobrevolaban y había letreros que pedían prudencia a los conductores de vehículos para no atropellarlos.

El cuarto día viajé a Australia continental para un día más tarde volar a la Isla Norfolk y allí visitar los siniestros penales ingleses, otro Patrimonio Mundial de UNESCO. Menos mal que en esa nueva isla no me exigieron reservar hotel y pude así dormir de modo gratuito en el follaje de las celdas de los antiguos penales.

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12 – MONASTERIO Y SITIO DE EL ESCORIAL, MADRID

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La primera vez que visité el Monasterio de El Escorial lo hice como turista. Era incauto, tenía sólo 20 años y en Madrid compré un tour con todo incluido a El Escorial más el Valle de los Caídos por poco más de 1.000 pesetas. Posteriormente volvería más veces a esos dos sitios, no menos de veinte, pero siempre por mi cuenta y, con frecuencia, con amigos extranjeros.

La primera vez el exterior del monasterio me pareció austero, no podía imaginar entonces que el interior de ese colosal edificio de aspecto sobrio en forma de parrilla contuviera maravillas que están más allá de la imaginación. Nuestro guía, incluido en el tour, era un hombre enjuto, muy mayor, caminando con ayuda de un bastón, que trataba de impresionar a los turistas de nuestro grupo contándonos la cantidad exacta de habitaciones, puertas y ventanas que había en ese monasterio.

Durante unas 3 horas visitamos, en compañía del guía, todo lo más remarcable (a excepción del monasterio en sí pues estaba habitado por monjes), desde los pasillos con las habitaciones, incluida la cama de Felipe II, hasta la Basílica, la Sala de las Batallas mostrando las victorias de las tropas españolas, siendo una de ellas la de San Quintín (que motivó la erección del monasterio), el Panteón, la fantástica Biblioteca con sus manuscritos iluminados, mapas antiguos y los Libros de Horas, los jardines de los frailes, el museo albergando pinturas de artistas tan sobresalientes como El Greco, José de Ribera, Tiziano, Zurbarán, El Bosco, Tintoretto, Paolo Veronese… además de otros tesoros. Aquello era asombroso, prodigioso, entrañable para un español, uno sentía que ese monasterio albergaba el alma de España.

Además de la Sala de las Batallas y la Biblioteca, lo que más me cautivó fue el Crucifijo de mármol de Carrara, obra de Benvenuto Cellini, la tumba de don Juan de Austria en el Panteón de los Infantes, más algunos frescos de Luca Giordano. Considero el Monasterio de El Escorial el Patrimonio de la Humanidad español más extraordinario.

Tras el Monasterio de El Escorial el chófer nos condujo a pocos kilómetros de allí para visitar la Abadía Benedictina de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Desde la lejanía ya se observaba la cruz monumental, de 150 metros de altura. Pero este impactante lugar no está incluido en el Patrimonio Mundial junto a El Escorial.

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13 – ISLAS MARQUESAS

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En Papeete compré por menos de 600 euros un airpass para visitar cuatro islas del archipiélago de las Marquesas.

Me daba ilusión llegar a ellas pues fue el leonés (de Congosto) don Álvaro de Mendaña que en el año 1595 descubrió esas islas para el mundo occidental. Las llamó Islas Marquesas de Mendoza, en honor al virrey de Perú.

Las cuatro islas, las únicas donde hay aeropuerto, eran: Nuku Hiva, Ua Pou, Ua Huka y Hiva Oa. En cada una de ellas pasaría un promedio de dos a tres días. Por lo general, los turistas suelen visitar solo una de estas islas, Hiva Oa, pues allí vivió Paul Gauguin y Jacques Brel. Además, es en esa isla, en uno de sus extremos, donde se hallan los famosos tiki y los marae polinesios, que yo alcancé practicando el autostop, lo que me tomó dos días con una noche.

Nuku Hiva fue la primera isla donde aterricé por las combinaciones de vuelos. Es hermosa, como todas ellas, y las gentes son muy hospitalaria, pero el aeropuerto está localizado muy lejos de la población principal y los taxis eran carísimos (la vida es muy cara en toda la Polinesia Francesa), así que caminé y, al mismo tiempo, estiraba el pulgar de mi mano derecha haciendo autostop. Siempre había alguien que se ofrecía para llevarme, fuera en su coche o en su caballo.

Muchas noches no fue necesario que durmiera en la playa, sino que los indígenas me invitaban a compartir sus cabañas y me regalaban la fruta del pan. Casi todo el mundo lleva tatuajes y son muy religiosos. Una de las atracciones turísticas en el Pacífico en general, es asistir a las misas, cuando todos se visten con sus mejores atuendos y cantan y compran cirios durante las ceremonias. A veces también practican sus danzas tradicionales. Al acabar la misa los indígenas se suelen reunir e invariablemente preparan café, tés y bollos de nata para los parroquianos.

Cada isla posee un museo, que procuré visitar. En Hiva Oa se encuentra el Centro Cultural de Paul Gauguin y el avión de Jacques Brel, cerca del cementerio donde están enterrados. También visité el interesante museo Vaipaee, en Ua Huka, con trebejos de los antiguos nativos, y una colección de dibujos ilustrativos.

Pero, en mi opinión, lo mejor de esas islas no son sus museos, ni sus tikki y maraes. Lo mejor son sus gentes, siempre sonrientes, que parece que vivan en una fiesta continua, pues aprovechan cualquier motivo para danzar. Los paisajes de ese archipiélago son maravillosos y uno comprende por qué viajeros del pasado como Herman Melville o Robert Louis Stevenson se enamoraron de esas islas.

Yo también me enamoré de las Marquesas. En el avión de vuelta a Tahiti iba canturreando todo el rato la conocida melodía que Jacques Brel compuso para esas islas que tanto amó:

Le rire est dans le cœur

Le mot dans le regard

Le cœur est voyageur

L’avenir est au hasard

Et passent des cocotiers

Qui écrivent des chants d’amour

Que les sœurs d’alentour Ignorent

D’ignorer

Les pirogues s’en vont

Les pirogues s’en viennent

Et mes souvenirs deviennent

Ce que les vieux en font

Veux tu que je dise

Gémir n’est pas de mise

Aux Marquises… lalala… lalala…

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14 – BASÍLICA Y COLINA DE VÉZELAY

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No es fácil alcanzar Vézelay por medios locales. Tuve que hacer autostop desde Troyes, hasta que el último coche me dejó en el refugio de la Madeleine, en lo alto de la colina. Eran las 9 de la noche. Piqué varias veces pero nadie me abría. Ya me disponía a desplegar mi saco de dormir en el interior de algún cajero automático, a salvo de la lluvia, cuando dos frailes me abrieron la puerta y me instalaron en un dormitorio vacío.

Era el único peregrino que en esas fechas (invierno del 2016) se aventuraba a realizar a pie el Camino Francés hasta Santiago de Compostela.

Uno de los frailes, sonriente y feliz de la vida, me regaló una manzana que me comí con fruición antes de dormir.

Por la mañana, antes de comenzar a caminar, participé en la misa del refugio, a la que asistieron campesinos del lugar, y recibí mi bendición. Luego visité el interior de la basílica, incluyendo los restos de Santa María Magdalena.

La basílica era pequeña, pero albergaba en el sótano las reliquias de María Magdalena, protegidas por unos barrotes.

Durante aproximadamente una hora escudriñé cada rincón de esa basílica y leí todos los letreros acerca de su historia. Todo el conjunto monástico de la colina era entrañable.

Una vez que me pareció que ya lo tenía todo visto, me acerqué a la pequeña estatua del Apóstol Santiago, la besé, descendí de la colina y comencé mi peregrinaje.

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15 – PARQUE NATURAL DE LOS PILARES DEL LENA

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En Yakutsk debía esperar durante siete días el permiso militar para embarcarme por el Río Lena hasta la ciudad prohibida y militar de Tiksi, en el Océano Glacial Ártico, base de los famosos y bellísimos aviones Tupolev Tu-95, llamados Bear (Oso) por la OTAN.

¿Cómo emplear esos días de manera provechosa?

Fui al puerto fluvial y acabé comprando un tour de tres días con dos noches al Parque Natural de los Pilares del Lena. Aunque adquirí tercera clase en un camarote comunal con varias literas, una vez en el barco MEKHANIK KULIBIN los amables grumetes me instalaron en una suite individual.

Zarpó el barco a media tarde y los pasajeros se reunieron al poco rato en una sala con karaoke, donde se pusieron a cantar y a beber vodka sin coerción. No me extrañó esa actitud pues ya sabía sobre la afición a empinar el codo en Rusia…. ¡pero…! … ¡No había allí ni un solo ruso! todos los 50 pasajeros eran yakutos, sin excepción, incluidos el capitán y sus grumetes, a pesar de que los rusos constituyen aproximadamente un 50 por ciento de la población en la República de Sakha, o Yakutia.

-¡Qué raro! -pensé- ¿Por qué los rusos no se interesan en visitar los Pilares del Lena?

Entre ellos utilizaban el idioma yakuto, emparentado con el mongol y hasta con el turco. Pero al dirigirse a mí, por deferencia, usaban el ruso. Una de las canciones que cantaban repetidamente, con letra parecida a un villancico español, llevaba un estribillo que, traducido, decía así:

–… beben y beben y vuelven a beber, los yakutos en el río por ver al sol nacer… lalala… lalala…

Por la mañana atracamos en una orilla del río Lena. Desembarcamos y me uní a un pequeño grupo de yakutos muy jóvenes que deseaban escalar a un pilar para obtener una vista panorámica del entorno. Los yakutos mayores se dedicaron a colocar cintas de colores en los árboles y a regar con vodka una estatua de un gran tótem de piedra. Desde allí en lo alto de un pilar la vista era soberbia. En un par de ocasiones fuimos sobrevolados por dos aviones “Oso”. Estaba sobrecogido. Los jóvenes yakutos me contaron que el río Lena es el décimo más largo del mundo y que el presidiario, y posteriormente revolucionario, Vladimir Ilich Ulianov, tomó del nombre de ese río su apodo de Lenin.

Los indios que cruzaron el Estrecho de Bering para instalarse en América erigían también tótems como recordatorio de los de los Pilares del Lena, pues ése era un sitio religioso para ellos, y aún hoy.

Me quedé cerca de media hora con los jóvenes yakutos, hasta que decidimos bajar. Una vez en la orilla del río observé la presencia de dos nuevos yakutos. Eran chamanes y vestían de manera especial; él de inmaculado color blanco, y ella de verde botella. Comprendí entonces que aquello era un centro de ceremonias chamanes. Los chamanes prendieron fuego con unas astillas y leña (más algo de vodka) y comenzaron a danzar alrededor de la hoguera con los brazos extendidos y, dirigiéndose al gran tótem de piedra, gritaban:

–… ¡UUUUUUUHHHHHHH! … ¡UUUUUUUHHHHHHH!

Aquello duró más de una hora. La mujer del chamán se pasó todo el tiempo interpretando música por medio de un khomus, o un arpa de boca, y el chamán pintó con tiza negra de la hoguera la punta de la nariz y la frente de todos los yakutos participantes en el rito. Yo me sentía en un estado de estupor, asombrado a más no poder por todo cuanto estaba presenciando. Al acabar las danzas y los cantos guturales bebieron más vodka; me pareció que estaban todos mesmerizados.

A media tarde regresamos al barco y de nuevo todos se entregaron a beber vodka y a cantar:

–… pero mira cómo beben los yakutos en el río, pero mira cómo beben por ver al sol nacido… beben y beben y vuelven a beber, los yakutos en el río por ver al sol nacer… lalala… lalala…

A la mañana del tercer día alcanzamos Yakutsk y pocos días más tarde, cuando me concedieron el permiso militar, zarpé con destino Tiksi, en el Océano Glacial Ártico.

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16 – SITIOS SAGRADOS Y RUTAS DE PEREGRINACIÓN DE LOS MONTES KII

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Desde Tokio viajé en un autobús nocturno a Tanabe, luego abordé un minibús a Takihiri, el Kilómetro Cero.

Junto a un gran Torii (arco tradicional japonés que da entrada a sitios sagrados) había una caja de madera con un sello y tinta para ir anotándote los lugares en la Credencial del Peregrino que me proporcionaron en la Oficina de Turismo de Tanabe. Esas cajas las encontraría cada pocos kilómetros para completar tus sellos en la Credencial y poder justificar tu peregrinaje a pie, sin hacer trampas.

Kumano Kodo es un camino de peregrinación que lleva a Kumano Sanzan (San en japonés significa tres, debido a las tres grandes santuarios de Kumano Hongu Taisha, Hayatama Taisha, Nachi Taisha). Kumano está situado al sur de Kioto y Nara, y ha sido desde tiempos antiguos honrado como un lugar sagrado donde viven los dioses. Durante cientos de años los emperadores japoneses han hecho ese peregrinaje, a pie, ordenando la construcción de refugios para ayudar a los peregrinos. En el pasado, Kumano era la “Tierra de Yomi”, la tierra mitológica de los muertos.

Durante el peregrinaje no me encontré con nadie, aparte de los paisanos en los dos o tres pueblos que crucé. Todos se quedaban extrañados al verme, pues estaba en el mes de Diciembre, cuando nadie realiza ese peregrinaje debido al frío. Por el camino había máquinas de venta de café y refrescos, y hasta cabinas telefónicas. En cada kilómetro habían instalado un pilón de madera con un número (del 1 al 75), y muchos signos (en japonés y en inglés) te señalaban la senda, a manera de las flechas amarillas en el Camino de Santiago.

El paisaje del Kumano Kodo es extraordinario y bellísimo, totalmente montañoso; se atraviesan bosques de cedros, exuberante follaje, ríos y arroyos, la gran cascada… pero no hay el mismo “feeling” que en el Camino de Santiago, en España.

Los Oji, o templos del Kumano Kodo (algunos erigidos durante el siglo IX y combinaban budismo con sintoísmo y viejas creencias japonesas, armonizando el cielo, la tierra y el hombre), suelen estar abandonados (¡muy útiles para dormir gratuitamente!), y a la llegada al santuario Kumano Hongu Taisha, la meta de las tres variantes del Kumano Kodo (yo elegí la Nakahechi, la que es Patrimonio Mundial por la UNESCO, y hermanada con el Camino de Santiago en España) se halla el gran Torii.

El peregrinaje me tomó tres días con dos noches. La primera dormí en un templo budista abandonado, la segunda en una especie de refugio en medio del follaje. El tercer día alcancé el pilón del kilómetro 75, y poco más allá el gran Torii (el más grande de Japón) que señalaba el fin de mi objetivo.

Antes de bajar las montañas una mujer me invitó a desayunar (me recordó a la entrañable señora Felisa a la entrada a Logroño, que siempre ayudaba a los peregrinos). Una vez en el pueblo, en el edificio equivalente a la “Casa do Dean”, al presentar la Credencial del Peregrino con los sellos de los Oji del camino, te entregan una “Compostela” de madera y todos los empleados, siguiendo la orden del jefe de ellos, con sonrisa abierta te saludan al unísono inclinando el cuerpo hacia delante hasta alcanzar los noventa grados, en señal de respeto.

En el monasterio, los monjes sintoístas van a lo suyo y no te hacen ni caso al verte; no les importa que hayas efectuado el peregrinaje a pie y me negaron el alojamiento (en Santiago de Compostela te dedican la “Misa del Peregrino”, te dan de comer gratis 3 días en el Parador de los Reyes Católicos en la Plaza del Obradoiro y puedes quedarte a dormir en el albergue del Monte do Gozo).

Como hasta la mañana siguiente no había autobuses hacia el oeste (mi próximo objetivo era seguir las huellas de nuestro San Francisco Javier en Kagoshima) me tuve que ir a dormir debajo de un puente, y para cenar me compré una sopa de sobre con fideos, que allí llaman Shoyu Ramen.

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17 – ARCHIPIÉLAGO DE SOCOTRA

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Aterricé en Hadiboh, la capital de la Isla de Socotra, proveniente de Sanaa, con una parada técnica en Mukalla. Debía reunirme con un grupo de viajeros internacionales para pasar juntos una semana, pues esa era la frecuencia de los vuelos desde Sanaa.

Desde el aeropuerto llegamos a la capital en autostop y una vez allí nos instalamos como pudimos, cada uno a su aire, en hostales de nativos o en casas particulares (todos los miembros del grupo eran expertos en viajar con lo puesto, con una mano por delante y otra por detrás).

Habíamos leído sobre los árboles drago (árbol de la sangre de dragón, o árbol drago de Socotra) y los arbustos adeniums, además de sus más de 800 plantas endémicas, y sabíamos que allí las playas eran idílicas, por ello mis amigos y yo habíamos elegido esa isla para celebrar el cumpleaños de nuestro compañero francés.

Lo que ignorábamos es que Socotra es mucho más que esos árboles y esas playas. Era una isla tan rica en actividades diversas que lamentamos no habernos quedado una semana más para descubrirla mejor y para habernos aventurado a navegar a sus islas vecinas de Abd al Kuri, Samhah y Darsah, que debían ser remotas entre las remotas. Si en la semana que pasamos en Socotra no vimos a otro extranjero ni por asomo, se puede uno imaginar que a esas tres islas mucho menos llegarían los turistas.

Si uno presume de chapurrear el árabe, en Socotra no le sirve de mucho, pues la mayoría de sus gentes no lo dominan, entre ellos hablan una lengua local afro-asiática que no se encuentra en el Yemen continental, pues las mujeres socotrís tienen prohibido abandonar su isla, por ello, los hombres de Socotra al casarse con una yemenita del continente, enseña a sus hijos el árabe y no el socotrí.

Siete días fueron escasos para Socotra y recorrimos el este, el oeste, el norte, el sur y el centro. El primer día descansamos, otro observamos un santuario natural con los árboles drago, otro nos fuimos a la paradisíaca playa de Qalansiyah, otro nos fuimos a un oasis inimaginable en esa isla y nos bañamos en sus aguas dulces, otro penetramos en unas cuevas de un desfiladero, el sexto descubrimos barrancos inesperados y visitamos un pueblo de pescadores para comer con ellos langostas junto a unos tanques dejados por los rusos, el séptimo nos comimos en Hadiboh una cabra a medias para celebrar el cumpleaños del francés…

El octavo día regresamos a Yemen continental para descubrir la ciudad vieja amurallada de Shibam (otro Patrimonio Mundial).

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18 – LUMBINI, LUGAR DE NACIMIENTO DE BUDA

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Los días de espera en Katmandú para recibir el visado de la India los invertí en visitar tres Patrimonios Mundiales de la Unesco en Nepal. El primero de ellos fue Lumbini, el lugar de nacimiento de Buda. Abordé un autobús nocturno y por la mañana llegué fresco como una lechuga a esa aldea, donde me alojé en el albergue que ofrecía el monasterio de Sri Lanka a los peregrinos. Allí teníamos charlas antes de cenar. Un día se nos explicaba sobre la historia de Maya (o Maha Maya), la madre de Buda, otro sobre los ocho lugares sagrados relacionados con él, etc.

Yo ignoraba que aparte de los cuatro sitios clásicos de Buda, el nacimiento en Lumbini, la iluminación en Bodh Gaya, el primer sermón en Sarnath y la muerte física en Kushinagar, había varios más, por ello, una vez en India, me apresté a visitarlos, sin dejarme ni uno, pues casi todos estaban localizados en el vecino estado indio de Bihar.

En todas estas localidades budistas hay delegaciones con monasterios y sala de acogida a los peregrinos de todos los países budistas de Asia, como Sri Lanka, Japón, Tailandia, Laos, Mongolia, India, Myanmar, Bután, Tíbet, etc., incluso Rusia. Uno de las atracciones turísticas es ir visitando todos estos monasterios internacionales. Yo lo hice en bicicleta y entraba en todos ellos para saber un poco más acerca de las enseñanzas de Buda.

El edificio más sagrado en Lumbini era el lugar donde Maya dio a luz a su hijo. Junto a ese sitio había una higuera donde sintió los primeros dolores del parto. También fue a la sombra de este árbol que Buda alcanzó el nirvana en Bodh Gaya. Junto a este antiguo palacio el emperador Asoka había erigido uno de los muchos pilares que existen sobre todo en India, para conmemorar tan trascendental hecho en le historia de la Humanidad, comparable al nacimiento de Jesús en Belén.

El tercer día di por concluida mi visita a Lumbini y me dirigí al vecino Parque Nacional de Chitwan, otro Patrimonio Mundial, donde realicé trekkings en elefante por la jungla con la esperanza de avistar tigres.

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19 – VESTIGIOS ARQUEOLÓGICOS EXCAVADOS DEL MAHAVIHARA DE NALANDA

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Me hallaba realizando el peregrinaje del “Astamahapratiharya”, o el visitar los ocho sitios sagrados budistas en Nepal e India. En un viaje tres décadas atrás había ya conocido los cuatro principales (el del nacimiento de Buda, su iluminación, su primer sermón y su muerte física).

En noviembre del año 2014 acometí los cuatro restantes, con éxito. Además, entre los de Vaisali y Rajgir con su Pico del Buitre, añadí un noveno lugar, Nalanda, por una razón principal: en su universidad había pasado varios años de su vida mi héroe viajero, el monje chino Xuanzang, además de haber sido visitada por el propio Buda, con lo cual se debería añadir a la lista del Astamahapratiharya.

Primero cumplí con mis deberes de turista, compré mi billete de entrada (20 veces más caro que la de indio) y durante dos horas recorrí las ruinas de la antigua universidad de Nalanda (que sería destruida por los fanáticos musulmanes), sin dejarme ninguna celda, templo, o estatua. Me encontré allí con muchos peregrinos de países budistas asiáticos, tales como ceilandeses, thailandeses, coreanos, birmanos, y hasta indios de Patna, pero no recuerdo haber visto ningún occidental. En sus mejores tiempos esa universidad albergaba 10.000 estudiantes, de los que se cuidaban 2.000 profesores.

Tras la visita de la universidad me sentí libre para dedicarme a conocer en cuerpo y alma, como un viajero, el Memorial dedicado a Xuanzang, sito a unos 20 minutos a pie (más bien corriendo de la emoción) de Nalanda. Al llegar pagué el billete de entrada y recorrí por no menos de 3 horas todo el complejo, tomando fotos y notas en mi libreta de bitácora.

Xuanzang realizó un trascendente viaje desde Xian a Nalanda a la búsqueda de sutras y otros textos budistas, que se llevaría a China. Durante su viaje, de 17 años de duración, cruzó numerosos reinos, esquivó bandidos y escapó en un sinfín de ocasiones a peligros de muerte. Viajaba en solitario, con una mano por delante y otra por detrás, tan sólo poseía una especia de “mochila” que cargaba en su espalda.

También estaba dibujado Bodhidharma con su pendiente en una oreja, lo que me dio mucha alegría, pues en una misma sala estaban representados dos grandes viajeros asiáticos. Embelesado, con los ojos húmedos, recorría la sala contemplando todos los cuadros y dibujos relacionados con el viaje de Xuanzang, con cada detalle, cada frase, cada dibujo. Reconozco que la visita a este memorial de Xuanzang me causó más placer que la de la Universidad de Nalanda.


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20 – HATRA

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La visita a este Patrimonio Mundial lo organicé a base de bien, de principio a fin. Era el año 2001, en tiempos de Saddam Hussein.

Todo comenzó cuando un gran amante de los viajes, mi amigo Sergi, me contactó para proponerme acompañarlo a visitar a un amigo suyo de Bagdad, quien le ofrecía un viaje por todo Iraq, incluyendo todos los Patrimonios Mundiales de UNESCO, a un precio de risa. Pero debíamos ser cinco turistas, requisito indispensable para obtener el visado iraquí.

De inmediato contacté a un amigo en Bilbao y gracias a él tres bilbaínos se nos añadirían. Reuní los cinco pasaportes y tomé un autobús nocturno desde mi pueblo, Hospitalet de Llobregat, a Madrid, y por la mañana me presenté en la Embajada de Iraq. Regresé a Hospitalet de Llobregat esa misma noche en otro autobús nocturno. A los pocos días los visados estaban listos, así que de nuevo embarqué en un autobús nocturno y por la mañana recuperé los cinco pasaportes. Y otra vez esa misma noche volví a Hospitalet de Llobregat.

A los pocos días volamos a Ammán, en Jordania, y nos dirigimos a la frontera con Iraq, donde nos realizaron el test del SIDA. Y allí esperaba el amigo de Sergi con su vehículo.

Durante 15 días disfrutamos de las maravillas de ese fantástico país que es Iraq. Aprendimos en dos semanas más historia sobre Mesopotamia que en años de escuela. Visitamos, además de Bagdad, Babilonia, la original mezquita de Samarra, Ur, tumbas de profetas sunitas y chiitas, Nínive, Najaf, Mosul… pero la visita número uno fue la realizada al antiguo caravanserai y escala de caravanas de la Ruta De la Seda: ¡HATRA!

En Hatra vimos solo ruinas, cierto, pero producían un gran efecto; había restos de palacios, templos de diversas culturas, estatuas representando dioses, imágenes exóticas… parecía que respirábamos el aura dejado por los camelleros en el pasado.

Por desgracia, a principios del año 2015, psicópatas inmundos, verdaderos enemigos de la Humanidad, las mismas bestias que destruyeron los Budas de Bamiyan en Afganistán, Palmira en Siria, y tantos otros sitios culturales milenarios que eran obra del genio humano, invadieron Hatra, arrasando buena parte de este patrimonio que pertenece a toda la humanidad.

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21 – MONTE ATHOS

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En 1984 realicé un viaje de diez días a diez monasterios del Monte Athos.

Varios amigos peregrinos que hice en él me mandaron meses más tarde las pocas fotos que poseo, en papel, porque en aquellos tiempos viajaba sin cámara fotográfica.

A pesar de los muchos años transcurridos, ese viaje permanece en mi memoria como uno de los más íntimos de mi vida. De los veinte monasterios allí existentes, diecisiete son griegos, uno es búlgaro, otro es serbio y otro es ruso. Cada monasterio es una maravilla y contiene tal cantidad de regalos de Reyes y Emperadores, gemas preciosas únicas en el mundo, frescos primorosamente acabados, una incalculable cantidad de iconos centenarios dibujados con maestría infinita, lámparas de oro macizo, manuscritos antiguos, Biblias de los primeros cristianos, cálices y otras reliquias, etc., además de una arquitectura asombrosa. Si se multiplican por veinte todas estas riquezas, los tesoros que alberga el Monte Athos están más allá de la imaginación.

Desde Ouranópolis, cada mañana zarpa una gabarra hacia el puerto de Dafne. A pie no está permitido viajar. Una vez que atraviesas el control mostrando tu diamonitirion (permiso de entrada al Monte Athos) puedes abordarla. Al arribar a Dafne hay que proseguir hasta Kariai, o Karies, donde de nuevo hay que presentar el permiso a las autoridades religiosas y al prefecto o representante del Gobierno Griego.

A lo largo de su historia el Monte Athos ha sufrido depredaciones de piratas, sobre todo árabes y turcos, pero los peores latrocinios y de los que peor recuerdo guardan los monjes hasta el día de hoy, son de los almogávares, esa banda de forajidos de la Corona de Aragón (aunque hay que decir como descarga nuestra que prácticamente ninguno de esos almogávares era aragonés propiamente, sino mercenarios europeos y algún catalán que otro), asesinos sin escrúpulos que durante sus fechorías mataban a mujeres embarazadas y bebés de pecho. En el Monte Athos degollaron a indefensos monjes y pillaron los monasterios para después llevarse a Barcelona como botín los tesoros robados a sangre y fuego. El cabecilla de esa pandilla de almogávares era el mercenario y pirata de origen alemán Roger de Flor (que para más inri tiene una calle con su nombre en Barcelona), que fue asesinado en Andrinópolis (actual Edirne, en Turquía). A los almogávares, para vengarlo (lo que se conoce en la Historia como “la furia catalana”), no se les ocurrió otra cosa que saquear los monasterios del Monte Athos degollando a sus indefensos monjes y robando todo el oro que pudieron encontrar. Pero lo que quemaron y destruyeron era todavía más valioso que las toneladas de oro y joyas sagradas que se llevaron al puerto de Barcelona. En el monasterio de Vatopediou mataron al abad y asesinaron a diez monjes. El Monasterio de San Pablo fue también destruido en 1309 por ellos, y quemaron completamente los monasterios de Constamonetou y Zographou. En todos ellos torturaban hasta la muerte a los monjes para que dijeran dónde habían escondido más oro.

Las caminatas son gratas; cruzas gargantas, playas, selva frondosa, y se observan muchas flores salvajes por doquier, pinos en lugares insospechados, hay cantos de pájaros, el murmullo del viento, y las mariposas te persiguen. Generalmente entre monasterio y monasterio hay una caminata de 5 a 6 horas yendo despacio, disfrutando el paisaje montañoso, realizando paraditas para absorber el néctar y la ambrosía que ese mágico sendero rezuma.

Tan pronto como arribas a un monasterio has de dirigirte al encargado de acoger al visitante, quien primero te invitará a un ouzo con unos dulces llamados “baklava”, te explicará los horarios de los servicios religiosos y del refectorio, y te mostrará el Katholikon, o interior más íntimo y sagrado de la iglesia en el centro del Monasterio, que se llama Kyriako, y es el foco de reunión de los monjes los domingos para compartir las albricias. A continuación te mostrará tu habitación, que es tipo celda, donde puedes dormir una sola noche.

Recuerdo como si fuera ayer la impresión que me produjo la primera vez que me fue mostrado mi cuarto en el Monasterio de Simono Petras, entré y ¡Dios mío qué emoción! ¡Aquello era de una belleza extraordinaria, superando la visión del Palacio del Potala en Lhasa! La celda que me asignaron tenía las vistas al mar y se encontraba en un piso muy alto de ese escarpado monasterio erigido sobre rocas poderosas.

Durante el yantar un monje recita en voz alta fragmentos de la Biblia (como en el Monasterio navarro de Leyre) y para beber te sirven vino. Todo es gratuito en el Monte Athos. El dinero está considerado una materia vil.

En uno de los monasterios donde pernocté experimenté fricción entre un monje y yo. Al preguntarme de dónde procedía de España contesté que era de Barcelona, porque de haber dicho que era de un pueblo llamado Hospitalet de Llobregat él no habría sabido dónde quedaba. Pero el monje, visiblemente molesto, me recriminó:

– ¡Catalán! ¡Eres catalán, los catalanes asesinaron a sangre fría a nuestros monjes y destruyeron varios de nuestros monasterios, sois gente de lo más vil que ha dado la Humanidad!

Temí que me echara del monasterio, como me consta que han hecho con algunos barceloneses en el Monte Athos. No lo hizo conmigo, pero ya no me dirigió más la palabra, y desviaba la mirada cuando pasaba junto a mí.

Yo era español, celtíbero puro, con todos mis antepasados descendientes de esas nobles y milenarias tribus, dueños de nuestra Península Ibérica, desde los Pirineos al estrecho de Gibraltar, y no tenía nada que ver con esos seres inmundos, aunque haya nacido junto a una ciudad de donde partían las naves de esa escoria humana. Probablemente, por un catalán y un aragonés entre esos criminales habría varios mercenarios alemanes e italianos, por lo que culpar sólo a los barceloneses lo veía muy injusto. Pero lo peor era comprobar que al lado de mi pueblo, Hospitalet de Llobregat, hay una ciudad más grande llamada Barcelona, y allí he visto una calle cuyo nombre está dedicado a esos criminales, que hoy serían buscados como terroristas por la comunidad internacional y ejecutados, como enemigos de la Humanidad que eran.

Tras Simono Petras caminé a Dyonisios, proseguí hacia Grigoriou, luego a Philotheou y aun a Stravronikita. Mi intención era visitar los veinte monasterios del Monthe Athos durante veinte días, pero el día décimo de mi peregrinaje, encontrándome en el Monasterio más grande, Magisto Lavra, un suceso infausto aconteció: un desalmado caco había robado la noche anterior un antiguo icono de uno de los monasterios. Enormemente consternados por el hurto el Consejo de Abades había decidido interrumpir la llegada de nuevos visitantes hasta que se averiguara su paradero. Los que estábamos ya allí fuimos “invitados” a dirigirnos en un plazo de 48 horas a Ouranopolis para una inspección.

Tenía un último día a mi disposición y elegí visitar un monasterio extranjero, es decir, no Griego. Descarté el búlgaro y el serbio, y me dirigí al ruso, llamado San Panteleimonos. Ese monasterio fue otro de mis preferidos. Sus cúpulas eran de estilo bizantino y sus monjes eran todos rusos. Algunos procedían del Monasterio de Sergei Posad, cerca de Moscú, otros de la isla de Valaam, en el interior del Lago Ladoga, y un archimandrita era originario de los monasterios de las Islas Solovietskiye, cerca de Arjanguelsk, en el Mar Blanco.

Una de las características de San Panteleimonos es su enorme campana, de 15.000 kilos, que está considerada la segunda de más peso del mundo.

El día de mi partida a Ouranopolis sentí un gran vacío y mi corazón se afligió. Intuía que esos diez días eran irrepetibles. Y aunque seguí viajando durante las temporadas que mi trabajo en hostelería en la Costa Brava me permitía a lugares exóticos y conocí a mucha gente admirable además de contemplar innumerables prodigios de la Naturaleza, nunca más en mi vida volví a experimentar una satisfacción interior tan profunda como esos diez días en el Monte Athos.

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22 – CENTRO HISTÓRICO DE LIMA

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Varias veces he visitado Lima en el pasado, quedándome a dormir en casas de amigos. No poseo fotos de esos tiempos. Pero sí unas pocas de mi último viaje, acaecido el año 2006, cuando debía tomar un buque llamado Maxim Gorkiy, que me llevaría la isla de Pitcairn (la de los amotinados del Bounty), el cual durante dos días atracó en el puerto peruano de El Callao.

Cada mañana, tras el desayuno, me dirigía en autobús al centro histórico de Lima para revisitar y rememorar mis viajes del pasado a la llamada en tiempos de la colonia “Ciudad de los Reyes”, la joya de la Corona Española.

Esos días había toque de queda en Lima; todos los edificios oficiales estaban protegidos por tanques y soldados armados hasta los dientes. Era un gozo recorrer los edificios coloniales de la Plaza Mayor. Admiré de nuevo el Palacio del Gobierno, el Palacio de Justicia, el Palacio Municipal con sus bellísimos balcones de influencia rococó, la Catedral, la Basílica y Convento de San Francisco de Lima (que contempla UNESCO en su Patrimonio), más la Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Carlos. Esta universidad de Lima está en lid con la de Santo Tomás de Aquino (en Santo Domingo, República Dominicana) por el honor de ser la Universidad más antigua de América. Últimamente se ha añadido a la disputa de este título la Universidad de México.

Durante el tiempo de la colonia, España construyó 26 universidades en América, basadas en las de Salamanca y Alcalá de Henares (además de innumerables colegios). Ni franceses en Quebec, holandeses, daneses y suecos en las Antillas, rusos en Alaska, o portugueses en Brasil, fundaron ninguna universidad en todos los años que colonizaron tierras americanas.

La primera universidad que establecieron los ingleses en América fue en Pensilvania, en 1740, pero sólo para los “blancos” o emigrantes de Europa. Mientras que las 26 universidades españolas eran para todos los españoles, es decir, los nacidos en España, los criollos, y también para los propios indígenas, o nativos naturales de América, pues también eran ciudadanos españoles.

Antes de regresar al barco comía en un restaurante limeño que conocía del pasado: La Buena Muerte. Allí solía ordenar un cebiche de uñas de cangrejo, o bien un cuy, es decir, un conejillo de indias, y siempre regado por una buena jarra de pisco.

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23 – TEMPLO Y CEMENTERIO DE CONFUCIO Y RESIDENCIA DE LA FAMILIA KONG EN QUFU

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Llegaba a Qufu en la oscuridad tras un largo día de viaje muy bien aprovechado: la noche anterior había abordado el ferry desde Dalian a Yantai, cruzando el Mar de Bohai, al alba proseguí en autobús hasta que alcancé Qingdao, la antigua ciudad alemana de Tsingtao, donde permanecí unas 3 horas para admirar los vestigios alemanes y sus antiguas embajadas europeas a lo largo de la Guantao Strasse.

A pesar de lo grato que es esa ciudad, el leitmotiv de mi largo viaje por China era bien otro, solo deseaba conocer los sitios relacionados con tres tipos de personas: sabios, santos y viajeros, para recoger su baraka. Viajeros como Xuanzang (en Xian) y Alexandra David-Neel (en el monasterio tibetano de Kumbum, cerca de Xining), santos como Francisco Javier (en la isla de Sanchuang, donde murió) y el Yogi Milarepa (en su cueva del Tibet), y sabios como Confucio (en Qufu).

Tras esa furtiva visita en Qingdao cogí un tren a una población cercana, a Qufu East Railway Station, para rendir respeto al sabio Confucio.

Tenía la intención de caminar hasta el centro de la ciudad, que dista varios kilómetros, calculé que en una hora, o como muchos dos, a paso ligero, llegaría allí. Pero en la estación de trenes había unos taxistas que esperaban a los pasajeros, y como éramos cuatro con el mismo destino (tres chinos y yo), entre todos pagamos el transporte de un taxi a Qufu, que apenas me supuso en yuans la equivalencia a un euro y medio. Me dejaron junto a la fortaleza de la muralla.

Incluso de noche me atrajo Qufu e intuí que sería una ciudad entrañable, como así fue. Como hacía frío y lloviznaba para dormir en un parque o debajo de un puente, busqué un dormitorio y hallé al azar una especie de Youth Hostel en la calle principal de la vieja parte de Qufu. Había extranjeros occidentales sentados en la recepción que bebían cervezas Tsingtao y consultaban guías turísticas de una editorial llamada algo así como de un planeta que no tiene amigos.

Como yo no soy turista, nunca compro ni consulto guías turísticas. El precio en ese albergue no era barato: 150 yuans por una cama en un dormitorio de ocho literas, lo que consideré un timo, así que me fui a un hotel chino, pues a pesar de que en muchos hoteles en China no aceptan extranjeros, al chapurrear su lengua con frecuencia a mí me suelen aceptar.

Y así fue, justo a unos 50 metros del albergue había un hotel chino con precios ligeramente más baratos que el dormitorios de los turistas que consultan sus guías turísticas, valga la redundancia. Me quedé en el hotel chino donde me ofrecieron una habitación individual muy decente.

Por la mañana compré un billete múltiple para poder visitar durante un día entero las tres atracciones turísticas principales de Qufu: el gran Templo de Confucio, el Cementerio de Confucio, y la casa de la Familia Kong (el nombre chino de Confucio era Kong Qiu).

Caminaba de un sitio a otro, aunque había muchos carros a caballos adornados con diseños fantásticos que eran muy populares en Qufu. Me recordaron a los burro-taxis de Mijas, en Málaga. Los templos llevaban nombres sugestivos, tales como: Adaptación a los Tiempos, o Gran Armonía y Vitalidad. Vi a chinos realizando ritos y mostrando su respeto a Confucio en ese templo. Era grande y lo visité todo, sin perderme ni un rincón. Cuando llegué al cementerio medité frente a la tumba de Confucio. Había estelas y tumbas de otros miembros de su familia, como la de su hijo mayor Kong Li.

Confucio fue un hombre completo que trascendió su estado natal de bípedo implume, pues cumplió tres de las cuatro condiciones para ello: tuvo hijos, escribió libros y plantó árboles. Solo le faltó dar una vuelta al mundo.

Mi tercera y última visita que comprendía mi ticket era la Mansión de la Familia Kong, que eran los descendientes de Confucio, y muchos de ellos se casaron con princesas. La mansión donde vivían se hallaba en un lateral del templo, y su misión era su mantenimiento, hasta la Revolución Comunista. Hoy es por el Gobierno Chino que se responsabiliza de su mantenimiento.

Había otros lugares remarcables en Qufu que visité raudo, pues se apartaban del contexto de mi viaje. Y cuando cayó la noche regresé en un carro de caballos a la estación de tren y proseguí el viaje dirigiéndome a Luoyang para visitar las Grutas de Longmen y aprender algo más sobre su paso por esas grutas del sabio indio Bodidharma, que introdujo el Budismo en China y fundaría el monasterio de Shaolin.

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24 – GRUTA DE SEOKGURAM Y TEMPLO DE BULGUKSA

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Me dio tiempo en un largo día a visitar los dos lugares que componen este Patrimonio Mundial. Desde Busan, adonde acababa de llegar con el ferry desde Shimonoseki, abordé un autobús a Gyeongiu, y de allí caminé hasta Bulguksa, donde durante varias horas visité las pagodas y templos, incluyendo los siete tesoros nacionales de Corea.

Gracias a las charlas con algunos monjes pude aprender algo más acerca del Budismo practicado en Corea. Me gustó todo cuanto vi y sobre todo la atmósfera de paz y armonía que se respiraba, observé con detenimiento la bella arquitectura y me quedé admirado ante la perfección de las estatuas religiosas representando a Buda y a varios Bodhishattvas.

Desde Bulguksa realicé un trekking de 4 kilómetros a través del follaje, lo que me tomó algo menos de una hora, acompañado de varios peregrinos coreanos, hasta la caverna de Seokguram. Ya en sí, esa corta caminata fue una delicia, pero lo que iba a ver me alborozaría más de lo que había esperado.

Como todo buen turista no me perdí nada de lo que aconsejaba un letrero a la entrada. Hasta que llegué al “plato fuerte”, la gran escultura de Buda mirando al mar en la posición que adoptó bajo la higuera de Bodhgaya (Bihar, India) cuando alcanzó la iluminación espiritual. Esa escultura de Buda exhalaba sabiduría; está considerada una de las más perfectas representaciones de Buda en piedra que existen en Asia. Imagino que su autor la realizó bajo un estado de gracia.

Estaba prohibido hacer fotografías, por lo que compré a un vendedor callejero varias postales de la estatua. Incluso la visión de Buda desde la postal te inspiraba, despertándote fuerzas interiores. Para que su visión quedara permanentemente en mi memoria me quedé contemplándola unas dos horas seguidas, en un estado de semi meditación.

Tras la visión de esa estatua nada más podría impresionarme de ese lugar, así que a final de la tarde regresé a pie hasta Gyeongiu y poco más tarde abordé un autobús nocturno con destino Seúl.

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25 – TULOUS DE FUJIAN

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Los tulous que los hakka construyeron por la provincia de Fujian ascienden a varios miles (aunque sólo 46 de ellos están clasificados como Patrimonio Mundial por UNESCO). Tenían propósitos defensivos contra los ataques de enemigos, o de bandidos.

Al acabar los tés con mis amigos hakka que conocí la noche anterior en la población de Kanshi, me desplacé en autobús a Yongding y de allí, con ayuda de un motorista que contraté por un precio razonable, visité varios grupos de tulous, nombre que significa “casa de tierra”.

En un control tuve que pagar la entrada para visitar los principales tulous de la región, aunque ese boleto no los incluía todos, pues en algunos me quisieron hacer comprar un billete extra, pero yo me di por satisfecho con los siete que incluía mi billete.

El motorista me llevó a un mirador desde donde se divisaban a corta distancia cinco tulous juntos. Era una vista surrealista; esas bellas construcciones redondas de varios pisos se me antojaron plazas de toros gigantes. Seguro que Don Quijote habría estado de acuerdo conmigo con esta comparación.

Ese mirador era un centro turístico donde los chinos te vendían souvenires, o bien te hacían fotografías que te ofrecían dentro de un álbum.

Bajamos a visitarlos todos, el motorista me hacía de guía. En algunos tulous vivían hasta cien familias. En todos ellos había un templo, un pozo comunal, restaurantes, y sobre todo venta de souvenires, como tulous en miniatura y postales, o té preparado con hojas de naranja. Para visitar una vivienda arriba, en el segundo piso, te hacían pagar 5 yuanes, pero si querías subir al tercer o cuarto piso, el precio era de 10 yuanes. Además de esos cinco tulous también paramos en un poblado muy acogedor con otro tulou. Finalmente fuimos al último tulou que me incluía el billete.

Al cabo de unas cuatro horas se acabó la excursión, que me pareció de cuento.

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26 – PARQUE NACIONAL DE TONGARIRO

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Nueva Zelanda cuenta con sólo tres Patrimonios Mundiales: “Te Wahipounamu, zona sudoeste de Nueva Zelanda”, “Islas Subantárticas de Nueva Zelanda”, más el Parque Nacional de Tongariro.

Hasta ese entonces sólo había estado en el primer patrimonio, en el año 1983. Me faltaba conocer las islas subantárticas deshabitadas (Antípodas, Bounty, Campbell, etc.), adonde nunca iré por lo caro del precio del crucero para llegar a ellas. Ahora, con Tongariro, sumaría un patrimonio más en mi haber en Nueva Zelanda.

Tras cruzar un riachuelo por un puente me hallé a la entrada del parque nacional. Hubiera deseado realizar senderismo hasta el cráter del volcán más cercano de los tres que alberga el parque, el Ruapehu, a unos 20 kilómetros de distancia; pero tras los consejos de las mujeres de la oficina turística ya sabía que no podría llevar a cabo mi plan. Había llegado en otoño, cuando ya nadie realiza ese trekking, y los turistas que viajaban a Ohakune durante el mes de mayo lo hacían para practicar deportes de esquí. Ruapehu, con casi 2.800 metros de altura, constituye el pico más alto de la isla Norte de Nueva Zelanda.

No obstante, emprendí la marcha hacia la cima. Iba controlando el tiempo para poder regresar a Ohakune con luz solar. El sendero estaba muy bien señalizado con carteles que te explicaban las características de las plantas y los árboles del frondoso bosque. Caminé durante unas 3 horas hasta que estuve en las faldas del volcán, y entonces retrocedí. Por la mañana realicé una caminata diferente siguiendo un sendero circular donde se atravesaba denso follaje.

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27 – PARQUE NACIONAL LOS GLACIARES

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Un minibús pasó por mi albergue de El Calafate a recogerme sobre las 9 de la mañana. Seríamos unos 15 turistas a bordo, casi todos de diferentes países de Hispanoamérica, excepto una pareja de madrileños y yo.

Antes de llegar a nuestro destino, el glaciar de Perito Moreno, paramos junto al lago Argentino, el más austral del país, para observar los flamencos y los patos. Por el trayecto distinguimos guanacos, zorros y liebres, además de innumerables aves. Pero no vimos cóndores ni pumas.

A la llegada al sitio nos hicieron comprar el billete de entrada al Parque Nacional Los Glaciares. Todos los turistas pagaron un precio moderado, excepto los madrileños y yo, que pagamos el doble que ellos. En los sitios UNESCO de Argentina hay tres precios de entrada: el más económico es para el nacional argentino, después está el de los nacionales de los países de Mercosur (Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Venezuela) y, finalmente, el billete más caro lo venden a todas las demás nacionalidades, donde incluyen la española. Por la excursión de un día a Los Glaciares, que comprendía el transporte en autobús ida y vuelta más una travesía en barco y guía acompañante, pagué 600 pesos argentinos (unos 40 euros), mientras que por la entrada al parque pagué 330 pesos (unos 22 euros) al no ser ni argentino ni ciudadano de los países de Mercosur.

Pronto nos invitaron a abordar un barco y nos acercamos al glaciar de Perito Moreno, a pocos metros. Desde la cubierta avistamos en la lejanía un grupo de turistas que estaban realizando un trekking por el glaciar. La guía que nos acompañaba nos explicó que ese conjunto de glaciares es el tercero más grande del mundo, tras la Antártida y Groenlandia.

Esa travesía en barco fue maravillosa. El tener el glaciar a tiro de piedra producía una sensación de grandeza. A veces oíamos el sonido crujiente y rugiente de pequeños fragmentos del glaciar que caían al agua. La guía nos informó que un mes atrás se había desprendido un gigantesco pedazo de ese glaciar, produciendo un estruendo tan sonoro que fue oído a varios kilómetros de distancia, fenómeno que sólo ocurre muy raramente. Tras la excursión del barco nos llevaron a una pasarela para que paseáramos por ella unas dos horas divisando a corta distancia el glaciar, el lago Argentino, más las montañas nevadas de los Andes.

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28 – CENTRO HISTÓRICO DE LA CIUDAD DE DIAMANTINA

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Llegué aún oscuro a Diamantina. Esperé en la rodoviaria tomando cafés y comiendo coxinhas. Cuando la ciudad despertó descendí los callejones hasta alcanzar el centro histórico con su catedral, mercado y el museo de los diamantes.

Diamantina no es una ciudad grande, cuenta con unos 50.000 habitantes. Es montañosa y sus calles son empinadas y empedradas. Iba fijándome en unos letreros que decían “Caminho dos Escravos”. Diamantina era el final de una ruta llamada “Caminho dos Diamantes” y que comenzaba en dos ciudades simultáneamente, Paraty y Río de Janeiro, para converger en Ouro Preto. Vista en el mapa, la ruta hacía la forma de una Y griega invertida. El Caminho dos Diamantes era una de las Estradas Reais (Caminos Reales) que surgió en el siglo XVIII, cuando se descubrió oro y diamantes en cantidades fabulosas en el estado de Minas Gerais.

Al final deduje que existían dos caminos simultáneos; uno era el que llevaba esclavos desde Paraty y Río de Janeiro a Diamantina para trabajar en las minas; el otro era el por esa misma ruta transportaba oro y diamantes de esa zona hacia las ciudades portuguesas de Paraty y Río de Janeiro. Existe un circuito para ciclistas y amantes del senderismo que realizan esa ruta, tanto de ida como de vuelta. Las ciudades que se atraviesan son de sumo interés. Además de en los Patrimonios Mundiales de Diamantina, Congonhas y Ouro Preto, también se hace escala en los encantadores poblados de  Tiradentes, Mariana, São João del-Rei, más un largo etcétera.

Creo que durante unas 6 horas de visita ininterrumpida no me perdí ningún sitio interesante, catedral o iglesia que mereciera la pena, además de callejear de arriba abajo y de abajo arriba. Todo lo encontré de cuento, bello hasta el éxtasis. No entré en los museos de pago, como el de los diamantes, ya que no podía permitirme gastar el poco dinero que me quedaba hasta Río de Janeiro, y aún debería guardar algunos euros para la vuelta a España.

Al mediodía regresé en un autobús a Belo Horizonte.

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29 – SITIO ARQUEOLÓGICO DE VOLUBILIS

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Llegué a la entrada a Volubilis justo cuando abrían sus puertas al público. La entrada era baratísima, sólo 10 dirhams, o menos de 1 euro. Al traspasar la entrada vi un museo con fragmentos de pilares romanos y las explicaciones en árabe, francés e inglés. Seguí un sendero marcado para alcanzar los sitios mejor preservados, como el Arco de Triunfo de Caracalla, y al lado el templo de Júpiter Capitolino y la basílica.

Estaba leyendo los letreros de estos lugares cuando me abordó un hombre que debía de ser el guardián y se ofreció para acompañarme. Yo no me opuse, pues prometió mostrarme lo más selecto del gran complejo arqueológico de Volubilis, como los mosaicos y la casa de lenocinio, donde las jóvenes hetairas aliviaban con fruición los deseos carnales de los fogosos soldados romanos.

Un conjunto de mosaicos se titulaba El Acróbata, y se veía a un burro marchando hacia atrás y sobre él un hombre que lo conducía con el rabo. A mí más bien me pareció Mullah Nasrudín. Los mosaicos serían, en mi opinión, lo mejor del complejo. Había muchos y estaban bastante bien preservados. Los mejores eran los que mostraban las representaciones de los doce trabajos de Hércules, las cuatro estaciones, el dios Baco junto a Ariadna durmiendo, más Diana bañándose con unas ninfas.

Una hora paseé con este hombre tan gentil. Cuando me despedí de él me pidió para un café y yo le di unas monedas como baksheesh.

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30 – EL GRAN VALLE DEL RIFT AFRICANO – MASAI MARA

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Curiosamente, la Reserva Nacional Masai Mara (en Kenia) es una continuación del Parque Nacional del Serengueti (en Tanzania). Pero mientras el Serengueti es Patrimonio Mundial por derecho propio, Masai Mara es sólo candidato a serlo, a pesar de que los animales pasan de Kenia a Tanzania y viceversa como Pedro por su casa.

En Nairobi compré por el equivalente a 300 dólares americanos una excursión de tres días con dos noches al Parque de Masai Mara, con todo incluido, las tres comidas diarias más una tienda para mí solo y el transporte ida y vuelta. Me aseguraron que vería los Big Five: elefantes, leones, rinocerontes, búfalos y leopardos. Y también los Small Five: cebras, jirafas, monos, hipopótamos y facóqueros. Además, avistaríamos otros animales y multitud de aves.

Vecino al campamento, a tiro de piedra, podríamos observar a diario el sistema de vida de los Masai con sus costumbres, como hacer fuego y sus competiciones de saltos. Sus mujeres bailaban, cantaban y trataban de vendernos suvenires.

No encontré el precio caro y todo lo que prometieron se cumplió, como la visión de los animales, los cinco grandes y los cinco pequeños. Como éramos centenares de turistas extranjeros, predominando los europeos, a mí me asignaron al vehículo de cinco turistas italianos muy simpáticos. Todo estaba muy bien organizado. Tan pronto como el conductor de un vehículo observaba cómo una leona acababa de capturar un impala, lo comunicaba a sus colegas y al rato éramos no menos de 40 vehículos tomando fotos por el techo abatible a la familia de leones comiendo. Con los monos había que tener mucho cuidado pues todos eran ladrones y si te descuidabas te robaban la gorra, las gafas, o el tabaco del bolsillo de la camisa.

El tercer día, a media tarde, nos devolvieron a Nairobi. Todos los italianos y yo estábamos satisfechos.

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31 - ISLAS GALÁPAGOS

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Visité las Islas Galápagos el año 1997. Intenté llegar a ellas desde Guayaquil, en barco, pues en barco las descubrió el fraile soriano Tomás de Berlanga en 1535, pero lo más barato era volar. La economía pudo más, y volé a la Isla de Baltra. El aeropuerto estaba controlado por militares. Al aterrizar me hicieron pagar 80 dólares americanos, más 10 de impuestos y 5 de transporte en autobús al puerto. Los ecuatorianos sólo pagaban el transporte. Yo intenté hacerme pasar por uno de ellos, justificando mi acento por haber vivido en España, pero al serme solicitada la cédula, o documento interno ecuatoriano y no poder mostrarlo por carecer de él, tuve que resignarme y pagar, como todos los extranjeros. Sin embargo, en Quito la estratagema funcionó; allí hablé sin pronunciar la zeta al vendedor de los billetes de avión y logré pagar un precio ecuatoriano por el vuelo.

Un barco nos llevó a la isla de Santa Cruz. Allí otro autobús, por el importe de 5 dólares más, me depositó en Puerto Ayora. Busqué un hotel donde alojarme, encontrando uno donde pagué 4 dólares por un cuarto individual. Acampar o dormir a la intemperie estaba prohibido, además de ser peligroso, pues las tortugas pueden morderte una oreja, o comerse un zapato.

Alquilé una bicicleta para moverme por la isla a mi aire. En una agencia de viajes observé los precios para realizar excursiones diarias a las islas vecinas. Todas eran caras para mi bolsillo, del orden de 65 dólares la más barata. También ofrecían cruceros de una semana, con guía hablando inglés, pero los precios eran desorbitados para mi economía. Muchos extranjeros preferían esta segunda opción. Yo veía los folletos y los precios anunciados en los escaparates de las agencias de viaje como si estuviera ante un museo. No podía permitirme viajar en ningún crucero; estaba al principio de una larga vuelta al mundo y debía racionar el dinero si quería concluirla.

Hablando con una empleada de una de esas agencias me informó que los ecuatorianos viajan en barcos locales a precios muy reducidos, para pobres, y yo podría unirme a ellos si también era pobre y comprendía el español, lengua que usaba el guía para visitantes pobres. Compré de inmediato dos excursiones a 20 dólares por cada una de ellas para los dos días sucesivos, con todo incluido, transporte con guía en español, comidas y bebidas.

La primera salida fue a la Isla Seymour Norte, y la segunda a la Isla Bartolomé. Hice mucha amistad con los ecuatorianos de mi barco. Vimos fragatas, gaviotas, pelícanos, iguanas, lobos de mar que practicaban surfing, lomos de ballenas, delfines… aquello era una fiesta para todos los sentidos. Todos disfrutábamos como niños, reíamos sin parar. También tuvimos tiempo para hacer trekkings a los volcanes y para nadar en las playas.

De vuelta en Santa Cruz visité la estación Charles Darwin con el parque nacional. Una de las chicas ecuatorianas me hizo una foto con el galápago Solitario Jorge. Cuando en el año 2012 me enteré de que el Solitario Jorge acababa de morir, me sentí muy triste. Fueron unos días inolvidables los que pasé en las Islas Galápagos.

De vuelta en Quito proseguí mi larga vuelta al mundo.

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32 – PAISAJE CULTURAL DEL VALLE DEL ORKHON

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Llegué a media tarde a Harhorin, la ciudad vecina a la histórica Karakorum, en el Valle del Orkhon.

Oír la palabra Karakorum me excitaba, al igual que Tombuctú, o Samarcanda, Jerusalén, o Babilonia… pues su sonido lo asocio a la aventura, a lo intrigante, a lo mágico.

No había jamás comprado ningún tour por Mongolia, pues es muy barato ir por tu cuenta a todas partes, además de fácil, incluso recorrer el Gobi en autostop. Sin embargo, me encontré con muy pocos turistas individuales, prácticamente todos compraban paquetes turísticos.

A la llegada a Harhorín había diferentes personas que ofrecían yurtas para dormir. Me fui con una chica llamada Maya que me ajustó un precio razonable, incluyendo el desayuno, y le pagué dos noches por adelantado. Poco visité esa tarde pues pronto se hizo de noche. En la oscuridad hallé un supermercado, que abrieron sólo para mí, y compré algo de comer y de beber.

Por la mañana me dediqué a explorar exclusivamente al monasterio budista Erdene Zuu (cuando los monjes lo abrieron), y a descubrir los pocos restos de la vieja Karakorum.

Los vendedores de souvenires me señalaron una enorme tortuga de piedra frente a sus tiendas, y me aseguraron que era el único resto que quedaba en pie desde los tiempos cuando Karakorum fue la capital del Imperio Mongol. Varios trabajadores estaban construyendo una especie de centro de interpretación de lo que debió ser Karakorum. Aparte de ello, nada más recordaba a la antigua ciudad.

La tarde la empleé en conocer el museo y fue donde aprendí más, pues al ser el único turista el guía me dedicó todo su tiempo. Además, conocía la llegada de los misioneros nestorianos, la de Giovani Pian del Carpine, y la Guillermo Rubruk. También me habló de Rabban Bar Sauma, un monje nestoriano que viajó a Europa en el siglo XIII y se encontró con el Papa de Roma, el rey de Francia y el rey de Aragón, en España. Los reyes mongoles fueron cristianos durante muchos años. Incluso un hijo y un nieto de Gengis Khan se convirtieron al cristianismo nestoriano.

El tercer día emprendí un largo viaje en autostop hasta la ciudad rusa de Novosibirsk.

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33 – MONASTERIO DE ALCOBAÇA

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Llegué a Alcobaça en autobús. Caminé un poco y crucé un río hasta que llegué al magnífico Monasterio de Alcobaça. Había servicio de misa cuando entré. Así que me uní a los feligreses para rezar, tras lo cual compré un cirio.

El monasterio es cisterciense, construido durante la segunda mitad del siglo XII (acabado a principios del siglo XIII) en estilo gótico con pinceladas morunas. Está considerado el primer monasterio gótico de Portugal. Su fachada es atractiva. Frente a la explanada había cafeterías y tiendas vendiendo suvenires. En el interior del monasterio vi letreros que explicaban la historia junto a un mapa de la Península Ibérica.

Para entrar al claustro y a la sacristía había que pagar 6 euros, precio que me pareció caro y no lo visité. Me lo perdí. Sin embargo, sí que me detuve largo rato junto al altar y me quedé admirado cuando contemplé dos tumbas hechas de mármol, ricamente decoradas. Una pertenecía al rey portugués Pedro I, y enfrente estaba la de Inés de Castro, una linda damisela de Galicia (España), que era la amante de Pedro desde los tiempos cuando era aún príncipe. Inés fue asesinada en la ciudad de Coimbra (por orden del rey Alfonso IV, que era el padre de Pedro). Cuando Pedro sucedió como rey a su padre, confesó que se había casado con Inés en una boda secreta, por lo que Inés fue nombrada reina póstuma de Portugal. A las dos tumbas se les llamaba “Los Amantes Eternos” y estaban juntas en el altar para que, tras la resurrección, se reúnan.

A las 7 de la tarde fui, literalmente, expulsado del monasterio. Iban a celebrar un acontecimiento religioso privado, con coros y músicos, por lo que a los extraños se les “invitaba” a abandonar expeditivamente el lugar. No tuve más remedio que salir a la calle. Una vez en la explanada compré un librito sobre la trágica historia de amor del rey Pedro I y su esposa Inés de Castro, de tan conmovido como me sentí tras la visita del monasterio.

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34 – CIUDAD HISTÓRICA Y PORTUARIA DE LEVUKA

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Sentí curiosidad por conocer el único Patrimonio Mundial de Fiji, declarado como tal el año 2013.

Desde la estación de autobuses de Suva, en la isla de Viti Levu, tomé un autobús hacia un puerto lejano en el noreste de la isla, y una vez allí abordé un ferry que me depositaría en la isla de Ovalau horas más tarde. En esa segunda isla nos esperaba un autobús para ir depositando a los pasajeros en las aldeas a lo largo de la costa, siendo en la parada final Levuka, donde yo descendí junto al resto de los pasajeros.

Observé justo en la estación de autobuses de Levuka una higuera con frutos maduros y el riachuelo al lado, y lo primero que pensé fue en pasar la noche allí mismo, al abrigo de la higuera, dentro de mi saco de dormir, pues ya tenía solucionada la cena trepando a la higuera para arrancar higos, y la ducha en el río esa noche y el afeitado por la mañana. Pero se puso a lloviznar, así que el propio conductor del autobús me señaló dos hoteles donde podría alojarme. Uno era el celebérrimo Royal Hotel, donde se habían alojado personajes históricos en Fiji, como el infame negrero Bully Hayes, y al lado había una pensión llamada Clara Holiday Lodge, que debido a mi escaso presupuesto sería mi elección. La dueña, Clara, era la hija de un hombre encantador (parte chino, parte fijiano y parte de origen europeo) con el que haría mucha amistad y le acompañaría el domingo a la iglesia católica para asistir a la misa y comprar cirios. Fue él quien me contaría numerosas anécdotas con la historia relacionada con esa ciudad en tiempos de la colonia, antes de que los ingleses concedieran la independencia a Fiji.

En esos tiempos, Levuka podía compararse con un poblado sin ley del legendario Oeste americano, con salas de fiestas llenas de hetairas, tahúres jugadores de póker, negreros sin escrúpulos (muchos de ellos provenientes de la provincia española de Barcelona, al mando de un siniestro y criminal barcelonés llamado Joan Maristany) secuestrando nativos para venderlos como esclavos en Australia para recoger la caña de azúcar o extraer el guano en Perú, párrocos de diferentes credos (incluidos los mormones) buscando salvar almas, balleneros, pistoleros, aventureros de medio pelo, reos europeos buscados por la ley… etc.

Todos los edificios situados a lo largo de la Beach Street preservaban su forma original de finales del siglo XIX, la barbería, el banco, el carpintero que fabricaba ataúdes, los locales de mozas de vida alegre, los almacenes, el mercado central. Todos excepto el templo de la logia masónica, que había sido incendiado recientemente por los nativos, ya que creían que allí se practicaba magia negra.

Para mí era un placer simplemente deambular a lo largo de la Beach Street e imaginar cómo debieron haber sido esos tiempos “salvajes” de Levuka, donde apenas imperaba la ley.

El tercer día abordé un ferry nocturno que por la mañana me depositó en Suva, donde pasaría la Nochevieja.

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35 – KASBA DE ARGEL

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Durante dos horas visité la Kasba de Argel.

He de decir que había visitado otras kasbas del Magreb mejor preservadas que la de Argel, aunque reconozco que igualmente me gustó, sobre todo por el colorido de sus puertas y sus estrechos callejones.

Me alojaba en un hotel de ese barrio y allí me habían advertido no pasear solo por la kasba, pues podría ser peligroso para un europeo. Yo no hice caso de esta advertencia y una buena mañana, tras desayunar, me lancé a subir los escalones hasta la cima de la kasba, donde encontraría restos de una fortaleza y el signo de la organización UNESCO. Dos veces fui invitado a tomar un té, una la rechacé y la segunda la acepté. Entré con un joven en una panadería y allí nos sentamos a tomarnos los tés acompañados de dos bollos de nata y dos huevos cocidos.

Entré por angostos callejones laberínticos donde uno tenía que agacharse para traspasarlos, casi arrastrarse, entre túneles, y aún en otros donde encontré una mezquita diminuta, e imaginé que adentro sólo podrían rezar musulmanes enanos.

Sentí que era una pena el lamentable estado de esa kasba; parecía un lugar abandonado y se paseaba por ella muy poca gente, sólo sus moradores. Por dibujos que había visto en libros antiguos, el aspecto de esa kasba (o alcazaba) en el pasado debía de haber sido un lugar intrigante, acogedor, entrañable, digno de un cuento de Sheherezade.

El regreso lo realicé a través de otros callejones y una vez en el paseo marítimo me dirigí a pie hasta la Catedral del Sagrado Corazón de Argel.

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36 – MISIONES JESUÍTICAS DE BOLIVIA

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Detrás de la terminal de autobuses de Santa Cruz de la Sierra, frente a la estación de trenes, se hallan las salidas de minibuses hacia los pueblos en el interior de la provincia de Santa Cruz. Allí había carteles anunciando las partidas a las seis misiones contempladas en este Patrimonio de UNESCO:

-         San Francisco Javier, fundada en 1691

-         San Rafael, fundada en 1695

-         San José de Chiquitos, fundada en 1698

-         Concepción, fundada en 1708

-         San Miguel, fundada en 1721

-         Santa Ana, fundada en 1755

Como la primera salida a cualquiera de estas seis misiones fue a San José de Chiquitos, en la región llamada la Chiquitania, hacia allí me dirigí, pues no pretendía conocer las seis misiones sino sólo una de ellas para instruirme sobre las “ciudades ideales” inspiradas en los conceptos de los humanistas.

Abordé un minibús hacia esa población y llegué de noche, tras 3 horas de trayecto. La carretera seguía paralela a las vías del famoso y siniestro Tren de la Muerte, pero como el servicio no era diario no pude tomarlo. Me alojé en una pensión junto a la llamada plaza Principal, donde se encontraba una estatua del cacereño Ñuflo de Chaves, el fundador de Santa Cruz de la Sierra.

Por la mañana me quedé admirado de la belleza arquitectónica de esa misión jesuítica, la más linda y mejor preservada que había visto hasta entonces, tanto en Alta Gracia como en San Ignacio Mini (en Argentina) y las tres misiones de Paraguay, que sólo hacían funciones de museos. Por el contrario, esta misión de San José de Chiquitos, además de albergar un museo muy didáctico, era una misión activa, con frailes, una enorme y preciosa iglesia, escuelas y talleres.

Esa misión que había escogido conocer, llegó a albergar en el siglo XVIII a unos 2.400 indígenas. Entré en la bellísima iglesia y participé en la primera misa del día, junto a numerosos nativos. Tras ello pagué un billete muy barato para ver el museo que se localizaba en un ala del claustro. Allí se explicaba la historia de las misiones en la Gran Chiquitania. Me gustó la profusión de murales exhibiendo flores, pájaros, escenas históricas como desfiles militares, la visita de un obispo, una reproducción en madera de la misión, una escultura de san Ignacio de Loyola, una sala dedicada al rey español Fernando VII (al que en una pintura le denominaban “el rey felón”) titulada “Los problemas de un Rey lejano”, donde se reprochaba a España que nunca ningún rey hubiera viajado a América a visitar sus virreinatos (sin embargo, sí que había en esa sala una placa de agradecimiento a la reina Sofía de España, por haber visitado esa misión en octubre del año 2012).

Finalmente, empleé un buen rato en leer todas las emotivas explicaciones con cierto aire poético de una sala que llevaba por título “Historia de una Utopía”, en referencia a San José de Chiquitos. Salí maravillado de esa misión, en un estado lindando el arrobamiento.

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37 – MENFIS Y SU NECRÓPOLIS – ZONAS DE LAS PIRÁMIDES DESDE GUIZA HASTA DAHSHUR

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De entre las Siete Maravillas del Mundo de la antigüedad, considero que el complejo que alberga las Pirámides de Egipto es la más importante y espectacular, y con mucha diferencia.

Pienso que la Esfinge, por encima de las pirámides, es el monumento más extraordinario que ha producido la Humanidad a lo largo de su historia. Es un tetramorfo que simboliza el resultado al que debemos aspirar elevando nuestra condición de bípedo implume al nacer. Su cuerpo de toro representa la fortaleza y voluntad que se necesita para ello, las garras de león son el arrojo para acometerlo, la cabeza de hombre es como la de un ángel, que irradia pureza y amor. Mientras que las alas de águila, hoy desaparecidas, representaban las altas miras de nuestro designio, como las que alcanza el águila en su vuelo. Los cuatro evangelistas copiaron estos cuatro símbolos en sus evangelios.

En los tiempos de mi primera visita a las pirámides (año 1984) era posible trepar hasta la cúspide de la pirámide de Keops burlando a los guardianes, o bien sobornándolos por un puñado de libras egipcias en caso de ser sorprendido por ellos. Había que llevar consigo una manta, pues el viento allí arriba era frío. Y había quien había pasado una noche en el interior de Keops.

Yo no trepé, pero sí que visité su interior, aunque no me quedé allí a dormir. Por las noches esperaba a que acabaran los shows de Luz y Sonido para los turistas, trepaba entonces por una verja, desplegaba mi saco de dormir y me instalaba a los pies de la Esfinge para pasar la noche. Y así durante siete noches.

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38 – CATEDRAL E IGLESIAS DE EJMIATSIN Y CONJUNTO ARQUEOLÓGICO DE ZVARTNOTS

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Ejmiatsin está muy cerca de Erevan, a apenas 15 kilómetros de distancia, en Vagharshapat. Continuamente hay minibuses que hasta allí te transportan por unos pocos drams.

Cuando, en la estación de autobuses de Erevan, pregunté cómo ir a Vagharshapat, los nativos adivinaron de inmediato que quería visitar la Catedral Madre de la Sagrada Ejmiatsin. De hecho iba camino de Gyumri, donde me quedaría varios días, pero como tenía que atravesar de todos modos Ejmiatsin, decidí detenerme allí por unas horas, pues aunque ya conocía esa población de viajes anteriores, siempre es grato revisitar un lugar sagrado con la esperanza de adquirir baraka.

Por el camino se divisaba el Monte Ararat, sagrado para los armenios pero localizado en territorio turco. Como no hay fronteras abiertas entre Armenia y Turquía, para viajar a ese monte, tan cercano, los armenios se ven obligados a realizar un gran rodeo para entrar en Turquía, sea vía Georgia, o vía Irán.

Ejmiatsin es para los armenios como Roma para la mayoría de los cristianos, Jerusalén para los judíos, La Meca para los musulmanes, Bodh Gaya para los budistas, Benarés para los hindúes, Lalish para los yazidíes, Salt Lake City para los mormones, Amritsar para los sikhs, o Haifa para los bahais.

Penetré en el recinto de Ejmiatsin y observé cómo la gente rezaba con vehemencia. Todo en su interior era armonioso, bello, inspiraba al recogimiento. Los hombres se sacaban el gorro para entrar y las mujeres se cubrían la cabeza con un pañuelo. En el exterior había tiendas que vendían pequeños khachkares como suvenires, entre otros objetos litúrgicos. Khachkar significa en armenio cruz de piedra y, en efecto, es una piedra de color rosado característica de ese país. Los khachkares son un arte en Armenia y simbolizan su fe.

Durante mi deambular por Ejmiatsin noté que, de repente, todo el mundo se alteraba y miraba hacia un personaje de aspecto circunspecto y paso sereno que se dirigía hacia unas oficinas. Era el Katholikos, la máxima autoridad de la religión cristiana armenia.

Tras esa visita a Ejmiatsin reanudé mi viaje con destino Gyumri. Al pasar cerca del Tsitsernakaberd, un monumento junto al Museo del Genocidio Armenio, hice instintivamente la señal de la cruz. Los amables armenios de mi autobús, al verme extranjero e interesado en los khachkares, pedían al chófer que parara cada vez que divisábamos alguno de dimensiones colosales, para así poder admirarlo mejor. Por desgracia, los miles de khachkares que se encuentran en territorio de países vecinos musulmanes (en especial Azerbaijan y Turquía) están siendo sistemáticamente destruidos.

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39 – KLUANE / WRANGELL-ST. ELÍAS / BAHÍA DE LOS GLACIARES / TATSHENSHINI-ALSEK

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Una manera fantástica, espectacular (y, sobre todo, económica) de apreciar la belleza de este Patrimonio Mundial es abordando un ferry desde Juneau (la capital de Alaska) a Port Hardy, en la Isla de Vancouver.

Compré en Anchorage el boleto más barato en el barco Columbia, que me daba derecho a dormir sentado sobre un sillón, o bien en el suelo dentro de mi saco de dormir, pero disponiendo de duchas gratis, cine y charlas didácticas sobre los glaciares y las ballenas durante la travesía a cargo de científicos.

La ruta que iba a emprender en ese barco se llamaba Inside Passage (Pasaje Interior) por los canales que íbamos a atravesar formados entre islas que abarcaban tres de los cuatro elementos que componen este Patrimonio de UNESCO.

Además de admirar los glaciares y montañas durante cuatro días con tres noches, observamos ballenas a diario. Fue un viaje fantástico, incluso superior a la travesía en barco entre Puerto Natales y Puerto Montt al sur de Chile, que había realizado varias décadas atrás.

El itinerario del Columbia, fue:

– Salida desde Juneau

– Primera parada de 5 horas en la isla de Sitka (bahía de Baranoff)

– Petersburg, 1 hora de tiempo libre

– Wrangell, 1 hora de tiempo libre

– Ketchikan, 3 horas de parada

– Prince Rupert (Canadá), 1 día de parada y cambio de barco

– Port Hardy, en la isla de Vancouver

El barco continuaba su travesía hasta el estado de Washington (Estados Unidos de América), pero yo me bajé antes para descubrir en autostop la isla de Vancouver, de norte a sur. Por otra parte, los conocimientos culturales que se adquirían en ese viaje eran comparables a los naturales.

En las paradas entré en las iglesias ortodoxas fundadas por los rusos, sobre todo en Sitka, pues los esquimales profesan el cristianismo ortodoxo ruso. Esas iglesias eran obras maestras de arquitectura. Además, museos como el de Ketchikan, por ejemplo, te ilustraban sobre esa parte del mundo y sus primeros habitantes, denominados First Nations, con sus tótems y otros trebejos propios de su cultura.

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40 – SITIO HISTÓRICO NACIONAL DE L’ANSE AUX MEADOWS

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Me costó llegar en autostop a L’Anse aux Meadows, pues había poco tráfico y las gentes que me recogían no hacían muchos kilómetros. El último coche me dejó ante el letrero de “NORSTEAD: A Viking Port”. A pesar de la oscuridad, advertí barracas, reproducciones de naves y trebejos atribuidos a los vikingos quienes, supuestamente, habrían alcanzado ese lugar de la Isla de Terranova hacia el año 1.000 de nuestra era.

Me llamó la atención un caserío cubierto por hierba y tierra. No había cerrojos ni verjas o barreras, por lo que entré. Adentro había un fuego sin extinguir, a manera de hoguera, y a su alrededor yacían por el suelo pieles de osos y gorros de estilo vikingo con cuernos. Me senté sobre un trono para reflexionar qué hacer. Como afuera hacía mucho frío y hasta había icebergs junto a la playa, me pareció apropiado pasar allí la noche junto al fuego, y por la mañana ya visitaría el famoso museo de los noruegos Helge y Anne.

Dormí como un lirón, caliente y hasta me acabé unos canapés que alguien había dejado sobre una bandeja en un taburete junto al trono. Por la mañana me enteraría por los porteros del lugar que la noche anterior, poco antes de mi llegada, habían celebrado un show vikingo con ceremonias para los turistas, de ahí la hoguera y los canapés. Nadie me riñó por haber dormido allí. Es más, enseguida prepararon un gran desayuno a base de huevos fritos y salmón, invitándome. Los porteros, dos hombres y dos mujeres, iban disfrazados de vikingos.

Tras ello fui a la taquilla y adquirí un billete para poder visitar el museo. En él trataban de probar que los vikingos habrían alcanzado Norteamérica, y a ese lugar en Terranova habrían llamado Vinland por haber visto viñedos salvajes. Sin embargo, las aparentes pruebas parecían demasiado forzadas y de poca consistencia, como el hallazgo de una moneda vikinga, una aguja, más un clavo de hierro. Como las “evidencias” no eran sólidas, no salí muy convencido de que los vikingos hubieran alcanzado Terranova hacia el año 1.000, además ¿dónde estaban las viñas? El sitio más cercano donde crecen uvas es en el lejano estado de Massachusetts. El clavos de hierro más la aguja y la moneda vikinga bien podrían pertenecer a un barco de pescadores vascos que faenaban por esa zona de la Isla de Terranova desde la antigüedad.

Según lo que se exponía en ese museo, los vikingos habrían asesinado a muchos indios en Vinland a los cuales habían intentado capturar para esclavizarlos, y éstos, en venganza casi acabaron con todos los vikingos en una escaramuza, por lo que los supervivientes se escaparon y navegaron de regreso a Groenlandia para nunca más volver.

Tras L’Anse aux Meadows viajé en autostop a otro Patrimonio Mundial de UNESCO en esa misma isla de Terranova: Parque Nacional de Gros-Morne.

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41 – CIUDAD HISTÓRICA DE GUANAJUATO Y MINAS ADYACENTES

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Ya conocía Guanajuato de mi primera visita a esa ciudad en 1984, cuando durante varios días visité todas sus atracciones turísticas, sus minas de plata y las famosas momias. Pero 30 años más tarde volví a pernoctar en esa ciudad por otro motivo, que era el seguir el Camino Real de Tierra Adentro desde Taos y Santa Fe (en Estados Unidos de América) hasta México D. F., que tras tres semanas estaba a punto de concluir. Por ello consideré suficiente una visita breve de un día con una noche para esa encantadora ciudad, que muchos comparan con Toledo, en España.

Entré en ella pie por el Camino Real, que seguían los hombres de don Juan de Oñate y al llegar al centro busqué un hostal donde dejé mi bolsa. Cerca de él encontré un museo que en 1984 no debía existir pues ni lo vi ni lo recordaba. Se llamaba “Museo Iconográfico del Quijote”. Y es que Guanajuato es la Ciudad Cervantina de todo el mundo. No hay otro lugar (salvo tal vez en España) donde se quiera más a Don Quijote. En la entrada a Guanajuato ya había leído la frase que decía: – “GUANAJUATO PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD. Capital Cervantina”.

Siento debilidad por personajes sabios poco convencionales, como Mulá Nasrudín, o don Quijote de la Mancha, por ello lo primero que hice tras dejar mi pequeña bolsa en un hostal del centro, fue dirigirme a ese museo dedicado a Don Quijote para admirar todo lo relacionado con él, prestando especial atención a los cuadros que allí se albergan de los pintores españoles Pablo Picasso y Salvador Dalí. Ambos amaban mucho a su país. Dalí, por ejemplo, no podía dormirse en su casa de Port Lligat (provincia de Gerona) si no escuchaba antes el himno de España, a manera de nana. También hallé allí dibujos al carboncillo del pintor, escultor e ilustrador francés Honoré Daumier, que se identificaba mucho con Don Quijote, a quien consideraba un marginado idealista.

El museo no era grande (de dos pisos) pero sí acogedor, y en la planta baja había una cafetería.

Como hasta la mañana siguiente no reanudaría mi viaje, volví a visitar la Catedral e iglesias principales, el Teatro Cervantes y, en general, el centro de la ciudad con sus callejones laberínticos y sus túneles. Apenas recordaba nada de mi viaje a esa ciudad 30 años atrás. Me dio la impresión de que un viajero puede viajar eternamente y repetir la visita los lugares tras unas décadas de intervalo.

Había un funicular que tampoco debía existir en 1984. Lo tomé hasta arriba del todo, hasta la imponente estatua dedicada al Pípila, un héroe local por haber conseguido explosionar la puerta de la Alhóndiga de la Granaditas durante la Guerra de la Independencia contra España.

Tampoco recordaba haber visitado el edificio de la Alhóndiga de Granaditas 30 años atrás. Pero no quise entrar en él; habría sido demasiado triste, pues me apenaba la historia de lo sucedido tras la heroicidad del Pípila. Una vez que los mexicanos entraron en ese edificio, que era un almacén de granos, asesinaron a todos los españoles que había dentro, y prácticamente todos eran civiles; fue una gran masacre. No se hicieron prisioneros; ningún español escapó de allí con vida, ni siquiera las mujeres embarazadas o los bebés de pecho.

Por la mañana proseguí mi viaje en autobús hasta San Miguel de Allende, otro Patrimonio Mundial de UNESCO.

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42 – TASILI N’AJER

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Visité Tasili n’Ajer de carambola. Mi meta era cruzar Argelia rápidamente y penetrar en Mali o Níger para realizar la Transafricana en vertical durante un año, por tierra, sin jamás coger un avión, con una mano por delante y otra por detrás. Pero una serie de fracasos para cruzar desde Tamanrasset a Níger me llevó a probar desde Djanet. Los tuaregs a los que les explicaba mis planes viajeros, me aconsejaban en un tono benevolente:

– Vuelve a casa, rumí, esto es África

Tuve que regresar de nuevo a Ghardaia y de allí enfilar a Djanet, pero un camión (iba haciendo autostop, a veces me llevaban gratis y otras me hacían pagar) me dejó un poco antes de Djanet, en la población de Illizy, y como ya estaba oscureciendo resolví quedarme allí a dormir para proseguir de madrugada a Djanet y probar a penetrar en Níger. Al rato hice amistad en una cafetería con dos extranjeros tomando té. Eran suizos y se proponían al día siguiente emprender una excursión a las pinturas rupestres de Tasili. Habían contratado un jeep con un conductor tuareg y un ayudante (su hijo). Me podrían llevar si contribuía en parte en los gastos. Negocié con ellos y al final me hicieron un precio de amigo, por lo que acepté.

Partimos temprano al día siguiente. A unos 25 kilómetros paramos junto a unas montañas y el chófer nos mostró algunos frescos y grabados en idioma tamachek, más figuras de pastores con sus cabras, jirafas, elefantes, pájaros ibis, rinocerontes, etc. Los dos suizos se preocupaban principalmente en observar lagartijas y otros animalitos, mientras que yo preferí proseguir buscando frescos. El chófer y su hijo nos dieron varias horas libres y se tumbaron a dormir. Yo me llevé un gherba con 5 litros de agua y me aventuré a penetrar por las montañas en busca de más figuras.

Lo sorprendente es que los trazos de los pastores parecían a los de los egipcios. Una vez de regreso en Illizi me documenté sobre ese sitio y, efectivamente, aprendí que había conexión entre esos pastores y los antiguos egipcios.

Al final, tras varios días de espera en Djanet, no pude atravesar a Níger, así que tuve que hacer un gran desvío de nuevo y, vía Adrar, Timimun, Reggane y Bordj Mojtar, pude por fin, al cabo de otra semana, cruzar a Mali, desde donde diez días más tarde llegaría en barco por el Río Níger, al puerto de Kabara, donde descendí para conocer la mítica Timbuktú.

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43 – MONUMENTO NACIONAL DEL GRAN ZIMBABWE

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Tras visitar las Cataratas Victoria, descubiertas para el mundo occidental por el misionero portugués padre Silveira a principios del siglo XVII, me dirigí a Masvingo y de allí proseguí el viaje en autostop y a pie a las cercanas ruinas del Gran Zimbabwe.

Era ya tarde y no las pude ver ese día; además, estaba lloviznando. Conversé con el portero de noche y le pedí que me dejara dormir en su caseta, a lo que él accedió mediando una propina, y se fue a pasar la noche debajo de un puente.

Tenía mucho interés en visitar ese lugar por parecerme que, tras los vestigios arqueológicos de Egipto, los del Gran Zimbabwe eran los más impresionantes de África. Fueron construidos por los nativos Shona hacia el siglo XIII.

El Gran Zimbabwe lo forman cuatro zonas que debieron ser residencias de nobles, todas en el interior de lo que se llama en inglés Great Enclosure (gran cerca), o muralla elíptica de 240 metros de circunferencia por unos 10 metros de altura y unos 5 metros de ancho.

Había leído que viajeros y comerciantes portugueses fueron los primeros europeos en admirar estas fantásticas ruinas africanas, aunque a finales del siglo XIX un entrañable gran viajero alemán, llamado Karl Mauch, creyó ser el primer descubridor de ellas y afirmó que era en ese preciso lugar donde el rey Salomón halló el oro para construir su templo en Jerusalén. Al poco tiempo se marchó a Mozambique y explicó su hallazgo a las autoridades portuguesas, quienes a punto estuvieron de ponerle una camisa de fuerza y encerrarle en un manicomio. Lo mismo le sucedió al contar su descubrimiento en Alemania, donde no le creyeron y le tomaron por loco.

Tan pronto amaneció y antes de que regresara el portero yo ya estaba recorriendo todo el complejo, ascendiendo y descendiendo colinas, corriendo y saltando de alegría, admirando rocas de formas caprichosas, disfrutando del exotismo de un lugar que embelesó a Karl Mauch, uno de mis héroes viajeros, aunque tuvo un trágico final.

A unos 100 metros del gran recinto, cerca de la torre cónica, advertí lo que llamaban la Acrópolis, que se supone fue el palacio de algún importante rey Shona. Hacia el mediodía, una vez que me pareció que ya había visitado lo más remarcable de ese complejo, me despedí del portero, regresé a Masvingo y, por la noche, abordé un tren para penetrar en Botswana.

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44 - ISLA DE MOZAMBIQUE

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No me fui fácil alcanzar la Isla de Mozambique desde Maputo debido a mi empeño en no tomar un avión. Debía llegar allí por tierra y por mar, como los viajeros de verdad, lo que me tomó tres semanas. En Beira, por ejemplo, tuve que esperar ocho días un barco para que me transportara a Quelimane debido a la ausencia de puentes para cruzar ríos por tierra y a las tormentas en el mar. Los camiones que me transportaban se averiaban por el camino, en medio del barro, y en muchos lugares debíamos hacer un largo desvío por estar la zona minada desde los tiempos de la guerra. Si uno recorría 100 kilómetros en camión en un día se podía dar por satisfecho, y más encontrándose en época de lluvias, como era mi situación, por no contar con los controles de los militares y de la ex guerrilla.

Era el año 1992; me había escapado de la Barcelona de los Juegos Olímpicos. Apenas llevaba dinero; un mes atrás me habían robado en Johannesburgo y, con apenas lo puesto, debía regresar a España por tierra, lo que me tomaría aún cinco meses de viajes llenos de tribulaciones.

Mozambique sería mi isla favorita entre las islas swahilis de la costa índica de África, como Zanzíbar, Pemba, o Lamu. Pero… ¡Mozambique no era en realidad una isla! Fue algo que me decepcionó al principio. Había un puente desde la parte continental que te llevaba a la isla. El ingeniero había sido el mismo que también construyó los puentes entre Macao y las islas Taipa y Coloane, antiguas posesiones portuguesas, hoy reintegradas en China. Ese puente le restaba romanticismo a Mozambique.

Me acerqué a la iglesia católica y le pedí al párroco (que era portugués) que me permitiera pasar unos días en ella a cambio de alguna labor, como barrer, ayudar en la cocina, fregar los platos, o tocar las campanas a las horas de misa. Precisamente en esa iglesia se habían alojado en el pasado, tanto Luis de Camões como San Francisco Javier y, probablemente, uno de mis héroes viajeros, Fernão Mendes Pinto. El buen párroco me aceptó.

La isla de Mozambique fue la capital del Imperio Portugués en Asia. Vi allí una fortaleza llamada San Sebastián, monumentos a héroes portugueses (como Luis de Camões), un castillo del siglo XVI que había sido destruido por los holandeses, un palacio con un museo conteniendo carrozas, casas portuguesas, varias iglesias de estilo manuelino y la catedral, aunque había pocos católicos en esa isla; la mayoría de la población era musulmana.

También noté un templo dedicado a Shiva, pues allí vivían varios indios provenientes de Goa, y numerosas mezquitas. La isla es pequeña, de unos 3 kilómetros de largo por unos 300 metros de ancho, y en ella viven unas 15.000 almas. Las calles eran estrechas y laberínticas, y en el exótico zoco se vendía jengibre, pescado seco, cocos, azafrán, clavo y cosas baratas chinas. Vi casas de nativos construidas con coral y bambú, las chicas jóvenes, que eran muy coquetas, se pintaban la cara con una crema blanca, a manera de mascarilla, para evitar ponerse más negras de lo que ya estaban, mientras que los hombres se entretenían jugando al n’tchuva (también llamado mancala, o kalaha), juego típico africano que consta de un tablero de 32 agujeros con 64 semillas.

Un buen día me despedí del bueno del párroco y del sadhu hindú que estaba al cargo del templo de Shiva y con el que había hecho amistad, y me dirigí en autostop a la frontera con Tanzania, lo que me llevó dos días con sus dos noches. Al llegar a Mocimboa da Praia pasé emigración mozambiqueña y en el puerto unos comerciantes tanzanos tuvieron a bien llevarme en su dhow a la aldea tanzana de Mtwara, travesía que duró tres días con sus tres noches, y en el transcurso de la cual unos insectos de altamar me devoraron el tímpano de mi oreja izquierda.

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45 – PAISAJE CULTURAL E INDUSTRIAL DE FRAY BENTOS

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Tras visitar la histórica Colonia del Sacramento  abordé un autobús con destino a Fray Bentos. Como ya había oscurecido, busqué, y encontré, un hotel donde dormir. Por la mañana caminé unos pocos kilómetros para visitar el paisaje cultural industrial de Fray Bentos. Antes de llegar a este complejo me paré ante un monumento de piedra rojiza que parecía un templo hindú por las cuatro esculturas de vacas a cada costado. Se trataba de un homenaje a la empresa cárnica, que fue llamada la Cocina de Europa, pues suministró carne enlatada a varios países de Europa tras la Segunda Guerra Mundial.

En la entrada a la antigua fábrica había un letrero que señalaba el camino hacia el “Museo de la Revolución Industrial”. La entrada era gratuita. En el interior, un empleado me mostró el lugar donde esperaban las vacas, cerdos, pavos, patos y otros animales antes de ser introducidos en el matadero. También vi el puerto, las instalaciones, y por fin las oficinas con objetos históricos del siglo XIX. Por las paredes había explicaciones sobre las razas bovinas, la fabricación del cuero, el proceso del cocido y enlatado de carne, etc.

No fue esa una visita fascinante como la que había realizado una semana atrás al glaciar Perito Moreno, en Argentina. En otras circunstancias habría ignorado este Patrimonio Mundial, pero como Fray Bentos me quedaba de paso en mi viaje entre Colonia del Sacramento y el regreso a Argentina, determiné emplear dos horas en visitar esa antigua fábrica. Lo mejor de ese sitio UNESCO fue la bella localización de la antigua fábrica a orillas del río Uruguay.

Una vez de regreso en el centro de la ciudad de Fray Bentos me entretuve un rato visitando la catedral más una glorieta metálica, llamada Kiosco de la Reina, que era una copia exacta de otro kiosco existente en Londres. A continuación salí a las afueras y comencé el autostop hacia la frontera con Argentina, pues no había servicio de autobuses hacia allí cuando llegué.

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46 – LOS SUNDARBANS

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El viaje que realicé en 1989 en un viejo ferry japonés, que los nativos llamaban “Rocket”, desde la ciudad de Khulna hasta Dhaka, vía Mongla, Barisal y Chandpur, significó una de las más accidentadas travesías de mi vida, en especial cuando el ferry abandonó el río Pashur (un tributario del Ganges) y salió al mar abierto, a las aguas de la Bahía de Bengala, donde a punto estuvo de zozobrar.

Nadie durmió esa noche, sino que se ataba con correas a sus camas para no caer al suelo; todos rezaban a Alá. El capitán ordenó lanzar anclas y permanecimos detenidos hasta la madrugada. El trayecto, en vez de durar 24 horas, según programado, tomó 48 horas de tiempo.

Por la mañana cesó la lluvia, las aguas se tranquilizaron, el viento amainó y todos respiramos tranquilos. Yo no sabía en aquellos tiempos que ese ferry penetraba en el corazón de los Sundarbans, pues ese territorio tan especial por albergar la mayor cantidad de manglares del planeta fue sólo declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en el año 1997.

Los únicos extranjeros a bordo éramos un joven australiano y yo. Habíamos pagado la tarifa mínima, sólo 67 takas por el pasaje, incluyendo las comidas (diminutas). Al ser extranjeros, tuvieron la deferencia de permitirnos dormir en el salón de primera, junto a los bangladesíes ricos, en vez de en la cubierta o en la bodega, donde dormían hacinados miles de pasajeros. También podíamos subir al puente a placer para conversar con el capitán y tomar té con él.

La travesía fue bella. Pasábamos junto a poblados a orillas del río y veíamos cómo sus gentes se dedicaban al cultivo del arroz, recogían fibra de yute, o pescaban. Todos nos saludaban al pasar. No vimos ninguno de los 400 tigres de Bengala que moran en los Sundarbans, sino aves y más aves. Algún pasajero que otro aseguró haber divisado ciervos y cocodrilos.

Una vez en Dhaka, la empleada de la Oficina de Turismo nos informaría al australiano y a mí, que ese trayecto en barco Khulna – Dhaka que acabábamos de finalizar, es el más peligroso del mundo, pues cada año se cobra la vida de aproximadamente 1.000 pasajeros debido a naufragios.

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47 – EL SITIO DE LA ANTIGUA CIUDAD DE PANJAKENT

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Llegué a la frontera con Tayikistán desde Samarcanda. Había abordado el primer autobús de madrugada con la confianza de que los agentes de Emigración no controlaran demasiado a los pasajeros.

Y así fue. Yo era el único extranjero; iba con barba de dos semanas y ataviado con un típico gorro uzbeko de colorines y pasé desapercibido. No me requirieron el pasaporte pues los tayikos y los uzbekos cruzan de un país a otro como Pedro por su casa, mientras que a los españoles, en esos años (1996) nos resultaba extremadamente difícil obtener el visado tayiko, como había comprobado días antes en Tashkent.

Tras el cambio de autobuses alcancé Panjakent poco rato después. Observé que la ciudad no era atractiva debido a los bloques soviéticos. Sin embargo las gentes se desplazaban en burro o en caballos, y el mercado era sumamente exótico, aunque la mayoría de los productos que allí se vendían eran chinos.

Caminé hasta salir de la ciudad, a las ruinas de la antigua Panjakent, nombre que significa Cinco Ciudades, pues han sido cinco las ciudades que se han superpuesto desde que se fundó la primera en el siglo V en los tiempos de Sogdia, o Sogdiana. No me causaron gran impresión esas ruinas, estaban dejadas de la mano de Dios. El recinto no estaba protegido, cualquiera podía entrar con su burro, llevarse piedras, o agacharse para hacer sus necesidades fisiológicas, como pude observar.

Un mapa en una esquina del complejo indicaba los límites de la vieja ciudad. No pasé más de dos horas allí; me interesé más por recorrer el zoco y comprar pinchos morunos. Tras ello entré en el museo dedicado al poeta Rudaki. Allí sí que invertí varias horas en estudiar la historia de ese lugar y de Tayikistán en general. El museo constaba de dos plantas, una era del período soviético y la revolución bolchevique, donde apenas perdí mi tiempo, pues todo era propaganda comunista, pero en la segunda planta había animales endémicos disecados, ejemplos de la flora del país, mapas de las montañas de Tayikistán, frescos antiguos, además de poemas de Rudaki traducidos al ruso.

Cuando comenzó a oscurecer regresé a la frontera y entré en Uzbekistán como Pedro por su casa.

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48 – KAIROUAN

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Llegué a Kairouan en autostop, desde Tozeur. Mi mayor interés en esa ciudad, aparte de recorrer su zoco, era visitar la famosa Grande Mosquée, o de Oqba bin Nafi, quien la fundó en el siglo VII. Unos tunecinos que me recogieron en autostop me habían asegurado que es la cuarta mezquita más sagrada para los sunitas.

A pesar de que se notaba que no era musulmán, me dejaron entrar en ella, cosa que aproveché para lavarme pues tras recorrer el desierto y dormir en las dunas me hacía falta. Y no sólo eso, sino que tras visitar el enorme patio y el alminar, el muecín me permitió subirme a los muros y a los tejados y corretear por ellos.

Yo disfrutaba como un niño. La vista de la ciudad desde esos tejados era espectacular. Antes de viajar a Túnez ya había planeado conocer esa mezquita, así como las ruinas de Cartago y la ciudad “troglodita” de los bereberes de Matmata, por ello al cumplir los tres principales objetivos viajeros en ese país me sentí satisfecho.

Estaba oscureciendo y como el muecín había sido tan benevolente conmigo, le pregunté si podría quedarme allí a dormir, sobre las alfombras. Y él me aceptó. Hacia las 9 de la noche el muecín preparó té y me invitó. Yo entonces saqué de mi pequeña bolsa de viaje todos los dátiles que había ido recogiendo trepando a las palmeras de los oasis de Tozeur y Nefta, y los coloqué en la alfombra para que él también se sirviera. Tras ello ambos nos preparamos para dormir. El muecín disponía de un cuarto, mientras que yo desplegué mi saco de dormir bajo el gran minarete.

Me despertó de madrugada para la primera oración, y mientras él se subió a lo alto del minarete para llamar a la oración a los fieles, yo preparé esta vez el té y volví a ofrecerle dátiles al muecín, como desayuno, y él lo complementó con unas tortas.

Tras la primera oración seguí descubriendo otros lugares atractivos de la ciudad, como la Mezquita de las Tres Puertas. Y hacia el mediodía proseguí viajando en autostop en dirección a Argelia.

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49 - RUINAS ARQUEOLÓGICAS DE MOHENJO-DARO

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Mohenjo Daro fue el primer sitio UNESCO de los seis que visitaría en Pakistán. Llegué a él en tren, desde Karachi, tras un largo viaje de 20 horas de duración a lo largo de zonas desérticas y desoladas. Atravesaba poblados y sólo notaba gente deambulando sin objetivo por las calles buscando algo que llevarse a la boca; los perros y los burros estaban esqueléticos, e incluso las vacas que vi, tan delgadas estaban que en vez de dar leche daban lástima.

Al entrar en el recinto de Mohenjo-Daro, nombre que significa en la lengua sindhi Montículo de los Hombres Muertos, me extrañó el abandono del lugar; nadie me controló, no pagué ninguna entrada (fue en el año 1988), no había guardianes; me dio la impresión de que cualquier desalmado podría entrar allí y robar alguna piedra antigua u objeto valioso.

Había unos pocos letreros escritos en pastún e inglés, donde se indicaba que Mohenjo Daro tienen una antigüedad de 2.500 años, pero todo el complejo estaba muy abandonado, casi derruido, las paredes daban la impresión que se derrumbarían en cualquier momento; no era ese sitio muy atractivo para un visitante a menos que fuera arqueólogo, lo que no era mi caso, por ello poca atención presté a la mayoría de las piedras y paredes, con la única excepción de una estupa budista en lo alto de un pequeño promontorio. Y es que hace 2.500 años el Budismo era la religión reinante en todo el subcontinente indio, desde Afganistán a Indochina, incluyendo el Valle del Indo con la civilización que se desarrolló alrededor de Harappa (más al norte de Mohenjo Daro, adonde no iría), por ello el gran viajero chino y monje budista Xuanzang visitaría Mohenjo Daro el siglo VII de Nuestra Era durante su larguísimo viaje a la búsqueda de conocimientos budistas.

Tras el avance del Islam en el sur de Asia, allá donde se impuso se destruyó con saña y sin piedad todo vestigio del Budismo. Un pequeño museo a la entrada al sitio mostraba figuras de bronce y de piedra rescatadas de Mohenjo Daro, salvándolas de los saqueos de los ladrones de antigüedades.

Pasé unas 3 horas correteando por las ruinas de Mohenjo Daro y su museo, y a continuación abordé otro tren con destino al norte, luego me serví de autobuses, y finalmente caminé varias horas, para quedarme varios días a convivir con las coloridas tribus de los Kalash, cerca de la legendaria Chitral, en la frontera con Afganistán.

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50 – MONUMENTOS HISTÓRICOS DE DENGFENG EN EL CENTRO DEL CIELO Y LA TIERRA

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En China iba siguiendo los pasos de sabios, santos y viajeros, a ver si de carambola se me pegaba algo de ellos y capturaba lo que los derviches denominan “baraka”.

Al arribar a la estación de tren de Zhengzhou, proseguí en un minibús a Dengfeng, y aún proseguí hasta el celebérrimo monasterio de Shaolin, a las faldas de Songshan (la sagrada montaña de Song), donde sus monjes aprenden Kung Fu.

Recordaba la serie televisiva de Kung Fu, interpretada por el actor estadounidense David Carradine, que a veces veía durante mi adolescencia. No viajé a ese monasterio por estar interesado en el Kung Fu, sino por su creador, el monje indio Bodhidharma, que en China conocen por Da Mo, a quien seguía la pista desde que visité en Kanchipuram, en Tamil Nadu (India), su lugar de nacimiento. Pero encontré ese monasterio demasiado comercializado.

Compré mi entrada al recinto por 100 Yuan, pero deseché adquirir un ticket para presenciar un espectáculo nocturno con cena donde los monjes hacían demostraciones de artes marciales. Tampoco compré suvenires en la tienda anexa ni dejé que me hicieran una foto junto a un monje de cartón practicando Kung Fu.

Por el camino hacia el templo principal, observé cómo centenares de aprendices a monjes practicaban el Kung Fu dando gritos y pegándose mamporros en el lomo y costillas, algunos hasta hacían torres humanas que me recordaron los antiguos “Bailes de los Valencianos”.

Decidí quedarme allí a dormir pues el Monte Song merece varios días de estancia para poder apreciar todo cuanto ofrece en términos de naturaleza y templos sagrados. Había un hotel llamado Zen y entré por curiosidad para saber sus precios. Era caro, del orden de 400 Yuan por una habitación individual, precio que no podía permitirme pagar. Pero el recepcionista me ofreció un cuarto en la planta baja a 150 Yuan, aunque sin agua caliente. Estaba en el mes de marzo y hacía frío, pero acepté ese cuarto con una estatua de Buda en la mesita de noche. Ya estaba acostumbrado a ducharme con agua fría. Uno va mojándose con el grifo de la ducha primero el pie, luego sube el grifo hasta la rodilla, la pierna, y así poco a poco, y al final uno se siente a gusto con el agua fría, enjabonándome el cuerpo y lavándome el pelo con champú mientras tatareaba una jota aragonesa.

Junto al hotel había un bosque lleno de pagodas de piedra. Mediante cortos trekkings se podía acceder desde ellos a la cueva de meditación de Bodhidharma y a templos menores, cosa que hice. Vi diversas estatuas dedicadas a Bodhidharma y pedí a los chinos que me hicieran fotografías junto a ellas. Bodhidharma es otro de mis héroes viajeros, al igual que el chino Xuanzang. Fue el introductor del Budismo en China y el Zen en Japón. Se le representa con la cara oscura, la barba negra y un pendiente en una oreja.

Por la noche hubo un espectáculo gratuito de Kung Fu en el teatro, no tan completo como debió ser el show de pago en las afueras del monasterio, pero fue aceptable. Los jóvenes monjes rompían ladrillos con la mano y también con la cabeza, se pinchaban con una lanza la barriga y no les salía sangre, y se daban buenos trompazos en el cuello y espinillas al son de gritos, pero no se hacían daño, parecían de goma. Yo, sólo de mirar los golpes que se propinaban, sufría más que ellos.

El día siguiente me desplacé a otro monasterio también a las faldas del Monte Song; era Taoísta y se llamaba Zhongyue. Allí no había ningún extranjero (de hecho en Shaolin no recuerdo haber visto ningún occidental) ni siquiera turista chino. La entrada era gratuita y no vendían suvenires ni te hacían fotos junto a un Lao Tsé de cartón. Los monjes te enseñaban cómo caminar de manera consciente, recordando el aquí y el ahora. También te enseñaban la manera de cruzar las manos para lograr armonía interior. Era un sitio más relajante que Shaolin y me proporcionó mucha satisfacción.

Al hacerse oscuro regresé a la estación de Zhengzhou y proseguí mi viaje en un tren nocturno buscando el rastro de la viajera francesa Alexandra David Neel en el monasterio tibetano de Kumbum, donde vivió largo tiempo.

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51 – PARQUE NACIONAL HISTÓRICO – CIUDADELA, SANS SOUCI, RAMIERS

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A los pocos días de mi estancia en Port-au-Prince resolví conocer el norte del país, donde deseaba visitar el asentamiento de “Nueva Navidad”, para cuyo fortín los españoles del primer viaje de Cristóbal Colón utilizaron las maderas de la carabela Santa María, que había allí encallado.

El autobús me dejó en Cap-Haïtien y en la estación un guía me ofreció llevarme a conocer dos lugares extraordinarios de los alrededores, el Palacio de Sans Souci y la Citadel, que también deseaba visitar, y ambos lugares se hallaban a un tiro de piedra el uno del otro.

Como la contratación de un guía era obligatoria (o por lo menos lo era el año 1983, cuando yo estuve), lo mismo que alquilar un burro, acordamos un buen precio y me fui con él. El palacio me pareció mucho más viejo de lo que era, pues fue acabado de construir el año 1813. Ello era debido al estado de abandono en el que se encontraba.

Ascendimos en burro a la Citadel. Una vez arriba el guía me contó con toda seriedad una historia que todavía hoy no sé si creer. Según él, el rey de Haití, Henri Christophe (Henry I de Haití), que era muy megalómano, ordenó a un batallón completo de soldados lanzarse al vació desde esa Citadel para demostrar la disciplina de sus tropas a un embajador extranjero que le había ido a visitar.

La vista desde allí en lo alto impresionaba, hasta daba vértigo. Se observaba una cordillera montañosa y el mar. El guía consideraba que esa Citadel más el Palacio de Sans Souci eran la octava maravilla del mundo (esto no se lo creí).

Al bajar, vino a nuestro encuentro una chica joven con un bebé de pecho que le increpó a mi guía por haberla abandonado y no pasarle dinero para la manutención de la criatura. Como yo todavía no le había pagado le propuse darle la mitad del dinero acordado por sus servicios de guía a la madre de su hijo. Él no estuvo muy de acuerdo, por lo que rebajé el porcentaje para la mujer. Él no se podía negar, el niño lloraba, así que al final le di una parte de su sueldo a la mujer y se marchó contenta, enseñando los billetes a sus amigas, que le estaban esperando. Yo también me puse muy contento por ella. Pero el guía no.

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52 – PARQUE NACIONAL DE KOMODO

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No viajé solo a Komodo, sino que había acordado con un viajero estadounidense encontrarnos en Labuan Bajo, en la Isla de Flores, y así abaratar precios alquilando un barco a medias para navegar a dos islas donde viven los dragones de Komodo.

El primer día visitamos la isla de Komodo donde observamos muchos dragones. Aparentaban ser pacíficos, pero el guardián que nos acompañaba (está prohibido visitar los dragones sin guía), armado con un palo, nos informó que de vez en cuando muerden incluso a los guardianes, por ello hay varios de ellos que son cojos o mancos. En el pasado, un turista distraído perteneciente a un grupo que había llegado allí en crucero, había sido devorado por varios dragones a la vez, y sólo habían dejado su sombrero. También se conocen casos de haber matado a niños y pescadores locales.

Junto a las tiendas de los vendedores de suvenires observé cómo había un ciervo atado a una soga para que los dragones se lo comieran, y así no tuvieran necesidad de atacar a los humanos. Aunque los dragones caminaban lentamente, cuando corren alcanzan una velocidad superior a la del hombre, por ello debíamos respetar una distancia de seguridad que nos indicaba el guía.

El segundo día viajamos a la isla de Rinca, donde de nuevo realizamos un tour alrededor de la isla en busca de dragones. Los vimos por docenas, en medio de las sendas y a veces el macho poseía a la hembra a la vista de los demás dragones macho, sin ello causarle ningún pudor. En ambas islas había tiendas que ofrecían suvenires a los turistas, tales como estatuas de madera representando dragones.

Además de la emoción de sentirnos ante el lagarto más grande del mundo, alcanzando los 3 metros de longitud, las islas montañosas donde vivían eran de una belleza deslumbradora y navegar a ellas nos causó una gran satisfacción.

El tercer día me separé de mi amigo norteamericano; él voló de regreso a Pattaya y yo navegué hacia las islas de Ternate y Tidore, en las Malucas, que fueron en el pasado posesiones portuguesas y españolas, preservándose en ellas muchas huellas de estas dos nacionalidades celtíberas.

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53 – PARQUE NACIONAL DE RAPA NUI

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Me dio mucha ilusión aterrizar en la Isla de Pascua. Era el año 1997. En el aeropuerto había nativos que ofrecían cuartos baratos. Yo seguí a una mujer que me llevó a su cortijo a un precio de ganga. Varios extranjeros que viajaban en el mismo avión de Santiago de Chile, también fueron con ella. Al final todos los moradores de ese cortijo hicimos amistad, un australiano que ya estaba allí alojado durante un mes, y los nuevos compuestos por un holandés, un danés, un ruso y yo.

Debería permanecer en la Isla de Pascua casi una semana, hasta que despegara mi avión con destino Papeete, en la Polinesia Francesa. El turista ruso estaba dando una vuelta al mundo y, como debía tener mucho dinero, el día siguiente alquiló un jeep y nos llevó a varios de nosotros con él, por turnos, para descubrir la isla. Gracias a él no fue necesario hacer autostop. Visitamos todos los vericuetos de la isla, hasta sus cuevas, donde estaba alojada una turista alemana. Encontramos la cantera de piedra de donde se extraían los moais y se les daba forma, antes de clavarlos en sitios determinados, representando difuntos.

Esos días encontramos en la playa de Anakena a un aventurero español llamado Kitín Muñoz, que estaba preparando una expedición llamada Mata Rangi en una balsa de totora para cruzar el Océano Pacífico (que sería un fracaso, pero se acabaría casando con una princesa búlgara y abandonaría las aventuras para siempre).

Noté fricción entre los pascuenses y los chilenos del continente. De hecho, los pascuenses aún guardan rencor a todos los extranjeros de origen occidental pues, en el pasado, todos los navegantes que les visitaron cometieron atrocidades contra ellos. Por ejemplo, los primeros visitantes, los holandeses al mando de Roggeveen, el que nombró la isla como Pascua por haber llegado a ella el día de la Resurrección de la Semana Santa, mató a varios nativos. Luego vinieron los españoles capitaneados por Felipe González, y se entablaron cordiales relaciones y no hubo confrontaciones. Los ingleses, al mando del Capitán Cook, los visitarían más tarde y también matarían pascuenses, igual que hicieron los franceses de La Pérouse, como los estadounidenses.

Los españoles manteníamos relaciones extraordinarias con los pascuenses, y éramos los únicos visitantes pacíficos, pero se vieron rotas cuando un negrero y genocida barcelonés (de El Masnou), llamado Joan Maristany Galceran, asesinó y secuestró a un tercio de la población para llevarlos a Perú para trabajar como esclavos en las minas de guano. Entre esos secuestrados estaban los sacerdotes, los únicos que conocían el alfabeto rongo-rongo de la Isla de Pascua, pero perecieron por la crueldad de la esclavitud en Perú. Debido a ese malnacido español, hoy la escritura del rongo rongo sigue sin ser descifrada.

El día de mi partida volé a Tahití. Todos mis compañeros permanecerían en la misteriosa Isla de Pascua unos cuantos días más.

 

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54 – CIUDADELA, ANTIGUA CIUDAD Y FORTALEZA DE DERBENT

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Viajé en tren desde Astrakhan (donde visité su Kremlin, inscrito en la Lista Tentativa de UNESCO) a Makhachkala, la capital de la República de Daguestán. Allí me esperaba un amigo a quien había conocido unas semanas atrás en Vorkuta, en la República de Komi, presenciando la carrera de renos que allí se celebra cada 7 de noviembre con la participación de esquimales de Rusia, Canadá, Groenlandia y diversos países de Escandinavia. Abordamos una marshrutka que 2 horas más tarde nos depositó en Derbent, y me alojé en su casa, con su familia musulmana.

Gracias a mi amigo, pude conocer durante tres días esa interesante ciudad de 5.000 años de antigüedad, la más antigua de Rusia, situada a orillas del Mar Caspio.

Las gentes en Derbent aún se desplazaban en burro, portaban gorros de piel de diversos animales y hacían corros para conversar en los portales de la vieja ciudadela Narin Kala.

Estaba emocionado porque Derbent ha sido escala de viajeros sobresalientes del pasado, como Maro Polo, Afanasi Nikitin y el fraile franciscano Wilhelm Roebrook (Rubruquis). La primera visita fue a su famosa fortaleza, adonde ascendimos por una colina. Había sido construida durante el Imperio Sasánida. Estaba vacía, sin turistas, ni siquiera rusos. Me extrañó que la abrieran sólo para nosotros. Durante dos horas mi amigo me explicaba cada parte de esa fortaleza. La vista del Mar Caspio y de la ciudad de Derbent desde ella era espectacular. Se distinguía la gran mezquita, la catedral ortodoxa y hasta la sinagoga, pues Daguestán es habitada por varias docenas de grupos étnicos que profesan diversas religiones y hablan numerosas lenguas, aunque todos ellos se entienden en ruso.

Al día siguiente visitamos la gran mezquita (que antes de mezquita había sido una bella iglesia) con su madrasa, la sinagoga, donde el rabino me atendió con de manera ejemplar, y también las iglesias cristianas de diversas denominaciones, desde la basílica del siglo VI hasta la iglesia ortodoxa georgiana. El tercer día lo empleamos en el zoco y el caravanserai. El cuarto día me despedí de mi amigo y su hospitalaria familia y abordé un autobús, primero a Makhachkala, y de allí transbordé a otro con dirección a Grozni, la capital de la República de Chechenia.

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55 – CONJUNTO HISTÓRICO DEL PALACIO DE POTALA EN LHASA

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En mi adolescencia, leyendo un libro, creo que de Alexandra David-Néel, leí algo así como: “Uno pronuncia TÍBET en voz baja, religiosamente, con un poco de temor…” Y justo esos fueron mis sentimientos cuando penetré por primera vez en el Tíbet. No podía creer que lo había logrado. Pero no pude alcanzar Lhasa y, por lo tanto, visitar el Palacio del Potala. El segundo día de mi estancia en Tíbet los militares chinos no me dejaron proseguir a Lhasa y me devolvieron al Reino de Mustang. Era el año 1989.

Tuve que esperar al año 2004, y entonces sí que lo visité. En esos tiempos todavía no se había construido el tren que une Beijing con Lhasa, por lo que tuve que volar desde Chengdu. Hoy en día, para visitar el Tíbet hay que comprar un paquete turístico con todo incluido, bastante caro, pues ya no permiten viajar allí de manera individual, como hacen en Bhután y en Corea del Norte.

En Lhasa me alojé en una pensión de mochileros en una callejuela estrecha del barrio de Barkhor, cerca del Templo de Jokhang. No me precipité por conocer el Potala; los dos primeros días fueron de aclimatación a la altitud. Las gentes eran muy religiosas y rodeaban a diario el Templo/Monasterio de Jokhang y el Palacio del Potala varias veces; cada pocos pasos se postraban en el suelo asiendo en una mano una especie de carraca, y exclamando “Om Mani Padme Hum”. En cierto modo me recordaron a los peregrinos de Fátima, en Portugal, que se dirigen arrodillados al santuario.

Por mucho que se pueda criticar en el extranjero al régimen chino en el Tíbet, lo cierto es que hoy los tibetanos viven mejor que en los tiempos pasados de feudalismo, cuando eran poco menos que esclavos del Dalai Lama. Las sectas tibetanas principales (Nyiunmapa – Kagyupa- Sakiapa) critican al Dalai Lama y su secta Gelugpa, por ser demasiado ávida de poder y dinero. Por otro lado, si el Tíbet no lo hubiera anexado China, lo habría hecho India, país que ya incorporó en el año 1975 el pequeño país de Sikkim, y, de facto, también ha hecho con Bhután.

El tercer día compré mi billete de entrada y visité el Potala durante varias horas. En la taquilla solicité un sello del Potala en mi pasaporte, y me estamparon uno en chino y en inglés, donde se podía leer: “A souvenir of the Potala Palace”. Al entrar en ese majestuoso palacio uno pronto pierde el sentido de la orientación y del tiempo, se cruzan numerosos corredores y salones, como el del dormitorio del Dalai Lama, y a veces todos te parecen iguales, a veces me parecía estar perdido en una madriguera de conejos. Cuando estuve saturado, y hasta mareado de contemplar tantos thankas y murales, estatuas y tesoros, estupas y columnas, subí al terrado para despejarme y, de paso, disfrutar del precioso panorama que se abría ante mis ojos.

Al salir del Potala ya era media tarde, había pasado allí dentro casi todo el día, se me había pasado el tiempo volando. Hoy pienso que en el historial de un viajero que se precie como tal, no puede faltar la visita al Palacio del Potala.

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56 – CENTRO HISTÓRICO DE SÃO LUIS

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Un autobús local me depositó en una calle del centro histórico. De allí subí a un cerro donde se ubicaban la oficina de turismo, la catedral y un gran palacio. Tanto en la subida al promontorio como durante la visita a esa ciudad durante casi todo el día, no percibí ningún edificio o motivo francés u holandés. Todo me parecía de origen portugués, desde los azulejos para embellecer las fachadas de las casas como el revestimiento empedrado del suelo y de las aceras. A veces me parecía pasear por el Barrio de la Alfama, en Lisboa. El único detalle francés que hallé fue un busto frente al palacio de los Leones, dedicado al fundador de la ciudad el año 1612, el hidalgo y militar Daniel de la Touche, que pretendió crear el territorio de la “Francia Equinoccial” en Sudamérica.

Los holandeses atacaron e invadieron San Luis un año después de que Portugal se separara de España (hecho acaecido en 1640), al sentir que sería un país débil. Permanecieron en esa ciudad 3 años, hasta que fueron expulsados por los portugueses. Los holandeses invadieron grandes territorios en el noreste de Brasil en dos ocasiones en el siglo XVII, pero ambas veces fueron expulsados por los portugueses. Establecieron la capital de su Nieuw Holland en Mauritsstad, o la actual Recife, capital del estado de Pernambuco.

Gracias a los folletos que me regalaron en la oficina de turismo exploré la ciudad sin perderme lo más sobresaliente, como los edificios históricos, la catedral, diversas iglesias y tres museos. El museo que más me impresionó fue el llamado “Cafua das Mercè” o “Museo do Negro”, dentro de un edificio simple con la fachada encalada; desde fuera no parecía nada del otro mundo y a punto estuve de no entrar en él debido a ello. Me convenció un joven que se asomó a la entrada y me dijo que la visita era gratuita. Me dio explicaciones mostrándome las dos salas, las esculturas de madera y los dibujos. Ese museo era en el pasado un almacén de esclavos. Vi allí instrumentos musicales que utilizaban los africanos, así como estatuas de madera negra y máscaras siguiendo la técnica de las tribus africanas como los Bambara, Dogon y Senufo del oeste de África (Mali, Senegal, Burkina Faso y Costa de Marfil). También observé látigos con los que los portugueses castigaban a los africanos, y pinturas representando los sufrimientos de los esclavos. En un cuadro se veía dibujado un negro con una picota paralizándole las dos manos y los dos pies. La visión de ese castigo, junto a la mirada triste del africano, te llegaba al alma. Ese cuadro se llamaba Quilombo.

Más de la mitad de los africanos que los negreros embarcaban por la fuerza en África con destino a América morían durante el trayecto en los barcos acondicionados, llamados en portugués “tumbeiros”, o ataúdes. Más de 4 millones de africanos llegaron vivos a Brasil, por ello hoy alrededor del 40 por ciento de los más de 200 millones de brasileños descienden de ellos. Una vez que Brasil se independizó de Portugal, la esclavitud siguió en vigor durante más de 6 décadas.

Brasil contempla cinco razas entre su población: blancos, indios, amarillos (que incluye chinos, japoneses y otros asiáticos), negros y, finalmente, pardos, o gente mezclada con blancos, negros e indios.

Poco más vi de São Luis; ese museo fue lo mejor de mi visita.

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57 – TEMPLOS FARAÓNICOS DEL ALTO EGIPTO DESDE EL PERÍODO HELENÍSTICO AL ROMANO

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He llegado a conocer estos cuatro templos incluidos en este candidato a Patrimonio Mundial. El templo de Hathor en Dendera lo conocería en un viaje posterior a Egipto, mientras que los tres últimos los visité de la manera más fantástica posible, en felucca navegando por el río Nilo.

En Luxor, unos viajeros franceses (curiosamente ambos llamados Denis) y yo nos encargamos de visitar varios albergues de mochileros de la ciudad buscando compañeros para abaratar el coste de una felucca escalando en Esna, Edfu y Kom Ombo, hasta llegar a Aswan, lo que nos tomaría cinco días de travesía con cuatro noches.

Al final convencimos a un australiano y a dos chicas alemanas. Y al zarpar, justo coincidimos en el río con otro grupo de turistas que había alquilado otra felucca, con una tripulación compuesta por cuatro chicas islandesas, una sueca, un francés, un danés y un estadounidense. Así que navegaríamos juntos y las noches nos pararíamos juntos para cenar juntos, hablar, bailar y admirar el cielo estrellado.

A cargo de cada felucca iban dos “feluqueros”, quienes se encargaban de la navegación y de pescar peces en el río y cocinarlos para la cena. Como la chica sueca era la única rubia, además de algo frívola, los cuatro feluqueros se volvían locos por ella y la colmaban de atenciones.

Bebíamos agua del Nilo, comíamos ful a base de habas chafadas, o bien hacíamos paradas y agarrábamos dátiles para el desayuno. Era yo precisamente el encargado de trepar a las palmeras por ser el más delgado de los catorce turistas (en aquellos años era vegetariano). Las islandesas se pasaban el día cantando, los tres franceses hablaban en francés entre ellos de sus viajes alrededor del mundo, lo mismo que las dos chicas alemanas lo hacían en alemán, yo jugaba al ajedrez con el danés, el australiano y el estadounidense, mientras que la sueca flirteaba todo el tiempo con los cuatro feluqueros, que se la rifaban para bailar con ella por las noches.

Los tres templos adonde paramos eran formidables, En Edfu vimos el templo dedicado a Horus, el dios halcón. Tras el de Karnak es el segundo templo más grande de Egipto. Aunque tal vez el templo que nos causó más impresión de ese viaje fue el último, el doble templo de Kom Ombo (dedicado al dios cocodrilo Sobek), tal vez por hallarse a orillas del río Nilo, lo cual le confería una belleza adicional.

Llegamos con pena a Aswan. Ese viaje en felucca había sido inolvidable para todos nosotros. Todos nos separamos, aunque días más tarde casi todos nos volveríamos a ver al visitar Abu Simbel La chica sueca regresaría esa misma noche a Luxor en felucca con los cuatro feluqueros. Denis, uno de los franceses con ese nombre, me escribió meses más tarde y me regaló varias fotos de tal viaje, pues yo viajaba sin cámara. Él siguió viajando hasta que al año siguiente encontró el amor en la isla Mauricio y se casó con una chica india que se llevó a Francia.

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58 – CIUDAD MEDIEVAL AMURALLADA DE TIERRA DE LO MANTHANG

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Me costó alcanzar Lo Manthang, la capital del antiguo Reino de Mustang. Fue al llegar a Kagbeni cuando me uní a un grupo de gurungs con sus yaks y me camuflé entre ellos, pues en aquellos tiempos (1989) estaba estrictamente prohibido acceder a ese antiguo reino, pues el rey odia a los extranjeros. Sus habitantes están relacionados con los tibetanos.

Pensé que el hombre existe antes que las fronteras y sentí curiosidad por conocer ese misterioso reino y demostrar al rey que no todos los extranjeros somos malos. El descenso por la garganta de Kali Gandaki era muy peligrosa, hasta para los gurungs. A veces los yaks, cargados con sacos de arroz, se asustaban y no querían seguir adelante. Los gurungs les tenían que arrear en el lomo con un palo para que continuaran. Tres días me costaría llegar a pie a la ciudad amurallada de Mustang, para no perderme seguía la ruta de los chortens en los picos de las montañas y cruces de caminos, pues actuaban como las flechas amarillas en el Camino de Santiago y te conducían a Mustang, y más allá al Monte Kailash.

Cuando divisé las murallas y los monasterios y chortens alrededor de Mustang, me emocioné. Pero temí que si entraba a su interior descubrirían que era un odiado extranjero y el rey me expulsaría. En realidad mi meta era el Palacio del Potala, en Lhasa, así que rodeé la ciudad sin penetrar en ella, y continué por un sendero hacia un paso que me conduciría hacia media noche a la entrada en la aldea tibetana cuyo nombre sonaba a Litse, burlando un control de un campamento militar chino.

Por desgracia, al pedir ayuda en una casa de Litse me denunciaron, me dejaron dormir en un cuartel y por la mañana los soldados chinos me devolvieron en su jeep al paso número 23 de Mustang. Fue cuando descendí y entré en la ciudad amurallada, con gallardía. Pero allí de nuevo sería descubierto, encerrado por orden del rey (a quien no llegué a ver) y al día siguiente sería conducido escoltado por un soldado de ese reino hasta Kagbeni, adonde llegamos dos días más tarde.

Mi aventura de viajero revoltoso no tuvo consecuencias; en Kagbeni la Policía me dejó en libertad y me permitió realizar el giro completo al Annapurna a través del Thorung La Pass.

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59 – CIUDAD VIEJA DE PINGYAO

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Desde la estación caminé a la parte vieja. Cuando me dirigía a un chino para preguntarle por la ciudad amurallada, antes de abrir la boca el chino me señalaba el camino, pues están acostumbrados a ayudar a los turistas y todos preguntan por lo mismo. De todos modos era evidente el camino, pues en las calles había grandes signos metálicos de UNESCO que te conducían a la parte histórica.

La muralla tiene una altura de 12 metros y una longitud de 6 kilómetros. Posee 6 portales barbacana de entrada y cuenta con 72 torres de vigilancia. La vista desde el exterior es espectacular, me sedujo a primera vista; me recordó a Ávila, en España.

En la entrada había un kiosco donde vendían una especie de bono que te permitía visitar todos los sitios turísticos que uno deseara, tales como casas tradicionales antiguas, museos y templos, a un precio de “tarifa plana”, lo cual era más conveniente que comprar cada billete de entrada por separado. Sin embargo, encontré caro el precio, por lo que determiné descubrir la ciudadela a mi aire, y si algún sitio me atraía especialmente compraría un billete individual de entrada.

Durante unas cuatro horas recorrí prácticamente todas las calles centrales, más la atractiva Torre del Mercado (también llamada por unos folletos en inglés “City Tower”, o Torre de la Ciudad) y entré en varios lugares históricos donde no se precisaba billete. Probé diversos productos que ofrecían en las calles, como yogures caseros y varios dulces. Por todas partes vendían souvenires. Pregunté por curiosidad en un hotel dentro de la parte histórica. Parecía muy acogedor e histórico, me gustó mucho. Pero el precio por una habitación oscilaba entre 1280 y los 4880 yuanes. Un euro equivalía a unos 7,5 yuanes, es decir, que el precio de la habitación más barata salía por unos 170 euros, mientras que la suite VIP lo hacía por unos 650 euros. Sin embargo, varias mujeres en la calle te ofrecían un cuarto en sus casas, o en una pensión, por menos de 100 yuanes.

Las calles, en su mayoría, eran peatonales pero de vez en cuando pasaban bicicletas, minibuses con turistas extranjeros y rickshaws tirados por un chino. Había mucha limpieza en esa ciudadela y casi todas las casas eran de una sola planta, salvo la Torre del Mercado, que constaba de varios pisos. Los tejados de madera eran uniformes, construidos siguiendo un mismo patrón. En casi cada esquina había mapas en chino y en inglés mostrando los lugares más notables. Los servicios de lavabos eran gratuitos. Todo estaba muy orientado hacia el turismo, la economía principal de Ping Yao.

En la oficina de turismo te ofrecían información y mapas en varios idiomas. Lo que más me sedujo de Ping Yao, además de la muralla, fueron la Torre del Mercado, erigida el siglo XIV, un templo taoísta y otro dedicado a Confucio. En la oficina de turismo me habían aconsejado visitar los templos de Zhenguo y Shuanglin, a pocos kilómetros de distancia, que también están incluidos en el Patrimonio Mundial de Ping Yao, pero con la visita al interior de la ciudadela me quedé satisfecho. Además, pronto se haría oscuro y de haber querido ir a esos dos templos me habría visto obligado a pernoctar en Ping Yao, y tenía prisa por viajar en el tren del Tíbet.

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60 – PARQUE NACIONAL IGUAZÚ

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En el año 1986 había visitado las cataratas del Iguazú desde el lado brasileño. Me emocioné. Desde entonces considero que es la obra más asombrosa que la naturaleza ha producido en nuestro bello planeta Tierra, superando en magnificencia a otras cataratas notables, como las de Victoria (entre Zambia y Zimbabue), Niágara (entre Estados Unidos y Canadá), Tisissat (en Etiopía), o el Salto Ángel (en Venezuela).

Sin embargo, un amigo argentino me reprochó poco después el que no hubiera cruzado al lado argentino, donde se halla la famosa Garganta del Diablo, la mejor visión de las cataratas, la más espectacular y dramática. Esa reprimenda más el saber tiempo más tarde que el descubridor español Álvar Núñez Cabeza de Vaca había sido el primer europeo en admirar las cataratas del Iguazú y debido a ello habían colocado allí una placa recordando ese hito histórico, motivó que deseara regresar otra vez a esas cataratas, pero esta vez desde el lado argentino.

Curiosamente, las cataratas del Iguazú figuran como dos Patrimonios Mundiales diferenciados: uno es brasileño y el otro es argentino. El gaditano Cabeza de Vaca es uno de mis héroes viajeros, uno de los más formidables viajeros que ha dado la Humanidad.

Llegué de buena mañana a la entrada a las cataratas. Los precios eran algo altos y discriminaban a los extranjeros. No valía hablar el español con acento argentino para obtener un billete barato, pues los vendedores te piden la documentación. Me resigné y acabé pagando el precio máximo, pero no me dolió.

Un día entero pasaría allí. Estaba todo muy bien organizado, con trenecitos para llevarte a los sitios más remarcables. Comencé por la Garganta del Diablo. Luego, por medio de trenecitos y a pie, descendí hasta el nivel del río y después alcancé la parte alta para contemplar las caídas de agua desde todas las perspectivas posibles. Además de la belleza extraordinaria de esas cataratas, el sonido que producía el estruendo de las aguas al caer era otro de sus atractivos.

Observé pájaros exóticos de plumajes muy coloridos, monos ladrones que si te descuidabas te robaban los bocadillos o la gorra y se escapaban con su botín por entre los árboles, y hasta me crucé con unos animales llamados coatíes, que se suben a los árboles y algunos se erguían de manera graciosa ante los turistas para que les dieran comida. No comí nada ese día, pues todo estaba excesivamente caro dentro del complejo.

Había excursiones extras en barco para navegar por debajo de las aguas y alrededor de un islote rocoso llamado San Martín, y más actividades, como sobrevolar las cataratas en helicóptero. Incluso noté la existencia de un hotel de lujo en el interior del complejo, pero estaba a precios prohibitivos para mi economía.

No puedo decir que disfrutara de las cataratas del Iguazú como la primera vez en 1986 desde el lado brasileño, pues fue única y en circunstancias especiales. Pero sí que me sentí contento de haber regresado, algo que no suelo hacer, pues no me gusta repetir sitios.

Durante ese día no paraba de buscar la placa dedicada a Cabeza de Vaca. Preguntaba a los guías turísticos pero nadie la recordaba. Al final uno de ellos me dijo que la habían robado. No me lo podía creer. Pregunté a más guías y hasta me señalaron la roca donde la placa, que era de bronce, había estado colgada, precisamente ante una caída de agua bautizada Cabeza de Vaca. Se notaban los tornillos que la sujetaban, pero la placa ya no estaba. Nadie recordaba desde cuándo había desaparecido. Sentí mi corazón afligido. Sin embargo, antes de abandonar el lugar pregunté a los guardabosques y ¡eureka! la placa estaba en un taller reparándose, pues debido a unas tormentas tiempo atrás a punto estuvo de ser arrancada de la roca y ser arrastrada a las aguas. Pedí verla y al serme entregada la abracé.

Casi oscureciendo, viajé en autobús a Paraguay.

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61 – LOS MONUMENTOS DE QUTB SHAHI DEL FUERTE GOLCONDA DE HYDERABAD, LAS TUMBAS DE QUTB SHAHI, CHARMINAR

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El año 2000 compré en la plaza de la estación de tren de Hyderabad una excursión de un día entero a estos tres sitios candidatos a ser incluidos en la lista de UNESCO como un Patrimonio Mundial. Ofrecían ese tour por un puñado de rupias y consideré que hasta me saldría más barato apuntarme a él que si intentaba ir por mi cuenta a esos tres sitios. Eso sí, entre sitio y sitio la guía nos llevó a unas tiendas con la esperanza de que compráramos suvenires, saris de seda, perfumes, o piedras semipreciosas, pues se llevaba una comisión, pero yo no compré nada. En el autobús seríamos unas cuarenta personas, todos ciudadanos indios, menos yo.

La guía usaba simultáneamente el hindi y el inglés, pues había turistas indios del sur que no comprendían el hindi, mientras sí el inglés. Regresé satisfecho a media tarde y pocas horas después embarqué en un tren con destino a Calcuta. Pero como no llevaba cámara no pude tomar ninguna foto. Regresé a Hyderabad 15 años más tarde, con cámara fotográfica, en tránsito a la comunidad hippy de Auroville, en Pondicherry, y esta vez me detuve durante unas tres horas en admirar de nuevo el precioso Charminar, palabra que significa Cuatro Minaretes. Hoy está considerado un icono más de la India, como lo es el Taj Mahal.

Todo el tiempo del que disponía lo invertí exclusivamente en Charminar. No me entraron ganas de revisitar las tumbas de los siete reyes de la Dinastía Qutb Shahi, y menos aún el fuerte Golconda. Me encantaban las formas del Charminar, sobre todo por la noche, cuando iluminan sus torres. Leí que databa del siglo XVI. En su primer piso se halla una mezquita. La altura de cada minarete es de 56 metros. También entré en la mezquita vecina de Makka Masjid. Le di unas pocas rupias y piastras de baksheesh a un portero para que me cuidara los zapatos y penetré en su interior escudriñando cada rincón, admirando su arquitectura. Su patio podía albergar 10.000 fieles. Se llamaba Makka Masjid por haberse traído tierra de La Meca para fabricar los ladrillos con los que se construyó la mezquita. Pero lo mejor de esa visita es que desde la mezquita la vista del Charminar era aún más esplendorosa.

Cuando llegó la hora embarqué en un tren con destino a Pondicherry.

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62 – ISLAS DE OGASAWARA

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En el año 2012 la organización UNESCO estimó que el archipiélago de Ogasawara, compuesto por unas 30 islas, merecía ser declarado Patrimonio Mundial por la riqueza de su ecosistema más su fauna endémica.

Unos años antes había navegado a la isla principal de ese archipiélago, a Chichi Jima, por otro motivo: había estudiado que Bernardo de la Torre, de la expedición del hidalgo Ruy López de Villalobos, a bordo de la nave San Juan de Letrán había descubierto en el año 1543 diversas islas de ese archipiélago. Avistó Chichi Jima y la describió, bautizándola Farfama, pero no llegó a desembarcar en ella. Sí que lo hizo en Parece Vela, Iwo Jima y en Marcus, entre otras.

El único modo de que los turistas viajen a esas islas es abordando un ferry que zarpa semanalmente del puerto de Tokio y toma unas 30 horas en llegar a Chichi Jima. Como no regresa a Tokio hasta tres días más tarde, ese es el tiempo mínimo del que uno dispone para descubrir esas islas. Si la vida en Japón es cara, en Chichi Jima lo era todavía más, ya que la mayoría de los productos se traían desde Tokio. El hotel más barato era el Horizon Dream, pero sus precios eran disparatados para mi presupuesto. Existía un albergue de juventud, pero en las fechas que yo estuve en Chichi Jima, estaba cerrado. Por ello mi alojamiento durante tres noches fue una cabaña de paja en la playa. Muy cerca de ella había un grifo mediante el cual me lavaba, duchaba y afeitaba a diario.

Visité en autostop la práctica totalidad de la isla, con su flora y parte de su fauna, observado lagartos de aspecto raro y aves exóticas de diversos pelajes, avisté sus caladeros de ostras en el mar, y hasta fui invitado en un par de ocasiones a beber té en las casas de los amables japoneses que me recogían en sus vehículos.

Noté que los nativos tenían facciones ligeramente diferentes de las de los japoneses de las islas principales del país. Y es que Ogasawara siempre fue escala de marineros y balleneros, algunos de los cuales se reproducían con fruición con las lozanas mozas locales. Por poner unos ejemplos, el párroco de la Iglesia Católica me confesó que era medio portugués debido a un marinero de la Isla de Madeira que sedujo a su madre, y el monje sintoísta del templo en lo alto de la colina, con el que también hice amistad, me contó que tenía mezcla de sangre estadounidense, concretamente de un abuelo de Oklahoma, que era ballenero.

Durante mi estancia no dejé de visitar el Museo de Historia. En él recordaban mediante letreros a Bernardo de la Torre y a Ruy López de Villalobos, aunque su nombre lo deformaban por Louis. El cuarto día me despedí de mis amigos, del párroco y del monje, y embarqué en el ferry de regreso a Tokio. Al igual que ocurrió a la llegada, bailarines ataviados con ropajes coloridos nos deleitaron a los pasajeros con vistosas danzas.

¡Sayonara Chichi Jima!

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63 – MONASTERIOS DE SAN MILLÁN DE YUSO Y DE SUSO

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Me había perdido la visita a este extraordinario Patrimonio Mundial durante mi primer peregrinaje a pie (el Francés) a Santiago de Compostela, por no desviarme del camino oficial. Y tuvieron que pasar varios años para que un amigo riojano y peregrino de Santo Domingo de la Calzada, nos llevara a varios peregrinos más, a un vasco de Bilbao, más a otro barcelonés y a un hospitalense (yo) a conocerlo llevándonos en su coche.

Aparcamos junto al Monasterio de Yuso, el más grande de los dos. Estaba abierto y visitamos su interior, que hacía las veces de hotel, tipo Parador. Sí, nos gustó y aprendimos mucha historia, pero al transformarse en hotel le restaba encanto y espiritualidad. Allí pudimos leer por unos folletos gratuitos que el criminal musulmán Almanzor, el mismo que destruiría la catedral de Santiago de Compostela y tantos otros sitios cristianos, también había arrasado ese monasterio hacia el año 1002, degollando a sus monjes y llevándose como esclavos a los habitantes de la zona, por lo que se tuvo que reconstruir tres décadas más tarde.

Junto a Yuso había un monumento llamado Camino de la Lengua Castellana, mostrando un mapa con las escalas: Alcalá de Henares, Ávila, Salamanca, Valladolid, Santo Domingo de Silos y San Millán de la Cogolla.

Mucho más gozosos nos dejó el pequeño Suso, arriba, adonde caminamos. Suso es un monasterio en miniatura, encantador, más íntimo que Yuso, más delicado, más acogedor. Fue donde nos quedamos más tiempo saboreando y respirando su atmósfera, sintiendo su carisma. Fue precisamente en Suso donde se escribieron las primeras frases en Euskera y en Español (las Glosas Emilianenses). Más tarde, en 1492, el sevillano Antonio de Nebrija escribiría en Salamanca su famosa Gramática Castellana, o el primer libro estableciendo las normas de una lengua Romance (Latín), muchísimo antes de que lo hicieran otras lenguas latinas importantes como el Italiano, el Francés, el Rumano o el Portugués. Además, Nebrija compuso el diccionario Latín – Español.

En el Monasterio de San Millán de la Cogolla también escribió el monje Gonzalo de Berceo, el primer poeta en lengua española. Pensar que estos dos íntimos y escondidos monasterios son el nacimiento del euskera, una lengua original y bella, y también del español, lengua que en pocos siglos sería hablada por más de 500 millones de personas en más de veinte países de los seis continentes (incluyendo la Antártida, gracias a las bases permanentes de Chile y Argentina), siendo hoy la segunda lengua materna más hablada por la Humanidad, tras el chino mandarín, pero por delante del inglés o francés, es algo que llena de satisfacción a todos los vascos y a todos los hispanoparlantes. Por ello considero este Patrimonio Mundial de UNESCO, junto al Monasterio de El Escorial, las dos maravillas más entrañables para un español.

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64 – NEMRUT DAG

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No fue fácil alcanzar Nemrut Dag en autobuses y un ferry, pues me tomó un día entero llegar allí desde la ciudad de Tarso, donde se encuentra el Pozo de San Pablo.

Ya era oscuro en Nemrut Golu. Hallé un albergue lleno de turistas europeos y alguna chica japonesa, cené y acordé con el dueño presenciar el amanecer en Nemrut Dag, y luego observar el santuario de rey Antíoco I.

Justo a las 4 de la madrugada nos llevaron a dos chicas japonesas y a mí en un jeep a la base de la montaña, donde pagamos la entrada al recinto. Una vez con el billete en la mano caminamos por un sendero de madera hasta el santuario. Allí habría varias docenas de viajeros que habían pasado la noche dentro de sus sacos de dormir. Yo no sabía que era posible pernoctar en ese sitio, sino me habría animado a unirme a ellos, en vez de pagar el albergue.

Hacía fresco y muchos viajeros se cubrían con mantas. La salida del sol fue inolvidable. Agradecí mucho al dueño del albergue por haberme animado a madrugar para disfrutar de esos momentos. Tras ello rodeé la tumba de Antíoco I y por la parte posterior vi otras estatuas de cabezas humanas y de pájaros, de leones y dioses de las antiguas religiones de Armenia, Grecia y Persia (Ahura Mazda, Apolo, Hércules, etc.).

Había letreros explicativos que te indicaban que Nemrut Dag era un santuario erigido como mausoleo durante el primer siglo antes de Cristo, durante los tiempos de Antíoco I, rey de la antigua región de Commagene (dentro del gran reino de Armenia). La tumba de Antíoco I no ha sido aún localizada. Se cree que fue un rey pío.

Tras mi visita a Nemrut Dag proseguí mi viaje por el este de Turquía y el Kurdistán.

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65 – PARQUE NACIONAL DE LOS MONTES RWENZORI

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El apelativo de Montes de la Luna, como familiarmente se conocen los Montes Rwenzori, era tan evocativo que hallándome alojado en el templo bahai de Kampala, determiné visitarlos a pesar del poco dinero del que disponía, practicando el autostop, caminando o, cuando no tuviera más remedio, pagar un pasaje en autobús. Dormiría en los templos hindúes, preferentemente en los de los hospitalarios Sikhs, allá donde los hubiese.

El primer día llegué a Kasese. Proseguí al siguiente a Fort Portal y cuando estaba cruzando el puente sobre la unión de las aguas entre el Lago George y el Lago Edward, conocí a unos ingleses que conducían un jeep. Se dirigían a la aldea de Bundibugyo para encontrarse con los pigmeos de la raza Batwa.

Accedieron a llevarme con ellos. Hicimos muchos rodeos, ellos no tenían prisa lo cual agradecí pues me permitió admirar ese parque nacional con cierta profundidad. Debimos atravesar territorio del Congo, pero como no había ni fronteras, ni control de agentes de emigración, no nos enteramos. Bordeamos una orilla del río Semliki, que es la frontera con el Congo, y al cruzarlo, sí que estuvimos en el Congo con toda seguridad, aunque fuera unos minutos.

Llegamos por fin a Bundibugyo. De repente toda la población, unos sesenta pigmeos, incluyendo ancianos y niños, aparecieron sonriendo y tratando de vendernos algunos souvenires que ellos mismos confeccionaban. Todos nos pedían dinero en inglés: “give me money, give money, give me …” hasta tal punto que les bautizamos en inglés “gyvmies”, en lugar de pygmies. Estuvimos con ellos varias horas. El jefe del poblado se “defendía” en inglés y nos contó acerca de sus costumbres y sus habilidades de caza.

Tras esa entrañable visita nos dirigimos a Kampala, lo celebramos en un bar bebiendo cervezas y nos separamos. Sólo lamento que mis amigos ingleses no me mandaran fotografías con los pigmeos, sino sólo de paisajes del parque nacional.

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66 – PARQUE NACIONAL DE CANAIMA

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Por el equivalente en bolívares a 200 dólares americanos (claro, comprando los bolívares en el mercado negro) adquirí en la Posada Don Carlos (maravilloso edificio de madera, estilo colonial) de Ciudad Bolívar la siguiente excursión al Parque Nacional Canaima:

– Primer día: Vuelo Ciudad Bolívar

– Canaima. Excursión en lancha a los alrededores del Salto Ángel

– Segundo día: excursión en lancha (6 horas) y senderismo a la piscina formada por la caída de las aguas del Salto Ángel, tiempo libre para colocarse debajo de las aguas del Salto Ángel, nadar y disfrutar

– Tercer día: regreso al aeropuerto y vuelo Canaima

– Ciudad Bolívar

Al tour se apuntaron dos turistas de Austria y una chica francesa. El vuelo a Canaima fue sobrecogedor. Admiramos tepuis y el Salto Ángel a poca distancia. Dormíamos en un campamento de hamacas y las tres comidas estaban incluidas. Siempre íbamos acompañados de un guía, un muchacho joven que, tras la cena, nos contaba historias acerca de la vida y costumbres de los indígenas que viven en la selva, en los alrededores del Salto Ángel.

No tuve la suerte de visitar ese lugar cuando el chorro es poderoso, pero igualmente me di por satisfecho con la excursión.

El explorador almeriense Fernando de Berrío, que también sería gobernador de la Provincia de Guayana, fue el primer occidental en contemplar el llamado Salto Ángel en una de sus veinte expediciones, entre finales del siglo XVI e inicios del XVII, a la búsqueda de El Dorado. Ya en pleno siglo XX (en 1927) el Salto Ángel sería redescubierto por el español Félix Cardona Puig (capitán de la Armada venezolana) y su compañero explorador Juan María Mundó Freixas (ambos de Barcelona). Sin embargo, en 1937 el piloto estadounidense Jimmie Angel sobrevolaría (en compañía de Cardona) ese salto y lo popularizaría después.

No llego a comprender por qué al actual Salto Ángel no se le llama Salto Berrío, o Salto Cardona, cosa que sería más justa.

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67 – BAHÍA DE HALONG

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En un café de Hanoi, llamado Sinh, compré por 20 dólares americanos una excursión a los islotes de la bahía de Halong, nombre que, según me dijeron, se traduce por El Dragón Descendiendo. Por ese precio me incluían el autobús ida y vuelta al puerto de Haiphong, desplazamiento en velero hasta una isla del archipiélago, estancia de dos noches en una choza, más las tres comidas diarias.

A la mañana siguiente abordamos un autobús unos treinta turistas de diversas nacionalidades que también se habían apuntado a la misma excursión, entre ellos cuatro hombres australianos jubilados, un ciclista neozelandés dando la vuelta al mundo, numerosos israelíes, chicos y chicas, que acababan de hacer el servicio militar en su país, una pareja de japoneses, unas jóvenes estadounidenses viajando cada una en solitario, dos italianos, un alemán que había viajado un año seguido por la India, tres franceses y un español (yo).

El viaje en velero fue maravilloso e íbamos esquivando islotes rocosos; fue más bien una atracción placentera con numerosas paradas para zambullirnos en las aguas de color esmeralda, para penetrar en cuevas, visitar poblados, y para observar con deleite pagodas en la cima de algunos islotes. Ese viaje nos complació más que la estancia en la isla donde dormiríamos; todos estábamos exultantes y nos sentíamos en el paraíso.

Por las noches, tras las cenas, todos los extranjeros nos pasábamos varias horas contándonos batallitas sobre nuestros viajes, era muy didáctico aprender trucos viajeros o descubrir nuevos lugares que ignorábamos. La mayoría de los turistas se quedarían varios días más en ese islote y realizarían visitas a los alrededores, pero yo al tercer día regresé a Hanoi, pues apenas tenía dinero y aún me quedaba un largo viaje en trenes y autobuses de regreso hasta mi pueblo Hospitalet de Llobregat, en mi querida España.

Dos franceses vinieron conmigo de vuelta a Hanoi y nos separamos una vez que alcanzamos la bella Güillín, en China. Yo me dirigí en tren a Vladivostok, via Corea del Norte, y ellos querían presenciar la entrega de Hong Kong a China. Era el año 1997. Esa excursión a la de Bahía Ha Long fue la más bella y memorable de las que realicé en Vietnam.

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68 – PALACIO DE ISHAK PASHA

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El Palacio de Ishak Pasha fue una de esas sorpresas que le acontecen al viajero en los momentos más inesperados. Iba viajando en un autobús desde Tabriz, en Irán, hasta el lago Van, en Turquía. Tras cruzar la frontera el autobús hizo una breve parada en una especie de caravanserai en Dogubayazit para tomar algún refrigerio. Fue cuando al descender miré hacia atrás y vi un edificio fantástico sobre una colina: un palacio que parecía sacado de un cuento de las Mil y una Noches.

De inmediato cogí mi bolsa y abandoné el trayecto. Primero debería visitar esa maravilla, y ya compraría después otro billete de autobús al lago Van. Pregunté a unos peatones y me dijeron que ese palacio se llamaba Ishak Pasha y se hallaba a unos 5 kilómetros de distancia. Reconozco que ignoraba la existencia de ese palacio hasta ese día. Caminé hacia allí, y hasta corrí cuando lo tuve cerca. Y me quedé extasiado recorriéndolo, saboreando su magia. Trepé sobre un muro y allí me quedé un largo rato disfrutando de la vista.

Leí en un letrero que se había construido a finales del siglo XVII. Sin embargo parecía más viejo. Lo mandó construir un bey; su hijo Ishak Pasha lo continuó, y fue terminado cuando nació el nieto, o sea, que está relacionado con tres generaciones. El interior alberga una mezquita y poco más. El palacio había estado abandonado durante muchos años y aún hoy (al menos cuando lo visité el siglo XX) mostraba un aspecto dejado de la mano de Dios, pero tal vez ello le confería un aspecto tan romántico.

De regreso en Dogubayazit tuve que quedarme a dormir en el caravanserai, pero por la mañana abordé un autobús al lago Van.

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69 – SITIO ARQUEOLÓGICO DE ANI

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Muy pocos turistas se aventuran a visitar Ani por lo remoto del lugar, y menos en los años cuando aún existía la URSS, como fue mi caso (viajé a Ani en 1988).

Viajé allí porque me lo recomendó un barbero callejero en la Capadocia. Una vez que llegué en autobús a Kars, en el extremo oriental de Turquía, hube de esperar varios días en un hotel para recibir tres permisos para poder visitar Ani. El primero de parte de la Oficina de Turismo, el segundo de la Policía de Seguridad, y el tercero de la Comandancia Militar. Declaré que era arqueólogo.

Mientras tanto me entretenía conociendo Kars, una ciudad dos veces milenaria que posee un histórico castillo, una ciudadela, antiguas iglesias armenias y numerosas mezquitas.

Antes de desplazarme a Ani hube de firmar un documento donde me comprometía a no hacer fotos (no llevaba cámara, por ello las fotos que poseo de Ania son de amigos que las tomaron en años posteriores), no hacer señales ni saltar entre las ruinas, no comer, y sobre todo no mirar hacia Armenia, pues los soldados rusos podrían dispararme. Y, por si eso fuera poco, me confiscaron el pasaporte hasta mi regreso a Kars.

Ani, o también Ani Harabeleri, fue en el pasado la capital de Armenia y en sus tiempos esplendorosos llegó a albergar mil y una iglesias. Pero durante mi visita sólo vi ruinas y más ruinas. Tal vez las mejor conservadas eran las correspondientes a la catedral. Vi restos de murallas, de iglesias con frescos en su interior, de fortalezas, de antiguos caravanserais… Parecerá extraña mi afirmación, pero esa ciudad en ruinas me pareció bella.

A pocos metros se hallaba el río Arpachay, que los armenios conocen como Akhurian. Al otro lado del río se localizaba Armenia. Aunque yo no lo vi, enfrente debía haber un fuerte ruso y seguramente algún soldado desde una torre debería seguir mis pasos mediante unos prismáticos. (Muchos años después viajaría a Gyumri, en Armenia, donde permanecería tres días visitando diversos lugares remarcables, como el fuerte ruso en forma redonda como una plaza de toros. Desde ese fuerte distinguí Ani y recordé mi estancia del año 1988. Pero las circunstancias casi 30 años más tarde eran muy similares, ya no existía la URSS y se podía mirar al otro lado del río Akhurian, pero seguía habiendo soldados rusos en Armenia y todavía no se podía atravesar desde Armenia a Turquía o viceversa).

Tras Ani regresé a Kars, recuperé mi pasaporte y me marché a viajar a otra parte.

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70 – KIEV: CATEDRAL DE SANTA SOFÍA, CONJUNTO DE EDIFICIOS MONÁSTICOS Y LAURA DE KIEVO-PETCHERSK

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Kiev es una ciudad preciosa como un cuento, pero casi todas mis visitas fueron en tiempos de la URSS, cuando entré en Pechersk Lavra, o el Monasterio de las Cuevas.

En mi último viaje a esta ciudad ya poseía una cámara de bolsillo, y revisité el centro, en especial la solemne catedral de Santa Sofía, cuyo nombre, traducido como Sagrada Sabiduría, proviene de la de Constantinopla. Coincidí con una misa, a la que asistí, pues no suelo perderme ni una. Tras ello compré un cirio y me paseé por el parque anexo, donde escuché con deleite las bellas melodías que interpretaban unos bardos con sus laudes y balalaikas.

El Patrimonio Mundial en Kiev no sólo se circunscribe a esta catedral y al Monasterio de las Cuevas, sino al “conjunto de edificios monásticos”, o las diversas iglesias que adornan la ciudad, a cual más hermosa. Las identificaba por sus colores, y son numerosas. No me perdí asimismo la visión del río Dniéper desde una colina, más las estatuas dedicadas a los tres fundadores de Kiev: Kyi, Schek y Khoryv, y también a la Madre Patria (Rodino Mat).

Pero ninguna visita es completa en Kiev si no se sube hasta el memorial del Holodomor, o genocidio. Durante los años 1932 y 1933 murieron de inanición unos 5 millones de ucranianos. Un monumento en forma de torre junto a una niña exageradamente delgada, simbolizan este siniestro episodio de la historia de la URSS. En el sótano de este memorial me dieron todo tipo de información con folletos explicativos, hasta un cirio para colocarlo junto al memorial tras la visita, pues allí no hay luz eléctrica. Los ucranianos lo consideran un genocidio de Stalin, pues el grano que se recolectaba en las granjas de la actual Ucrania lo vendía Stalin al extranjero para conseguir divisas, matando de hambre a su propia gente.

Tras ver la exposición con fotografías de esos años mostrando gente moribunda en las calles, que caían como moscas, uno sube a la superficie conteniendo las lágrimas. Tras mis visitas en Kiev viajé en un tren nocturno a Lvov, que constituye otro Patrimonio Mundial.

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71 – PUERTO, FORTALEZAS Y CONJUNTO MONUMENTAL DE CARTAGENA

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En Cartagena de Indias me sentía en España, tanto por la lengua española que oía por las calles, como por la arquitectura que hacía que me encontrara en Andalucía, hasta por el carácter casi “mediterráneo” de sus gentes. Y también por los monumentos dedicados a españoles, como el madrileño Pedro de Heredia (fundador de Cartagena de Indias), el leridano San Pedro Claver (que liberaba esclavos negros de esa ciudad), el militar guipuzcoano Blas de Lezo, o hasta el navegante y descubridor Cristóbal Colón, aunque fuera genovés.

Hallé un hostal en el barrio de Getsemaní, dentro de las murallas, donde me alojé varios días esperando mi vuelo a las islas de San Andrés y Providencia.

Un día entre los días en los que iba descubriendo al azar esa entrañable e histórica ciudad a pie, admirando los balcones de sus calles, entrando en iglesias, palacios, y en la catedral (donde compré un cirio), me fijé en una plazoleta en cuyo centro se erguía una fuente que era una copia de la de Canaletas, en Barcelona, España. Me alegró verla pues en mi infancia, cuando paseaba por las Ramblas barcelonesas, solía beber agua de ella. Me contaron que fue un regalo del ayuntamiento de Barcelona en señal de amistad entre dos ciudades hispanas. Y queriendo saber más sobre la historia de Cartagena, entré en el Museo Naval del Caribe, en esa misma plaza, frente a una estatua que representaba un siniestro pirata inglés. Allí una guía iba explicando a los turistas sobre la proeza de un gran héroe llamado Blas de Lezo y apodado “Patapalo” y hasta “Mediohombre” (durante su carrera militar había perdido un ojo, una pierna y un brazo) que la guía afirmaba ser colombiano y que su país, Colombia, había derrotado a los ingleses (al mando del almirante Edward Vernon), quienes poseían una flota abrumadoramente más poderosa que la colombiana, y superando en hombres a los colombianos a razón de diez por uno.

Una vez que estuvo sola, y para no dejarla en evidencia delante de los turistas, intervine y le dije que Blas de Lezo era español, nacido en Pasajes, provincia de Guipúzcoa, y que durante esa batalla el territorio de la Colombia actual era posesión española, llamada Nueva Granada, por lo tanto la victoria también era española. Pero ella me respondió, sin dar su brazo a torcer:

– Bueno sí, los españoles nos ayudaron

Me alegré comprobar que un hombre tan extraordinario como Blas de Lezo no sólo fuera “nuestro”, de España, sino también de Colombia. Intenté averiguar el paradero de su tumba, pero me dijeron que no se sabe. Sin embargo, muchos años antes los españoles, se le dedicó una estatua honrando su memoria en Cartagena de Indias, mientras que en Madrid, en la Plaza de Colón, solo se erigiría el año 2014.

Durante el resto de mi estancia seguí el perímetro de las fortalezas, realicé una excursión en barco por el puerto para apreciar la belleza de la ciudad desde el mar, e hice multitud de amistades con los locales jugando al ajedrez y bebiendo ron en la Bodeguita del Medio (de mismo nombre que la de La Habana).

Y cuando llegó el día de mi vuelo viajé a la isla de San Andrés, en el Caribe colombiano.

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72 – TRÉVERIS – MONUMENTOS ROMANOS, CATEDRAL DE SAN PEDRO E IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA

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Al salir de la estación de Trier (me cuesta llamar a esa ciudad Tréveris), un anuncio me saludaba con un “Willkommen in Trier”.

Me proveí de folletos y mapas en la Oficina de Turismo y me lancé a explorar esa ciudad. Lo más cercano a la estación de tren era la famosa Porta Nigra, el distintivo de la ciudad. A mí me encantó. Impacta por su sólida y poderosa construcción. Pero aún más cuando, gracias a los folletos que me acababan de regalar, aprendí la historia del monje Simeón (nacido en Siracusa, de padre griego), que en el siglo XI se instaló en esa Puerta, como un anacoreta, hasta su muerte.

Una placa sobre la Porta Nigra explica está a él dedicada. Esa puerta combina belleza, historia y, gracias a Simeón, también espiritualidad. Tras la muerte de Simeón se erigió un santuario con lo cual la Porta Nigra se convirtió en una iglesia. Por desgracia, Napoleón destruyó la iglesia y el santuario de su interior, efectuando, además, unos cambios en su estructura. Justo enfrente se localizaba el Stadtmuseum Simeonstift, donde entré, y gracias a su estructura, estatuas y un film documental, aprendí todavía más sobre esa Porta Nigra, san Simeón y, en general, sobre la historia de Trier, hasta nuestros días.

Además de esa puerta, de cuyas formas me enamoré, paseé por la Plaza del Mercado, advertí la casa donde nació Karl Marx (pero no entré en ella porque por culpa de sus ideales surgió en el siglo XX un movimiento político que puso sus ideas en práctica y causó 100 millones de muertos), la Catedral de San Pedro (donde compré un cirio), la Iglesia de Nuestra Señora, hasta que finalmente arribé al famoso puente sobre el río Mosela. Allí, en el medio del puente, advertí una placa con el símbolo de UNESCO. Junto a ese puente (Römerbrücke) hallé con una alegría indescriptible ¡un signo del Jakobweg! ¡Trier era, además de bella, histórica y sagrada, una ciudad jacobea!

Pronto se hizo oscuro. Pensé pasar la noche a los pies de la Porta Nigra, como un homenaje a san Simeón (que también había sido viajero y peregrinó a Tierra Santa y al Sinaí), pero como era febrero y hacía mucho frío, al final me alojaría en el dormitorio comunal de un acogedor albergue de juventud a unos 15 minutos a pie de allí, siguiendo el curso del río Mosela. ……………….

 

73 – FARALLONES DE BANDIAGARA (PAÍS DE LOS DOGONES)

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Acababa de visitar Timbuktú, adonde llegué al cabo de cinco días de navegación por el río Níger, desde Gao, y tras ello abordé otro barco en el puerto cercano a Timbuktú (Kabara) hasta Mopti, la puerta del País Dogón, travesía que me tomó dos días más.

Y aún desde allí me desplacé hasta Bandiagara para admirar su falla. Fue donde hice amistad con un dogón que me invitó a pasar dos noches en la “casa” del jefe de una aldea cercana a Sangha, llamada Bananaki Kokoro. Como no había transporte tuvimos que ir a pie. Fueron unos 40 kilómetros los que caminamos por lo que llegamos a media tarde a Sangha. Había allí casas como sacadas de un cuento. Era como si los niños las hubieran creado con plastilina colocándoles un cucurucho como techo. Algunas casas eran graneros para guardar el mijo.

También noté pilones manchados de sangre siguiendo ritos paganos con sacrificios de animales. Se me asignó una de esas casas de fantasía. A mí me había llevado al País Dogón el haber leído que sus habitantes celebraban la aparición de la estrella Sirio y, además y más sorprendente, sabían desde la antigüedad que esa estrella posee una compañera invisible es decir, Sirio es una estrella binaria. Su compañero invisible, Sirio B, se deduce por la modificación de la trayectoria de Sirio A, debido a la masa de su compañera. A Sirio A los dogones conocen como Sigui, y a Sirio B como Digitaria.

Yo de inmediato colegí que los conocimientos astronómicos para averiguar este fenómeno sobre el compañero invisible de Sirio sólo podían provenir del antiguo Egipto, pero no de los dogones, pueblo que en un 80 por ciento practica el animismo (el otro 20 por ciento es musulmán) y su sistema de vida contemporánea no denotaba ser herederos de una gran civilización. No coincidí en los días de celebración sobre la aparición de Sirio, cuando los dogones efectúan danzas muy exóticas, pero igualmente me sentí satisfecho de mi visita, cuanto más que el Chef du Village me tomó simpatía y siempre era su huésped ante sus amigos, cuando me contaba historias y tradiciones de sus antepasados que me llenaron de admiración hacia ellos.

Tras el País Dogón proseguí mi viaje con destino a otro Patrimonio Mundial, las Ciudades Antiguas de Djenné.

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74 - CONJUNTO DEL CASTILLO DE MIR

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He de reconocer que a pesar de haber estado dos veces en Bielorrusia en viajes del pasado, no conocía este castillo. Pero durante un reciente viaje a Rusia, al averiguar que el visado ruso me permitía visitar al mismo tiempo Bielorrusia, aproveché para acercarme en tren a Minsk, desde Smolensk, y después me trasladé en autobús a Mir para conocer el castillo. No hay servicio de trenes entre Mink y Mir.

En la frontera entre Rusia y Bielorrusia no hubo ningún control de pasaportes Es un castillo atractivo construido con ladrillos rojos, y celebré el haber viajado por tercera vez a Bielorrusia expresamente para verlo. Mas, siendo sincero, había visitado en otros países diversos castillos que me impresionaron más que el de Mir. Su interior tampoco “mata”. Pude ascender a una de sus cinco torres y ello aportó un poco de exotismo a mi visita, pues la vista sobre el lago y la capilla era hermosa. La entrada era barata y allí un guía me explicó que el bárbaro Napoleón destruyó el castillo, no sin antes haberlo saqueado, como solían hacer sus soldados en todas las ciudades que invadían, sobre todo en las españolas. Tras ello el castillo fue abandonado por unos cien años. Durante la ocupación de Bielorrusia por las tropas alemanas en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, ese castillo sirvió de “almacén” de judíos, hasta que fueron todos exterminados, sin excepción.

Bielorrusia sólo posee cuatro sitios UNESCO, una cantidad muy pequeña para un país de 10 millones de habitantes y algo más de 200.000 kilómetros cuadrados. Por ello, en mi opinión, se justifica que ese castillo esté comprendido entre ellos. Uno de los Patrimonios de Bielorrusia es el llamado “Arco Geodésico de Struve”, que abundan en la lista de UNESCO, y están repartidos por diez países europeos (desde Noruega, Suecia y Finlandia a Moldavia y Ucrania, pasando por los tres países bálticos más Rusia y Bielorrusia). Sin embargo, yo aún no he conseguido visitar ni siquiera uno de ellos.

Debí ser uno de los últimos visitantes a ese castillo en su forma original, pues ese día se hablaba de transformarlo en un hotel de lujo (cosa que ya es en la actualidad). El mercado se hallaba frente al castillo de Mir y era muy exótico, aunque pobre (sólo vendían pescado, huevos y cuatro cabezas de ajo). Me quedé allí a comer (pescado con huevos de sabor a ajos), pero no a dormir.

Tuve una pequeña “aventura” cuando esa noche pretendí alcanzar Kharkov (en Ucrania) por tren, desde Gomel. En la frontera, los soldados bielorrusos no me permitieron la salida del país, pues el visado ruso me daba derecho a visitar Bielorrusia, sí, pero no a salir desde ese país a un tercero. Fui forzado a entrar de nuevo en Rusia (a Bryansk) y de allí viajar en tren a Kharkov la noche siguiente.

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75 – PAISAJES MONGOLES DEL GRAN DESIERTO DEL GOBI

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Una buena mañana abordé en Ulaanbaatar un autobús hacia el sur, hasta Dalanzadgad. Y allí frente a la estación me alojé en un hostal llamado Gobi. En ese mismo autobús viajaban varios extranjeros. Hice amistad con una pareja de franceses y entre los tres organizamos con un guía que había estado esperando ese autobús, una excursión de varios días al Desierto de Gobi, a razón del equivalente en Tugrik de 25 Euros por día, incluida la comida. Nos pareció un precio razonable y los tres nos preguntábamos por qué la inmensa mayoría de turistas paga precios exorbitados a las agencias de viaje de Ulaanbaatar por ese mismo tour.

La madrugada del día siguiente partimos en un jeep hacia el Desierto de Gobi. El tour, además de las altas dunas del Gobi, incluía la visita a un cañón llamado Flaming Cliffs donde se han hallado huevos de dinosaurios. Dormiríamos en yurtas. Durante el camino vimos muchos camellos. Al principio pedíamos al chófer que se detuviera para hacer fotografías, pero tras unas tres o cuatro paradas ya nos pareció normal esa visión.

Observamos diversos “ovoos” o un montículo de piedras colocados allí por los seguidores del chamanismo. Había sobre ellos cuernos de animales y tiras de tela de colores. A la entrada al Gurvas Saikhan National Park debimos satisfacer un precio de entrada de 3.000 Tugrik, lo cual no iba incluido en el precio acordado con nuestro guía. Junto a los franceses caminé hasta lo alto de una alta duna, lo que nos tomó más de una hora. Íbamos descalzos para poder subir mejor. Había caballos y camellos para alquilar y realizar junto a un guía un pequeño tour, pero ninguno de nosotros se mostró interesado en ello.

El día acordado regresamos regocijados los tres en autobús a Dalanzadgad; acabábamos de realizar una excursión inolvidable a uno de los desiertos más míticos del planeta.

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76 – CÁRCEL CELULAR, ISLAS ANDAMÁN

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No viajé a las Islas Andamán y Nicobar con el objetivo de visitar la histórica e infame cárcel de Port Blair, aunque al final la visité, de día y también de noche, cuando se ofrece un espectáculo de “luz y sonido”. Tampoco viajé a esas islas para disfrutar de las playas, como suelen hacer los pocos turistas extranjeros que allí viajan. No, yo sólo me interesaba por las tribus Jarawas, las Sentinele y otras más que allí moran, en un completo aislamiento del mundo occidental. Las tribus de las islas Nicobar, donde los elefantes trabajan transportando troncos, no se pueden ver por nadie, exceptuando los pocos antropólogos enviados especialmente por Gobierno Indio. El gran viajero Marco Polo describe esas islas, aunque no está claro si escaló en ellas y conoció a sus indígenas.

Volé para llegar a la capital Port Blair. Había barcos que te llevaban a las islas Andamán desde Calcuta y Madrás (hoy llamadas Kolkata y Chennai) pero se tenía que conseguir previamente un permiso (que tarda días en ser concedido), pues esas islas son consideradas un territorio especial; hasta los propios indios necesitan una autorización para viajar a las islas Andamán y no se aceptan mendigos ni sadhus hindúes renunciantes de la vida. Sin embargo, si se vuela a Andamán, el permiso te es concedido en el mismo aeropuerto de Port Blair tras un breve interrogatorio por los servicios secretos indios IB (Intelligence Bureau), y como había comprado un airpass de Indian Airlines con escala también en las islas Lakshadweep, volé a ellas una buena mañana.

El aeropuerto de Port Blair está en la misma ciudad. Caminé y encontré una especie de YMCA donde me alojaría por varias noches. La famosa cárcel no se puede evitar, está localizada en una zona bien céntrica y visible de Port Blair, y es grande, de tres pisos de altura con siete alas. Me pareció siniestra, más que la que se halla en la Isla del Diablo en la Guayana Francesa, o los viejos penales de Australia (que son sitios UNESCO). No soy en absoluto un amante de las cárceles, tengo recuerdos infaustos de ellas; si acabé visitando la de Port Blair fue por “matar tiempo” y porque mi primer autobús hacia el norte, hacia la isla vecina de Baratang, no saldría hasta las 4 de la mañana del día siguiente.

En esa cárcel muchos revolucionarios y presos políticos, llamados Indian Freedom Fighters, sufrieron largo arresto en sus celdas microscópicas con las manos y pies encadenados, latigazos, trabajos forzados, ejecuciones, agua salada para beber, y trato inhumano y vejaciones practicado por los ingleses, por lo que los presos caían como moscas y sus cadáveres eran arrojados al mar. La cárcel llegó a ser tomada por los japoneses en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, y muchos indios ayudaron a los japoneses para liberarse del yugo inglés.

Me levanté por la madrugada y embarqué en un autobús hacia el norte. Un soldado con el rifle en ristre nos acompañaba, era obligatorio, y continuamente se comunicaba con otros soldados con un transmisor. En el pasado se habían dado casos de ataques con lanzas y flechas de los aborígenes a los indios, con alguna muerte que otra. Hubo diversos controles militares por el camino, donde registraban los nombres de los pasajeros en una libreta.

La naturaleza de la isla era hermosa, exuberante, en ella habría vivido feliz King Kong. A veces veía nativos Jarawa por el camino, iban desnudos, algunos pescaban. Nos miraban con curiosidad, pero se notaba que ya estaban acostumbrados a la presencia de indios. Poco antes de llegar a un río, esperando un ferry, aparecieron unos cuarenta Jarawas que nos rodearon, incluyendo mujeres y niños, todos desnudos, y los hombres portaban arcos y flechas, debían ser pescadores.

Yo me sentí exaltado, en un estado lindando el éxtasis. Los Jarawas estuvieron con nosotros hasta que apareció el ferry que nos transportaría a la siguiente isla, todo el rato sonreían, eran muy curiosos e ingenuos. Durante ese tiempo nos tocaban la cabeza, las manos, la nariz. A mí me acariciaban los pelos del pecho con curiosidad, pues ellos son imberbes. Para ellos yo era un indio más, pues no distinguían de nacionalidades ni hablaban siquiera el idioma hindi. Un indio le regaló una camiseta a un Jarawa, y éste no sabía cómo colocársela por la cabeza, y todos nos reíamos de su torpeza al intentarlo. Fue una hora mágica la que pasé junto a ellos. Los sentía mis parientes lejanos, muy íntimos. Sus antepasados prefirieron aislarse de las demás razas humanas y se instalaron en esas islas idílicas, sin aventurarse a explorar otras islas más al sur. Sus hermanos son los aborígenes papúas y los australianos.

Los ingleses, en su historia sobre esas islas, describen una lucha contra los Jarawas, los cuales iban armados con lanzas, arcos y flechas, y se vanaglorian de no haber sufrido ni una sola baja. A los Jarawas y nativos de otras de las seis tribus que viven en esas islas los mataban como conejos, como un ejercicio de puntería con sus rifles. Cuando leí la reseña de esa “batalla” un grito de indignación hacia los ingleses pasó por mi mente. Esos Jarawas son nuestros ancestros, nuestros padres, las entrañas de la Humanidad, y matarlos para robarles sus tierras es un genocidio, que es lo que realmente fue esa “batalla” ganada por los ingleses. Por lo menos los indios, al mantener aislados a los Jarawas y otras tribus de Andamán y Nicobar, los dejan vivir a su aire y no los masacran, como hicieron los ingleses en Australia con los aborígenes, a los que casi exterminaron por completo.

Me sentí muy triste cuando nos separamos de ellos. Y aunque visité otras islas del archipiélago de Andamán y vi costumbres que me llenaron de satisfacción, lo mejor de mi viaje a esas islas fue ese encuentro de una hora con los cuarenta Jarawas. Días más tarde me marché para viajar a otra parte.

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77 – ISLA DE SANTA ELENA

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Embarqué en el buque St. Helena en la isla de Tenerife el año 2004. Para abaratar el coste de una cabina, viajaba junto a Miguel, un gran viajero uruguayo. Tras una semana de travesía atracamos en la isla de Ascensión, donde permanecimos un día para poder visitarla. Tras ello el barco prosiguió a la isla de Santa Elena, donde permaneceríamos una semana.

La isla parecía inexpugnable cuando nos acercamos a ella. Eso había sido la razón para exiliar a Napoleón allí. Una vez que desembarcamos en Jamestown todos los pasajeros buscaron donde alojarse por una semana, todos menos yo, pues los precios de los hoteles eran prohibitivos para mi economía, así que caminé y cuando empezaba a oscurecer advertí una pequeño valle donde había una especie de jaula, entré en ella, desplegué mi saco de dormir y me tumbé para pasar la noche, no sin antes haber trepado a unos árboles frutales para recoger unos cuantos frutos que me comería para cenar.

Sobre las 7 de la mañana fui despertado por ruido de sables y música de saxofones, y me levanté asustado. Eran soldados que iban a realizar una ceremonia en honor de Napoleón en la tumba, que estaba justo en la jaula donde yo había estado durmiendo, aunque ya estaba vacía pues el cadáver se lo habían llevado al palacio de los Inválidos de París. Un policía con mirada circunspecta se acercó a mí y me regañó seriamente. Amenazó con devolverme al barco St. Helena si no encontraba para esa y las siguientes noches un alojamiento más ortodoxo. Y tomó nota de mi nombre y el número de mi pasaporte, citándome en la comisaría de Jamestown para esa tarde. Yo prometí que seguiría sus instrucciones.

Tras la ceremonia bajé a Jamestown y me encontré con Miguel en el mercado central. Él había contratado una casa privada por una semana, y accedió a que, compartiendo los gastos del alquiler, pudiera quedarme con él, con lo cual el bobby se sentiría satisfecho, como así fue.

Durante una semana visitamos juntos la montañosa y verde isla a pie y en autostop, también la casa de Napoleón, subimos y bajamos la Jacob’s Ladder, de 699 escalones, admiramos y disfrutamos la naturaleza frondosa de la isla y oímos en el aire los cantos de los chorlitos de Santa Elena.

Un día entre los días entramos en la casa del Gobernador de la isla y conocimos a la tortuga Jonathan, de 178 años de edad en el año 2004.

Por esos días yo estaba enamorado de una bella muchacha ucraniana y no hacía más que pensar en ella. Pedí a Miguel que me hiciera una foto trepado a un árbol, donde grabé su nombre con un guijarro. Cuando le mandé la foto, ella se enfadó y me dejó para siempre, para casarse con otro hombre. Me dijo que jamás se casaría con alguien tan estúpido como para grabar su nombre en un árbol de la isla de Santa Elena.

El octavo día embarcamos de nuevo en el St. Helena y proseguimos la travesía hasta Swakopmund, en Namibia.

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78 – DISTRITO HISTÓRICO DE TBILISI

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Tbilisi seduce, es una ciudad original, atractiva y entrañable cuando se llega a conocer. La ciudad es montañosa y está atravesada por el río Kurá. Varios días son necesarios para visitar sus iglesias, mezquitas, la sinagoga (en Tbilisi casi todos los judíos son rusos) y monasterios de los alrededores.

Uno de los mejores lugares para obtener una buena visión panorámica de la ciudad es frente a la estatua del rey Vakhtang Gorgasali, junto a la iglesia Metekhi.

Hace unas cuatro décadas conocí en Tbilisi a una familia vasca que vivía allí desde los tiempos de la Guerra Civil Española (fueron Niños de la Guerra) y los visitaba cada vez que transitaba el Cáucaso, por lo que habré estado en esa ciudad una docena de veces. Cuando los padres se murieron me dio pena ir a visitar a los hijos, y me alojaba en alguna casa particular de la Avenida Rustaveli que ofrece habitaciones baratas a los extranjeros.

Un distintivo de la ciudad es una imponente estatua de aluminio de 20 metros de altura localizada en lo alto de la colina Sololaki. Se llama Kartlis Deda, que en georgiano significa Madre Georgia. Representa una mujer vestida con traje tradicional georgiano que en una mano muestra una copa de vino para los amigos, y en la otra una espada para los enemigos.

El vino forma parte de la cultura de Georgia. En Tbilisi hay incluso una estatua metálica dedicada al tamadá, o maestro de los brindis. Cuando se hace amistad con un georgiano, no tardará en invitarte a un buen vino, aunque la mayoría son semidulces, como Khvanchkara o Kindzmarauli, que eran los favoritos de Stalin.

Los georgianos son muy afables, amigos de la broma, y si no se habla la lengua georgiana, no hay ningún problema, pues todos los georgianos hablan también el ruso desde los tiempos en que su país formó parte de la URSS.

Mi iglesia favorita y donde compraba cirios a diario, asistiendo siempre que podía a la Misa, era la Catedral Sioni. Los frescos de su interior eran maravillosos y la atmósfera en su interior me cautivaba.

La arquitectura de la zona de Old Tbilisi (Viejo Tbilisi) es original y muestra mezclas culturales. Me sorprendía al ver casas adosadas de madera, con balcones, sobre las viejas murallas, y hasta una bellísima casa de baños, o sauna, parecida a una mezquita o un palacio, que frecuentaba siempre que podía para darme un buen baño.

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79 – MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE LA RÁBIDA Y LUGARES A LA MEMORIA DE COLÓN EN HUELVA

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Este sitio es un lugar entrañable en la historia de España y también de América.

Naturalmente, el “Descubrimiento de América” se refiere a un descubrimiento para el mundo occidental, el cual ignoraba la existencia de América, pues los indígenas americanos ya habían descubierto ese continente mucho antes, atravesando el Estrecho de Bering.

La noche anterior a mi visita dormí en Palos de la Frontera y por la mañana caminé durante una media hora por el llamado Paseo de los Escudos, hasta el histórico monasterio franciscano, que ya había sido declarado Monumento Nacional el año 1856 por el Gobierno Español.

Por el camino veía sin parar placas y mosaicos de todas las comunidades de España, lo mismo que de países americanos, desde Estados Unidos a Chile, y de Filipinas también, agradeciendo al Monasterio de La Rábida su contribución trascendental en el descubrimiento de América, pues sus frailes confiaron en Colón y lo condujeron hasta los Reyes Católicos para presentar su propuesta.

En la puerta se erguía una estatua metálica de Colón, y en el pedestal había una placa colocada allí para conmemorar los 500 años del descubrimiento. La Última frase, decía: “Dieron a la Humanidad una nueva dimensión de la Tierra, incorporando al Viejo Mundo uno Nuevo”.

En el interior del monasterio pude ver las salas y habitaciones donde durmieron, tanto Cristóbal Colón como, posteriormente, también Hernán Cortés. Había dibujos por las paredes, mapas, y frescos representando a Colón y el momento de su partida a América.

Tras el monasterio proseguí hasta el vecino Muelle de las Carabelas, y entré en el museo, luego me mostraron un video muy didáctico sobre la gesta de Colón y sus hombres. Vi tres grandes muñecos representando a los Reyes Católicos junto a Colón, así como reproducciones de las tres carabelas, Niña, Pinta y Santa María. En el muelle se hallaban unas réplicas exactas de esas tres carabelas y a los visitantes nos permitían acceder a ellas.

Hacia el mediodía, cuando me pareció que ya lo tenía todo visto, mapas, estatuas, libros y folletos, videos ilustrativos, etc., y había charlado con los frailes sobre la estancia de Colón en el cenobio y colocado un cirio en el altar, me marché a viajar a otra parte.

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80 – PARQUE NACIONAL DEL ARCHIPIÉLAGO DE JUAN FERNÁNDEZ

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No es fácil viajar a las llamadas Islas de Robinson Crusoe, a 670 kilómetros de distancia de Chile continental.

No encontré servicio marítimo desde Valparaíso y hube de volar en una avioneta de miniatura desde un aeropuerto de segunda clase en las afueras de Santiago de Chile. La avioneta nos dejó sobre una meseta. De allí descendimos durante 40 minutos al puerto y una lancha nos depositó, tras una hora de navegación, en la aldea de San Juan Bautista, la capital del archipiélago. Durante la travesía vimos numerosas focas, que al principio nos seguían.

Me alojé en unos bungalows con un color diferente cada uno a orillas de la playa, donde su dueña, la buena señora María Eugenia, me alimentó con lasañas de langosta durante toda mi estancia en una cabaña llamada Anna Pink. Uno nunca sabe los días que permanecerá allí, pues depende del capricho del tiempo. A veces el avión no regresa a recogerte en tres semanas. Yo esperé el avión de vuelta tres días.

La mejor actividad a realizar en esas islas, aparte de bucear, es ascender a los picos, desde donde se obtienen unas vistas que te cortan la respiración. Mi lugar favorito era el escondrijo del pirata escocés Alejandro Selkirk, allá en lo alto de la isla, en un lugar estratégico dominando ambas orillas de la isla, observando el paso de navíos. Si era español se escondía, pero si era una nave de piratas ingleses luciendo una bandera con una calavera y dos tibias, hacía señales para que le rescataran, como así sucedió, según afirma una placa colocada en ese sitio.

San Juan Bautista era un pueblo de apenas 500 habitantes. En la entrada de la Biblioteca se erguía un Moai original, traído especialmente de la Isla de Pascua. La naturaleza era otro de los atractivos de esas islas. Uno se llegaba a olvidar de la vida en una ciudad; el tiempo pasaba sin darte cuenta de lo bien que uno se sentía. El paraíso debió ser algo parecido a vivir en las Islas de Juan Fernández.

El cuarto día oímos los rugidos del motor de una avioneta y nos llevaron en lancha al aeropuerto para volar de regreso a Santiago de Chile. Yo no estaba contento, hubiera deseado que el avión regresara una semana más tarde.

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81 – MONASTERIO DE BACHKOVO

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Ya conocía el monasterio de Rila (sitio UNESCO), así que durante un reciente viaje a Bulgaria, en mi camino a Oriente, escalé sólo en un monasterio maravilloso de ese país, el segundo en importancia tras el de Rila: Bachkovo.

Amo visitar monasterios porque casi todos están erigidos sobre lugares fantásticos, mágicos, y la situación del monasterio de Bachkovo no sería una excepción.

Viajé en tren desde Sofía a Plovdiv y tras una visita de varias horas a su parte vieja me desplacé en un autobús a Asenovgrad y de allí en un minibús al Monasterio de Bachkovo, que tenía el aspecto de una fortaleza enclavada en medio de un paisaje montañoso de aspecto prodigioso.

Antes de ascender a él, observé multitud de kioscos vendiendo miel, yogures que te proporcionan larga vida, figuras de cerámica, restaurantes… había allí todo un batiburrillo de negocios, como en sitios sagrados similares, tales como Lourdes, Fátima, Montserrat, etc.

Lo primero que hice al traspasar el portal del monasterio fue preguntar por el monje encargado de los visitantes y le rogué que me aceptara a pernoctar en ese sagrado lugar. El bondadoso monje me aceptó de inmediato y me facilitó una celda dominado el patio, junto a la trapeza, o refectorio. Pagué sólo 5 levas (unos 2.5 euros) por el alojamiento. Los letreros explicativos estaban escritos, además de en búlgaro, en ruso, alemán, francés e inglés. Por ellos supe que el monasterio fue fundado el año 1083 por dos hermanos georgianos. Funcionó como un seminario para enseñar misticismo georgiano. En el siglo XV fue destruido por los turcos, pero reconstruido en el siglo XVII.

El monasterio estaba lleno de visitantes de un día que asistían a las misas, compraban cirios y después comían en los restaurantes y se llevaban miel y yogures a sus hogares. Además de su arquitectura, me dejaron admirado sus frescos, tanto exteriores como interiores. Uno localizado en el patio, se llamaba Panorama, y explicaba gráficamente la historia de Bachkovo. Algunos de los iconos que allí se albergaban eran muy venerados.

La mayoría de los peregrinos y visitantes acudían a ese monasterio para mostrarles respeto, en especial a uno que se consideraba milagroso y se llamaba Eleusa (la forma bizantina de representar a la Virgen María con el niño Jesús), que fue traído por viajeros georgianos en el siglo XIV.

En la entrada a la trapeza había un monje vendiendo billetes. Compré uno y entré para contemplar otros frescos aún más delicados y bellos que habían escapado a la destrucción turca. La atmósfera del sitio, la belleza, la bondad de los monjes, la llamada a misa mediante campanas y los cantos durante los servicios religiosos contribuyeron a que me sintiera en un estado cercano al éxtasis durante el día que allí permanecí.

El día siguiente regresé a Asenovgrad y de allí proseguí en autobús y tren hasta la ciudad (y Patrimonio Mundial) de Edirne, ya en Turquía europea, para admirar las obras del genial arquitecto turco Sinan.

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82 – MAUSOLEO DE NAKHICHEVAN

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Para no tener problemas al solicitar el visado de Azerbaiyán, cambié mi pasaporte en el Consulado de España en Estambul, y a continuación presenté el nuevo en el Consulado de Azerbaiyán en esa misma ciudad. El visado me fue concedido en pocas horas.

La razón del cambio de pasaportes era debido a que acababa de salir de Armenia y de Nagorno Karabakh, y si los azeríes descubrían los sellos de entrada en esos dos lugares podrían rechazarme la solicitud del visado para entrar en su país.

Abordé un autobús hasta Igdir, aún en Turquía, y un día más tarde entré en Najicheván, donde localicé un hotel económico en el centro. Durante casi una semana traté de descubrir el máximo de lugares notables. Mucha gente de etnia azerbaiyana pero viviendo en Irán cruzaba la frontera, a veces para volver el mismo día a su país.

Había oído que los azeríes habían destruido en Najicheván numerosos khachkar armenios que estaban incluidos en la Lista Indicativa de la UNESCO. Yo no vi ni siquiera uno de ellos durante mis cinco días de estancia, así que probablemente era verdad. Los kosovares habían hecho lo mismo con los monasterios cristianos serbios. Sin embargo, los armenios de Nagorno Karabakh no habían destruido las mezquitas de la ciudad de Shusha, como comprobé durante mi reciente visita a esa ciudad. No todos los pueblos son igual de destructivos, al menos no el armenio.

Visité prácticamente todos los mausoleos principales de Najichevan, así como los de Karabaglar, que menciona UNESCO. Los que pude los visité por dentro, pero la mayoría sólo los contemplé desde fuera.

Un día entre los días me llevaron en autostop a una fiesta en una montaña donde los azeríes creen que se encalló el Arca de Noé tras el Diluvio Universal. Escalando unos peldaños las mujeres penetraban en una cueva y allí permanecían largo tiempo realizando encantamientos con la esperanza de quedarse embarazadas. A la salida, todas estaban sonrientes, regocijadas, y gritaban que Alá era grande. Tras un rato sus maridos lo celebraban sacrificando corderos, que acto seguido todos devoraban con fruición, cantando.

Tras mi estancia en Najicheván continué mi viaje por los países del Cáucaso y Cercano Oriente.

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83 – SITIOS, LUGARES E ITINERARIOS AGUSTINIANOS DEL MAGREB CENTRAL

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He de reconocer que el primer objetivo de mi viaje a Argelia era tratar de averiguar si Álvar Núñez Cabeza de Vaca había sido desterrado en Orán, ciudad que en los tiempos de este gran viajero y descubridor pertenecía a España (lo fue hasta que España la vendió a los turcos a finales del siglo XVIII).

Posteriormente, y como aún disponía de diez días de visado, viajé en tren a Constantina, y aún dos días más tarde a Annaba, la antigua Hippona, cerca de la frontera con Túnez. Esa era la segunda meta de mi viaje, pues allí deseaba rendir respetos a San Agustín, el gran sabio, santo y Padre de la Iglesia.

Desde la estación del tren de Annaba caminé hasta lo alto de una colina donde se localizaba la Basílica de San Agustín, lugar donde murió este santo (aunque su tumba fue trasladada desde Hippona, primero a la isla de Cerdeña y en la actualidad de preserva en Pavía, Italia).

Hube de atravesar un sitio arqueológico con las ruinas de la antigua ciudad de Hippona. Esperaba encontrarme con una basílica antigua, pero no; el párroco me informaría que databa de finales del siglo XIX y concluida justo el año 1900. Sin embargo era bella, y lo mejor fue la vista que se disfrutaba desde ella. La basílica estaba encarada hacia el mar, mirando a Roma. También me impresionó la imponente estatua representando a San Agustín en la entrada. Todos respetaban la memoria de San Agustín en Annaba, incluso los musulmanes con los que conversé; todos reconocían que había sido un pensador excepcional.

Asistí a la misa y compré un cirio. Había fieles de países católicos centroafricanos, y hasta observé peregrinos magrebíes. Lo más histórico de la basílica era un cofre que albergaba un brazo de San Agustín, que era muy venerado por todos. El párroco era de Kinshasa, en el Congo, y se alegró de encontrarse con un español. Me contó acerca de la vida de San Agustín y de sus viajes por el Norte de África asistiendo a congresos eclesiásticos con otras comunidades cristianas.

Hoy, todos estos lugares recorridos por San Agustín están incluidos en el itinerario del santo y en su conjunto se espera sea declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO.

La ciudad de Annaba en sí no tenía ningún interés especial, eran más atractivas las ciudades de Orán y Argel. Por la mañana abordé un tren a Argel y pocos días después volé con destino a Barcelona, en mi querida España.

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84 – CIUDAD VIEJA DE LAMU

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Acababa de visitar el Fuerte Jesús de Mombasa y me fijé en la Isla de Lamu como siguiente objetivo viajero. Había oído que Lamu fue un centro hippy durante los años 60 y 70 del siglo XX, al igual que Kabul, Goa o Katmandú.

Los indios sikhs del gurdwara donde estaba alojado me aconsejaban volar para llegar a Lamu, pues por tierra era, según ellos, muy peligroso y nadie lo hacía. Era cierto, los extranjeros con los que me encontré en Mombasa que habían visitado Lamu, todos absolutamente habían viajado, ida y vuelta, a Lamu en avión. Pero yo evito siempre que puedo los aviones, pues considero que volar es como hacer trampas. Quería emular a los grandes viajeros del pasado, que siempre viajaban por tierra y por mar. Además, qué caramba, por el camino a Lamu conocería lugares interesantísimos, como Malindi, desde donde zarpó Vasco de Gama con rumbo a la India, y escala de nuestro San Francisco Javier en su viaje a Oriente. Un pedrão portugués marca en Malindi la importancia histórica para los portugueses.

Tras mi escala en Malindi me tomó dos días con una noche llegar a Lamu, casi siempre en camiones. Mi último medio de transporte fue en una embarcación de vela llamada dhow. En el puerto me esperaban niños para ofrecerme habitaciones a precios económicos. Todo el mundo parecía feliz en esa isla, todos sonreían, todos se tomaban la vida tranquilamente, no había ni coches, ni carreteras, ni ruido. No noté avidez por aprovecharse de los turistas o de querer venderte souvenires. Claro, a los niños del puerto les darían una pequeña propina por cliente, aunque seguramente ayudaban a algún familiar a tener huéspedes. Me fui con un niño a una casa particular, donde me instalaron en un cuarto individual (con el lavabo compartido) por un precio muy abordable.

Apenas había turistas en Lamu; tal vez vi dos paseando por la isla durante el tercer día de mi estancia, pero ni siquiera nos saludamos. En cambio, en la Isla de Zanzíbar te encuentras turistas a cada paso. Las gentes eran abrumadoramente musulmanas y hablaban entre ellos el swahili. Advertí casas que estaban construidas con coral y las puertas de madera estaban primorosamente talladas, como las de Zanzíbar.

Pasé tres días en Lamu y en el transcurso de los cuales haría amistad (gracias al niño que me llevó a mi pensión) con una ex actriz y ex chica Almodóvar llamada Carmen Giralt. Me pasaba las tardes con ella en su mansión (que ella llamaba “palacio”) merendando y hablando de libros de viajes. Tenía un joven sirviente africano que nos servía los tés y los dulces.

El cuarto día me despedí de Carmen y de los amigos nativos que había hecho y volví a Mombasa, de nuevo en dhow y en camiones, para, una vez en Mombasa, abordar el famoso tren “Lunatic Express” a Nairobi, atravesando el Valle del Rift. (Cuando muchos años más tarde me enteré del fallecimiento de Carmen en la Isla de Lamu, me sentí muy afligido).

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85 – PARQUE NACIONAL DE TIKAL

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Guatemala es con respecto a México lo que Nepal es a la India, un extracto de lo más selecto, la crème de la crème.

Iba viajando con una chica canadiense. Cruzamos Belice y entramos en Guatemala, donde nos exigieron 1 quetzal de tasa de entrada. Tras hacer autostop y subir a un autobús llegamos ese mismo día a la isla de Flores, en el lago Petén Itzá.

Por el camino, los militares nos pararon varias veces para controlar el equipaje y comprobar que no llevábamos armas, pues esa zona estaba infestada de guerrilleros autodenominados comunistas que para financiarse robaban a los pasajeros de los autobuses.

El segundo día alcanzamos por fin el Parque Nacional Tikal, donde nos alojamos en el centro del complejo colgando nuestra hamaca familiar (recién comprada en Mérida) en un bungalow.

Desde el primer momento, antes de empezar a explorar los templos piramidales, ya intuimos que Tikal sería nuestro sitio Maya preferido, más atractivo que el de Palenque (en México), que habíamos visto días antes, y el de Copán (en Honduras), que veríamos días más tarde.

Estábamos emocionados en ese lugar, escuchando a todas horas sonidos de animales y pájaros que nunca antes habíamos oído, sentir la suave brisa y contemplar por la noche el cielo tan estrellado. Estábamos rodeados de una selva exuberante, con altos árboles y un follaje poderoso. Subimos a la cima de todos los templos piramidales, y hablamos con los guardianes para que nos explicaran la historia de los Mayas y de ese complejo de Tikal, que fue el reino Maya más importante.

Dos días con una noche permanecimos en Tikal subyugados por la magia del lugar. Nuestro templo favorito era el del Gran Jaguar. El tercer día proseguimos nuestro viaje y nos dirigimos al Castillo de San Felipe a pasar la noche en su interior.

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86 – PARQUE NACIONAL DEL RÍO SUBTERRÁNEO DE PUERTO PRINCESA

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A la llegada a Puerto Princesa me preocupé por reservar para el día siguiente la excursión a este río subterráneo. Me habían dicho que la excursión está muy solicitada y hay que esperar varios días. No obstante al día siguiente probé y … ¡me dieron el permiso al momento!

Viajé entonces en un minibús al puerto de Sabang. Allí organizaban las visitas agrupándote con otros turistas, la mayoría de los cuales eran filipinos, pues a ellos también les gusta viajar por su país. Me decían con orgullo que el río subterráneo de la isla de Palawan era la última frontera filipina.

Antes de llevarnos a la entrada a la cueva por donde pasaba el río nos mostraron una cafetería donde podríamos comer o tomar bebidas. Rato más tarde me acoplaron a un grupo de turistas de Manila, nos colocaron a todos un casco más una chaqueta salvavidas. Había letreros donde advertían que estaba prohibido fumar en todo el territorio del Parque Nacional. Otro letrero informaba que la longitud de ese río subterráneo, el más largo del mundo de su naturaleza, medía más de 8 kilómetros. Había instrucciones a seguir, como no tocar las paredes y techos en el interior de la cueva, no alzar la voz, no asustar a los murciélagos, etc.

Había numerosos monos por doquier, muchos de ellos eran ladrones y si te descuidabas te robaban comida, o el gorro, las gafas, un bolígrafo, el paquete de tabaco, o lo que llevaras en el bolsillo de la camisa. Cuando llegó la hora entramos por la cueva. Durante más de una hora el barquero nos paseó por el río subterráneo. Al parecer no navegamos más de 1 kilómetro. Proseguir más adelante estaba prohibido, aunque el barquero presumía de haberse introducido con su barca hasta 4 kilómetros más adentro.

El barquero disponía de una linterna y nos iba alumbrando con ella los sitios más remarcables y los murciélagos, todo con ciertas dosis de humor, provocando la hilaridad. Tenía una gran imaginación pues a todos los rincones los había bautizado; a la sala más grande le llamaba “la catedral”. Fue una excursión interesante y nada cara.

Tras esa visita al río subterráneo viajé a la paradisíaca playa de El Nido.

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87 – PUEBLO DE TAOS

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Viajé, parte en autobús y parte en autostop, desde Santa Fe a Taos. Me sentía en España; había por todas partes nombres de calles y edificios en español, iglesias católicas erigidas por españoles en siglos pasados, monumentos a gobernadores y hombres ilustres españoles, monumentos de agradecimiento a España por haber llevado a América el caballo, vacas, cabras, cerdos, ovejas y gallinas, y hasta vi pinturas y murales en Taos representando el encuentro del salmantino Francisco Vázquez de Coronado con los Indios, a los que consultó para encontrar las Siete Ciudades de Cíbola más la mítica ciudad de Quivira.

Pero el Patrimonio Mundial que describe UNESCO no era Taos, sino Taos Pueblo, aldea a unos 2 kilómetros de distancia habitada por unos 4.500 indios, así que caminé hasta allí, lo que me tomó una media hora. Un policía me riñó con el ceño fruncido al verme llegar a pie, algo que estaba prohibido. Yo me excusé alegando que no lo sabía, no disponía de coche o de moto, ni siquiera de bicicleta o patinete, tampoco había servicio de autobuses, o al menos no lo vi, y no había encontrado ningún letrero que me prohibiera caminar. El policía, visiblemente molesto, me advirtió seriamente que el regreso lo hiciera en coche, y yo asentí.

Tuve que pagar un billete para entrar en Taos Pueblo. Yo creía que el ingreso era gratuito. Por tomar fotografías también te exigían pagar. Empleé unas tres horas en recorrer todos los edificios y subir a las casas de adobe por las escaleras de madera. El edificio más espectacular era el denominado “rascacielos”, que constaba de varias plantas. Fue una lástima encontrar la iglesia católica cerrada, por lo que sólo pude entrar en su patio. Pregunté por el párroco, pero el monaguillo me dijo que se había ido a Taos y él no tenía la llave de la iglesia para mostrármela por dentro.

A pesar de que se preserva el estilo arquitectónico de Taos Pueblo con sus casas de adobe, sus habitantes, los indios pueblo, no rechazaban las ventajas de la civilización occidental, pues comprobé que llegaban a sus casas en motos caras, coches de lujo, y las casas disponían de electricidad, agua corriente e internet. Todos los indios portaban teléfonos móviles. No vi a ningún indio pobre o pidiendo limosna. Y nadie vestía con ropajes indios, sino a la moda occidental. Hablé con un par de indios en el pueblo, pero me dio la impresión de que a los occidentales no nos tienen mucho aprecio; los indios se relacionan sólo entre ellos. Para ellos, los “rostros pálidos” (hombres blancos) somos todos iguales, y no hacen distinción entre los occidentales venidos de Europa y los actuales estadounidenses; todos estamos en el mismo saco y no les interesamos.

Tras mi visita de 3 horas esperé en la puerta hasta que un conductor de un coche tuvo a bien llevarme a Taos. El policía que me había reprendido a la entrada, al verme salir en coche, sonrió.

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88 – PAISAJE VOLCÁNICO Y TÚNELES DE LAVA DE LA ISLA DE JEJU

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Me hallaba de vuelta en Seúl tras pasar un día entero en la ZDC (o DMZ en inglés). Averigüé que volar a la isla de Jeju salía la mitad de barato que la suma de los gastos del autobús y ferry a ella. Compré por el equivalente a 40 euros un billete de ida y vuelta y aterricé en Jeju sobre las 9 de la noche.

El aeropuerto lo cerraban a las 10 PM, así que no podía quedarme a pasar allí la noche. Caminé en la oscuridad hasta el centro de la Ciudad de Jeju. Hacía mucho frío y lloviznaba por lo que ignoré los parques y jardines para dormir, buscando en cambio un hotel económico, donde me cobraron la equivalencia de unos 10 euros por noche si me quedaba 3 seguidas.

Hallar comida o un sitio para cenar fue más laborioso que buscar alojamiento pues al ir solo no me aceptaban en los restaurantes, esa era su tradición, ya que las mesas eran para dos personas y comer una persona solitaria traía mala fortuna, me aseguraron. En el tercer restaurante que probé, una camarera se apiadó de mí y se sentó en un cojín frente a mí para compartir la carne y las especias que uno mismo se iba preparando en el fogón instalado en el centro de la mesa. De hecho ella no probó bocado, pero gracias a su compañía pude cenar.

Los coreanos son encantadores, es imposible no amarlos.

Dividí los tres días de estancia en tres excursiones, tres “platos fuertes”, que serían: – el cono de Seongsan Ilchulbong y la Montaña Hallasan – los túneles de lava – bus alrededor de la isla con paradas en los pueblos con las famosas estatuas de lava, llamadas Dolhareubang, que representan dioses que te protegen contra los demonios, más las grandes cascadas y los templos budistas.

La isla de Jeju es famosa por los frutos cítricos, que crecen de manera salvaje por los árboles de las calles centrales de la Ciudad de Jeju, por ello, para no volver a ser rechazado en los restaurantes por las noches al estar solo, cada mañana, al emprender una nueva excursión, tenía la precaución de introducir en mi bolsa de viaje las mandarinas más jugosas que podía asir trepando a los árboles más bajos. Al llegar por la noche a mi hotel me las comía como cena.

Antes de emprender los dos trekkings de las primeras excursiones me compré en un kiosco callejero una botellita de ginseng, que acto seguido me bebí, para estar brioso para la caminata y no agotarme. Era cierto que Seongsan Ilchulbong se asemejaba a una fortaleza natural surgida del océano. Los paisajes eran sobrecogedores. El ticket de entrada al lugar era barato. Caminé a lo largo de unas pasarelas de madera junto a centenares de turistas coreanos y algún japonés; no me encontré con ningún extranjero occidental, lo que me pareció muy raro, ya que Seúl estaba lleno de europeos.

A la isla de Jeju se la denomina la Hawaii de Corea, y muchos recién casados pasan en ella su luna de miel.

Tras Seongsan Ilchulbong me desplacé a la montaña Hallasan, donde de nuevo realicé varios trekkings, no sin antes ingerir una botellita de ginseng.

Los dos días posteriores también fueron gratos por los bellos lugares que admiré, en especial los túneles de lava. El cuarto día regresé a Seúl, dando por finalizada mi visita a la isla de Jeju.

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89 – ÁREA DE CONSERVACIÓN VATTHE

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Confieso que mi deseo de alcanzar la Big Bay no fue motivado por “apuntarme” un candidato a Patrimonio Mundial de UNESCO y explorar el bosque de Vatthe, sino por querer alcanzar la bahía donde llegaron los españoles el año 1606, capitaneados por el portugués (al servicio de España) Pedro Fernández de Quirós.

El que Quirós hubiera nacido en Portugal no tiene la mayor importancia, pues entre los años 1580 y 1640 las coronas de España y Portugal estaban unidas; todos los expedicionarios eran celtíberos.

Sabía que en esa bahía (Big Bay) se erguía un busto dedicado a Quirós, colocado por el Embajador español de Canberra, en Australia, y lo quería descubrir. Resolví viajar allí desde Luganville, la capital de la isla Espíritu Santo. Era domingo, día que nadie trabaja en las islas del Pacífico. Todos van a misa y respetan a rajatabla las fiestas de guardar. Yo también fui a misa, recé, compré un cirio, desayuné con los parroquianos café con leche y bollos de nata, y a continuación inicié el autostop hacia el norte de la isla, pues había oído que varios nativos vivían en aldeas diminutas en el norte, donde no había iglesias, por lo que se desplazaban a Luganville los domingos para asistir a la misa, tras lo cual compraban productos en el mercado al aire libre y retornaban a sus chozas en sus vehículos.

Y así fue. Una familia me recogió en la carretera y me llevó hasta un cruce a varias decenas de kilómetros de distancia. Tras ello caminé durante dos horas. Ya estaba casi llegando a Matantas cuando un coche se detuvo y me llevó a un poblado, y luego otro coche más me condujo hasta Matantas. Allí un jefe de poblado muy ávido por el dinero me exigía una cantidad ridícula por mostrarme el busto de Quirós. Me desembaracé de él y traté de encontrarlo por mi cuenta. Al rato alcancé el otro lado del poblado y allí conocí a su segundo jefe, el bondadoso señor Moisés junto a su esposa y su hijo, cuyos antepasados se habían reunido con Quirós y habían hecho amistad con los tripulantes de la expedición española.

El hecho de ser español me abrió sus corazones pues tenían buenos recuerdos que les habían transmitido sus abuelos sobre aquellos españoles del siglo XVII. Me prepararon frutas y me abrieron un coco para que bebiera. Vi el río Jordán y un monumento piramidal coronado por un busto de Quirós. Estaba emocionado hasta el máximo de los extremos. Subí como un crío a la pirámide, la rodeé, acaricié el busto, y así estuve entretenido por cerca de una hora. Una placa en inglés, francés, bislama y español, decía:

“QUIRÓS En Conmemoración del 400 Aniversario de la llegada a “Austrialia del Espíritu Santo” (Vanuatu) de tres buques españoles, enviados por Felipe III, Rey de España, al mando del Capitán Pedro Fernández de Quirós. Embajada de España 14 de Mayo de 2006”

El señor Moisés me invitaba a pasar allí la noche, pero decliné con gentileza, y no por temor a que se me apareciera en sueños el espíritu Alawuro, que todos los isleños temen, sino porque quería regresar a mi albergue de Luganville ese mismo día, pues había acordado con un australiano allí alojado partir al día siguiente de madrugada a una excursión sin par en el sur de la isla, y si me quedara en una choza del señor Moisés no llegaría a tiempo.

Me despedí con gratitud y emprendí el largo viaje de regreso.

Me pilló la lluvia y durante dos horas tuve que cobijarme bajo un árbol y cubrirme la cabeza con hojas gigantes, hasta que un coche que pasó por allí se apiadó de mí, frenó al verme, me invitó a subir atrás, junto a las gallinas y los niños, y me depositó en Luganville, adonde llegué mojado hasta los huesos.

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90 – ZONA HISTÓRICA DE WILLEMSTAD, CENTRO DE LA CIUDAD Y PUERTO (ANTILLAS HOLANDESAS)

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Aterricé en Curaçao con el propósito de visitar de una tacada las islas ABC (Aruba, Bonaire y Curaçao).

El aeropuerto estaba muy lejos, practiqué el autostop, pero sin mucho éxito, así que al final abordé un autobús local que casi tomó una hora en depositarme en la capital de las isla, Willemstad.

Lo primero que me llamó agradablemente la atención fue comprobar que allí todo el mundo hablaba el español, desde el conductor del autobús hasta los peatones, bien fuera porque eran inmigrantes de la vecina Venezuela o porque conocían el Papiamento, la lengua abrumadoramente más hablada de Curaçao (el holandés sólo lo habla como lengua materna un 10 por ciento de la isla), pero como el papiamento contiene una gran proporción de palabras en español (aunque muchas deformadas) con préstamos del portugués y dialectos africanos, era muy divertido comunicarse en ella.

Willemstad era una ciudad bella, muy bella y la arquitectura del centro histórico es de estilo colonial holandés. Sus casas estaban pintadas de colores “pastel” y se dividen en barrios bien determinados. Una zona está amurallada y alberga el Fort Amsterdam, otra estaba habitada por nativos ricos que vivían en grandes mansiones. Un barrio se llamaba Otrobanda (derivado del español “otra banda”) y estaba situado en la otra banda del centro. Y aún había otro barrio donde vivían los judíos, que eran banqueros y comerciantes. Los barcos, al entrar en el puerto por debajo del puente de la Reina Juliana, parecía que te iban a atropellar, pues bordeaban las calles del centro.

Los mercados junto al puerto, con vendedores venezolanos, eran exóticos y la vida barata. Me contaron que al acabar de vender su pescado regresaban a Venezuela en barco, sin pasar ningún tipo de emigración, como Pedro por su casa.

Me pareció que el atractivo principal cultural de Willemstad era su famosa sinagoga, que es la más antigua del continente americano. Fue fundada en los años 50 del siglo XVII por judíos descendientes de españoles y portugueses, que primero habían huido a Holanda y Brasil antes de emigrar a Curaçao. Entré en ella gracias a que el portero, que hablaba español perfectamente, me convenció. El billete de ingreso costaba en florines antillanos neerlandeses el equivalente a 5 euros.

Había diversos museos en la isla, pero preferí mezclarme con las gentes hablando español y recorrer sus barrios. Por la noche regresé en autostop al aeropuerto para dormir, pues llevaba poco dinero.

Y al día siguiente proseguí mi viaje entre las islas ABC.

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91 – CATEDRAL DE NUESTRA SEÑORA DE TOURNAI

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Llegué a pie a Tournai realizando un fragmento del Camino de Santiago. Era mi tercer día de caminata desde que había comenzado el peregrinaje en Bruselas. Me dirigí a la Catedral de Notre-Dame para que me estamparan el sello sobre mi Credencial del Peregrino.

He de confesar que en ese entonces (año 2009) ignoraba que esa catedral era un Patrimonio Mundial, y sólo lo supe cuando vi letreros por la calle con el símbolo de UNESCO.

Esos días se celebraba en esa catedral la canonización por el Papa Benedicto XVI de un hombre extraordinario, el Padre Damián, llamado el Apóstol de los Leprosos, y que yo sólo conocía por una película que había visto en mi infancia, llamada “Molokai: La historia del Padre Damián”. Hoy Bélgica le considera “el belga más grande de todos los tiempos”. Personajes ilustres como el viajero y escritor Louis Robert Stevenson, Mahatma Gandhi y Lev Tolstoi, afirmaban que el mundo cuenta con pocos héroes comparables al Padre Damián de Molokai.

La catedral era impresionante, más grande de lo que me esperaba. El interior se podía visitar sin necesidad de comprar un billete, aunque para colaborar con su economía no dejé de comprar un cirio. Allí había maquetas de madera con explicaciones de la catedral. Gracias a unos letreros sobre la cronología de la catedral supe que su construcción se inició el siglo XII y combinaba tres estilos arquitectónicos: Románico, Gótico y el tercero es un estilo intermedio entre ambos.

En un patio junto a la catedral había un conjunto de estatuas metálicas representando un cuadro de Rogier van der Weiden, pintor que había nacido en Tournai. Se trataba de él mismo pintando a la Virgen María con el Niño Jesús. Era una estatua muy tierna.

La ciudad era grata pero sólo permanecí en ella lo justo para comerme una especie de doner, o shawarma, en un puesto de turcos, más un bocadillo de mortadela que compré y me llevé para la merienda.

Tras recibir el sello de peregrino en mi Credencial seguí las conchas metálicas sobre el suelo y proseguí mi camino a pie antes de que me alcanzara la noche.

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92 – PUENTE DE MEHMET PASHA SOKOLOVIC EN VISEGRAD

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Iba haciendo autostop desde Iraq, pues me quedaba poco dinero y lo guardaba para comer, alojarme en algún dormitorio de vez en cuando, y para pagar el ferry desde Civitavecchia a Barcelona, en mi querida España.

A la salida de Serbia me situé junto al agente de Emigración de la República de Srpska, pero me expulsó e hizo alejarme al menos 100 metros de allí. Al rato, un coche con dos hombres gordos a bordo paró y me llevaron hasta Visegrad.

Por el camino a España iba visitando los sitios UNESCO y otros que consideraba interesantes con los que tropezara, y el famoso puente de Visegrad era uno de ellos. Al llegar, los dos hombres me exigieron 5 euros. Yo argumenté que apenas me quedaba dinero para regresar a España y que el autostop es gratis; de haber sabido que me pedirían dinero habría esperado otro coche sin subirme al de ellos. Pero ellos insistieron y al final les di los dinares serbios que aún me quedaban en el bolsillo, el equivalente a 2 euros. Ellos se dieron por satisfechos, apretaron el botón para que pudiera abrir la puerta y me dejaron bajar.

El puente era imponente y junto al río Drina ofrecía una impresión de solidez y poderío. Ya había visitado en ese mismo viaje otro trabajo de Sinan ibn Adulmennan (la mezquita Selimiye), en la ciudad turca de Edirne. Sinan construyó ese puente para unir Sarajevo con Estambul.

Crucé el puente y vi que en el centro había vendedores ofreciendo souvenirs baratos, como reproducciones del puente, postales, estatuas de yeso representando a Tito, encajes de bolillos, etc. Me quedé allí arriba del puente al menos una hora admirando el río Drina, saboreando la magia y belleza del lugar.

Justo al cruzar el puente me encontré a la izquierda con un hotel de precios moderados, y allí me instalé a pasar esa noche.

Además del famoso puente, que es el “plato fuerte” de Visegrad, también hallé otras cosas interesantes en esa ciudad. Subí a la iglesia vecina, que estaba llena de tumbas. Leyendo las lápidas observé que todos los allí enterrados, varios centenares, eran muy jóvenes; sus edades oscilaban entre los 20 y los 23 años de edad según leí en sus lápidas; todos habían muerto durante la maldita guerra del año 1992.

Más adelante, siguiendo el curso del río, llegué a la vieja estación de tren. Tras la independencia de Bosnia el nivel de vida había caído estrepitosamente y el tren no funcionaba, esa estación estaba vacía. A Visegrad solo se puede llegar por carretera. Por las paredes vería varias veces la frase de Gran Serbia en caracteres cirílicos. Y es que al descomponerse Yugoslavia, Bosnia también se descompuso en dos pues allí la mitad de la población no era bosnia, sino serbia, con idioma propio, alfabeto propio, religión propia (la cristiana ortodoxa), y no querían ser ciudadanos de segundo orden y que les forzaran a hablar una lengua oficial que no era la suya.

Actualmente Bosnia consta de Bosnia y Herzegovina por un lado y dentro de ella, con status autonómico, la República de Srpska, que significa Serbia. Lo mismo está sucediendo en Kosovo, pues el norte no es de los kosovares, sino de los serbios cristianos, que han dividido la ciudad de Kosovska Mitrovica en dos, como Nicosia, y están muy unidos a Serbia, como pude comprobar unos días atrás en ese mismo viaje.

En las afueras de Visegrad estaban construyendo una ciudad nueva, amurallada, con una iglesia ortodoxa y casas de piedra. Se llamaba Andricgrad y estaba dedicada al novelista y Premio Nobel de Literatura Ivo Andric. Por las paredes leí fragmentos de su libro “El Puente sobre el Drina”. También descubrí una estatua frente a la iglesia ortodoxa representando a Petar II Petrovic Njegos, un príncipe y al mismo tiempo obispo de Montenegro, poeta y filósofo, según constaba en una placa.

Al día siguiente proseguí mi viaje en autostop hasta Sarajevo, que fue lo máximo adonde llegué.

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93 – IGLESIA Y CONVENTO DOMINICO DE SANTA MARÍA DELLE GRAZIE CON “LA CENA” DE LEONARDO DA VINCI

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Llegué en tren a Milano procedente del Valle de la Valtelina. Pretendía visitar algunos lugares en esa ciudad y por la noche abordar un tren al Valle de Aosta, dando así por iniciado mi Camino Español utilizando medios locales de locomoción, siguiendo las huellas de nuestros Tercios de Flandes, desde el Castillo Sforzese a la Grand Place de Bruselas, según el itinerario adoptado por el Duque de Alba.

Como aún disponía de varias horas entré en la Basílica de San Ambrosio (del siglo IV) donde compré un cirio, me comí helados en una famosa heladería sita detrás de la Scala, visité el Duomo, etc. Y se me ocurrió entonces dirigirme a la iglesia y convento dominico de Santa María de Gracia. Imaginaba que no visitaría el cuadro principal que allí se alberga, el de la Última Cena de Leonardo Vinci, pues por amigos que lo habían intentado ya sabía que se debía hacer la reserva por Internet, con meses incluso de antelación. No obstante yo probé, y ¡cuál no sería mi sorpresa cuando me vendieron un billete en el acto, para entrar dentro de unos minutos!

¡No me lo podía creer! Ese cuadro de Leonardo Vinci, junto a La Ronda de Noche de Rembrandt, El Entierro del Conde de Orgaz del Greco, más Las Meninas de Velázquez, están consideradas las cuatro pinturas más geniales que ha creado el ser humano.

Me unieron a un grupo de diversas nacionalidades y nos condujeron donde se halla la maravillosa pintura. Tuvimos unos 15 minutos de tiempo libre para admirarla, tras lo cual nos echaron sin piedad para dar paso a otro grupo. Y así sucesivamente.

Tras esta breve visita me sentí muy satisfecho y viajé con semblante feliz en un tren nocturno a Aosta.

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94 – PARQUE NACIONAL DEL COMOÉ

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Iba viajando por Costa de Marfil junto a seis amigos españoles más una chica estadounidense. Una buena mañana dejamos Yamusukro a bordo de una furgoneta alquilada con conductor de Abidjan, y dos días más tarde alcanzamos el Parque Nacional del Comoé, en el noreste del país.

Nos alojados en cabañas en la entrada del parque. Al día siguiente pagamos los billetes de ingreso, contratamos dos canoas con guías y navegamos a lo largo del río Comoé durante unas horas.

El río Comoé nace en Burkina Faso y durante muchos kilómetros marca la frontera entre Burkina Faso y Costa de Marfil. Atraviesa todo el país hasta su desembocadura en el océano, cerca de Abidjan.

Esa parte del río que estábamos explorando es rica en vegetación y fauna. UNESCO la declaró Patrimonio Mundial en el año 1983.

Aparte de muchas aves, que no fuimos capaces de identificar ya que éramos simples viajeros y no ornitólogos, sólo vimos hipopótamos, muchos de ellos, pero no de cuerpo entero sino sólo su dorso y la cabeza con sus enormes ojos saltones mirándonos fijamente. Creo que ellos sentían más curiosidad por nosotros que nosotros por ellos.

El Parque Nacional del Comoé fue el primero de los dos parques que teníamos en mente visitar en Costa de Marfil. El segundo sería el Parque Nacional de Taï, a donde nos dirigimos varios días más tarde.

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95 – CIUDAD VIEJA DE LA HABANA Y SU SISTEMA DE FORTIFICACIONES

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Una de las raras veces que he viajado con un grupo programado fue para entrar en Cuba. Era el año 1983 y en esos tiempos no estaba permitido el viajar por ese país de manera individual (o al menos eso fue lo que me dijeron entonces en el Consulado de Cuba en Mérida, México).

Por un precio de risa compré en Mérida un paquete turístico con un grupo de mexicanos. Todo estaba incluido, billetes de avión, hoteles, guías, comidas y excursiones. Todo a excepción de las visitas facultativas, como el espectáculo del cabaret Tropicana, el cual se debía satisfacer en dólares americanos. Y yo piqué y pagué la entrada en dólares, pero no me arrepiento pues fue extraordinario.

La Habana seduce, es bella, a pesar de lo decrépita. No en vano ha sido elegida el año 2015 como una de las siete ciudades maravillosas (New7Wonders Cities), junto a Vigan, Beirut, Durban, Doha, La Paz y Kuala Lumpur. De estas siete ciudades, tres han sido construidas por los españoles; no está mal la proporción.

Al estar todo incluido nos llevaban a las excursiones desde la mañana a la noche y por ello tuvimos oportunidad de entrar en la catedral y en las demás iglesias de la ciudad, en los museos, en los centros sociales, en los sitios que hoy contempla UNESCO en este Patrimonio: Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, el Castillo de los tres Reyes Magos del Morro, etc.

Un día que tocaba mostrarnos lo “bien” que viven los obreros de una fábrica, deserté y abordé de madrugada un autobús a Pinar del Río para visitar el Valle de Viñales, otro Patrimonio Mundial (sería nominado como tal el año 1999). Cuando el guía, que debía reportar mi ausencia, me preguntó por la noche dónde había estado, le dije que me había sentido cansado y me fui a la Bodeguita del Medio a tomarme un par de mojitos. Pues bien, el guía fue allí a indagar, menos mal que en la bodeguita le dijeron que no recordaban quién había estado y quién no. Y me salvé. Los empleados del Gobierno viven en Cuba bajo un régimen de terror, como en los tiempos de la URSS, siempre temiendo un castigo.

Tras el tour mis amigos mejicanos me darían fotos de castillos y fortalezas, pues viajaba sin cámara de fotos. Yo aparezco en una de ellas junto a dos mejicanos entre cañones, en las afueras de La Habana.

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96 – MALACA Y GEORGE TOWN, CIUDADES HISTÓRICAS DEL ESTRECHO DE MALACA

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Llegué a Malaca en barco, desde Dumai, la Isla de Sumatra, cruzando el estrecho de Malaca, como los viajeros de la vieja escuela, que evitan el avión siempre que pueden. Allí me quedé dos días recorriendo los lugares donde estuvieron dos grandes viajeros del pasado, nuestro misionero navarro San Francisco Javier, y el eunuco chino Cheng Ho (Zheng He), que posee en esa ciudad un interesante museo de dos plantas.

Tras Malaca seguí mi viaje en autobús a Kuala Lumpur, un día más tarde cogí un tren nocturno a Butterworth, y de madrugada preferí cruzar el estrecho a Penang, hasta George Town, abordando el famoso Yellow Ferry, desechando el autobús que atraviesa un puente. Y es que me encantan los medios románticos de locomoción, como viejos trenes, diligencias, o ferris de los años de María Castaña.

Pronto hallé en George Town un conocido hostal de “backpackers” donde me alojé en su dormitorio, y a continuación recorrí la ciudad, que se considera especial por albergar entre su población una mayoría de chinos, seguidos de malayos y, por último, indios.

Aunque la población extranjera es allí imperceptible, hallé un antiguo palacio que perteneció a un comerciante armenio, y fue uno de los muchos emigrantes de esa nacionalidad que llegaron en siglos pasados a Penang para realizar negocios. Por ello en George Town se encuentran edificios religiosos budistas, taoístas, musulmanes, hindúes y cristianos.

Por las mañana solía ver a los hindúes que caminaban descalzos y vestidos con un faldón a su templo para adorar a sus dioses, mientras que los musulmanes entraban en las mezquitas cuando el muecín llamaba a la oración, y los inofensivos chinos entraban inadvertidamente en sus pagodas para hacer quemar barras de incienso en honor a sus ancestros.

Tras mi estancia de dos días en Penang proseguí mi viaje por Extremo Oriente.

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97 – LAGUNAS DE NUEVA CALEDONIA: DIVERSIDAD DE LOS ARRECIFES Y ECOSISTEMAS CONEXOS

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Al aproximarse con el avión uno se apercibe de la belleza de la isla “Grande Terre”, la mayor de Nueva Caledonia. Es alargada y todo su lomo es montañoso.

En las dos semanas que pasé en Nueva Caledonia debí de ver los seis conjuntos marinos de esta isla, pues gracias a una nativa francesa rodeamos completamente la isla con su coche durante siete días, para huir de la capital Noumea, llamada la París del Pacífico, pero yo la encontraba demasiado glamorosa, y sobre todo cara.

Parábamos en todas las playas y observábamos los ecosistemas, además de otros atractivos turísticos, como el islote de la Cocotte, o las famosas minas de níquel, que han enriquecido esas islas durante muchos años. Las lagunas eran nuestro sitio preferido para detenernos con el “4 latas” para pasear, bañarnos y observar los corales. Vimos muchos peces exóticos, pero nunca encontraría tortugas; al parecer no era la época cuando yo estuve.

El único contratiempo que experimenté alrededor (no en mí personalmente, al ser español) es la visible malestar entre los nativos kanak (una raza melanesia) y la población francesa, que siempre están como el perro y el gato. Los kanak, al verme, fruncían el ceño, pero al oír mi acento “de garrafa” del francés, de inmediato adivinaban que no era francés, y sonreían por ello, y más al saber que era español, nacionalidad con la que simpatizan por nuestras costumbres, como el flamenco y la paella. A los franceses los llamaban “colonos”. Mi amiga, jamás en dos semanas la vi relacionarse con los kanak, ni para saludarse, algo que encontré muy raro y me hizo constatar la tensión que existe entre las dos comunidades de Nueva Caledonia. Sin embargo, yo no paraba de hacer amistad con ellos y todos accedían a fotografiarse conmigo.

Las playas eran tan blancas que parecían estar hechas con polvos talco, y te deslumbraban a la vista. Las aguas eran de color turquesa.

Un día entre los días realizamos una excursión a la vecina Île des Pins, una isla idílica. Tras Nueva Caledonia viajé a Nueva Zelanda.

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98 – RABAT, CAPITAL MODERNA Y CIUDAD HISTÓRICA

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Me encantó Rabat, una de las cuatro ciudades reales de Marruecos (las otras tres son Marrakech, Meknes y Fez).

Me dio lástima el que no dedicara más de un día a descubrirla, pero debido a mi menguada economía tenía que proseguir hacia España sin más demora, y en mi camino sólo haría escala en los patrimonios de UNESCO con los que me tropezara.

Al ser Rabat una ciudad con una población que ronda el medio millón de habitantes, se recorre a pie muy fácilmente. Desde la estación de trenes caminé al zoco, y después, por consejo de un vendedor de alfombras con el que hice amistad, me dirigí a la kasbah (fortaleza) con sus estrechas calles y casas pintadas de color azul, lo que me hizo recordar a la ciudad azul de Chauen (o Chefchauen), una población al norte de Marruecos. El nombre completo era Kasbah de los Udayas (una tribu del desierto). En la entrada, que se realiza a través de un portal (o “bab” en árabe), varios muchachos jóvenes me estaban esperando para ofrecerse de guías, pero yo me desembaracé de ellos de manera expeditiva. Algunos me seguían impertérritamente, hablándome en español (siempre descubrían mi nacionalidad, aunque no abriera la boca).

No me dejaron entrar en la vieja mezquita, pero la vi por fuera. Tras ello me introduje en los jardines andaluces, que visité durante un cuarto de hora. Muchos moriscos expulsados por Felipe III a principios del siglo XVII se instalaron en esa kasbah y construyeron ese jardín por la nostalgia que sentían de Andalucía.

A través de un puente sobre el río Bu Regreg crucé al otro lado para visitar la medina de Salé y la necrópolis de Chella. De regreso al centro de Rabat penetré en un recinto protegido por la Guardia Real marroquí montada a caballo. Dentro se hallaba el mausoleo de Mohammed V y la Torre Hassan. En el mausoleo, de bello estilo árabe-andaluz, no entré (no sé si me habrían dejado de haberlo intentado) pues no soy amante de visitar mausoleos ni cementerios; me pongo triste en ellos. Pero sí que contemplé la Torre Hassan, que me pareció una construcción espléndida. En el siglo XII se intentó erigir la mezquita más grande del mundo de aquel entonces y el minarete debía sobrepasar los 60 metros de altura, pero al llegar a los 44 metros el sultán que ordenó la construcción murió y los trabajos cesaron.

Finalmente caminé hasta el Palais Royal, residencia de Mohammed VI, actual rey de Marruecos, y a media tarde viajé en tren hasta Meknes.

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99 – SITIOS DE ARTE RUPESTRE PREHISTÓRICO DEL VALLE DEL COA Y DE SIEGA VERDE

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Para poder visitar Siega Verde tuve que pedir cita por teléfono. En los meses de verano el sitio estaba abierto solamente por las mañanas, de jueves a domingo. Me dieron cita para la primera visita de un sábado del mes de julio, a las 11.

Desde Madrid viajé a Salamanca en autobús y de allí proseguí en un tren nocturno con destino final Lisboa, que me dejó a medianoche en Ciudad Rodrigo.

No había autobuses los fines de semana a Castillejo de Martín Viejo, el poblado más cercano a Siega Verde, a unos 20 kilómetros de distancia. La única forma de llegar allí a tiempo era contratando un taxi por 40 euros, o caminando, mi medio preferido de locomoción.

Caminé bajo la luz de la luna llena. Pasada la 1 de la madrugada emprendí la larga marcha. Pasaban coches y trataba el autostop, pero los conductores se asustaban y aceleraban al pasar junto a mí.

Llegué sobre las 5 de la mañana a Castillejo de Martín Viejo, justo cuando empezaba a asomar el sol. De allí observé un desvió que siguiéndolo me llevaría a Siega Verde, a 2 kilómetros de distancia, cruzando un puente de piedra sobre el río Águeda.

Me quedé a dormir un poco sobre un banco de madera al lado del complejo, hasta que a las 10.45 fui despertado por el motor de un coche. Era el guardia de seguridad. Pocos minutos más tarde llegarían el guía y otros coches con varios turistas españoles. En total nuestro grupo lo formaríamos 6 personas.

El precio de entrada no fue caro. Primero, el joven guía nos dio una charla sobre la prehistoria en España y nos indicó que el sitio de Siega Verde es un Patrimonio Mundial compartido con el valle del río Côa, en Portugal. Tras ello nos introdujo en un cuarto donde mediante un vídeo nos mostraron el conjunto paleolítico que íbamos a visitar.

Todo fue muy didáctico. Tras ello salimos a la orilla del río Águeda donde durante una hora el guía nos fue mostrando sobre las rocas de pizarra las figuras de animales, como caballos, vacas y un felino.

El guía sólo nos mostró cinco piedras del conjunto paleolítico.  El guardián nos seguía vigilándonos con mucha atención, pues nadie podía tocar las piedras, ni siquiera el guía, quien se paraba ante cada una de ellas y nos daba las explicaciones por medio de un láser.

No fue este patrimonio el mejor que he visto en España, ni de lejos, pero lo visité porque era el último que me faltaba por conocer de los 45 sitios UNESCO que posee España.

Al acabar la excursión, el conductor de un coche tuvo a bien depositarme en Ciudad Rodrigo, desde donde viajaría en autobús de regreso a Madrid, vía Salamanca.

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100 – CENTROS CEREMONIALES DE LOS ANTIGUOS ESTADOS MICRONESIOS: NAN MADOL Y LELU

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Pohnpei es la isla más extraña en Micronesia debido a las enigmáticas ruinas de Nan Madol, construidas con bloques de basalto que llegan a pesar hasta 50 toneladas. Nadie se explica aún la forma en que fueron cortadas de la cantera, transportadas por kilómetros para erigir una formación perfecta de 92 islotes.

Además, la naturaleza en Pohnpei es fabulosa; uno no se siente en una pequeña isla sino en el centro de un continente a causa de las altas montañas y los ríos poderosos. Estoy seguro de que si existiría King Kong en Pohnpei se sentiría como en casa.

Pohnpei es una isla dividida en cinco reinos: Kiti, Sokehs, Net, U, y Madolenihmw, y sus reyes tienen poder en la política del país.

Hice autostop para rodear la isla cuando ¡el Presidente de la República me recogió en su coche! Iba a los funerales de la Reina de Kiti y me invitó. Acepté de buen grado. El rey de Kiti estaba triste, abatido, y de vez en cuando suspiraba. Le di una matrioshka que traía de mi reciente viaje a Rusia, a modo de condolencias. El rey, en correspondencia, me ofreció medio cocotero con kava para beber y ordenó a su cocinero que me sirvieran una cabeza de perro para el almuerzo, pero yo decliné con gentileza pidiendo a cambio una tortilla y una sopita. El rey dio instrucciones al cocinero del cambio de menú y me complacieron.

Tuve la oportunidad de pasar una noche en las ruinas de Nan Madol usando mi saco de dormir como colchón. Fue una experiencia inusual y tuve sueños extraños en esas ruinas de altos muros.

Me hallaba completamente solo. Había mosquitos, pero me resigné a sus picaduras y acabé durmiendo plácidamente hasta que el sol me despertó. Entonces me incorporé y atravesé como pude los 92 islotes hasta que alcancé la carretera. Practiqué con éxito el autostop para regresar a Kolonia.

Dos semanas más tarde volé a Kosrae para visitar el complejo de Lelu.

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101 – PARQUE NACIONAL DE ROYAL CHITWAN

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Como debía esperar una semana mi visado de India, aproveché para viajar al Parque Nacional de Chitwan.

A la llegada a la parada de autobuses de Chitwan una docena de muchachos ofrecían tours al Parque Nacional. Los precios eran prácticamente iguales pues las agencias se ponen de acuerdo, así que me fui con un joven que me mostró un hotel que me atrajo por su patio lleno de árboles frutales. Pagué un precio que me pareció adecuado por un paquete de tres días donde se me ofrecía un trekking ornitológico, una excursión en elefante en busca de rinocerontes y tigres, más un show nocturno de danzas folclóricas. Los permisos al parque están incluidos en el precio.

Me alegró ver que la mayoría de turistas eran de países asiáticos, como Malasia, China, India, Taiwán o Corea. Vi poquísimos occidentales. Hubiera sido aún más feliz si entre esos turistas hubiera visto de Paraguay, Congo, Eritrea, o de Papúa Nueva Guinea.

Cada día tenía diferentes compañeros de mi hotel con los que haría mucha amistad, sobre todo con una pareja de chinos jóvenes que habían viajado desde Beijing en tren a Lhasa, y luego habían cruzado a Nepal por tierra. Con los malayos compartí un elefante y nos reímos mucho.

Nos enseñaron diferentes trucos para defendernos en caso de ataques de animales salvajes, y de tener cuidado con los monos, pues los del Parque de Chitwan son muy ladrones y les gusta robar gorras que luego se ponen ellos en su cabeza y se escapan trepando entre los árboles, o cosas de los bolsillos de la camisa, como bolígrafos, carteras y paquetes de tabaco, y hasta las gafas y monóculos; lo roban todo los puñeteros.

Lo mejor fue la excursión en elefante. Hay turistas que durante días no ven ningún rinoceronte, pero yo ese día observaría dos. No vería tigres, pues es algo más difícil, pero sí vi un ciervo despistado. Igualmente me di por satisfecho. Cuando se oteaba un rinoceronte los guías se lo comunicaban a sus colegas, y a los pocos minutos nos reuníamos rodeando al animal no menos de veinte elefantes con sus turistas sobre el lomo.

Mi elefante estaba enamorado de una elefanta y si nos separábamos mucho de ella se enfadaba y se quedaba inmóvil, gimiendo de manera conmovedora, por lo que debíamos esperar a que viniera, sino no se movía ni a tiros. Me gustó tanto este gesto del elefante que al acabar la excursión di una propina a su guía. Él entonces le pidió al elefante que me aplaudiera con las orejas durante un buen rato.

Esa noche fui al espectáculo folklórico y al día siguiente regresé a Katmandú para recoger mi visado indio.

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102 – CIUDAD DE LUANG PRABANG

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La primera vez que viajé a Laos, en 1997, no pude visitar a Luang Prabang porque estaba prohibido (al menos para los extranjeros) llegar a ella por tierra, debido a la peligrosidad, y te obligaban a volar, pero yo carecía del dinero para el billete de avión.

Menos mal que esa situación se acabó y muchos años más tarde pude por fin conocer esa interesantísima ciudad viajando a ella en autobús desde Vientiane, con una escala previa de dos días en la también bella Vang Vieng.

Una de las cosas que me gustaba hacer en Luang Prabang era madrugar para observar a los monjes pedir limosna, la ceremonia de tak bat, aunque reconozco que sólo madrugué una vez, y las otras me quedé dormido. Consideré que verles una vez bastaba, pues todos los turistas hacían lo mismo, y la madrugada que me levanté más temprano éramos más extranjeros en la calle que gente local. No noté a los monjes muy felices al sentirse tan seguidos con la mirada por los turistas.

Tres días fue mi estancia en Luang Prabang. No soy aficionado a apuntarme a las excursiones turísticas que se ofrecían, como visitar cataratas, tours en bicicleta, raftings por el río Mekong, montar en elefantes, etc., sino que me quedaba en los templos (visité los principales) y me quedaba ensimismado escudriñando los pequeños detalles tallados sobre ellos relatando la vida de Buda y sus discípulos.

Cenaba a diario en un callejón comida local muy aceptable, a precios de risa.

Hoy, los recuerdos de Luang Prabang se hallan almacenados en mi memoria bajo el apartado de ciudades asiáticas íntimas, junto a Isfahan en Irán, Khiva en Uzbekistán, Chitral en Pakistán, Kashgar en China, Lhasa en Tíbet, Bagan en Myanmar…

El cuarto día viajé en autobuses al sur del país, a la isla de Don Khong, siguiendo la Banana Pancake Trail.

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103 – IGLESIAS DE MOLDAVIA

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En Bacau abordé un autobús hacia un monasterio cuya descripción había leído en un blog de un viajero español nacido en Extremadura: Voronet, que era una de estas siete iglesias Patrimonio Mundial de UNESCO.

Se hallaba en el norte, a 5 kilómetros de la población de Gura Humorului, distancia ésta que recorrí parte a pie, hasta que hice autostop y un coche me llevó al monasterio. A la entrada distinguí en el muro el signo característico de la organización UNESCO. Piqué y me abrieron la puerta unas monjas vestidas de negro. En su interior vivían quince de ellas, que estaban a cargo de un pope. Pagué el importe del billete y entré al recinto.

Voronet consiste en un monasterio pequeño, tipo fortaleza. La arquitectura se asemejaba a la de Precista de Bacau (que había visitado el día anterior), pero el monasterio de Voronet era infinitamente más hermoso, sobre todo por los frescos, tanto exteriores como interiores. La iglesia central estaba dedicada a San Jorge. Entre los frescos destacaban los del Juicio Final, la Resurrección de los Muertos, las calderas de Gehena, escenas del Génesis, etc. Aquello era de una perfección sublime, por ello ha recibido el justo calificativo de la Capilla Sixtina de Oriente.

El color azul oscuro de los frescos resaltaba especialmente, y tan intenso era que a ese tono se le conoce por “azul Voronet”.

Todavía visité otros monasterios vecinos, bien fuera en autobús, en auto stop o caminando.

Una monja me había contado sobre un rey rumano llamado Stefan cel Mare, o Esteban el Grande, también conocido por el apelativo de El Santo (a su muerte fue canonizado por la Iglesia Ortodoxa Rumana), que había ordenado construir casi todos los monasterio de Bucovina, entre ellos el de Voronet. Debido a su iniciativa, hoy Bucovina es un “archipiélago” de monasterios. Stefan cel Mare fue un príncipe de Moldavia del siglo XV que mantuvo a raya a los turcos otomanos, venciéndoles en casi todas las batallas en las que se enfrentó a ellos. En cada territorio nuevo que conquistaba erigía iglesias o monasterios, cuarenta y siete en total, pero, para proteger el Monasterio rumano de Koutloumoussiou, en el Monte Athos, pagaba tributo a los turcos. Era un monarca honesto, exento de soberbia, valiente pero clemente con los derrotados, equilibrado en el habla y amante de lo bello.

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104 – GRUTAS DE LONGMEN

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Mi tren llegó de madrugada a Luoyang. Tenía como objetivo visitar las famosas grutas budistas de Longmen para así completar la serie, que incluye las de Mogao (en Gansu) y las de Yungang (en Shanxi), a las que yo también incluiría las de Bezeklik (en Xinjiang) y las de Dazu (en Chongqing).

Abordé un autobús local y me bajé junto a las grutas, a ambas orillas del río Yi. Cuando uno sube a un autobús frente a la estación de tren, todos, conductor y pasajeros chinos, adivinan que uno se dirige a las cuevas de Luoyang y te avisan cuando llegas a la parada. Los chinos son encantadores.

La primera impresión en la entrada al sitio fue negativa. Allí, junto al kiosco que vendía los billetes de acceso al sitio, había vendedores ofreciendo posters y figuras de líderes comunistas que han sido responsables de la muerte de muchos miles, y hasta millones de seres humanos, como Pol Pot, Stalin, Mao Zedong, e incluso del sádico argentino Ché Guevara, que disfrutaba presenciando las ejecuciones de cubanos mientras se fumaba un puro habano.

Curiosamente, las estatuas que solían comprar los visitantes a Luoyang, eran de esos seres funestos que tanto daño han hecho a la Humanidad, mientras que las estatuas de Buda, Bodhidharma, o de sabios chinos como Confucio, no tenían éxito y apenas se vendían, pues el vendedor las tenía arrinconadas en un sitio oscuro de su negocio.

Durante unas cuatro horas contemplé las estatuas de las cuevas una a una, y hasta unos letreros donde se agradecía a los monjes budistas indios su llegada a Luoyang, entre ellos el gran Bodhidharma, el fundador del celebérrimo monasterio de Shaolin.

También vi letreros con remedios caseros para curarse de enfermedades.

Existen más de 2.000 grutas, pero las accesibles para los turistas no deberían sobrepasar las 40. Leí que el total de estatuas budistas que albergan esas más de 2000 grutas, supera las 100.000. También hay pagodas y estelas. Entre las cuevas de las dos orillas del río Yi, hay un puente. La cueva más impresionante es la llamada Fengxian, o la gruta de la Adoración de los Antepasados. Los bajorrelieves son otra de las maravillas que ofrecen estas grutas.

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105 – CENTRO HISTÓRICO DE LA CIUDAD DE GOIÁS

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Goiás resultó ser una pequeña ciudad acogedora y preciosa; en ella, por momentos, me sentía en Portugal.

Mi primera visita fue a la oficina de turismo para recoger los mapas y escuchar las sugerencias de las empleadas para no perderme los sitos más remarcables.

Crucé un puente sobre un riachuelo y no me perdí la iglesia de los esclavos (Nossa Senhora do Rosário dos Pretos) construidas por los africanos, que albergaba bellas pinturas representando la pasión de Cristo. Los portugueses practicaban el “apartheid” en Brasil, como los holandeses e ingleses hicieron en Sudáfrica; en tiempos coloniales había varias iglesias para los portugueses y sólo una para los negros.

Luego ascendí por una colina al menos 20 minutos para alcanzar otra iglesia interesante dedicada a santa Bárbara, que me habían aconsejado en la oficina de turismo. Lo que no me dijeron es que estaba cerrada. Pero al menos disfruté de la vista panorámica de Goiás.

Aún me dio tiempo a visitar más iglesias, como la de la Boa Morte y la de Francisco de Paula, el mercado municipal, más las tiendas donde vendían encajes de bolillos. Finalmente me instalé por un buen rato en un bar muy acogedor, que fue lo que más me encantó de esa hermosa ciudad. En una glorieta, llamada Coreto en portugués, que era una especie de kiosco muy coqueto de principios del siglo XX, de estilo art nouveau, con una cafetería en la planta baja, me senté a conversar con los clientes mientras me tomaba una cerveza acompañada con una coxinha de frango, o una típica tapa brasileña a base de pollo.

Esas coxinhas más los pão de queijo (queso con harina de yuca) eran los aperitivos que solía comer a diario durante mis viajes en autobús por Brasil.

Tras esta visita me dirigí en autobús a un estado llamado Minas Gerais para visitar otros patrimonios mundiales como Diamantina, Ouro Preto y Congonhas.

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106 - VALLE DE KATMANDÚ

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Katmandú siempre ha sido un oasis de paz para el viajero de larga duración. Cuando, un poco saturado de la India, se desea cambiar de atmósfera pero no de cultura, hay que ir al Nepal, por ejemplo a Katmandú, y reponer fuerzas para, tras el descanso del guerrero, volver “on the road”.
Durante una semana que tenía que esperar en Katmandú mi visado de la India, aproveché para concluir la visita a los siete lugares que UNESCO contempla en su Patrimonio Mundial del Valle de Katmandú.

De hecho, por un viaje anterior ya consideraba conocer ese sitio UNESCO a pesar de haber estado en sólo cinco conjuntos; me faltaban dos. Hay patrimonios que están divididos en numerosos fragmentos. Por ejemplo, el de “Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica” lo componen ¡¡¡727 sitios!!! ¿Cuántos de esos 727 lugares hay que conocer para considerar visitado ese Patrimonio? En mi caso con uno basta.

Del Patrimonio del mercurio en Almadén (España) e Idria (Eslovenia), yo sólo he visitado el de España, pero no el de Eslovenia, y también me doy por satisfecho.

Pero esos días de espera de mi visado indio viajé a esos dos restantes fragmentos del Patrimonio porque adoro el Valle de Katmandú, no para “apuntarme” otro sitio UNESCO.

Un día y una noche los empleé en conocer a fondo Bhaktapur, y el siguiente sitio, el de Swayambhunath, lo visité en un día de ida y vuelta desde Katmandú, y tal vez por ser el último fue el que más me complació, sobre todo los Ojos de Buda y la estatua del siglo VII representando al Buda Dipankara.

Viajé a Katmandú el mes de noviembre del 2014. Tras el siniestro terremoto de abril del 2015, temo que algunos de los lugares (o personas) que vi hayan sido dañados, o ya no existan.

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107 – MEIDAN EMAM (ISFAHAN)

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Isfahán fue la joya de mi visita a Irán.

Llegué a esta fabulosa ciudad desde Shiraz, adonde había ido a rendir pleitesía a los poetas Hafiz y Sadi visitando sus mausoleos.

En Isfahán encontré un hostal a precios moderados junto a la famosa plaza de Naghsh-e Jahan (Midan Emam), cuya belleza me recordó la de la plaza Registán, en Samarcanda, pero la de Isfahán es más grande.

Una vez instalado salí a recorrer esa ciudad durante tres días, aunque siempre volvía a esa plaza, subiéndome al primer piso del palacio de Ali Qapu, entrando en la mezquita del jeque Lotfollah o la del Shah, en las medresas, mezclándome con las gentes bebiendo tés con ellos en los caravanserais y en el Gran Bazar.

Admirando esa plaza me parecía estar viviendo un cuento de Sheherezade.

Cuando visitaba las mezquitas, tenía cuidado de descalzarme, hacer las abluciones y camuflarme entre los fieles. Nunca nadie sospechó que era un cristiano.

El segundo día lo dediqué a visitar el distrito armenio, con sus iglesias y la catedral Vank. Entre los armenios me sentía como en casa, pues muchos de ellos hablaban ruso. Me sorprendió constatar que los iraníes toleraban el cristianismo, al contrario que hacen los musulmanes en otros países, como Pakistán, Egipto, Iraq o Siria, donde los masacran ante la indiferencia de los gobiernos de los países europeos.

Otro de mis lugares favoritos en Isfahán fue el puente Si-o-se Pol, o de los 33 arcos, sobre el río Zayandeh, donde solía comprar dulces de miel en una especie de kiosco.

Tenía una cita una semana más tarde con una amiga rusa en las playas de Antalya, al sur de Turquía, por lo que no me quedé más tiempo en Isfahán, a pesar de que lo hubiera deseado.

El cuarto día emprendí mi viaje a Turquía haciendo escalas de un día con una noche en Hamadán y luego en Tabriz.

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108 – CATEDRAL Y CASTILLO DE DURHAM

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El billete de autobús para recorrer los aproximadamente 40 kilómetros que distan entre Newcastle upon Tyne y Durham, me costó sólo 6 libras esterlinas.
La estación de autobuses estaba localizada sobre una colina. Desde ella se advertía enfrente, en la cima de otra colina cercana, la majestuosa vista del castillo más la catedral de Durham, a orillas del río Wear.

Descendí una colina y ascendí la otra. De pronto me encontré en una plaza con monumentos sólidos, poderosos, regios; me pareció que todo el conjunto era más bien militar, defensivo, y su aspecto era inexpugnable. Un signo de UNESCO me indicaba que me hallaba ante un Patrimonio Mundial (World Heritage Site). La Oficina de Turismo también se encontraba allí en esa plaza, y en su anuncio lucía otro emblema de UNESCO.
Entré en el castillo, pero a los pocos minutos un portero me advirtió muy amablemente que la entrada era de pago, exactamente 7 libras. Retrocedí hasta la entrada; no estaba para pagar ese dinero.

El ingreso a la catedral era gratuito. Justo iba a comenzar un servicio religioso, lo que deduje al oír el sonido de campanas. Junto al altar una joven sacerdotisa le estaba tocando las campanas al cura. Hablé con ellos dos y me permitieron hacer fotos en el interior, a la nave, el órgano, las vidrieras y la capilla custodiando el cadáver incorrupto de San Cuthbert, el mayor santo del norte de Inglaterra, según afirmaba un letrero (the greatest saint of the North of England). Aunque San Cuthbert había nacido el siglo VII en una isla del norte de Inglaterra, por temor al ataque y saqueo de los vikingos fue trasladado a Durham.

Cuando llegaron los feligreses me incorporé al servicio. Entre los asistentes había peregrinos. Supe entonces que esa catedral era meta final de peregrinajes.
Al acabar la misa me recreé aún por un tiempo por el centro de la ciudad de Durham, tras lo cual subí a la colina de la estación de autobuses para dirigirme a otro sitio UNESCO: Canterbury.

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109 – PARQUES NACIONALES DE NANDA DEVI Y EL VALLE DE LAS FLORES

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Hace unas décadas invertí aproximadamente un mes de tiempo en conocer como Dios manda este sitio UNESCO, añadiendo además otro parque en la misma zona que debería estar también incluido en este Patrimonio: Parque Nacional de Gangotri.
Me había empeñado en conocer los cuatro enclaves más sagrados del Hinduismo y del Sikhismo en el Himalaya: Badrinath, Kedarnath, Yamunotri y Gangotri.
Comencé a viajar desde Haridwar hacia el norte, en dirección al Monte Kailash y las fuentes del Ganges, en el Tíbet. Los primeros 25 kilómetros, hasta Rishikesh, los peregriné a pie, como un sadhu. Después utilicé el autobús.

Por esas montañas del Himalaya el autobús no recorre muchos kilómetros al día; si se atraviesan de 100 a 150 uno ya se puede dar por satisfecho, y eso si no hay aludes, o lluvias torrenciales, o averías del vehículo. Para alcanzar Badrinath atravesé el Valle de las Flores, donde permanecí varios días. Dormía en un templo dedicado a Visnú, junto a una legión de sadhus.
Mi segundo destino fue Kedarntah, y caminé hasta el sagrado lago Hempkund. Allí dormiría en un gurdwara.
Tras ello me dirigí a Yamunotri, junto al glaciar Pindaro, que se escapa del contexto de este Patrimonio Mundial, pues se halla en el umbral de otro parque nacional no contemplado por UNESCO.

Finalmente arribé a Gangotri, donde permanecería más tiempo. Allí coincidí con dos viajeras, una era francesa y la otra israelí. Junto a ellas descubriría los alrededores en diversos trekkings, hasta el glaciar de Gomukh, a apenas 5 kilómetros del Tíbet. Allí pasamos dos días durmiendo en el ashram de un gurú llamado Lal Baba, de quien se afirmaba ser eterno. Oí que hay más gurús centenarios que viven en la soledad absoluta en cuevas del Himalaya; algunas veces se dejan ver fugazmente, pero rápidamente desaparecen entre las montañas, pues no se quieren mezclar con los bípedos implumes. Algunos extranjeros los han visto, pero ignorando su naturaleza les llaman yetis.

De vuelta en Gangotri pasamos los tres varios días compartiendo la forma de vida en la cueva de un sadhu que nos acogió con una hospitalidad ejemplar, y nos enseñaba las tradiciones y ceremonias hindúes, recogiendo hierbas entre el follaje de las montañas para preparar el té, flores para embellecer la cueva, y preparando el fuego sagrado para los ritos dedicados a Shiva. Vivíamos gracias a las rupias y la comida vegetariana más los chapatis que nos dejaban a diario los turistas indios, que nos filmaban y nos tomaban fotos.

Había emprendido ese peregrinaje con la esperanza de devenir una especie de superhombre, pero al descender del Himalaya me conformé con llegar a ser simplemente un hombre.

Tras Gangotri me marché a viajar a otra parte.

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110 – SANTUARIO DEL BUEN JESÚS DE CONGONHAS

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Arribé a Congonhas sobre las 9 de la noche. Caminé bajo la oscuridad al centro y el primer hotel que encontré me atrajo por el nombre: Hotel dos Profetas, con un letrero donde aparecía la efigie de un profeta de la Biblia. Pregunté por la disponibilidad de un cuarto individual con descuento y, tras regatear un largo rato, me lo dejaron a un precio muy aceptable para mi bolsillo, y hasta me incluyeron el desayuno a base de café con leche, huevos fritos y bollos de nata.

Tras desayunar, me dirigí a pie a lo alto de una colina, donde se hallaba el santuario del Buen Jesús, que constituye un lugar de peregrinaje.

Antes de llegar a él pasé junto a seis capillas a ambos lados de la avenida. Estaban cerradas, pero por una rendija pude apreciar las estatuas de madera de su interior representando la pasión de Cristo. Las estatuas eran perfectas, tan reales que, por ejemplo, en las que personificaban la Última Cena parecía que Jesús y todos los apóstoles estaban vivos.

Tan atónito me quedé que paré a una chica que descendía por esa avenida y le rogué que me diera información sobre esas capillas. Por ella supe que eran obra de Antonio Francisco Lisboa, mejor conocido como “Aleijadinho”, el artista brasileño más importante del período colonial portugués.

Aleijadinho era hijo de un padre portugués, de profesión carpintero, y de una mujer africana que había sido raptada y llevada a la fuerza a Brasil para ejercer de esclava. Nació en Ouro Preto, donde se hallan muchos de sus trabajos. Los últimos años de su vida sus miembros sufrieron una atrofia debido a una enfermedad y por ello le llamaron aleijadinho, el pequeño lisiado. Un ayudante le tenía que atar el cincel y el martillo en los brazos por no poder usar sus manos.

Al subir más arriba de la avenida advertí doce figuras que representaban a doce profetas del Viejo Testamento. Se anteponían al santuario, embelleciéndolo.

Mientras tomaba fotografías, unos policías, un hombre y una mujer que custodiaban ese santuario, me explicaron que su autor era Aleijadinho, quien las esculpió cuando ya tenía 60 años de edad.

Me quedé a hablar con ellos. Fue cuando el hombre me dio su opinión sobre el significado de esas doce estatuas, una por una. Al parecer, debido a que Aleijadinho era masón, había añadido símbolos cabalísticos en las doce figuras, en sus gestos y vestimentas.

También había un paralelismo entre los doce profetas y personajes de la conocida como “Inconfidência Mineira” (Conspiración Minera) de Minas Gerais. El profeta Jonás representaría a Tiradentes, un líder de tal revuelta al que los portugueses descuartizaron.

No tuve suerte al visitar el interior del santuario pues estaba lleno de andamios por estar haciéndose restauraciones y no pude admirar su esplendor al completo, aunque en su construcción noté influencia italiana y su decoración era de claro estilo rococó.

Tras el santuario me acerqué a otro lugar cercano relacionado con el santuario, que se llamaba “Romaria” y su estructura parecía una plaza de toros. Era en ese lugar donde se alojan los peregrinos pobres durante las fiestas de romería del mes de septiembre, conmemorando el “Jubileu do Senhor Bom Jesus de Matosinhos”.

En la Romaria se ubicaba la oficina de turismo, pero ya no me fueron necesarios los folletos ni mapas que me entregó la moza al cargo; la gente local ya me había dado todas las explicaciones que necesitaba para comprender ese lugar. Por ello caminé hasta la estación de autobuses con la intención de dirigirme a Ouro Preto.

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111 – VOLCANES DE KAMCHATKA

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Volé desde Moscú a Petropavlovsk-Kamchatski sin saber si sería aceptado a desembarcar del avión en mi destino.
Eran unos tiempos cuando en Rusia no estaba aún claro si en las antiguas ciudades prohibidas ya se podían aceptar visitantes sin un permiso militar, y Petropavlovsk-Kamchatski era uno de esos lugares debido a sus infraestructuras militares ultra secretas.
Fui el último en descender del avión, el único pasajero no ruso. Un sargento subió a interrogarme sobre mi propósito de viajar a Kamchatka en el mes de diciembre. Al final no me devolvió a Moscú, pero sólo me concedió tres días improrrogables para quedarme en esa península.

Los turistas viajan a Kamchatka en verano y contratan los servicios de un helicóptero para que les lleven al Valle de los Géiseres. Pero en invierno, a menos 20 grados bajo cero, a nadie se le ocurre viajar allí.
Disponía de un mes para explorar esa Península más la isla de Sajalín y el archipiélago de las Kuriles.
En tres días no pude aspirar a avistar muchos volcanes. Por la ventanilla del avión había admirado varios de ellos y justo frente al aeropuerto se alzaba majestuosamente el volcán Koryaksky, de alrededor de 3.500 metros de altura, así que con ello me sentí moderadamente satisfecho. De todos modos, de haber viajado en verano tampoco hubiera podido permitirme pagar una plaza en un helicóptero para viajar al Valle de los Géiseres.

Como en el centro de la ciudad los hoteles aún tenían reglas de la URSS y a los extranjeros les cobraban una tarifa mucho más alta que a los rusos, entré en una cantina del puerto y bebiendo vodka hice amistad con unos marineros, quienes me aconsejaron dirigirme a Paratunka, donde no piden el pasaporte para dormir en las casetas junto a los géiseres, que en invierno hacen las veces de dormitorios baratos.

Les hice caso y sería en esa población donde dormiría tres noches a precio de ruso. Por las mañanas bajaba a Petropavlovsk-Kamchatski a realizar visitas, y cuando empezaba a oscurecer me compraba en el bazar pan, salmón ahumado, una pata de cangrejo gigante y caviar rojo (todo baratísimo), y tomaba un autobús de vuelta a Paratunka, donde cenaba y dormía caliente junto a un géiser.
Los navegantes Bering y Chirikov fundaron la ciudad de Petropavlovsk-Kamchatski, y Chirikov zarpó de ella para descubrir Alaska (para el mundo occidental, pues ya había allí nativos).
Estaba interesado en la escala que había hecho en esa ciudad el conde y navegante francés La Pérouse, cuya suerte había seguido en el archipiélago de Santa Cruz, en las Salomón. Murió a manos de los salomoneses en la isla de Vanikoro.
Un monumento recordaba su estancia en Kamchatka en 1787. Otro, muy cerca de él, estaba dedicado a los dos apóstoles que dan nombre a la ciudad: Pedro y Pablo.

Hoy, el estrecho entre la isla rusa de Sajalín y la japonesa de Hokkaido, lleva su nombre. Los rusos lo llaman Proliv Laperuza, mientras que los japoneses conocen ese estrecho por Soya.
El cuarto día volé a Yuzhno-Sakhalinsk, en la isla de Sajalín (Sakhalin), donde a la semana obtuve mi permiso militar para navegar a las islas Kuriles (otra zona militar prohibida debido a las pretensiones japonesas). Visité tres de esas islas Kuriles, contemplando más volcanes y géiseres (y hasta zorros). Y al expirar el mes de visado ruso abandoné el país y me marché a viajar a otra parte.

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112 – ANTIGUAS CAPITALES DEL REINO DE TONGA

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Una de las grandes construcciones arqueológicas más impactantes de Oceanía es el Trilito de Ha’amonga’a Mau’i, en el Reino de Tonga.
Había estado en ese país unos días en el año 1991, durmiendo debajo de él.
En aquellos tiempos los vecinos me trajeron un colchón y fruta para cenar.
Gracias a mi lavalava (una especie de faldón polinesio) que usé a manera de soga, trepé a lo alto del Trilito para observar sus señales que marcaban los puntos cardinales y eran útiles para la navegación, pues los polinesios han sido grandes navegantes.

Pero en un viaje posterior casi dos décadas y media más tarde a Tonga, cuando invertí varios días en volar a las islas de Vavau para aprender más sobre el descubrimiento para el mundo occidental de ese archipiélago por el navegante gallego Francisco Antonio Mourelle de la Rúa, al regreso en Tongatapu resolví visitar de nuevo el trilito. Esta vez todo el complejo estaba cercado con vallas. Tuve que hacer un gran rodeo penetrando en el mar y abriéndome paso entre la maleza para alcanzar ese trilito, lleno de arañazos. Al rato una nativa que abrió las rejas y trató varias veces de venderme collares y reproducciones del gran trilito.

En este segundo viaje no me quedé a dormir bajo el trilito, algo que estaba prohibido.
Había letreros explicando en inglés la historia del lugar. Además, noté la presencia de una gran piedra que no recuerdo haber visto durante mi primer viaje. Se llamaba Maka Faakinanga, aunque era menos atractiva que el trilitón.

En mi viaje en autobús de regreso a Nukualofa, la capital del país, observé las tumbas de Lapaha a través de las ventanas del autobús, pero no las consideré lo suficiente atractivas como para bajarme a explorarlas.
Celebré ese día bebiéndome en una cantina de Nukualofa una cerveza de marca Ha’amonga’a Mau’i.

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113 – PAISAJE CULTURAL DEL DESIERTO FRÍO DE LA INDIA

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Este es un sitio que merece ser incluido entre los Patrimonios Mundiales por su innegable interés, aunque el encabezado del mismo dé lugar a equívocos. Hace años había dos candidatos en la lista indicativa:
– Gompa de Hemis
– Conjunto del monasterio budista de Alchi, Leh
Y, además, hoy hay otro candidato: “Sitios de la Ruta de la Seda en India” que también incluye monasterios de Ladakh.
Sin embargo, en abril del 2015 desaparecieron los dos primeros y fueron substituidos por “Paisaje cultural desierto frío de la India”.

Cosas de UNESCO.

El hecho es que visité todos los monasterios referidos en los tres sitios candidatos y varios más, como Lamayuru o Thikse. Es más, en Hemis Gompa coincidí con las grandes fiestas con las danzas anuales de Padmasambhava.
Recuerdo cuando llegué de noche a Leh, en autostop desde Kargil. Un camión de soldados indios me había ayudado. Piqué en un albergue y una tibetana joven me dio el precio para pasar allí la noche. Era caro para mí y me propuse irme al cuartel de los soldados indios, que me estaban esperando en el camión. Ella entonces me dijo:

-         “No te puedo dejar ir. Dame lo que tengas presupuestado y quédate en el dormitorio junto a los demás turistas europeos”.

Esa noche comprendí que en Ladakh me hallaba en el verdadero Tíbet, el más puro, sin injerencias chinas, ni siquiera indias, pues en Ladakh los tibetanos viven a su aire, con pocas restricciones del Gobierno Indio, que les deja hacer.

Esa hospitalidad tibetana me seguiría a lo largo de todo mi viaje a pie y en autostop por esa zona, hasta que semanas más tarde, vía Zanskar, caminé hasta Manali, en Himachal Pradesh, ya en el mundo indio.
Lo más remarcable de Ladakh son sus gentes y sus monasterios.
La foto del monasterio de Rizong que muestro aquí, de papel, me la mandaron meses más tarde unos franceses que también estaban caminando por Ladakh hasta las fuentes del río Ganges, en el Monte Kailash.

En el monasterio de Rizong, habitado por siete monjes novicios, nos separamos, ellos caminaron al Monte Kailash junto a una caravana de peregrinos indios, y yo, que ya había estado en Tíbet a pie cruzando el Reino de Mustang, preferí internarme en Zanskar, también a pie, en invierno, contando con la hospitalidad de los monasterios “on the road”, como el de Phuktal, donde me acogieron de manera ejemplar, muy humana, inolvidable.

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114 – PENÍNSULA VALDÉS

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Como me había entretenido visitando Puerto Madryn y los vestigios de los inmigrantes galeses que se instalaron por los alrededores de esa ciudad durante la segunda mitad del siglo XIX, llegué de noche a Puerto Pirámides. Localicé en la oscuridad una pensión para dormir. Se llamaba Hostal El Español y me cobraron 150 pesos por un cuarto individual, sin desayuno y con el baño en el patio. Allí, un cliente español de un pueblo de la provincia de Lérida me informó de que desde la bahía donde se ubica Puerto Pirámides había divisado cuatro ballenas el día anterior.

Según el leridano, me había precipitado al viajar a la península Valdés en mayo, ya que los animales empiezan a acudir a esa región a partir de junio. Él se quedaría hasta ese mes con la esperanza de avistar más ballenas, además de elefantes marinos, pingüinos de Magallanes y aves migratorias.

Por la mañana caminé hasta un mirador a pocos kilómetros de distancia desde donde vería centenares de lobos marinos. Era una visión entrañable, tierna. Las hembras estaban juntas formando harenes. Me quedé como hipnotizado observando esas criaturas. Por esa visión ya justificaba mi desvío a la península Valdés.

Al mediodía regresé a Puerto Madryn y de allí proseguí en autobuses hacia Buenos Aires.

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115 – LA  GRAN MURALLA

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Una vez en Shanhaiguan, para llegar a la Gran Muralla China hube de abordar un autobús local. Por el camino vi letreros escritos en chino, en inglés y en ruso. Y es que los rusos, sobre todo los que viven en Siberia y Extremo Oriente, prefieren descansar en las playas vecinas a Shanhaiguan, en el mar de Bohai, por resultarles el viaje y estancia más baratos, que veranear en Sochi (mar Negro) o en Europa occidental.

En la entrada al Paso Shanhai (que es el significado de Shanhaiguan) compré mi billete y entré al recinto. En el pasado, ese paso marcaba la frontera entre chinos y manchúes.

En el año 1982 había comprado en Beijing una excursión a la Gran Muralla China, en Badaling, en un autobús relleno de turistas chinos. Fue una visita memorable y aún recuerdo la gran muralla siguiendo el contorno de las montañas.

Según diversos cálculos, su longitud supera los 20.000 kilómetros, desde la frontera con Corea al desierto de Gobi.

Esta vez, en el año 2016, deseaba ver otro fragmento de la muralla no menos impactante.

En el interior del recinto había un museo de historia, un templo y diversas estatuas representando a dioses y a héroes chinos. Al llegar a la playa fue donde admiré el esplendor de esa gran obra de ingeniería, la penetración de la muralla en las aguas del mar de Bohai. Además de espectacular, el lugar era romántico. Esa parte de la muralla se conoce como la “Cabeza del Viejo Dragón”.

Un templo vecino estaba dedicado al Dios del Mar y se adentraba 124 metros mar adentro, según afirmaba un letrero escrito en chino, inglés y ruso.

Como estaba en el frío mes de abril apenas había turistas en esa muralla, y los pocos que vi eran chinos venidos mayoritariamente de la vecina Beijing.

Algo que me entristeció fue leer en otro letrero que ese fragmento de la muralla introduciéndose en el mar había sido reconstruido en el año 1988. Se explicaba que fue destruido durante una guerra en el año 1900 por los “Ocho Poderes Diabólicos”, también descritos en otro letrero en inglés más suavemente como “Eight Powers Invaders”, que, aunque no se mencionaban los nombres de esos ocho poderes invasores, deduje enseguida que se referían a Reino Unido, Francia, Japón, Alemania, Italia, Rusia, Estados Unidos y el Imperio Austrohúngaro, cuando esos ocho países humillaron a la China de la dinastía Qing durante la conocida “Rebelión de los Boxers”, forzándola a firmar tratados desiguales.

El que viaja largo tiempo por China y se interesa por su rica cultura e historia no puede menos que amar con todo su ser a ese gran pueblo, desde sus artes como la caligrafía, su pintura, su poesía, su Tai chi, pasando por su excelente gastronomía, sus valores morales y el respeto por sus mayores.

Entre los países asiáticos, India aportó al mundo la espiritualidad de sus místicos; Japón, la estética de sus artistas; y China, la ética de sus pensadores.

Siempre he afirmado que, si creyera en la reencarnación, en mi siguiente vida me gustaría nacer en China.

Tras la visita a la Gran Muralla China abordé un tren a Qinhuangdao, y de allí un autobús a Chengde, para admirar otro Patrimonio Mundial: la residencia de montaña y templos vecinos en Chengde.

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116 – CENTRO HISTÓRICO DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA

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El centro histórico de Las Palmas es encantador. Llegué a conocerlo bien pues hasta me alojé dos noches seguidas en el Hotel Madrid, en la Plaza Mayor, justo frente a la Catedral de Santa Ana, adonde asistía a misa por las mañanas y compraba cirios.

Esa catedral era maravillosa. No sabría decir si era más bella de día, o por la noche, cuando la iluminaban y la contemplaba desde el balcón de mi habitación, o bien tomándome una copa de vino de Ribera del Duero en la terraza de mi hotel. Posee trece capillas y diversas pinturas de artistas notables españoles. En su parte posterior se halla la Ermita de San Antonio Abad, en cuyas paredes encontré una placa de mármol donde estaba escrito:

“En este Santo Lugar oró COLÓN. 1492 – 1892”.

Esa zona, llamada Barrio de Triana (lo mismo que el Barrio de Vegueta), estaba llena de iglesias, palacios y casas antiguas con balcones de madera, similares a los que se encuentran en ciudades hispanoamericanas como Lima, Potosí, o Cartagena de Indias.
A decir verdad, me extrañó que la ciudad de Las Palmas no estuviera aún inscrita como Patrimonio Mundial en la organización UNESCO, pues tiene merecimientos de sobra.

La parte moderna no me gustó tanto, por ello siempre pasaba el tiempo en la parte antigua, callejeando y entrando en todos los sitios que encontraba históricos, como la Casa-Museo dedicada a nuestro genial escritor Benito Pérez Galdós.

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117 – LOS SASSI Y EL CONJUNTO DE IGLESIAS RUPESTRES DE MATERA

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Encontré Matera una ciudad bíblica, tal vez por asociarla a la película “El Evangelio según San Mateo”, de Pasolini, filmada allí, que había visto en mi adolescencia.
Me gustó a primera vista, tanto que en vez de emplear un día en conocerla, me quedé dos. Hallé un hostal cerca de la estación de autobuses (llegaba de Metaponto), llamado Roma (que me hizo pagar una tasa turística), dejé mi bolsa y, sin pérdida de tiempo, me lancé a recorrer sus casas trogloditas y perderme por sus callejones laberínticos, sin dejarme las iglesias rupestres.
La situación de Matera, asentada sobre un cañón, producía una impresión inusual a esa ciudad. Realicé trekkings a unas cuevas que observé al otro lado del cañón. También ascendí al castillo, en lo alto de una loma, pero estaba cerrado. Entré en algunos museos y me fijé en estatuas curiosas en las iglesias.
En algunas iglesias te dejaban entrar de manera gratuita, pero las localizadas en la zona Sassi, te hacían pagar por visitarlas.
Vendían souvenires por doquier y una casa la habían acondicionado como museo, mostrando la vida cotidiana de una familia numerosa con bebés de pecho.
La visión de Matera por la noche era romántica. De hecho, toda Matera es una ciudad museo, encantadora, dulce, parecida a un cuento.
A la mañana siguiente todavía visité otros lugares que me había dejado el día anterior. Hacia el medio día me dirigí a la estación de autobuses y me marché a viajar a otra parte.

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118 – IGLESIAS Y SITIOS CRISTIANOS DE NAGASAKI

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Buscando huellas sobre el misionero navarro san Francisco Javier, que fue el primer español en viajar a Japón (en en año 1549), escalé en Nagasaki, pues deseaba visitar allí el Parque de la Paz, donde en 1945 cayó la segunda bomba atómica.
Sabía que Nagasaki albergaba la mayor concentración de cristianos en Japón, y las iglesias erigidas por ellos estaban catalogadas en la Lista Indicativa de la UNESCO, lo cual es el primer paso para ser declaradas en su conjunto, en un futuro, Patrimonio Mundial.

Junto al parque observé un monumento que llamó mi atención. Consistía en 26 estatuas metálicas incrustadas sobre una pared; representaban los primeros 26 mártires del Cristianismo en Japón, y fueron crucificados en esa ciudad. Entre ellos había un joven que naufragó en las costas japonesas cuando se dirigía desde México a Filipinas a bordo del legendario Galeón de Manila. Se llamaba Felipe de Jesús, el primer santo mexicano.

Justo al lado se hallaba una iglesia de diseño muy original que yo de inmediato bauticé “¡Manos arriba!”. Su construcción estaba inspirada en las obras del arquitecto español Antonio Gaudí. Entré por curiosidad y me atendió su párroco, un mexicano entrañable con aspecto de patriarca, que me colmó de zalamerías invitándome a merendar bollos de nata junto a unas damas, también mexicanas, casadas con hombres de negocios japoneses. Gracias al párroco mexicano ese día aprendí que san Felipe de Jesús había viajado junto a uno de mis héroes viajeros: Juan Pobre de Zamora, lo cual me llenó de gozo.
Juan Pobre de Zamora, el jienense Pedro Ordóñez de Ceballos y el aragonés Pedro Cubero Sebastián fueron los tres primeros “backpackers” en la historia de la Humanidad en dar la vuelta al mundo por su cuenta, y en solitario. Juan Pobre de Zamora, debido a su granujería, escapó de la crucifixión en Nagasaki y prosiguió su vuelta al mundo, hasta España, en barcos y a pie, vía Malaca, India y Babilonia, tal como relata en su libro.
Al acabar el refrigerio y la charla ya era de noche, y para dormir no se me ocurrió otra cosa que desplegar mi saco de dormir entre el monumento de los 26 crucificados y esa iglesia, sobre un banco de madera de respaldo curvo, mis preferidos. Pero alrededor de una hora más tarde, cuando ya estaba entre los brazos de Morfeo, alguien me despertó: ¡era el párroco mexicano! Me sentí muy azorado pues no le había contado que andaba corto de dinero. Me invitó a pasar el resto de la noche en la celda del monaguillo, cosa que acepté.

El día siguiente era domingo y fui a la misa, pero no en esa iglesia sino en la histórica catedral, llamada Urakami, o Santa María, construida en el siglo XIX, justo cuando Japón derogó la ley que prohibía el culto cristiano. En su tiempo era la iglesia más grande de Extremo Oriente asiático.
La catedral se llenó de parroquianos. Calculé que la mitad eran japoneses y la otra mitad la componían occidentales, americanos y europeos. También observé un grupo de peregrinos cristianos. Eran coreanos; la noche anterior se habían embarcado en el ferry de Busán a Shimonoseki y de allí habían tomado el tren a Nagasaki.

Compré un cirio, asistí a la misa y al concluirse me dirigí a pie a la estación del tren para proseguir mi viaje a Kagoshima, satisfecho por todo cuanto me había acontecido en mi escala de un día en Nagasaki.
Como suele ocurrir en los viajes, uno viaja en busca de una cosa y acaba encontrando otra inesperada que te sorprende aún más.

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119 – TEMPLO DEL SOL EN KONARAK

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Normalmente, la visita a este templo de Konarak (o Konark) se realiza en combinación con los vecinos complejos de templos de Puri y de Bhubaneshwar, a cuyo conjunto se le denomina “El Triángulo Dorado”, lo cual toma dos días de tiempo, que fue exactamente el que me tomó a mí.

Llegué a Konarak a media tarde tras visitar el templo de Jagannath en Puri (o lo que pude ver de él de manera furtiva y burlando a los guardianes, pues estaba prohibido a los no hindúes). Pretendía quedarme allí a dormir, pero comprobé que la visita sería más breve que la de Puri, así que tras unas tres horas de corretear por Konarak, proseguí el viaje, ya oscuro, hasta Bhubaneshwar.

Al Templo del Sol también se le conoce por la Pagoda Negra. Deduje que ese apodo era por el color de sus piedras, pero no, más adelante averigüé que se le llama así en contraposición al templo de Jagannath de Puri, la cual es conocida como Pagoda Blanca.

Por suerte, y a diferencia del templo de Jagannath de Puri, este de Konarak estaba abierto a los no hindúes.

Jagannath es un dios muy querido en buena parte de la India, junto a su hermano Baladeva y su hermana Subhadra. Son mis dioses indios favoritos, los adoro por su simpatía y la forma como están representados en estilo indio primitivo; parecen sacados de un cuento, o de una película de dibujos animados de Walt Disney. Jagannath es el dios negro, Baladeva es el blanco, y en el centro está Subhadra, de color amarillo.

Los extranjeros pagaban por el billete de ingreso al templo veinte veces más que los indios.

A la entrada había unas placas de piedra explicando en tres idiomas la historia y características de este templo en tres lenguas: oriya (la lengua oficial de Orissa, hablada por más de 30 millones de personas), hindi e inglés.

Gracias a la placa en inglés aprendí que el templo de Konarak había sido construido durante el siglo XIII en forma de un carro gigante de piedra con 24 ruedas y tirado por siete caballos. Está dedicado al dios sol Surya, cuya estatua, en forma de hombre se podía advertir en lo alto del “carro”.

Estaba muy bien terminado, sus esculturas mostraban una gran técnica y perfección. Había un sector con bajorrelieves llenos de figuras eróticas adoptando posturas del Kama Sutra, parecidas a las de Kajuraho, que las lozanas mozas indias que pululaban por el templo observaban sin pudor, riéndose entre ellas y tapándose la boca con una mano.

Todos los turistas en Konarak eran indios; no recuerdo haber visto allí ningún extranjero.
Tras esta visita reanudé mi viaje en autobús hasta Bhubaneshwar, conocida como “Ciudad-Templo de la India”, donde me quedaría a dormir.

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120 - PARQUE FORESTAL DE LOS CARMELITAS DESCALZOS DE BUÇACO

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Este parque es extraordinario, por ello se halla inscrito en la lista indicativa de UNESCO. Se ubica cerca de la ciudad de Aveiro, la llamada “Venecia portuguesa”. El ingreso al recinto amurallado es de pago. Una vez que se satisface la entrada se ha de circular alrededor de 1 kilómetro por un sendero rodeado de una naturaleza salvaje, exuberante, repleta de árboles centenarios como cedros, cipreses, robles o pinos, además de plantas exóticas traídas de Asia y América por los marineros portugueses durante la era de los descubrimientos, y escogidos por los monjes carmelitas descalzos.

A principios del siglo XVII estos frailes Carmelitas Descalzos idearon el complejo imitando el Monte Carmelo, con sus jardines simbolizando el Paraíso Terrenal. En el centro se situaba el Convento de Santa Cruz de Buçaco.

Durante el siglo XIX el estado de Portugal requisó este y otros conventos a las órdenes religiosas, que en su mayoría serían destruidos. En Buçaco se construiría para los reyes de Portugal un palacio romántico de estilo neo manuelino basado en el Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belém, en las afueras de Lisboa.

Con la instauración de la república, este palacio se transformaría en un hotel de lujo.

Durante mi primera visita, en el año 2000, pude visitar el interior de la recepción del hotel, admirando sus muebles, azulejos, murales y pinturas, pero la segunda vez un letrero a la entrada prohibía el acceso a los que no estuvieran registrados como clientes. El precio de una habitación doble, con desayuno, rondaba los 200 euros.

Esta segunda vez me resigné a poder únicamente visitar los jardines, realizar algún corto trekking ascendiendo una colina y admirar las cascadas, capillas, cruces de piedra y escenas de la Vía Crucis.

En la parte posterior del hotel quedaba en pie restos del convento. Para poder visitarlo se debía pagar una entrada de 2 euros.

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121 - MANZANA Y ESTANCIAS JESUÍTICAS DE CÓRDOBA

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La visita a la iglesia de la Compañía de Jesús que había efectuado en la ciudad de Córdoba me dejó con deseos de saber más acerca de las estancias jesuíticas de la provincia. Como tenía tiempo hasta la salida nocturna de mi autobús hacia la provincia de Misiones, decidí conocer, al menos, una de sus cinco estancias ese mismo día. Entré en el Cabildo, donde se ubica la oficina de turismo, y pedí consejo a las empleadas. Había cinco estancias jesuíticas en la provincia de Córdoba que están comprendidas en el Patrimonio de UNESCO:

-         Alta Gracia

-         Santa Catalina

-         Caroya

-         Jesús María

-         La Candelaria

La más accesible era la de Alta Gracia, pues había hacia allí un servicio regular de autobuses.

Fue la misión que seleccioné y hacia allí viajé en un autobús. Tras una hora de trayecto me depositó junto a un lago. Observé una torre con un reloj. Era la oficina de turismo y su empleada resultó ser una chica recién emigrada de Extremadura, España.

Esa chica extremeña me facilitó folletos sobre diversos lugares culturales para visitar. A pocos kilómetros tenía una gruta que era una reproducción de la de Lourdes, en Francia. También había un parque llamado Federico García Lorca, más un museo dedicado al compositor español Manuel de Falla, que murió en esa localidad en 1946.

Pero por falta de tiempo sólo realicé una visita al “Museo Estancia Jesuítica de Alta Gracia y Casa del Virrey Liniers”, que era precisamente el objetivo básico de mi viaje.

Esa estancia, fundada en 1588 según una placa, se situaba justo enfrente de la torre del reloj. La entrada era gratuita. En el interior recorrí todas las salas. Era una misión muy didáctica, en ella había maquetas de cada edificio y sobre las paredes de las salas estaban escritas las explicaciones sobre el modo de vida y las actividades de los monjes. Vi utensilios de cerámica de la época, la cocina, la herrería, dormitorios, el refectorio, esculturas de santos (como la de san Ignacio de Loyola) y otros trebejos y pinturas.

Entré en una sala muy curiosa con explicaciones sobre la masonería, donde se explicaba el emblema masón del escudo de Argentina -el gorro frigio y dos manos estrechándose dentro de una corona oval de laurel, atado con una cinta de colores blanco y azul celeste con el sol asomando arriba-, que había sido copiado de otro escudo masón de una logia revolucionaria francesa.

Curiosamente, el nombre completo de esa misión acababa en “Casa del Virrey Liniers” por haberla comprado e instalado en ella, el noble y militar Santiago de Liniers, que fue el penúltimo virrey del Virreinato del Río de la Plata.

Santiago de Liniers moriría fusilado el año 1810 en una localidad de la provincia de Córdoba por ser fiel al Gobierno de España y, en consecuencia, haberse negado a unirse a los rebeldes de Buenos Aires. Su razonamiento sobre ellos fue:

”… la conducta de los de Buenos Aires con la Madre Patria, en la que se halla debido al atroz usurpador Bonaparte, es igual a la de un hijo que viendo a su padre enfermo, pero de un mal del que probablemente se salvaría, lo asesina en la cama para heredarlo.”

Liniers previó la balcanización de la América española y la anexión de territorio hispano en América del sur y del norte por parte de Brasil y Estados Unidos si los rebeldes tenían éxito, como así ocurriría. Tuvieron que ser mercenarios ingleses que contrataron los rebeldes los que le fusilaran, pues Liniers era un héroe y los criollos podrían haberse negado a asesinarle. España pudo recuperar su cadáver décadas más tarde y fue llevado al Panteón de Marinos Ilustres, en Cádiz.

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122 – COMPLEJO DEL MEMORIAL MAMÁYEV KURGÁN “A LOS HÉROES DE LA BATALLA DE STALINGRADO”

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Tenía mucha ilusión en descubrir una ciudad que evocaba tanta historia como Volgogrado, que se halla inscrita en la lista indicativa de UNESCO. Se fundó como Tsaritsyn en el siglo XVI, luego cambió su nombre por Stalingrado. Hoy se llama Volgogrado por hallarse a orillas del río Volga.
Eran los tiempos de la URSS y me acompañaba una amiga rusa. Nos alojamos por dos noches en el hotel Intourist, en el centro. Fue ella quien hizo la reserva de nuestra habitación, pues en aquellos tiempos los extranjeros debían pagar una tarifa más alta en los hoteles.

Una mañana abordamos un trolebús y nos acercamos a Mamayev Kurgan, que quedaba cerca del centro. Pasamos allí varias horas. Era un lugar imponente y en su interior se rendía respeto a todos los soldados que murieron en defensa de la ciudad durante el asedio alemán. La atmósfera era parecida a la que se experimenta en el Museo del Genocidio Armenio, cerca de Ereván.
Además de tumbas había un museo y se preservaban diversas armas, como por ejemplo el rifle del legendario francotirador ruso Vasili Zaitsev.

La colosal estatua, que fue la más alta del mundo en su tiempo, se compara a la de la Libertad en Nueva York. Pero, en mi opinión, la de Volgogrado impresiona más, infinitamente más. Representa a la Madre Patria, a Rusia, a la población rusa.
En esa cruenta batalla murieron alrededor de unos 2 millones de personas de ambos bandos.
A mí siempre me ha sorprendido el que, una vez extinguida la URSS, la mayoría de los rusos respetan a Stalin, cuando está considerado uno de los mayores criminales que ha conocido la humanidad. Pero cuando les digo esto, ellos argumentan que, no obstante, le siguen respetando porque “ganó la Gran Guerra Patria” (los rusos así denominan a la Segunda Guerra Mundial).

Una vez en la ciudad observamos las ruinas del viejo molino de harina con sus impactos de obuses, como un recordatorio a los ciudadanos de la ferocidad de la Batalla de Stalingrado y del coraje de sus soldados.
Aparte de estos recuerdos de la guerra, poco más visitamos en Volgogrado.

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123 – CIUDAD VIEJA DE SANA’A

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En mi opinión, Yemen es, con abismal diferencia, el país de la Península Arábiga más interesante para el viajero (excluyendo las ciudades prohibidas a los no musulmanes de Meca y Medina, que deben ser fabulosas).

Cuando uno llega a Sana’a se encuentra con una ciudad de fantasía, con casas que parecen haber sido creadas por niños con plastilina, con hombres portando un turbante que mascan qat y lucen sus jambiyas en el cinto, con mujeres vestidas de negro cubriendo sus cabezas. Y todos te sonríen, aman a los visitantes. Además, la vida es barata para un europeo.
Dormía de manera casi gratuita en un dormitorio junto a Bab el Yemen que era un caravanserai para los peregrinos a La Meca y cuando necesitaba una ducha me iba a un hamman que me cobraba unos pocos riales por asearme como Dios manda.

Durante varios días descubrí los portentosos lugares de esta ciudad amurallada. Algunas tardes me subía a una cafetería en el ático de un edificio alto y desde allí admiraba la belleza y originalidad de la arquitectura de Sana’a.

Por desgracia, las cosas cambian y en la actualidad, debido al cáncer social llamado guerra, Sana’a y todo Yemen es inaccesible para el viajero. Ojalá que la situación cambie para bien en un próximo futuro.

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124 – DIAOLOU Y ALDEAS DE KAIPING

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El autobús local me depositó en un cruce de carreteras desde el que caminé medio kilómetro hasta advertir un letrero donde estaba escrito: Zili Village Diaolou Cluster.

A la entrada al recinto principal de las Diaolou se halla el centro de acogida de turistas (sólo vi chinos), más una cafetería y una tienda de souvenires.

Una vez adquirida mi entrada caminé hacia el primer grupo de casas fortalezas y penetré en todas ellas leyendo los letreros con la historia del chino emigrado que las había construido. Había sobre todo casas de chinos que habían hecho fortuna en países de Extremo Oriente, pero también en Canadá y en Estados Unidos. Una vez que fueron ricos, esos chinos añoraron tanto China que resolvieron regresar con el dinero ganado a su país de origen para pasar sus últimos días.

Esa nostalgia china por el terruño yo la compartía. Cuando veo en los países europeos y americanos cómo viven los chinos vendiendo en sus tiendas cosas baratas chinas, o abriendo restaurantes de menús económicos a base de chop suey y rollos de primavera, todos con caras tristes y resignadas, pensaba que yo, de ser chino, preferiría mil veces vivir de manera modesta en China que malvivir en esos países europeos o americanos en los que el chino no se integrará jamás. Y es que (salvo que viva en una ciudad con muchos miles de chinos, como Singapur, San Francisco o Vancouver) un chino en el extranjero no es un chino feliz.

Por un letrero aprendí que había unas 3.000 Diaolou en esa región, pero yo visitaría no más de veinte ese día.

La primera Diaolou en la que entré se llamaba Qiuanjulu Mansion y su dueño la había construido en el año 1920 tras haber regresado de Estados Unidos de América. Otra casa de un emigrado de Estados Unidos era la Mingshilou Tower, de 1925, mientras que la Zhenanlou Tower, también erigida en 1925, era de un emigrado de Canadá.

Todas las casas exhibían los objetos personales de sus dueños, fotografías antiguas, los dormitorios con los juegos de cama, la vajilla, muebles, y hasta un pequeño templo confucionista. Otro de los atractivos de esas casas y torres era su situación armónica con la naturaleza circundante.

Una de las Diaolou era un museo y otra la habían convertido en un restaurante.

Unas tres horas en el complejo me parecieron suficientes. Me hablaron de otro grupo de Diaolous en una población cercana, llamada Chikan, pero más tiempo no podía dedicar a esas casas pues ese mismo día pretendía llegar con luz solar a un sitio extraordinario, sobre todo para un español: la isla de Sancián, donde murió san Francisco Javier.

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125 - SITIOS AUSTRALIANOS DE PRESIDIOS

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Para viajar a Norfolk desde Australia se ha de volar desde el aeropuerto internacional y mostrar un pasaporte, incluso los australianos, pues Norfolk tiene un status especial, casi como un país soberano, y se debe pasar Emigración. La bandera de Norfolk también es especial.

Ya había visto antiguos presidios en la misma ciudad de Sídney, junto al Hyde Park, y en la isla de Tasmania el día que me apunté a una excursión para observar a los “Diablos de Tasmania”. Pero en Norfolk dormí dentro de una antigua prisión, en el follaje, pues no había rejas y se podía entrar y pasear en ella.
De hecho, toda Australia era un gran presidio, y casi todos sus habitantes son hoy descendientes de maleantes y mozas de vida alegre.

Me quedé 3 días y realicé trekkings. Había vestigios de los habitantes de Pitcairn que intentaron quedarse en Norfolk, pero muchos acabarían regresando a Pitcairn. También descubrí, durante una de mis caminatas, una placa dedicada al Capitán Cook, que fue el primer inglés que desembarcó en Norfolk, pero no el primer humano, pues antes que él ya habían estado allí los polinesios, aunque abandonarían la isla antes de la llegada de los ingleses.

Son tantos los horrores y vejaciones inimaginables que se han practicado en esa isla por los guardianes y los presos, que se la comparó con el infierno. Por las noches sentía esa atmósfera de terror dentro de mi saco de dormir dentro de una celda, pues tenía pesadillas y me veía viviendo en esa época y cómo los guardias de mi mazmorra me atormentaban de manera cruel porque me habían visto pasear por la playa vestido con mi camiseta del Caco Bonifacio, que es la que suelo usar en los viajes, y capturado pensando que me había escapado del penal. Y yo gritaba:
– ¡No, no soy un reo, dejadme salir de esta mazmorra, yo soy un viajero español!
Y me despertaba perturbado, con sudor en mi frente.
El cuarto día abandoné Norfolk con alivio y proseguí mi viaje.

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126 - ISLAS ATLÁNTICAS BRASILEÑAS – RESERVAS DE FERNANDO DE NORONHA Y ATOLÓN DE LAS ROCAS

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Volé a la isla de Fernando de Noronha desde Recife, en Pernambuco. No encontré servicio regular de transporte marítimo a esa isla.
A la llegada al aeropuerto se pasaba Emigración, como si se tratara de un país diferente. Me dieron formularios a rellenar donde debía indicar el hotel donde iba a alojarme, pues acampar o dormir en la playa estaba estrictamente prohibido. A la salida de ese aeropuerto te comprobaban el sello del hotel donde se iba a pernoctar, y si no se mostraba se debía satisfacer una elevada multa.
Yo tenía nota de un hotel barato, Casa Dora, y fue el que indiqué.
Tras ello me solicitaron por adelantado en reales brasileños el equivalente a 10 dólares americanos por día, en concepto de tasa. Tuve que desembolsar 40 dólares correspondientes a los cuatro días que pasaría en Fernando de Noronha.

No es barato visitar Fernando de Noronha, por ello vi a muy pocos turistas durante mi estancia. Y los que llegaban habían ido para practicar surf o buceo.
Caminé al centro y localicé la Casa Dora. Negocié el precio con ella y al final lo establecimos en 20 dólares por día, sin desayuno. Ella al principio me pidió 40 dólares con desayuno.
Esa habitación que me dieron en Casa Dora, con la ducha en un patio, no valdría más de 5 dólares en la ciudad de Recife, por ejemplo. Todos los precios estaban inflados en Fernando de Noronha. Eso sí, no había allí delincuencia, ni mozas de vida alegre, ni pedigüeños o vagabundos, ni tampoco enfermedades como la malaria.
Al día siguiente, una vez con el sello de Casa Dora, me iría a dormir a la playa los tres siguientes días.

Cada noche cambiaba de playa donde pasar la noche siguiendo los caprichosos golfinhos, o unos delfines muy juguetones que nadaban junto al hombre, a quien no temían. Mis playas favoritas eran la del Cachorro, la de Biboca y la Baia dos Golfinhos.
Esos delfines más el monte rocoso llamado O Morro do Pico, eran los dos símbolos de la isla.

Por las noches me tomaba una caipirinha en la playa de un lugar junto al Espacio Cultura Air France, escuchando en vivo música de Bossa nova.
El quinto día volé de regreso a Recife para visitar la cercana Olinda, otro Patrimonio Mundial.

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127 - PAISAJE PANORÁMICO DEL MONTE EMEI Y EL GRAN BUDA DE LESHAN

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Chengdu es un lugar de parada obligada para un viajero de larga duración por China. Desde esa ciudad se pueden visitar numerosos lugares extraordinarios, además de tres o cuatro Patrimonios de la Humanidad a un tiro de piedra.
Desde el famoso hostal de Sam viajé primero a Leshan para visitar el Gran Buda de piedra, la estatua dedicada a Buda más alta del mundo. Yo creía entonces que las estatuas budistas de Bamiyan, en Afganistán, superaban en altura a la de Leshan. Pero estaba equivocado, como un chino me advirtió. De todos modos, los fanáticos musulmanes destruirían esas sorprendentes estatuas budistas en Afganistán años más tarde.

Subí, junto a numerosos chinos y ningún extranjero (era el año 1982 y casi no había turismo en China) hasta justo frente a la cabeza de Buda, por un lateral. Había allí fotógrafos con viejos cacharros que se ofrecían para hacerte una foto junto a Buda, pero yo, a pesar de viajar sin cámara, rechacé esa propuesta pues la foto te la entregaban en papel días más tarde, tras revelarla en un laboratorio, aunque, me aseguraron, me la podían mandar por correo a mi dirección en mi pueblo, Hospitalet de Llobregat, en España. Temí que la carta no llegara jamás y no acepté. Hoy lo lamento, tenía que haber pagado unos pocos yuan y confiar en que la foto me llegara. Las fotos que aquí muestro me las regaló Carlos, un viajero barcelonés que me encontré en Beijing durante ese mismo viaje de 1982.

Tras permanecer un buen rato ensimismado frente a esa estatua, descendí y abordé una barca para contemplar el Gran Buda desde el río Minjiang.
No dormí en Leshan; ese mismo día viajé a las faldas del Monte Emei (Emei Shan), una de las cuatro montañas sagradas en China, con la intención de ascender a su cima. Dormí cuando empezaba a oscurecer en un monasterio budista. El segundo día seguí ascendiendo y al caer la noche me alojé en otro monasterio budista. Pero al tercero, con lluvia, retrocedí a Leshan sin poder concluir la excursión a la cima (en aquellos años no había ni teleféricos, ni funiculares, ni burros para ayudarte a subir, aunque me hablaron de un autobús que yo jamás vi), y pocos días más tarde abandoné China, desde Hong Kong, para volar a Manila. Eran los últimos días de diciembre y deseaba pasar las fiestas navideñas en un país católico, como es Filipinas, para sentir calidez humana en unas fechas tan señaladas para un cristiano.

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128 – AXUM

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La primera vez que visité Axum (el año 1993) me quedé a dormir en el monasterio vecino de Debre Damo, donde para acceder se tenía que trepar por una larga cuerda.
Para continuar a Eritrea, mi próximo destino, atravesé Axum pero apenas me fijé en las estelas. Sí, las vi, eran obeliscos, estaban en medio de una plaza abierta a todo el mundo. Una de las estelas debía de haber sido colosal, pero yacía en el suelo, rota en varios pedazos. Las miré por unos minutos pero no me impactaron en demasía. Además, tiempo atrás, estando en Roma, había contemplado una de esas estelas en una plaza, que había sido llevada allí desde Etiopía por órdenes de Mussolini durante la invasión italiana de Etiopía (aunque en el año 2005 el Gobierno de Italia restituyó la estela a Axum).

Mi interés principal en Axum era intentar penetrar en el Sancta Sanctorum de la Iglesia de Nuestra Señora de Sion, donde se custodia el Arca de la Alianza, traída a Etiopía desde Jerusalén (según cuenta la leyenda) por el rey Menelik I, el hijo que la Reina de Saba tuvo con el Rey Salomón.
No tuve éxito, lo confieso; burlé los primeros controles pero al final un sacerdote me detuvo justo cuando iba a descorrer el último velo, y no vi el Arca de la Alianza.

Fue expulsado de la iglesia y para consolarme regresé a la plaza de las estelas sentándome frente a la más grande del complejo que estaba en pie. Esta vez el guardián, que me había ignorado por la mañana, me quería hacer pagar por ser extranjero, pues los etíopes se paseaban por allí como Pedro por su casa. Le dije que ya había estado antes, pero no sirvió de nada y quería que comprara un billete de entrada, cosa que yo no podía pues tenía ante mí un larguísimo viaje por tierra hasta España y no me quedaba mucho dinero. Al final me echó, sin contemplaciones. No fue ese un buen día para mí.

Menos mal que en viajes posteriores (al menos realicé cuatro más) me fijaría más en esas estelas como Dios manda y apreciaría su valor histórico y cultural. Fue entonces cuando aprendí que esas estelas son los monolitos tallados más grandes del mundo y su erección podía marcar el sitio donde se había enterrado a un rey, por ejemplo.

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129 - PATRIMONIOS DE LOS BOSQUES LLUVIOSOS TROPICALES DE SUMATRA

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Abordé en la Isla de Penang (Malasia) el ferry a Medan (Indonesia) y me encontré con un viajero estadounidense en un hotel fijado de antemano, para trasladarnos juntos al Parque Nacional de Gunung Leuser, y así abaratar precios.
Nuestro deseo era ver orangutanes en su medio hábitat.

Como comprobamos que la visita a ese parque, donde los orangutanes viven en estado relativamente salvaje (la verdad es que algunas familias de ellos están habituadas a recibir plátanos de los guías que acompañan a los turistas), resolvimos realizar esa excursión en el mismo día, regresando a Medan, sin necesidad de quedarnos a dormir en el poblado de Bukit Lawang, dentro del parque, cuya superficie (más de 7.900 kilómetros cuadrados) es prácticamente equivalente a la de la autonomía de Madrid.
A la llegada al poblado pagamos por el derecho de ingreso y allí mismo nos ofrecieron un guía para conducirnos a una parte del parque, donde, nos aseguraron, observaríamos el modo de vida de varias familias de orangutanes. Unos turistas extranjeros que acababan de utilizar los servicios de ese guía nos informaron que ellos habían visto numerosos orangutanes, lo cual nos ofreció confianza y cerramos el trato con él.
Tras un pequeño refrigerio en el poblado, salvamos el río Bahorot por un puente de madera y nos adentramos en el frondoso bosque.
La naturaleza allí era prodigiosa.

Caminamos durante unos 40 minutos, subiendo y bajando montañas, hasta un momento cuando el guía se detuvo, nos pidió silencio absoluto, y él, oído y ojo avizor, miró a su alrededor y escuchó los sonidos de la naturaleza y, pocos segundos después, nos indicó dónde se hallaba la primera familia de orangutanes.
Eran tres, los padres más un bebé, jugueteaban y con toda la familiaridad del mundo el padre se nos acercó, como esperando plátanos, que nuestro guía los sacaba de su bolsa y le iba dando de uno en uno. El tener a escasos dos metros de distancia de nosotros esos entrañables animales colgados, que con una mano se agarraban a una rama de árbol y con la otra se comían la banana, nos cautivó, nos entró un amor indescriptible por ellos, tan cercanos los veíamos a nosotros.

El guía nos advirtió de que las fotos que hiciéramos debían ser sin flash para no asustar a los animales, cosa que respetamos.
Seguimos caminando y otra familia con un orangután de pecho vino en nuestra búsqueda, parecía que ellos eran los que nos buscaban a nosotros y no a la inversa. Querían bananas, hasta el bebé de pecho que cargaba la madre. Aquello era tierno, los orangutanes son animales enternecedores. Sentía que estaba viviendo momentos mágicos cuando todos los seres, independientemente de su forma exterior, se encuentran y se maravillan de su existencia, solo que nuestros antepasados, los bípedos implumes, prefirieron abandonar la selva y convertirse en viajeros, descubriendo la tierra a su derredor por los cinco continentes, mientras que los orangutanes se sintieron felices en su medio natural y allí se quedaron, hasta nuestros días.

Todavía vimos más familias de orangutanes. A medida que penetrábamos en el follaje tropezábamos con más y más, y ninguno temía al hombre.
Nuestro guía nos contó que los orangutanes que encontrábamos estaban habituados al hombre y vivían en una zona a la entrada del parque que era un santuario o centro de rehabilitación, pero en las profundidades de la maleza había más familias de ellos sin contacto con los humanos, calculando que vivían en ese parque nacional unos 5.000 ejemplares.
Tan satisfechos nos sentíamos que al regreso a Bukit Lawang invitamos a nuestro guía a comer con nosotros y a beber cervezas locales sin coerción.
Nos propusieron realizar una excursión en lomos de elefante para observar rinocerontes, pero la rechazamos.
De vuelta en Medan organicé para el día siguiente mi viaje en autobús a la región rebelde de Aceh.

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130 - CONJUNTO HISTÓRICO, CULTURAL Y NATURAL DE LAS ISLAS SOLOVETSKY

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Es cierto el proverbio que afirma “A quien madruga, Dios le ayuda”.
Había llegado a la estación de trenes de Kem hacia las 4 de la madrugada, junto a un grupo de peregrinos rusos. Subimos a la sala de espera y ellos se pusieron a cantar canciones religiosas, mientras que yo eché una cabezada. Antes del alba se levantaron y se fueron sin despertarme. Yo me di cuenta de su partida pero pensé que exageraban saliendo aún oscuro y determiné dormir una hora más, hasta el amanecer. Fue cuando abordé un minibús hasta el puerto de Rabocheostrovk. Al llegar, justo vi en la lontananza el único barco diario, propiedad del patriarca, que traslada a los peregrinos al monasterio de las Islas Solovetsky los de manera gratuita. No llegué a tiempo por unos 10 minutos.
¡Qué rabia me dio! Me tuve que quedar en ese puerto unas dos horas tomando cafés y bollos de nata, hasta que se reunieron otros peregrinos y junto a ellos embarqué en un barco grande, privado, de pago, hacia el archipiélago Solovetsky, compuesto por seis islas, siendo la principal Bolshoi Solovetsky, donde se localiza el famoso monasterio. La travesía duró dos horas y media.

Al llegar me dirigí al monasterio y rogué ser aceptado como peregrino, cosa que conseguí y me mostraron mi cama en una gran sala comunal donde ya estaban instalados los peregrinos cantores. Las tres comidas estaban incluidas en la invitación, de manera gratuita, allí el dinero estaba considerado como una materia vil, aunque se aceptaban donaciones voluntarias por la estancia, dependiendo del presupuesto de cada peregrino.
Además de ese dormitorio dentro del monasterio había hoteles y restaurantes en el pueblo, fuera del reciento amurallado del monasterio, y eran de pago, naturalmente, para los turistas ordinarios.

Entre los peregrinos hice amistad con un ucraniano que era cojo. Él, Alexander, durante los tres días de mi estancia en Solovetsky me explicaría acerca de ese monasterio, donde él ya había estado varias veces, pues hacía muchos años que caminaba a pie por toda Rusia europea visitando todos los monasterios. Se financiaba tomando fotos de los monasterios y los monjes que vendía en su página güeb.
Participé de todas las actividades del monasterio. Las misas eran larguísimas, de varias horas de duración, y nadie se sienta (en las iglesias ortodoxas no hay bancos de madera), sino que el fiel permanece en pie, incluso Alexander, a pesar de los esfuerzos que tenía que hacer manteniéndose de pie con ayuda de su bastón.
Tanto la travesía en el barco con la visión del monasterio en la lontananza, como su visita interior y exterior era de una belleza sin par.
Vi las campanas en el patio, las torres y la fortaleza que se asemejaba a un kremlin, los frescos.

El monasterio fue fundado en el siglo XV por dos monjes venidos del monasterio Kirillo-Belozersky, en el oblast de Vologda, que visitaría varios días más tarde, tras Solovetsky.
Hay un aspecto siniestro en ese monasterio y fue el haber sido utilizado, por orden del propio Lenin, como GULAG, el primero de la URSS (el año 1921), al que, desgraciadamente, seguirían varios centenares de ellos, produciendo la muerte por exceso de trabajo de muchos millones de presos, o zeks. El entonces GULAG de Solovetsky era uno de los más fríos e inhóspitos de todos los archipiélagos GULAG que se fueron creando por toda la URSS, sobre todo en Siberia. En ellos, la poca alimentación y los duros trabajos forzados, hacía que los zeks cayeran como pajaritos.
También vio los impactos de centenares de bombas lanzados por tres barcos de la Royal Navy británica a mediados del siglo XIX, en el contexto de la Guerra de Crimea, matando a varios monjes y destruyendo muchos tesoros del monasterio.

El cuarto día me despedí de mis amigos monjes y también de los peregrinos, sobre todo del bueno de Alexander, y proseguí el viaje con destino al monasterio de Kirillo-Belozersky, a seguir peregrinando por los monasterios de Rusia.

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131 - SITIO DE PALMIRA

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Viajé en autobús en diciembre del año 1988 a Siria desde Turquía, vía Alepo. En esos tiempos el país estaba en paz, aunque los controles militares a las entradas y salidas de las grandes ciudades eran generalizados.

Durante ese viaje llegaría a conocer cuatro Patrimonios Mundiales de los seis que hoy alberga Siria, aunque entonces yo lo ignoraba y viajaba de manera intuitiva, eligiendo los destinos por lo evocador del nombre.

Alcancé Palmira en autobús desde el puerto de Latakia, con transbordo en Tartous y en Homs. El autobús continuaría su ruta por el desierto sirio hasta Bagdad.

Al llegar a Palmira hallé un alojamiento donde dejé mi pequeña bolsa y salí a recorrer los alrededores.

Palmira era un pequeño pueblo en el medio de un oasis, con ruinas de palacios romanos que databan del primer siglo antes de Jesucristo, un anfiteatro más un castillo árabe en la cima de una colina, al que ascendí.

Palmira fue brevemente, a finales del siglo III, la capital de un imperio regentado por la mítica reina Zenobia.

No había turistas esos días; era el único extranjero en la ciudad y todos se sorprendían al verme y me sonreían. Incluso abrieron el museo de historia especialmente para mí.

Los sirios califican a Palmira la “octava maravilla del mundo”. Aunque exageran, sí que el sitio tiene mucho encanto. A mí me gustó, me parecía sentir la frenética actividad de otros tiempos que allí se desarrolló.

El tercer día de mi estancia abandoné Palmira y viajé en autobús a Damasco.

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132 - CRAC DE LOS CABALLEROS Y QAL’AT SALAH EL-DIN

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En mi camino de regreso desde Damasco a Turquía me detuve por un día y una noche en el castillo de Crak de los Caballeros (Krak des Chevaliers), construido en la cima de una colina por los cruzados, cerca de la frontera con EL Líbano.

El castillo hacía las veces de hostal a precios abordables. Me cobraron 5 dólares americanos por pasar allí la noche. Tenía a mi disposición dos cocineros, tres camareros más una moza de limpieza que me colmaron de zalamerías.

Hice amistad con Mahmoud, un joven de 19 años que estaba destinado en Beirut, pero durante sus días de permiso se desempeñaba de guardián del castillo para ganar un poco de dinero extra.

Tras la cena me retiré a dormir en un enorme y regio aposento, donde seguramente se alojaba el prior de la Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén en tiempos de los cruzados.

Me desperté al amanecer y no vi a nadie en el castillo, lo que me produjo una sensación extraña. Me asomé al exterior por un balcón de la Torre del Homenaje y sobre las 7 de la mañana divisé cómo llegaban el guardián con las llaves más los dos cocineros, los tres camareros y la moza de la limpieza para prepararme el desayuno ¡Me habían dejado solo en el castillo durante la noche!

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133 - ISOLE EOLIE (ISLAS EÓLICAS)

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Tras visitar el Patrimonio Mundial denominado “Monumentos árabe-normandos de Palermo y los duomos de Monreale y Cefalú”, tomé el tren con destino a Milazzo, para abordar un ferry a la isla de Stromboli.

La islas Eolias están compuestas por siete principales. Tal vez en la elección de Stromboli entre las siete islas que componen el archipiélago tuvo algo que ver la película “Stromboli, Terra di Dio”, interpretada por Ingrid Bergman, que había visto de niño. Además ¡qué caramba! la palabra Stromboli suena muy bien al oído, evoca aventura, exotismo, emociona tan solo pronunciarla, como Timbuktú, Samarkanda, o Pernambuco.

El ferry iba haciendo escalas en diferentes islas lo cual me daba la oportunidad de admirarlas de cerca y hasta de descender brevemente durante sus escalas.
No fue difícil encontrar alojamiento al llegar a Sttromboli; en el puerto esperaban los dueños de los pocos hostales que allí hay. Había descartado dormir en la playa por el frío que hacía al encontrarme en el mes de diciembre.

Pretendía realizar el trekking al volcán al día siguiente, pero un matrimonio de belgas que viajaban en el mismo ferry me convenció para que los acompañara esa misma noche, con ayuda de linternas de espeleólogos que portaban. Ambos eran muy aventureros y me contaron los trekkings que habían efectuado por todo el mundo, sobre todo en las montañas del Himalaya. También habían realizado el Camino de Santiago a pie. Acabamos alojándonos en el mismo hostal.
Tras dejar las bolsas en nuestras habitaciones respectivas partimos hacia el volcán. La caminata nos tomaría unas dos horas hasta arribar al cráter a través de senderos sinuosos. Cada diez o quince minutos se producía una erupción. El ver el fuego, el humo y el lanzamiento de la lava desde tan cerca, nos emocionaba hasta el máximo de los extremos.

Al ascender a nuestro objetivo el espectáculo que teníamos ante nuestros ojos era majestuoso y nos hacía sentir pequeños, insignificantes.
Permanecimos en un estado de recogimiento junto al volcán durante una hora. Al regresar al pueblo lo celebramos cenando en la única pizzería abierta a esas horas, e ingerimos, mano a mano, una buena garrafa de vino de Chianti.
Por la mañana visité la iglesia (donde entré para comprar un cirio) y me paseé por los callejones, hasta que se hizo el medio día, cuando abordé un ferry que me devolvió a Milazzo.

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134 - FUJISAN, LUGAR SAGRADO Y FUENTE DE INSPIRACIÓN ARTÍSTICA

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Existen cinco puntos de partida para iniciar el trekking hasta la cima del Fujiyama, de 3776 metros de altura, cuyo ascenso está sólo permitido durante los meses de julio y agosto: Mishima, Fujinomiya, Gotemba, Subashiri y Kawaguchiko.
En el año 1990 abordé un autobús a Kawaguchiko y de allí otro pequeño hasta los 2300 metros de altitud, en la quinta etapa (existen diez etapas). De allí comencé a ascender a pie. Había miles de japoneses recitando letanías Shinto por el camino.

Caminé durante cinco horas realizando breves paradas. Había ryokans o casas de huéspedes donde uno se podía quedar a dormir a un precio moderado. También se vendía agua potable a razón de 100 yens por vaso. Si deseabas que te pusieran un sello o muesca en el bastón (yo no llevaba) te pedían 100 yens. Todo estaba comercializado en ese sendero, pero era bello, vi lagos y multitud de cedros.
Al llegar a la novena etapa, casi en la cima, me acosté en un ryokan. Me levanté a las 5 de la mañana y caminé hasta la cima para disfrutar de nuevo la vista maravillosa del entorno y la salida del sol.

Se dice que el cráter del Fujiyama es el más perfecto del mundo. Yo lo comparaba al del volcán Mayón, cerca de Legazpi, en Filipinas.
Me recreé durante varias horas allí arriba. Para descender prefería hacerlo en dirección Mishima, para no repetir el mismo sendero.
Al llegar a Mishima observé que había fiestas, fuegos artificiales, cañonazos, tracas, bengalas y la gente bebía sin coerción vasitos de sake. Al notarme extranjero me saludaban inclinando el cuerpo hacia adelante hasta alcanzar los 90 grados.

Pronto una familia de japoneses compuesta por el marido, la esposa y un niño, simpatizaron conmigo y me invitaron a bebidas con burbujas para celebrar que había conquistado el Fujisan. Fueron los que me regalaron las fotos que aquí adjunto.
Había sido una excursión excelente.

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135 - CIUDADELA DE ERBIL

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Fue más fácil y barato de lo esperado penetrar en el Kurdistán Iraquí. Había pasado la noche anterior visitando Mardin y los monasterios cristianos sirios de los alrededores. Por la mañana me embarqué en un autobús con destino a Slopi, donde esperé hasta que un taxi se llenó de pasajeros y me fui con ellos a la frontera. Allí los oficiales iraquíes me estamparon de manera gratuita un sello con un permiso de estancia en el Kurdistán Iraquí de 15 días. Eso sí, no podría cruzar al otro lado del país, cuya capital es Bagdad.
Una vez en Iraq cambié euros por dinares, a razón de 16.000 dinares por 1 euro. Y acto seguido abordé otro taxi compartido hasta Duhok, y aún otro más hasta Erbil.

Por el camino vi multitud de camiones y tractores que transportaban refugiados, sobre todo mujeres y niños kurdos que huían de Mosul.
Entré en el zoco de Erbil, en cuyo interior encontré un hotel básico pero suficiente para mí. Dejé mi pequeña bolsa y salí a explorar la ciudad.
Subí a la ciudadela, cuya visión desde el centro de Erbil era imponente, espectacular, inspiraba aventura, la asociaba a las películas de moros y cruzados que había visto de pequeño en el cine.
Unos letreros indicaban en árabe e inglés el camino para ascender arriba, a la ciudadela amurallada.
Entré por la Ahmed Gate.

Adentro vi mezquitas, una tienda de suvenires (alfombras, lámparas de Aladino, y quincallería en general). Y había un guardián que no me dejó ver mucho más que una mezquita, un jamán y algunas casas deshabitadas. Me contó que en el interior solo vivía una familia, y se estaba reconstruyendo la ciudadela gracias al dinero que aportaba UNESCO para hacerla más atractiva para los turistas.
Letreros en árabe y en inglés prohibían el paso al interior de la ciudadela.
Me quedé desilusionado. Había leído que Erbil era una de las ciudades más antiguas de la Humanidad habitadas permanentemente, junto a Tabriz, Jericó y algunas más. Pero allí solo vi a un hombre y nadie más.

Por lo menos, las vistas desde la ciudadela eran majestuosas.
Al rato aparecieron dos viajeros de Finlandia que acababan de llegar de Irán y se dirigían a su país tras haber realizado una larga vuelta al mundo. Me uní a ellos y descendimos al bazar para beber algo, a pesar de que estábamos en el sagrado mes musulmán del Ramadán, pero a nosotros, como extranjeros, se nos permitía todo. La temperatura debía superar los 45 grados centígrados, por eso teníamos mucha sed.

El día siguiente me paseé con los dos finlandeses por el zoco y descubrimos mejor la ciudad a pie. Y al otro ellos entrarían en Turquía y yo viajaría en autostop a Lalish, la sagrada ciudad de los Yazidíes para intentar aprender un poco sobre su religión.

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136 - PARQUE NACIONAL DE ULURU-KATA TJUTA

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Iba viajando en autostop alrededor de Australia. Llegado a Alice Spring me interesé por visitar Ayers Rock (en el año 1983 se llamaba así a este peñón, el monolito más grande del planeta, pero hoy se le conoce por Uluru, que significa Gran Guijarro, mientras que a las montañas Olga se les llama hoy Kata Tjuta que significa Muchas Cabezas).

Pasaban las horas y nadie me paraba. Estaba dispuesto a pagar por un billete de autobús, pero me dijeron que no había servicio a Uluru. Seguí esperando hasta que un autobús me paró. No era de servicio regular sino de una agencia de viajes. El guía conducía a una veintena de turistas y me propuso llevarme a un precio muy reducido, con la condición de no desvelarlo a los demás clientes. La excursión duraba dos días con una noche y tendría alojamiento en un albergue. Eso sí, debía sentarme en un escalón de la puerta de atrás del autobús.
Acepté y subí a bordo.

Una vez en Ayers Rock escalamos con ayuda de una cadena. Era fácil. Al llegar a la cima había un libro de visitas y todos firmamos y pusimos nuestros nombres y alguna frase de exaltación, pues la vista era fabulosa. Hubo grupos que lo celebraron con champagne, pero el mío no.

Al bajar nos condujeron a un albergue dormitorio. Por la mañana nos transportaron a las Montañas Olga, o Kata Tjuta y de nuevo nos dieron tiempo libre. Había valles y cataratas, montañas y jungla. Era bello, aunque me impresionó más Ayers Rock.
Subí a lo más alto de una montaña para apreciar el paisaje.
Pocas horas más tarde regresamos a Alice Springs y proseguí mi viaje en autostop alrededor de Australia.

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137 – RESIDENCIA DE MONTAÑA Y TEMPLOS VECINOS EN CHENGDE

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Desde la estación de autobuses tomé otro local hacia la zona de los templos, en las afueras de la ciudad.

Comencé por la visita al templo tibetano, que parecía una reproducción más pequeña del Potala, en Lhasa, Tíbet. De hecho era un tercio del tamaño original tibetano. Ese templo se llama Putuo Zongcheng, o también Potalaka, tal como estaba escrito en la traducción al inglés en el ticket de entrada. También allí se explicaba que ese complejo de templos representaba el parque imperial más grande del mundo.

Había muchos turistas extranjeros procedentes de diversos países de Europa y América, a juzgar por las lenguas que utilizaban, incluyendo el español con acento hispanoamericano. Venían de Beijing en autobús, en una excursión programada de un día conducida por un guía chino.

La vista del templo y del entorno era impactante. La fachada roja del Potalaka con figuras en cada planta mostrando imágenes de cerámica representando al Buda Amitabha era de una belleza única y conmovedora.

Visité con meticulosidad cada sala, cada una de las seis plantas, cada detalle. Varias placas mencionaban al emperador Qianlong y el número 60. Los años que reinó (ha sido el reinado más largo en la historia de China) estaban simbolizado en varios detalles, como la construcción del templo en 1771, cuando Qianlong cumplía 60 años de edad. El templo se compone de seis plantas y hay seis estatuas del Buda Amitabha en cada una de ellas. Para más casualidad, Qianlong fue el sexto emperador de la dinastía manchú Qing.

Pero una vez arriba del templo me extasié aún más por la majestuosidad del paisaje que se abría ante mis ojos. Además de la vista de todos los templos, a lo lejos se divisaban las montañas Qingshui, y sobre ellas sobresalía una peña peculiar llamada Roca del Martillo, nombre dado por su forma parecida a esa herramienta.

Una vez en la entrada del templo me dirigí a pie al centro de la ciudad, donde se hallaban otros grupos de templos y pagodas no menos interesantes. El nombre de todo el complejo de templos se llamaba Ocho Templos Exteriores, aunque en realidad había doce. Pero una vez visto Putuo Zongchengzhi los demás los visité por obligación. Vi una pagoda de 70 metros de altura que se considera la más alta de China, jardines imperiales, más otros templos y palacios.

Cuando empezaba a oscurecer me dirigí a la estación de trenes y abordé uno de ellos con destino a Beijing, y una vez allí inmediatamente empalmé con otro tren hacia la ciudad de Ping Yao, en la provincia de Shanxi, para visitar otro Patrimonio Mundial.

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138 – LAGO BAIKAL

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Nadie que viaje en el tren Transiberiano se deja la escala en Irkutsk para poder acercarse al lago Baikal, la atracción turística número uno de Siberia.
Desde Irkutsk se puede llegar a la turística población de Listvianka, sea en autobús o en barco a lo largo del río Angará, que se halla a orillas del lago. Además, en Listvianka hay un museo de limnología dedicado al estudio del lago Baikal.

Muchos viajeros incluso navegan a la Isla de Oljón para divisar unas focas únicas del lago Baikal y, de paso, degustar “omul”, un pescado endémico de ese lago.
En tiempos de la URSS ya había estado repetidas veces en Irkutsk y en Listvianka, por ello en un viaje posterior, a inicios del siglo XXI, preferí volver a visitar el lago Baikal, pero desde el norte, precisamente desde una población a orillas de ese lago llamada Severobaikalsk, que significa “norte de Baikal”.

Me quedé atrapado en esa ciudad tres días. Mi meta era Yakutia, pero el tren sólo llegaba a Severobaikalsk, y allí debía esperar a otro tren que llegaría por la línea BAM (Baikal Amur Mainline).
Esos tres días estuve más solo que la una en mi cuarto de la estación del tren, pues a ningún turista se le ocurre viajar por esa zona inhóspita de Siberia. Menos mal que los buriatos son muy amables e hice amistad con ellos en el mercado, donde a diario comía pescado omul acompañado de una cerveza, o bien de una copita de vodka (bueno, a veces dos copitas).

Los buriatos son en su mayoría budistas pero también entre ellos se encuentran muchos chamanes. Para llegar al lago a pie debía atravesar una zona llena de follaje con árboles, en cuyas ramas los buriatos habían colgado cintas con deseos, como suelen hacer los chamanes.
En Severobaikalsk había un monasterio budista y una iglesia ortodoxa.
Los tres días no se me hicieron largos gracias a mis amigos del mercado y a mis paseos diarios por la orilla del lago Baikal.
El cuarto día proseguí mi viaje por el BAM hasta empalmar en Tynda con la línea de tren AYM (Amur Yakutsk Mainline).

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139 – CENTRO HISTÓRICO DE MACAO

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En la entrada a Macao observé que los letreros estaban escritos en bilingüe: chino y portugués, y a veces también incluían el inglés. Leí: “Entradas”, y aún en otro letrero: “Ben Vindo a Macau”. Me sentía en casa, pues el portugués es un idioma de la península Ibérica hermano del español, y muy fácil de entender.

Más adelante leí “Alfândega” (Aduana), y “Posto Fronteiriço das Portas do Cerco”.

Una vez cruzada Emigración, los nombres de las calles estaban también en bilingüe, aunque, en la práctica, absolutamente nadie hablaba el portugués, y eso que preguntaba por curiosidad a los chinos por las calles, y todos sonreían y me contestaban: “wo bu dong” (yo no comprendo).

Aunque había pasado varios días en Macao en 1982, en esta nueva visita todo me parecía nuevo.

Con gran curiosidad iba leyendo los nombres de las calles, como Rua de Afonso de Albuquerque, Largo da Companhia de Jesus, Igreja de Santo António, Jardim de Camões, Museu dos Bombeiros, Correios, Petiscos e Pastéis de Belém, etc., hasta que ¡sorpresa! una calle estaba dedicada a uno de mis héroes viajeros: “Rua de Fernão Mendes Pinto”.

Había estudiado la historia aventurera de Fernão y comprado en Lisboa su libro “Peregrinação”, pero ignoraba que tuviera una calle dedicada a él en Macao, lo cual, pensándolo bien, era normal, pues durante sus dos décadas de viajes y aventuras por Asia en el siglo XVI, es lógico deducir que durante alguna de sus cuitas por Extremo Oriente escalara en Macao, que era colonia portuguesa.

Como buen turista, esa mañana repasé en Macao todos los monumentos inscritos en el el Patrimonio de UNESCO, es decir, la fachada de la catedral de San Pablo, construida en estilo barroco, que es la única parte que quedó en pie tras un incendio en 1835; entré en Santa Casa da Misericordia, en la catedral y en diversas iglesias erigidas por los portugueses.

Me detuve en una casa de “petiscos” para comprar varios “Pastéis de Belém”, unos dulces portugueses que adoro, y cada vez que paso por Lisboa me acerco a una famosa cafetería junto al Monasterio de los Jerónimos para degustarlos.

Fue cuando, al sentarme en un banco junto a la fortaleza portuguesa para comérmelos, advertí una imponente estatua metálica que no había visto en 1982. Representaba al padre italiano Matteo Ricci a su paso por Macao antes de proseguir a otros lugares de China, la cual me llenó de gozo.

Tras esta parada junto a la fortaleza y después de haber disfrutado los Pastéis de Belém, me dirigí a pie a la salida de Macao a través de la zona con los casinos de juego. Cuando llegué a la “Terminal Marítimo de Passageiros do Porto Exterior”, compré un billete en un ferry y viajé a Kowloon, en Hong Kong.

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140 – PLAZA DE SÃO FRANCISCO EN SÃO CRISTÓVÃO

Apenas asomaba el sol cuando llegué a São Cristovão. El conductor del autobús me dejó ante una empinada colina. No había nadie por las calles. Al rato oí ruidos y me acerqué a ver de qué se trataba. Era una señora que estaba levantando la persiana de su panadería, donde preparaba cafés y bollos de nata. Esperé a que me sirviera un buen desayuno antes de explorar esa ciudad.

Tras el refrigerio caminé a la vecina plaza de São Francisco. La primera impresión, a pesar del encanto de las iglesias, fue constatar el deterioro y abandono de los edificios, lo que me extrañó; parecía una ciudad decrépita. Pensé que el ayuntamiento debería invertir en la preservación de los sitios históricos, ya que ellos motivan la afluencia de turistas a São Cristovão.

Iba a expresar estas quejas en la oficina de turismo, situada en esa misma plaza, pero al parecer ese día no abrió.

La plaza de São Francisco era preciosa, así como los conventos, el palacio provincial, la Casa de Misericordia y todas las iglesias adyacentes que visité.

Los holandeses fueron los salvajes que destruirían esa ciudad hasta dejarla en ruinas durante su invasión del Brasil. Los hispano-lusos (esa barbarie holandesa ocurrió durante la unión de España y Portugal) los expulsaron.

Al mediodía regresé a Aracaju, que visité durante un par de horas, hasta que abordé un autobús que me dejaría entrada la noche en la rodoviaria de la ciudad de Salvador, donde esperé la llegada de un amigo brasileño que me depositó en su coche en el centro histórico de San Salvador de Bahía, otro Patrimonio Mundial.

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141 - PARQUE NACIONAL DE GARAJONAY

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Visité este extraordinario Parque Nacional en diciembre del 2012, no en sus mejores momentos pues en agosto de ese mismo año había sufrido un incendio fatídico, lo que se consideró una gran tragedia para los amantes de la naturaleza.

En San Sebastián de la Gomera, donde estaba alojado, abordé un autobús hasta la parada Pajaritos, y de allí comencé a caminar. Primero realicé en 6 horas la Gran Ruta Circular. La caminata por los senderos es suave, y si tardé tantas horas fue porque me recreé en el follaje (iba acompañado de mi novia, que no está acostumbrada a hacer senderismo), pues se puede realizar en menos tiempo.
Durante nuestra visita el parque no se había recuperado, aunque noté brotes verdes por todas partes y el bosque volvía a ser poderoso poco a poco.

Lo recorrimos por completo, todas las variantes. Había letreros con el signo de UNESCO que te ayudaban.
Observamos pinos y cedros, hasta una capilla católica en medio de la maleza, además de un restaurante muy popular, pues estaba lleno de canarios comiendo con fruición platos típicos.
Hay que detenerse en el Mirador del Alto Garajonay, pues era un lugar sagrado de los Guanches, ya que allí realizaban ritos paganos.

Lo único que no aconsejaría (aunque nosotros lo hicimos gozosos) fue descender por un barranco empinadísimo, con el único objetivo de ver un salto de agua (un hermano menor del Salto Ángel de Venezuela), llamado El Chorro del Cedro. Pero al llegar, el chorro era casi imperceptible. Ya no podíamos volver atrás y la bajada fue dura. Casi perdemos el último autobús desde Hermigua.
Regresamos a San Sebastián de la Gomera a las 6 de la tarde. Durante el día siguiente apenas podíamos caminar de las agujetas que teníamos de la caminata del día anterior.

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142 – FERROCARRILES DE MONTAÑA INDIOS

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He tenido la suerte de viajar en estos dos trenes, que en la India llaman “Toy Train”, fue en el año 1989. El primer tramo lo realicé desde Darjeeling hasta Jalpaiguri, o unos 80 kilómetros, trayecto que al tren le tomó 8 horas en recorrer. El tren arrastraba dos vagones de 17 asientos cada uno, y la locomotora funcionaba con carbón que uno de los maquinistas echaba a la caldera con ayuda de una pala. Hizo varias paradas entre Darjeeling y New Siliguri.

La altura del tren era de unos 2 metros y el ancho de las vías no sería de más de 50 centímetros. El maquinista tocaba el claxon en los cruces y en las curvas para no atropellar a los indios. A veces se atravesaban poblados. En una ocasión el tren se paró unos segundos para no arrollar a un hombre que estaba acuclillado en medio de la vía desembarazándose de sus deposiciones fisiológicas, y hasta que no acabó de su faena no se levantó, mientras nosotros esperábamos. Las vistas de las montañas eran extraordinarias, así como el follaje y las plantaciones de té que atravesamos.

El segundo “toy train” que abordé fue meses más tarde en Mysore y me llevó hasta Ooty, o su verdadero nombre Ootacamund (a no confundir con Ocata de Munt, en la provincia de Barcelona, España). Iba viajando con una chica de Almería que vivía en Suiza (María) y ella fue la que me dio las fotos. La de la niña la tomó en el tramo de Karnataka; era su vecina de asiento.

Nos separaron en el tren, yo iba en el vagón de los hombres y ella en el de las mujeres. Ese segundo trayecto fue más selvático que el primero. Viajar en esos trenes era como una atracción de Disneylandia.

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143 - MISIONES DE SAN ANTONIO

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Me alegré cuando UNESCO incluyó en el año 2015 las misiones españolas de San Antonio en su lista de Patrimonios de la Humanidad. Ahora espero que también acepte en un futuro las fantásticas 31 misiones de California (de las cuales conozco unas cuantas), o las 124 originales de Florida, además de muchas otras en otros estados, a pesar de que los estadounidenses no son muy dados a reconocer los logros culturales de países extranjeros en su territorio, y por ello ni siquiera se hallan esas 31 misiones californianas (las más exquisitas y entrañables) en la lista indicativa de UNESCO. Todavía no han digerido el hecho de que la primera ciudad de Estados Unidos, San Agustín (en el estado de Florida), fuera fundada por los españoles en 1565, y la primera capital de uno de sus estados, Santa Fe (estado de Nuevo México), también fuera obra de los españoles en 1610.

Llegamos en un camión a San Antonio de noche, en autostop desde Nueva Orleans, donde habíamos celebrado el día de Navidad escuchando jazz en la Bourbon Street. Nuestro objetivo era llegar a Chihuahua para embarcarnos en el tren atravesando las Barrancas del Cobre, y celebrar allí la entrada del Año Nuevo 1984.
Pero San Antonio nos complació tanto que resolvimos pasar allí dos días, paseándonos en barca por el río San Antonio y visitando las misiones españolas.
Cuando entramos en El Álamo visitamos todo el complejo y asistimos a la proyección de una película “histórica”.

No, no era la de El Álamo de 1960, interpretada por John Wayne haciendo de David Crockett, sino todavía peor y de más calado político. Era una verdadera ofensa al pueblo mexicano. Además, hoy se sabe que el tal David Crockett no fue el héroe que los estadounidenses pretenden, sino un malandrín y bandido que traficaba con esclavos y que se rindió rogando clemencia a la primera de cambio, camuflado entre un grupo de mujeres. Pero al General Santa Anna no le engañó y lo mandó fusilar, por traidor.
Resulta que tiempo antes unos emigrantes estadounidenses (de Tennessee) solicitaron permiso al Gobierno de España en el actual territorio de Texas para instalarse y trabajar, y España noblemente lo concedió, para tiempo después, cuando México heredó ese territorio de España, pretender separar Texas de México y entregárselo a los Estados Unidos. Naturalmente, los mejicanos actuaron contra tales traidores y atacaron El Álamo, desde donde se originó esa traición. En el Álamo se encontraban unas 200 personas, los estadounidenses, junto al David Crockett (también nativo de Tennessee), más otros colonos de origen canario (hijos de españoles de las Islas Canarias). En la contienda murieron más mejicanos que secesionistas, pero los soldados mejicanos se impusieron y acabaron con todos los habitantes de El Álamo.

La película de propaganda presentaba a los mejicanos como crueles asesinos, mientras que los colonos eran poco menos que angelitos, cuando en realidad eran viles traidores.
Yo me quedé dormido a los pocos minutos, no soportaba tanta infamia y falsedad histórica y me solidarizaba con los mejicanos. Me tuvo que despertar mi compañera cuando acabó la película.

Por todas partes había frases como “Remember the Alamo!” y mostraban el tratado de cesión firmado con el General Santa Anna (Antonio López de Santa Anna), que había sido capturado en otra batalla posterior a la de El Álamo, y el mapa del territorio correspondiente al actual estado de Texas cedido a los Estados Unidos de América. El Gobierno de México no lo reconoció, ya que Santa Anna no tenía la autoridad para firmarlo y menos aún siendo prisionero de guerra y bajo amenaza de muerte.
Pero los hechos son los hechos y hoy Texas, junto a Nuevo México, Arizona, California y aún varios estados más, se encuentran en territorio estadounidense tras haber sido conquistados a México.
A propósito, la Misión de San Antonio de Valero era maravillosa y disfrutamos la visita. Fue fundada por Fray Antonio de Olivares, nativo de Moguer, en Andalucía.
A la mañana siguiente proseguimos en autostop hacia México y pocos días después abordamos el especular tren desde Chihuahua a Los Mochis.

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144 – SANTUARIOS DEL PANDA GIGANTE DE SICHUAN

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UNESCO incluye en este Patrimonio dieciséis lugares cercanos a la ciudad de Chengdu. A finales del siglo XX pude visitar uno de ellos, pero carezco de fotos de mi primera visita. Aproveché una visita posterior, muchos años más tarde y ya con una cámara de juguete y de bolsillo que me regaló mi novia, para mientras esperaba un vuelo a Lhasa, en el Tíbet, acercarme a un centro de cría, llamado Panda Breeding Center, ya que los osos panda en estado salvaje son escasos, apenas superan los 1000 ejemplares, por ello lo más fácil es apuntarse a un tour para verlos en uno de esos santuarios, algo que también hice cerca de Hobart, en la Isla de Tasmania, para contemplar los famosos “Diablos de Tasmania”.

La excursión fue barata y nos apuntamos a ella varios clientes de un dormitorio de mochileros. La furgoneta nos depositó en la entrada del centro y el chófer nos advirtió de que nos esperaría tres horas antes de devolvernos al hostal de Chengdu.

Este tiempo fue más que suficiente para recorrer todas las instalaciones y admirar la belleza y ternura de los osos panda, tanto los “clásicos” de manchas blancas y negras, como los rojos, que se te entrometían entre las piernas en los senderos de madera.
Fue una experiencia conmovedora, la visión de esas criaturas y ver cómo pasaban el tiempo entre comer bambú y dormir, incluso trepando árboles, te llegaba al alma.

Ese centro no era un zoológico tal como existen en Europa, sino que los animales (conté no menos de cien osos) vivían casi en completa libertad. Eso sí, había unas cercas que te impedían acercarte a los osos panda, y también ellos a ti, pero los osos rojos estaban en libertad por la maleza. Allí en ese centro los alimentaban bien con bambú y estaban todos lustrosos y bien majos; se les veía satisfechos durmiendo en el follaje con la panza hacia arriba.
Nosotros, los turistas, también estábamos satisfechos por haber admirado por unas pocas horas a esos animales entrañables y regresamos jubilosos a nuestro dormitorio; había sido una inolvidable experiencia.

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145 – DÓLMENES DE ANTEQUERA

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El complejo comprendía dos dólmenes sobre un montículo de tierra, dando la apariencia de cuevas. La entrada a ellos era gratuita. Un tercer monumento megalítico, Tholos del Romeral, se hallaba a varios kilómetros, pero no iría, pues, según me dijeron los empleados del sitio, para llegar a pie a él se debe atravesar la autopista, lo cual está prohibido a los peatones.

Entré en ambos dólmenes, Menga y Viera, y me quedé admirado de las colosales dimensiones de las piedras, superiores a las que conforman el sitio de Stonehenge, en Inglaterra, que había visitado años atrás.

En su interior me parecía estar dentro de un templo, pero en realidad eran sepulcros. Me hubiera gustado dormir en alguno de ellos de habérseme permitido hacerlo.

Seguí por los corredores fijándome en todos los detalles, como en un pozo en el dolmen de Menga.

La orientación de ambos dólmenes debía haber sido diseñada por conocedores de la ciencia de la astronomía, pues la luz del sol al amanecer entraba en ellos durante los equinoccios de primavera y otoño alumbrando el fondo de las cámaras mortuorias, y también calculaban los solsticios de verano e invierno. Además de sepulcros, estos dólmenes cumplían funciones para ayudar a determinar las temporadas a los antiguos habitantes, que eran dependientes de la agricultura.

No visitaría las originales formaciones rocosas que componen el Torcal, al estar lejos de Antequera y no disponer de coche, ni querer gastarme mis últimos euros en llegar allí en un taxi. Tan sólo admiré desde la distancia la Peña de los Enamorados, cuya silueta se me antojó como la cara de un indio.

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146 - COMARCA NATURAL, CULTURAL E HISTÓRICA DE KOTOR

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Iba viajando por los países de la ex Yugoslavia casi de manera ilegal en unos tiempos cuando las nuevas fronteras aún no estaban definidas entre las antiguas repúblicas que comprendían ese hoy extinto país. Llegaba a Kotor desde Kosovo, mitad en autostop y mitad en autobuses, y en la frontera los soldados de las Naciones Unidas (casi todos eran italianos) no me pusieron ningún sello sobre mi pasaporte. Al ver que era español me hacían un gesto para que siguiera adelante. Era extraño. En el pasado había tenido problemas en otros países por carecer de los sellos de entrada o salida de las fronteras.

Me quedaban dinares yugoslavos, o serbios y, oficialmente, tanto Kosovo como Montenegro en teoría todavía eran parte de Yugoslavia. Pero no me los aceptaron y tuve que pagar en euros el bocadillo de mortadela que me comí en la parte posterior de las murallas de Kotor. Usaba la lengua italiana para comunicarme con la gente, pues casi todos los locales la dominaban.
Esa noche quería dormir en Tirana; no había servicios de autobuses con Albania, sólo autostop. Por ello visité Kotor por unas 4 o 5 horas, desde la madrugada, cuando llegué, hasta que me comí el bocadillo de mortadela, poco antes del mediodía.

Me agradó mucho Kotor y su bahía, penetré por un portal de sus murallas que exhibía la bandera del nuevo país. Entré en la catedral católica, llamada San Trifón, en medio de la misa. Esperé a que acabara, comulgué y a continuación compré un cirio. Tras ello contemplé el símbolo de Kotor, además de las murallas, que representaba lo que me dijeron en inglés que era la Clock Tower (la Torre del Reloj).

Esperé poco más de media hora en las afueras de Kotor a que un montenegrino me llevara unos kilómetros más adelante hacia el sur. En un segundo “ride”, al pasar por Sveti Stefan, me encantó tanto la visión de esa casi isla que pedí al conductor del coche que frenara para visitarla, cosa que hice por un par de horas. Me recordó al Monte de Saint Michel, en la Baja Normandía francesa.
Tras Sveti Stefan proseguí el autostop y llegué a Tirana hacia las 11 de la noche.
Los agentes de inmigración albaneses sí que estamparon mi pasaporte con un sello de entrada. Volvía a viajar de manera legal.

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147 - RUTA DE LA SEDA: LA RED DE RUTAS DEL CORREDOR CHANG’AN – TIANSHAN

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El visitar como Dios manda este Patrimonio de la Humanidad es un encaje de bolillos, y no necesariamente de seda. He calculado que te puede tomar tres meses recorrer los cuatro tramos en los que UNESCO establece esta ruta colosal, con 33 sitios de tránsito localizados en tres países: China, Kazakstán y Kirguistán, a saber:
1 – Centro de China
2 – El Corredor del Hexi, en la provincia de Gansu
3 – Norte y sur de las Montañas Tianshan en Xinjiang
4 – Regiones de valles en Kazajstán y Kirguistán
Se suele aceptar Xi’an como inicio/final de esta ruta, con variantes a Beijing, Luoyang, Chengdu, y hasta Guangzhou.

El “Kilómetro Cero” podría ser la Gran Pagoda del Ganso Salvaje de Xi’an. Y es en esa plaza donde se yergue una atractiva estatua metálica representando a un experto en esa ruta, el monje chino Xuanzang, seguidor de sus predecesores, también chinos, Zhang Qian (el precursor de la Ruta de la Seda) y Fa Xian.
Yo he podido realizar en fragmentos la Ruta de la Seda en diversos viajes, usando principalmente el tren, aunque también el autobús (como para atravesar el Paso Torugart entre China y Kirguistán). Excepto el oeste de Sinkiang y ese paso de Torugart para alcanzar Kirguistán, el resto de la Ruta de la Seda en China se puede efectuar tranquilamente usando trenes, incluido el paso de Zungaria para penetrar en Kazakstán.

Personalmente, el fragmento donde más me he sentido subyugado por el exotismo y belleza del lugar, ha sido el comprendido entre Kashgar y Bishkek cruzando el paso Torugart, con paradas en el antiguo caravanserai de Tash Rabat (que fue un monasterio nestoriano), parada de camelleros, y en el Lago Issyk-Kul.
Otro fragmento espectacular es el que conduce de Turfan a Lanzhou, donde se atraviesan complejos de cuevas albergando estatuas budistas (como las de Mogao y Bezeklik) de una belleza e interés que están más allá de la imaginación.
China, junto a Kazajstán, está desarrollando un proyecto para revitalizar esa ruta legendaria, por ello en diferentes ciudades a lo largo de la Ruta de la Seda se pueden hallar monumentos o placas recordándola.

Además de Xi’an (ciudad crucial en la Ruta de la Seda), son también importantes en esta ruta Chengdu, y también la Puerta del Este en Xining, ciudad cruce de caminos, tanto para viajar a Lhasa en el Tíbet, como para continuar hacia Xinjiang por el Corredor del Hexi, subir a Mongolia, o dirigirse a Beijing.
La ruta más directa hacia Europa era la que iba vía Kashgar (Kashi) y Samarcanda, pero también existía la que pasaba por Kazajstán, otra que entraba en Afganistán, y hasta había una ruta marítima.

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148 - ABADÍA DE SAINT GALL

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Llegué bien temprano a Sankt Gallen, o San Galo en español, un monje irlandés del siglo VI que llegó acompañando a un monje para cristianizar a los indígenas del actual país de Suiza.
Pregunté a los nativos por la catedral y la biblioteca y me dirigieron hacia estos sitios, que estaban a tiro de piedra de la estación del tren.
Me detuve frente a un complejo de edificios de gran magnificencia. Junto a una fuente había erguida una estatua que representaba a San Galo.
Entré en la catedral, que ya estaba abierta a esas horas. Su interior era bello, tanto sus frescos de la cúpula como la decoración de madera.
En un lateral de la catedral leí un signo que decía Stiftsbibliothek. Era la Biblioteca. También había allí una escuela.
Subí al primer piso y compré un ticket para poder visitar la Biblioteca, pero en su interior no permitían hacer fotografías.
Observé antiguos manuscritos y mapas antiguos. Aquello era de una belleza inimaginable, y me recordaron a los manuscritos de las bibliotecas del Vaticano, o de El Escorial. El mapa más valioso era una copia del original del año 1571. Una guardiana me informó que el mapa verdadero, hecho en Alemania, se hallaba en un museo de Zurich, desde que les fue robado por las tropas de esa ciudad en el año 1712.
Tras la biblioteca descendí en un ascensor al sótano, donde continué con mi visita a la parte arqueológica. En el sótano me dejaron hacer fotografías.
Me sorprendí de haber sido el único visitante de esos tesoros, por lo cual la guardiana me mimó y no paró de darme explicaciones históricas sobre todos los mapas y objetos allí expuestos.

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149 – CENTRO HISTÓRICO DE SAN MARINO Y MONTE TITANO

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Había estado ya en San Marino a finales del siglo XX, pero no me quedé allí a dormir, Abordé un autobús en Rimini por la mañana y a media tarde regresé a Rimini.
Pero años más tarde me inscribí en un club de viajeros virtual y gratuito de Dinamarca, y en él esa visita a San Marino no me contaba, pues era condición sine qua non pasar una noche en un país para considerarlo como visitado, o bien 24 horas seguidas.

Días atrás había pasado una noche en Liechtenstein por el mismo motivo, y días más adelante pasaría cuatro noches seguidas dentro de mi saco de dormir en la Piazza di San Pietro, en el Vaticano, por lo mismo.

Regresé a San Marino y esta segunda vez, sí que me quedé a dormir. Como allí la Policía no admiten vagabundos ni a nadie a dormir en la calle, localicé un hotelito a precios moderados (20 euros) e hice el sacrificio de pagarlos para cumplir la condición del club danés.
Como la primera vez, visité de nuevo los atractivos turísticos de San Marino, paseando por sus callejones y entrando en sus museos y otras construcciones notables cercanas a la Piazza della Libertà, como el Pallazo Pubblico y el Parlamento. Visité la Iglesia de San Francisco, la Basilica di San Marino, los jardines y fortalezas, y cuando estuve cansado me senté en un banco de madera y me comí varios helados riquísimos.

Tuve la tan buena fortuna que esa noche había un espectáculo en el Castello della Guaita y su entrada era gratuita, así que pude disfrutar de él y degustar como regalo vasitos de un licor local y bollos de nata.
Por la mañana regresé en autobús satisfecho a Rimini, y lo primero que hice fue buscar un internet café para apuntarme San Marino como “visitado”, como Dios manda, en el club danés.

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150 – CIUDAD VIEJA DE JERUSALÉN Y SUS MURALLAS

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¡Oh, Jerusalén, eres la ciudad que más amo en este mundo!

Hay fronteras míticas en el mundo, y el puente de Allenby es una de ellas.

Tras visitar durante dos semanas la Iraq de Saddam Hussein, me encontraba en Ammán esperando mi vuelo a Atenas para tres días más tarde. Ya había estado en Jordania varias veces, sobre todo en Petra; también había admirado los castillos del desierto (Quseir Amra) con frescos que representan escenas de caza al este de Ammán, camino de Irak; había explorado las ruinas de Gerasa; había tomado un baño a orillas del Mar Muerto; había hecho una excursión de dos días en jeep por el desierto de Wadi Rum a partir de Aqaba…

Esperar tres días más en Ammán era una perspectiva aburrida.

De repente me surgió la idea de visitar la ciudad santa entre las santas ¡mi amada Jerusalén!

Era arriesgado viajar a ella porque ante el conflicto más pequeño el puente de Allenby se cierra, cosa que de suceder podría quedar atrapado en Israel y perder mi vuelo a Atenas. Pero asumí el riesgo; el deseo de volver a sentir la magia de Jerusalén era demasiado fuerte.

Cruce el puente Allenby sobre el río Jordán, que conectaba Jordania con la Cisjordania.

No tuve problemas en la frontera; incluso autoricé a los agentes de inmigración israelíes el estampar mi pasaporte porque no tenía intención de visitar los países árabes en un futuro próximo. Los dos sellos de Allenby en el pasaporte son hoy en día muy queridos para mí. En ellos está escrito en caracteres latinos y en hebreo: “Allenby Border Control”. Un sello dice “Entry”, y el otro dice “Exit”.

No me precipité para viajar a Jerusalén, sino que me detuve por un buen rato en Jericó, una de las ciudades más antiguas continuamente habitadas.

Penetré en Jerusalén por la Puerta de Damasco. Una vez dentro de las murallas me quedé subyugado por la atmósfera de esa histórica y sagrada ciudad.

Hallé el albergue donde había dormido años atrás y me alojé en él.

Deambulé sin ningún objetivo concreto por los callejones; iba entusiasmado, sonriente, todo me parecía bello, perfecto. Entré en iglesias, mezquitas y sinagogas, sin dejarme ni una, y cuando oscurecía compré dulces morunos a base de miel y regresé al hostal. Esa noche dormí como un lirón de lo feliz que me sentía.

Al día siguiente todavía me paseé de nuevo por la vieja Jerusalén para admirar la Cúpula de la Roca y el Muro de las Lamentaciones. Me encantó volver a examinar todo y hablar con la gente. No hay ciudad en el mundo que me provoque sentimientos tan íntimos como la sacrosanta Jerusalén.

Hacia el mediodía me dirigí, parte en autobús y parte en autostop, a un monasterio muy querido por mí, construido el siglo VI, llamado San Jorge de Coziba, para saludar a sus monjes griegos.

Pocas horas después regresaba a Jordania por el Allenby Bridge. Había sido un día maravilloso.

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151 – TAJ MAHAL

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Agra fue una de las primeras ciudades de la India que visité el año 1988. Entré en el país desde Pakistán, en autostop, y tras detenerme por el camino en diversos lugares indios, como Amritsar, Delhi y Mathura, proseguí en tren hasta Agra, donde permanecería tres días, pues aparte del famoso Taj Mahal también visitaría el Fuerte de Agra (otro sitio UNESCO) y, a pocos kilómetros, la ciudad fantasma de Fatehpur Sikri (otro sitio UNESCO).

La visión del mausoleo Taj Mahal a orillas del río Yamuna me subyugó. Era una preciosidad. Me quedaría todo el primer día ante ella, tocando sus paredes de mármol blanco para sentirlo mejor, su caligrafía y piedras preciosas incrustadas, las relieves florales, la armonía y simetría de sus formas, sus jardines adyacentes. El mausoleo iba cambiando de color a medida que avanzaba el día y por la noche era aún más hermoso, pues ese primer día de mi visita era luna llena. Estaba cautivado, casi en estado de éxtasis, y no me entró ni hambre ni sed, me alimentaba de la belleza.

La foto donde aparezco me la hizo un fotógrafo indio del lugar. Yo temí que no me la mandaría, pero por las pocas rupias y piastras que me pidió pensé que podría arriesgar y le di mi dirección en mi pueblo, Hospitalet de Llobregat, España. Al llegar a casa un año después, encontré una carta conteniendo la foto del Taj Mahal y me puse muy contento. Era jovencito, aún con pelo negro, delgado, sin barriga ni cuello de toro; tenía sólo 35 años de nada.

El cuarto día me marché en tren a Allahabad, para participar en el Kumbha Mela.

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152 – CIUDAD MUSEO DE GJIROKASTRA

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Me detuve sólo un día en esta encantadora ciudad. Llegué bien temprano a ella y la primera visita que efectué fue a la ciudadela, adonde llegué a pie ascendiendo a lo largo de una larga calle.
Al llegar al castillo tuve que esperar a que lo abrieran.

Durante dos horas escudriñé cada rincón del castillo, incluso las mazmorras, pues ese castillo había sido una prisión. Vi armas antiguas, como un pequeño tanque que debió utilizarse durante la Primera Guerra Mundial, más un avión espía estadounidense que en los años 50 (del siglo XX) fue forzado a aterrizar y está allí expuesto con orgullo, pues en sus tiempos Enver Xoxha lo mostraba como una prueba de haber “ganado la guerra a los americanos”.
También observé la Torre del Reloj.

La vista desde allí arriba sobre la ciudad era soberbia. Con ayuda de unos prismáticos que me prestó un turista albanés destaqué una casa típica balcánica con torres, parecida a una fortaleza. Pregunté sobre ella y me informaron que era un Zekate y databa de los tiempos de los otomanos.
Descendí hasta ella. Su dueño me hizo pagar una pequeña cantidad para poder entrar. Y yo acepté. Me acompañó por todas las habitaciones de los dos pisos y así pude admirar su esplendor. Era de piedra, muy sólida, poderosa.
Aún me dio tiempo a visitar el bazar, tomar cafés y comerme un pincho moruno.

A media tarde, antes de que oscureciera, cuando consideré que ya había cumplido de manera más o menos concluyente mis deberes turísticos en Gjirokastra, me marché satisfecho en autobús con destino a la frontera con Grecia.

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153 – RESERVA ARQUITECTÓNICA E HISTÓRICA DE SUSA

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Con base en la Universidad de Stepanakert, donde unos estudiantes armenios muy simpáticos me habían invitado a pernoctar, me dirigí una buena mañana en autostop a Susha. Pronto me paró un camión y me depositó en un cruce de caminos, junto a un tanque con flores. Tras subirme arriba de él y entregar la cámara de fotos al chófer del camión para que me tomara una, me contó que ese tanque era histórico por haber participado en la batalla de los armenios contra los azeríes y sus aliados los turcos para reconquistar Susha, una de las principales ciudades de Nagorno Karabaj, el año 1992.

Caminé unos 10 minutos hacia la parte alta de una colina. Había cabras por el camino. La vista era preciosa.
Una vez en Susha comprobé que muchos edificios mostraban impactos de balas. Parecía que la guerra hubiera sido ayer.
Vi poca gente en esa ciudad. A principios del siglo XX Susha la poblaban unas 50.000 personas, pero el año que yo estuve allí (2007) sólo vivían unas 20.000.

A lo largo de la historia ha habido muchos pogromos cometidos contra los armenios, y no sólo el famoso genocidio perpetrado por los “Jóvenes Turcos” (ayudados por los kurdos) en 1915, cuando se masacraron 1 millón y medio de armenios. Por ejemplo, en 1920 tropas de Azerbaijan, a las que ayudaron los propios civiles azeríes que vivían en Susha, asesinaron en esa ciudad a unos 30.000 armenios, no dejando ni uno vivo; hasta acuchillaron a los bebés de pecho sin piedad.
Susha era una ciudad famosa por constituir un centro cultural armenio.
Entré en la reconstruida catedral Ghazanchetsots (la Catedral del Sagrado Salvador), que durante la segunda mitad del siglo XIX fue erigida copiando la estructura de la sagrada Catedral de Etchmiadzin.
Era bella, bellísima esa catedral. Entré en ella y me quedé cautivado por la atmósfera que experimenté en su interior.
Observé más iglesias en Susha, pero ninguna alcanzaba el esplendor y majestuosidad de Ghazanchetsots.
Durante mi caminata de exploración de la ciudad me encontré con varias mezquitas, semi-destruidas por la guerra, sí, pero no arrasadas, y alguna de ellas, como la famosa e histórica Ashagui Govhar Agha, se estaba reconstruyendo, a pesar de que no había ningún musulmán viviendo en Susha.

Ese amor de los armenios por la cultura y los edificios religiosos históricos, a pesar de ser de otra religión, fue un gesto que agradecí, pues en el enclave azerí de Najichevan comprobé que los azeríes habían destruido prácticamente todos los históricos y hermosos Khachkar armenios, a pesar de estar protegidos por UNESCO.
A media tarde regresé al cruce de caminos, hice autostop y el primer coche que pasó por allí paró y me depositó de regreso en Stepanakert.

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154 – GRAN BARRERA DE CORAL
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Llegué a Cairns en autostop, desde Sídney, lo que me tomó casi una semana. Tenía la dirección del amigo de un amigo, ambos españoles. Cuando piqué en su casa fui invitado a pasar en ella dos noches. Me dio tiempo de conocer la ciudad de Cairns y hasta de realizar al día siguiente una excursión a la Green Island (Isla Verde), o un cayo de coral que constituye un Parque Nacional (Green Island National Park) dentro del Parque Marino de la Gran Barrera de Coral. La isla posee también un bosque gracias al agua de las lluvias.

La isla dista de Cairns unos 30 kilómetros. Al llegar al puerto nos mostraron en primer lugar el observatorio submarino, donde admiramos una infinidad de peces exóticos que no había visto en mi vida, ni siquiera en fotos. Después nos dieron tiempo libre para descubrir el bosque con los cocoteros y bañarnos en sus playas de arena blanca, hasta que el último ferry recogía a todos los visitantes.
Un guía nos explicó que la isla era conocida desde el pasado por los aborígenes, según sus tradiciones orales, y hasta la habían bautizado con otro nombre (algo así como: “el lugar del agujero en la nariz”), pero no había allí restos de ellos.

En aquellos tiempos (1983) no se podía pernoctar en la isla. Pero en la actualidad hay un resort, u hotel de lujo, y a los turistas les ofrecen excursiones en helicóptero para ver la Gran Barrera de Coral desde el aire.
De vuelta en Cairns dormí en la casa de mi anfitrión y por la mañana seguí mi largo viaje en autostop alrededor de Australia.

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155 – PARQUE NACIONAL GROS MORNE
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Acababa de visitar el Patrimonio de L’Anse aux Meadows cuando emprendí el autostop de regreso a Estados Unidos para volar de vuelta a Barcelona, en mi querida España. Iba haciendo autostop, excepto en la frontera, pues en ellas la gente tiene temor de subirte a su coche, y allí tuve que abordar un autobús Greyhound.
En el segundo “ride” un hombre, al comunicarle que desearía visitar el Parque Nacional de Gros-Morne pero que no podría porque no tendría dinero ni siquiera para el ticket de entrada (10 dólares canadienses por día), ofreció pasearme por allí en su coche, pues si no se toman excursiones en barca en el Western Brook Pond y no se realizan trekkings por zonas controladas, atravesar el parque en auto era gratuito.
Accedí complacido, sin creérmelo (practicando autostop uno se encuentra con gente increíble).

El hombre me paseó por todas partes, y cuando lo deseaba hacía una parada para que pudiera hacer fotos (ése era mi primer viaje con cámara de fotos en toda mi vida. No hice muchas, pero algunas las muestro aquí). Vi picos nevados, cataratas espectaculares y exuberante naturaleza.

Me hubiera gustado encontrarme con la Policía Montada del Canadá, pero sólo vi anuncios de ese cuerpo en la carretera.
Tras esa “visita” breve, pero mejor que nada (unas 3 horas), me dejó en Deer Lake, donde localizaría un supermercado para prepararme un bocadillo de mortadela para la cena, y tras ello pasaría la noche tumbado dentro de mi saco de dormir en el centro de una glorieta, pues el cielo estaba oscuro y llovería a media noche.

Por la mañana proseguí mi viaje en autostop con destino Filadelfia, con una parada de un día en Port aux Basques, para ver si encontraba vestigios de los pescadores vascos del pasado.

 

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156 -

A la llegada a la estación de autobuses de Valparaíso, la Oficina de Información y Turismo me proporcionó un mapa gratuito con la zona declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO. De hecho, esa zona comprendía todo el centro, incluido el puerto, donde yo ya había estado 30 años atrás buscando (en vano) un barco para la isla de Pascua. Pero en aquellos tiempos Valparaíso no había sido declarada ciudad patrimonial y apenas visité el puerto. Por ello, 30 años después invertí casi un día entero en recorrerla a pie, cosa que, al ser una ciudad de sólo un cuarto de millón de habitantes, no se hace pesado.

La ciudad fundada en 1536 por el manchego Juan de Saavedra, que era oriundo de Valparaíso de Arriba (en Cuenca). Posteriormente fue poblada, además de por españoles, por italianos, alemanes e ingleses. La arquitectura de Valparaíso es una mezcla de estilos español colonial y de victoriano inglés. Los marineros ingleses denominaban a Valparaíso la “pequeña Londres”.

Allí llaman ascensores a los funiculares. Había muchos. Yo abordé el último y caminaría hasta alcanzar el primero, para así recorrer la parte histórica como Dios manda.
La primera visión panorámica de la ciudad desde donde me dejó el funicular impone y no recuerdo haber subido a esos cerros en mi primer viaje. Era cierto que la bahía parecía un anfiteatro, como afirmaba un folleto turístico.
Muchas casas estaban pintadas de colores vistosos. Una iglesia, llamada de La Matriz, era la más antigua; había sido saqueada por el sanguinario pirata inglés Drake (quien además de criminal fue esclavista), y en la actualidad se trataba de una reconstrucción.
Subía y bajaba colinas admirando la arquitectura, y allí donde veía una iglesia abierta, entraba para comprar un cirio.

Por el centro, junto al puerto, había muchos monumentos, predominando los colocados allá por los ingleses, como un gran arco de triunfo. Acerca de los españoles leí en las calles céntricas un letrero que me hizo gracia. Se titulaba “Jesuitas y locos exploradores”. Decía así:
“Corría el siglo XVI y hasta aquí llegaban cientos de excursionistas españoles en busca de la mítica Ciudad de los Césares, una villa llena de oro y plata, de la que daban cuenta los incas y los indios de la Patagonia…”.
Cuando empezaba a oscurecer abandoné Valparaíso y regresé en autobús a Santiago.

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157 -

Llegué a la vieja Lijiang en autobús proveniente de la encantadora Dali. Paseando por la parte vieja de la ciudad un chino chapurreando español me abordó ofreciéndome alojamiento en su casa, situada a 5 kilómetros de Lijiang. No sé cómo había adivinado que era español pues no llevaba ningún parche con el escudo de España en mi pequeña bolsa, ni portaba un sombrero cordobés, ni tampoco iba tocando las castañuelas por la calle. Probablemente era el único español ese día en Lijiang, pues por la calle solo escuchaba los idiomas francés, inglés e italiano entre los turistas
Para convencerme, el chino me mostró fotografías y direcciones de otros españoles que se habían alojado en su casa (Carmen de Sevilla, Javier de Madrid, la pareja de Isabel y Juan de Zaragoza, etc.).

Se me presentó como Ricardo (muchos chinos adoptan un segundo nombre inglés, o en este caso español), era simpático, parecía noble y no me sugirió entrar en ninguna tienda para comprar suvenires. Pertenecía a la etnia Naxi y su lengua materna era muy parecida al tibetano, idioma que también dominaba, por lo que me propuso viajar juntos a Lhasa, él como guía, por una ruta que él conocía por haber acompañado a otros turistas, pues Lijiang es precisamente uno de las puertas terrestres para penetrar en el misterioso mundo tibetano.
Como el precio de la casa de Ricardo (35 Yuan) era incluso inferior al de una cama en un dormitorio en el Youth Hostel de la ciudad, me fui con él. Me prestó una de sus dos bicicletas para dirigirnos a su casa, dejé mi pequeña bolsa y regresamos al centro, donde me mostró sus atractivos turísticos y me invitó a tomar un té en el tejado de una cafetería desde donde se dominaba todo Lijiang y la gracia de su seductora arquitectura.

Me gustó Lijiang, sus barrios observaban una armonía arquitectónica, y sus canales repartían el agua por toda la ciudad de una manera ingeniosa.
La provincia de Yunnan, donde se halla Lijiang, es la más rica de China en diversidad étnica y cuenta con unas veinte etnias, o casi la mitad de los 46 grupos étnicos existentes en China. Por las calles íbamos encontrándonos con chinos de vestimentas fantásticas y Ricardo me iba explicándome a qué etnias pertenecían, pues las conocía todas.

A pesar de que yo nunca contrato guías, y así se lo hice saber, Ricardo me tomó simpatía y me dijo que igualmente me acompañaría, pero sin cobrarme nada, sólo el precio de su habitación.
A media tarde pasamos por el Naxi Concert Hall. Me explicó que uno de los músicos que actuaban allí era un tío suyo. Y tan bien me habló de los conciertos de música antigua china interpretada con viejos instrumentos musicales a cargo de músicos octogenarios, que me convenció y compré un billete para esa noche por 120 Yuan. Él me esperaría a la salida del espectáculo con las dos bicicletas para regresa a su casa a dormir.
A las 8 de la noche éramos apenas diez espectadores en la sala, todos chinos menos yo. Todos los músicos, unos cuarenta, pertenecían a la raza Naxi y muchos de sus temas, así como instrumentos, eran únicos de su etnia.
El concierto me despertó fibras del alma, tal era el virtuosismo de esos músicos ancianos, algunos de ellos ciegos.
Salí casi llorando de emoción de allí por la música que escuché. El noble Ricardo me miró sonriente, y al llegar a su casa me preparó un té.

Cuando dos días más tarde me despedí de Ricardo le di una propina, algo que no suelo hacer prácticamente nunca, pero él se lo mereció.
El tercer día viajé en autobús a la provincia de Sichuan.

 

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158 -

Mardin fue un amor a primera vista. Me encantó. Estaba situada en las faldas de una montaña rocosa; tenía el aspecto de una ciudad bíblica, tipo Matera en Basilicata (Italia). Los edificios y disposición de las casas recordaban los estilos árabes y armenios, raza esta última que fue aniquilada en esa ciudad durante el Genocidio Armenio de 1915 por parte de los turcos (ayudados por los kurdos para quedarse con las casas armenias en Mardin). Había gente que iba en burro por la calles estrechas, en los minaretes se llamaba a rezar a Alá cinco veces al día y las mujeres llevaban la cabeza cubierta.

Pero antes de instalarme en un hotelito dentro de una cueva en un antiguo castillo, hice amistad con varios pasajeros del autobús (llegábamos de Diyarbakir), una pareja de españoles (creo recordar que eran sevillanos) más dos jóvenes kurdos que vivían en Londres, y todos juntos resolvimos acercarnos en un minibús al monasterio sirio Deyrul Zafaran, a apenas 5 kilómetros de distancia. Pagamos una pequeña entrada y penetramos en el monasterio amurallado. Nos fue asignado un monje sirio que era políglota. Por deferencia, los dos viajeros kurdos accedieron a que el tour fuera dirigido, no en kurdo, lengua que hablaba también el monje, sino en inglés, para así entenderlo todos sin necesidad de traducir.
El monje sirio nos mostró tumbas de santos, carros, tronos, frescos e iconos, además del laberinto a manera de mandala. El mejor momento (para mí) fue cuando requerí al monje que nos recitara al Padrenuestro en Arameo, la lengua materna de Jesucristo, y que esos monjes del monasterio hablaban como materna. Fue un momento entrañable y me emocioné, aunque mis cuatro compañeros mostraron absoluta indiferencia y si se quedaron conmigo a la oración fue más bien por compañerismo que por deseo de escuchar el Padrenuestro.
Tras ello nos fue relatada la dramática historia de Tur Abdin, el territorio donde se halla ese monasterio de Deyrul Zafaran, y de sus monjes, cuyos misioneros Nestorianos alcanzaron China en el año 635. Fue en esa región donde nació el gran sabio San Efrén.

Los turcos y sus aliados los kurdos, durante y tras la Primera Guerra Mundial, no solo cometieron el conocido genocidio contra los Armenios (un millón y medio de ellos fueron exterminados), sino también contra los Griegos Pónticos (medio millón fueron exterminados) y también contra los Asirios Caldeos (sobre 300.000 fueron exterminados), y sus tierras fueron robadas.
Los Asirios tuvieron la desgracia de que los franceses e ingleses concedieron Tur Abdin a la Turquía actual al concluir la Primera Guerra Mundial, tras el colapso del Imperio Otomano.
Y por si esto fuera poco, Saddam Hussein cometería, contra las etnias no árabes del norte de Iraq, otro pogromo en las etapas finales de la guerra entre Iraq e Irán (1980-1988), donde murieron muchos miles de Asirios, Yazidíes y Judíos (además de Kurdos).

De las aproximadamente 2500 iglesias y monasterios asirios que existían en Tur Abdin en los primeros tiempos del Cristianismo, hoy quedan apenas dos docenas. El milenario monasterio de Deyrulzafaran, con su templo subterráneo donde hace 4000 años se veneraba al sol, es uno de ellos.
Al acabar la visita regresamos a Mardin y por la mañana cada uno fue a la suya, los españoles se marcharon al norte de Turquía, los kurdos viajaron a Grecia y yo penetré en Erbil, en el Kurdistán Iraquí.

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159 -

Este sitio UNESCO comenzó incluyendo el año 1986 solamente el arte mudéjar de Teruel, pero el 2001 incluyeron también la arquitectura mudéjar de otras poblaciones aragonesas, entre ellas el Palacio de la Aljafería, en Zaragoza, de lo cual me alegré.

La arquitectura mudéjar es característica de los dos países que compartimos la Península Ibérica, España y Portugal, que fuimos invadidos por los musulmanes. Fueron los “mudéjares” o musulmanes que vivían en los reinos cristianos quienes idearon este estilo con elementos hispano-musulmanes, que pronto fue adoptado por todos los arquitectos de la Península Ibérica.
Los españoles “exportaron” este peculiar estilo de arquitectura a diversas poblaciones de América. En España lo observamos en Andalucía y Extremadura, en Valencia y en ciudades castellanas, en especial en Toledo. Pero el estilo Mudéjar de Aragón tiene personalidad propia y merece capítulo aparte.

Aunque había visitado Zaragoza numerosas veces nunca entré en el Palacio de la Aljafería. Tuvo que ser un 12 de octubre, fiesta nacional, cuya entrada era libre, para, entre jota y jota, ir a visitar el interior de ese palacio y sus secciones que mostraban un claro estilo mudéjar.

En un viaje posterior visité Teruel, y también observé allí numerosas huellas de este estilo cerca de la Plaza del Torico, como la catedral y las impresionantes torres de varias iglesias.
UNESCO incluye las construcciones mudéjares de Calatayud, Cervera de la Cañada y Tobed, pero aún no he viajado a estos tres sitios.

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160 – LA GRAND PLACE
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La Grand Place de Bruselas debería ser designada la plaza más bella de Europa. Ni nuestra Plaza Mayor de Salamanca, o la Piazza del Duomo en Pisa, ni siquiera la Plaza Roja de Moscú han alcanzado tan alto grado de magnificencia como la Plaza Mayor de Bruselas.
Me tomó una semana llegar a Bruselas, desde el Castello Sforzesco de Milán, usando medios locales de locomoción, como trenes y algún autobús, siguiendo el itinerario de nuestros soldados de los Tercios de Flandes dirigidos por el Duque de Alba. Estaba realizando El Camino Español.

El séptimo día, al alcanzar Bruselas desde Namur, me dirigí en primer lugar a la Grand Place. Y es que allí, uno de sus emblemáticos edificios es La Casa del Rey (La Maison du Roi). Era mi destino, pues en su interior se halla un busto de nuestro Emperador Carlos V, que abracé como un peregrino, cual si fuera el busto del Apóstol Santiago en la ciudad de Santiago de Compostela. Y me emocioné. Ese era el fin de mi Camino Español.
Esa Casa del Rey es un museo muy interesante, que visité antes que nada. Al declararme español me hicieron un buen descuento, con lo que casi me salió gratis, y me sellaron una especie de Credencial del Camino Español que llevaba conmigo, al estilo de la Credencial del Peregrino en el Camino de Santiago. En la entrada a la planta baja había una estatua de Felipe II y más adelante vi pinturas de Roger van der Weyden, tapices, vajilla, estatuas, etc. Y en el primer piso hallé el busto metálico de Carlos V con laurel sobre su cabeza y el Toisón de Oro colgando sobre su cuello, más el lema Plus Ultra. Las Columnas de Hércules representaban la expansión hacia nuevos mundos.

Al salir de ese museo tan entrañable para un español, entré en la Oficina de Turismo, en la misma Grand Place. Allí me informaron que existen numerosos vestigios y nombres relacionados con los españoles, desde una calle nombrada en honor de una hija de Felipe II, a cafeterías con el nombre de Carlos V y Felipe II.
También fotografié el signo de UNESCO en la pared al lado de donde se encuentra esa Oficina de Turismo.

Al menos dos horas me tomó escudriñar cada recoveco de las aproximadamente cuarenta casas que integran la Grand Place. Los franceses, a finales del siglo XVII, bombardearon la plaza destruyendo muchos edificios emblemáticos, que ya han sido reconstruidos.
Había detalles de alquimia y numerología en esa plaza, pues los números doce y siete se repetían constantemente, además de otros signos esotéricos.

Me tomé una cerveza Leffe Blonde en la cervecería Le Roy d’Espagne (no sé por qué escribían rey como roy, en vez de como roi), en una esquina de la Grand Place. En el interior había varios muñecos colgados en el aire, algunos de ellos vestidos como los Tercios de Flandes, con sus espadas y morriones, simbolizando uno de ellos al Duque de Alba. Dos de esos muñecos representaban a Egmont y De Horn, que Felipe II mandó ejecutar colgándolos en la Grand Place, lo que en mi opinión fue un error, pues eran héroes de España en varias guerras contra los franceses, y poseedores del Toisón de Oro.
Tras Bruselas me marché a viajar a otra parte.

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161 -

Francamente, no viajé a Odessa buscando esta estructura de edificios urbanos de los siglos XVIII y XIX. Es más, leí la reseña de UNESCO una vez que ya estaba de regreso en casita, en mi pueblo natal Hospitalet de Llobregat.
No obstante, en mi deambular por esa ciudad durante los dos días que permanecí en ella, sí que llegué a visitar varios de los edificios que están incluidos en este candidato a devenir un Patrimonio de la Humanidad, tales como la Escalera Potemkin, el Bulevard Primorski con la estatua representando a un Duque de Richelieu, la Plaza de la Duma, el Palacio Vorontsov, el edificio de la Ópera, etc.

Al igual que en muchas de las ciudades de la extinta URSS, también en Odesssa noté la presencia de estatuas en honor a Pushkin, o a Catalina II de Rusia (la Grande).
La ciudad era bella, original, dinámica, la más cosmopolita de Ucrania por la diversidad de sus gentes, contando con una notable población de judíos. Me gustó. Además, considero que los tranvías hacen romántica a una ciudad, como es el caso de Odessa, que está hermanada con la ciudad española de Valencia.

En mi segundo día descubrí en la céntrica y peatonal calle Deribasovskaya una estatua metálica dedicada al fundador de la ciudad en 1794, el español José de Ribas, que llegó a ser Almirante de la Armada Rusa en los tiempos de Catalina la Grande y luchó contra los turcos en Crimea y en el sur de Ucrania. Había nacido en Nápoles cuando era una ciudad de España, y era hijo de un barcelonés que trabajaba de funcionario en la Corte Española (fue Cónsul del Reino de Nápoles) y de una madre irlandesa.

Tras Odessa seguí mi viaje en tren con destino a la ciudad Lviv (o Lvov), la antigua Leópolis, que es por derecho propio Patrimonio Mundial.

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162 – CIUDAD DE SAFRANBOLU 
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Me complació la visita a la ciudad de Safranbolu, pero hubiera preferido conocerla en sus mejores tiempos, cuando era una escala de caravanas de la Ruta de la Seda entre China y Anatolia.
Descubrí un caravanserai llamado Cinci Han, construido, según leí en un letrero a la entrada, a mediados del siglo XVII. Pero cobraban hasta para respirar. Lo habían transformado en un hotel y si no eras cliente no te dejaban entrar ni siquiera a la recepción, o bien tenías que comprar un billete turístico de entrada, o tomarte un té en su cafetería, pero pagando el triple que en cualquier cafetería ordinaria.

Imagino que debe ser algo frecuente el que los visitantes superen a los locales en esa ciudad. Predominaban los japoneses, seguidos de estadounidenses, que no paraban de comprar azafrán. Ello, sin embargo no le quitaba un ápice de belleza a sus casas con sus originales balcones, ni a sus enrevesados callejones llenos de vendedores ofreciendo azafrán y objetos turísticos.

Una agencia de viajes frente a la oficina de turismo llevaba por nombre Batuta ¿sería por haber pasado por allí el viajero marroquí Ibn Battuta?
Fue lo que pregunté al empleado de turismo. Él no lo sabía, pero yo lo supe a los pocos días, cuando en un internet café de Tesalónica consulté sus viajes y comprobé que había pasado por esa ciudad en el año 1332., tal como describe en su libro de título Rihla (El Viaje).

Estuve a punto de pasar allí la noche; había un dormitorio por 25 liras turcas por litera, pero como tras unas 6 horas me pareció que había visto lo principal de la ciudad, al final viajé a Estambul en autobús.

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163 -

Hay varios Kremlins rusos que ya están incluidos en la lista de UNESCO como Patrimonios Mundiales de pleno derecho en las ciudades de Moscú, San Petersburgo, Kazán, Novgorod, más el Kremlin/Monasterio de las Islas Solovetsky.
En la Lista Indicativa de UNESCO Rusia ha presentado los Kremlins de las siguientes tres ciudades: Pskov, Uglich y Astrakhan, de los cuales conozco sólo dos (me falta el de Uglich).
También existen kremlins en otras ciudades rusas, como Smolensk, Rostov, Tula, Nizhni Novgorod, Tobolsk, Kolomna, Zaraysk, Astrakhan, Ivangorod.

Además, unas dos docenas de Kremlins están en ruinas (como el de Ufa), y otra media más no posee murallas protectoras (como los de Vladimir, Ryazan, Vologda o Yaroslavl).
Normalmente, los Kremlins se erigen en lo alto de colinas o a orillas de un lago, por motivos de defensa y por la necesidad del agua.
El Kremlin de Smolensk me dio un poco de pena, pues está muy descuidado, el de Tula es muy simple, mientras que el de Yoshkar-Ola es de nueva construcción. El de Vologda no tiene murallas, lo mismo que el de Yaroslavl. Los de Astrakhan y Ryazan son muy atractivos, pero no tanto como el de Tobolsk, mi favorito de este elenco, que es el único que se halla en Siberia.
Como sea que cada año se añaden más Patrimonios de la Humanidad y candidatos a la Lista Indicativa, no es de extrañar que en un futuro todos los Kremlins rusos se incorporen a la lista de nunca acabar de UNESCO.

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164 -

Egipto, junto a Etiopía, es uno de los dos países que considero los más fabulosos de África. Una visita a este país no puede obviar la zona de Santa Catalina y su fantástico monasterio.
En los años 80 del siglo XX yo viajaba con frecuencia a Egipto de tanto que me complacía el país, y nunca dejaba de pasar varios días en el hostal del monasterio de Santa Catalina.
Los monjes no te dejan visitar todas las instalaciones del monasterio, pero lo poco que te permiten ver y sus tesoros, más las charlas con ellos son razón más que suficiente para viajar allí, además de la estética del monasterio, su historia y ubicación.

Mi costumbre era escalar hasta la cumbre del Monte Moisés, donde se localizaba la capilla de la Santísima Trinidad, hacia las 8 de la noche y al llegar, quedarme a dormir en la capilla de la Santísima Trinidad y, caso de estar cerrada, en su portal.
De visitar con regularidad el monasterio de Santa Catalina, había hecho amistad con uno de sus porteros, un joven beduino cuya familia estaba empleada en el monasterio para cultivar los huertos de las olivas, las uvas, la miel y las diversas granjas, por ello los beduinos del Sinaí han jurado eterna fidelidad a ese monasterio y a sus monjes griegos.
Ese beduino siempre me regalaba postales (una la muestro aquí), y hasta libros.

En cierta ocasión me alojé en el monasterio junto a un pequeño grupo de españoles. Teníamos pensado esa noche escalar el Monte Moisés, dormir en la cumbre dentro de nuestros sacos de dormir, y admirar el amanecer al día siguiente.
Pero algo nos haría cambiar de planes: mi amigo beduino me confió un secreto: el presidente de Francia, en esos días el señor François Mitterrand, que estaba de incógnito en Egipto, iba a escalar de madrugada (bueno, fue a lomos de un camello) el Monte Moisés, y me aconsejó iniciar la escalada tras él, pues la policía egipcia controlaría la zona y de salir de noche no me dejarían quedarme en la cima del Monte Sinaí por temor a un atentado.
Seguimos el consejo de mi amigo beduino y partimos cuando él nos avisó. Ya casi en la cima, divisando la capilla de la Santísima Trinidad, los alcanzamos y todos juntos seguimos hasta la capilla.
Al principio los guardaespaldas de Mitterrand, varios gorilones con músculos hasta en las orejas, quisieron expulsarnos, pero Mitterrand, sentado sobre su camello, los paró y les dijo que éramos sus huéspedes y que nos invitaba a desayunar con él. Y así fue, Mitterrand nos invitó a desayunar en la terraza de la capilla, en la misma mesa.
Al declararle que éramos españoles, lo primero que hizo fue felicitarnos porque España acababa de ganar para la ciudad de Barcelona albergar los Juegos Olímpicos del año 1992, triunfando sobre la candidata ciudad de París.

Se enamoró de una de las chicas españolas de nuestro grupo (una barcelonesa que se llamaba Montse, y no aparece en la foto adjunta, pues ella la tomó) que era la más encantadora y sexi del grupo.
En la foto estamos varios de los componentes españoles, yo estoy al lado de Mitterrand, el séptimo contando por la izquierda.
Conversamos todos en francés con él. El andorrano le reprochó una visita que había hecho a su país. A mí, al preguntarme la profesión, le contesté que era “viajero” y Mitterrand mostró un signo de asombro.
Le acompañaba uno de sus ministros, quien nos advirtió que no debíamos hacer fotos, cosa que respetamos, salvo la que tomó Montse y alguna más, con el permiso de Mitterrand.
Desayunamos huevos, café au lait, croissants, queso, yogures… fue un desayuno opíparo.

Todos juntos admiramos la salida del sol. Tras ello Mitterrand subió a su camello y desapareció por entre las montañas seguido de sus guardaespaldas, ministros y cocineros. Nosotros nos quedaríamos varias horas más allí arriba disfrutando ese lugar sagrado y mágico.

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165 -

La mejor manera de conocer las ciudades es a pie. Desde la estación de tren me dirigí a la Iglesia de Boyana, en las afueras de Sofía. Me tomó algo más de una hora, y eso que camino rápido. Sólo me detuve en el centro, ante la iglesia del siglo IV dedicada a Sveti Giorgi, que no quedaba muy lejos de la catedral de Alejandro Nevski.

A la entrada a Boyana había una placa de UNESCO y explicaciones sobre la iglesia. Fue gracias a lo que leí en esa placa que supe que la fundación de la Iglesia de Boyana se inició a finales del siglo X y fue ampliada en los siglos XIII y XIX. La iglesia debe su fama a los frescos del año 1259, que están considerados precursores del Renacimiento Europeo.
Pagué el precio de entrada al recinto, que se llamaba Museo Nacional de la Iglesia de Boyana.
Al llegar a la entrada de la iglesia una guía me prohibió hacer fotos.

Otras condiciones eran que no podíamos estar dentro de la iglesia más de ocho personas, y un máximo de 10 minutos de tiempo.
Pero como no había más turistas, se dedicó sólo a mí y me iba explicando cada parte de esa iglesia, que exteriormente no impresiona, pero sus frescos, de autor anónimo, son exquisitos.
El primer fresco representaba a la Virgen María. La guía me interpretó que su presencia a la entrada de la iglesia significa que te avisa de que entras en un lugar sagrado, especialmente al altar, donde se hallan los frescos más bellos y mejor acabados. Otros frescos representan la vida de San Nicolás. También me mostró los frescos de San Jorge y de San Lorenzo.
Los murales que estaba viendo se superponían sobre otros más antiguos, cosa que se hizo en el siglo XIII, tras un concilio cristiano.

La iglesia estaba consagrada a San Nicolás y a San Panteleimón.
La guía me iba explicando que la reina de Bulgaria, Leonor Carolina Gasparina Luisa (nacida en Polonia), está enterrada junto a la iglesia, y me acompañó a través de un jardín hasta su tumba, la cual había sido profanada y destruida, pero tras la instauración de la democracia (en 1989), fue restaurada.
Una vez fuera de la iglesia sentí frío, pero no físico, sino en mi alma. Algo especial tenía esa iglesia; me hizo experimentar sentimientos tiernos.
El regreso lo hice en autobús, hasta la estación de tren, donde poco después abordé uno de ellos que se dirigía a Plovdiv.

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166 -

Potosí es conocida como Villa Imperial. Su riqueza, debido a sus asombrosas minas de plata fue tal que atrajo a todo tipo de individuos que, menos trabajar a pico y pala, se las ingeniaban para vivir a cuenta de sus prójimos, ya fuera ejercitando sus habilidades como tahúres en las salas de juego o, en el caso de las mancebas, ofreciéndose a los mineros en sus salones de “masajes”. Según una crónica antigua, a finales del siglo XVI Potosí contaba con unos 800 granujas expertos en desplumar a los incautos jugadores de cartas en los casi cuarenta casinos que esa ciudad albergaba, y 120 hetairas jóvenes y bellas.

De esos tiempos viene la castiza frase de “Vale más que un Potosí”.
Llegué a Potosí ya oscureciendo, proveniente del Salar de Uyuni. Había sido un viaje penoso en autobús, pues Potosí se sitúa a unos 4.000 metros sobre el nivel del mar. Conocía esa ciudad de un viaje anterior dos décadas atrás. y todavía recordaba que me alojé en una pensión de la calle Oruro. Pregunté por ella y, efectivamente, abundaban en esa calle los alojamientos, así que enseguida encontré uno a buen precio y me quedé una noche.

Iba de tránsito hacia el Gran Chaco, para cruzar a Asunción en Paraguay, con una escala de medio día en Sucre, y un día más tarde Santa Cruz, ya en la selva, por ello hacia las 14.00 horas del día siguiente abandonaría Potosí, pues no me gusta repetir los lugares donde ya he estado. Así y todo revisité varios sitios que aún recordaba, como la Catedral y demás atracciones turísticas de los alrededores de la céntrica Plaza 10 de Noviembre y su estatua de la Libertad, como la Casa de la Moneda y diversas iglesias cercanas, entre ellas la de Santa Teresa de Jesús, de San Bernardo, de San Francisco, la famosa Torre de la Compañía… y deambulé por los callejones centrales admirando los encantadores balcones, que en cierto modo me recordaron a los de Cartagena de Indias.
No visité en esta ocasión las minas de plata, cosa que ya había hecho en mi viaje de finales del siglo XX.

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167 – TIPASA
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En la estación de autobuses de Argel abordé uno de ellos hasta Tipasa, el cual tomó una hora en llegar. Pregunté a los indígenas por el sitio arqueológico y me condujeron a un kiosco donde compré el billete de entrada a las ruinas por sólo 20 dinares (unos 13 céntimos de euros al cambio de mercado negro).
Me dispuse a recorrer el lugar rápido, pues llovía y para protegerme sólo disponía de un anorak de batalla, comprado en una tienda de “todo a 20 duros”, pero un guardián se empeñó en acompañarme un tramo, hasta la placa dedicada a Albert Camus.
Al principio supuse que lo hacía por aburrimiento, pero rato más tarde, al ver que acompañaba a otro turista, me dio la impresión de que lo hacía por seguridad.
Yo ignoraba que había allí una placa dedicada a ese escritor francés, premio Nobel de Literatura, nacido en Argel, aunque de padres “pieds noirs”.

El guardián me llevó primero a contemplar las ruinas de los teatros y anfiteatros romanos, los baños, templos romanos, algunos mosaicos y otros vestigios que (debo reconocer mi ignorancia) no me decían gran cosa pues solo veía piedras sueltas sobre el suelo; ni siquiera había paredes erigidas. Eso sí, lo mejor era la magnífico situación de Tipasa, frente al mar.

Una vez en la placa de Albert Camus el guardián me abandonó a mi suerte. Al despedirse no me pidió baksheesh, ni siquiera me lo insinuó.
La placa decía que Tipasa era el lugar favorito de Albert Camus para inspirarse sobre sus libros.
Y justo al lado observé una estela donde estaba escrito: “Je comprends ici ce qu’on appelle gloire: le droit d’aimer sans mesure”.
Más adelante llegué a las ruinas de tres iglesias de los siglos III y IV, más dos cementerios.

En total no llegarían a las dos horas el tiempo que permanecí en el sitio arqueológico, pues algunas zonas en lo alto de promontorios no las visité debido al barro causado por la lluvia, que cada vez era más intensa. Regresé al pueblo, donde me comí un shish kebab de cordero más un té, y poco después regresé en autobús a Argel.

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168 -

Abordé un autobús en Iguazú con destino a la ciudad de Posadas, y 60 kilómetros antes descendí en San Ignacio, pues esa pequeña población alberga una de las cinco misiones jesuíticas que UNESCO contempla en su conjunto como Patrimonio Mundial, la llamada San Ignacio Miní.
La misión de San Ignacio Miní (miní significa “pequeño”, o “la menor”, en guaraní) fue construida en el siglo XVII en estilo que hoy se conoce como “barroco guaraní”. Fue en esas ruinas donde se filmó parte de la película “La Misión”, interpretada por el actor Robert De Niro.
En las misiones jesuíticas los guaraníes aprendían a leer y escribir guaraní, español y latín, también música y otras artes y ciencias, como astronomía, pero eran constantemente asediados por los esclavistas portugueses de São Paulo (Brasil), los llamados bandeirantes, o también paulistas, gente sin escrúpulos, canallas de le peor especia, que los capturaban. A los hombres los vendían para realizar trabajos forzados y las mujeres jóvenes eran enviadas a las casas de lenocinio.
Debido a los actos criminales de esos bandeirantes, Portugal (y luego Brasil) obtuvo de manera delictiva un territorio que le arrebató a España, pues estaba dentro de la línea del Tratado de Tordesillas que correspondía a España.
Había jesuitas que habían aprendido artes militares, y los protegían de los bandeirantes, hasta que Carlos III mandó expulsar a la orden jesuita de los dominios españoles. Llegaron los franciscanos, dominicos y mercedarios para substituir a los jesuitas, pero muchos guaraníes no los aceptaron y se refugiaron en el follaje, abandonando las misiones, hoy todas en ruinas, treinta en total, quince se hallan en Argentina, ocho en Paraguay y siete en Brasil.

La estación de autobuses queda junto a la carretera, una vez cruzada se observa una gran entrada simulando la de una misión jesuítica. Para llegar a San Ignacio Miní todavía tuve que caminar unos 15 minutos.
El pueblo es pequeño pero durante mi marcha observé tres alojamientos; el primero era un albergue de mochileros, luego noté un hotel y finalmente vi un hostal justo frente a las ruinas de la misión.
En la entrada a la misión me llevé varias decepciones. Estaba lloviznando, lo cual era muy molesto, pero además la fachada de la entrada estaba en obras con andamios que te impedían apreciarla en su totalidad.

Antes de comprar el billete de acceso pedí a los porteros que me dejaran fotografiar la imagen de San Ignacio de Loyola en la fachada del edificio del museo a través de unas vallas que se habían colocado por las obras, que interferían la visión. Pero para mi sorpresa me lo prohibieron hasta que no adquiriera el boleto. Era absurdo, pues aún estaba en territorio neutro, es decir, sin traspasar la barrera de la misión, sólo quería que las vallas no aparecieran en la foto. Pero ellos insistieron que sin adquirir el boleto no podía hacer fotos.
Fui a comprarlo, pero me exigieron una cantidad muy superior a la esperada y me quedaban pocos pesos. Noté avidez por el dinero y malos modos. Como casi se me habían acabado el dinero argentino y no encontré una casa de cambio por el camino en San Ignacio, ni gente que practicara el mercado negro por la calle, los porteros (un hombre y una mujer) se ofrecieron a cotizarme el euro a razón de 10 pesos por un euro, cuando fácilmente se obtiene en cualquier ciudad argentina un mínimo de 15 pesos por euro.
Según las tarifas de esa misión, un nativo de la provincia argentina de Misiones pagaba por el boleto 30 pesos, o unos 3 euros a cambio del banco, o 2 euros al cambio callejero. Los argentinos de otras provincias pagaban 100 pesos de entrada. Los “latinoamericanos” (así estaba escrito), es decir, nativos de cualquier país americano donde se hable el español o el portugués, pagaban 130 pesos. Todos los demás, incluidos los españoles, debían satisfacer 150 pesos.
Había anunciado un espectáculo de luz y sonido nocturno, y se tenía que comprar otra entrada para verlo, al mismo precio caro que la visita de la misión, pero esa noche, debido a la lluvia, se había cancelado.

Por otra parte, cerraban el sitio media hora más tarde. La lluvia seguía incordiándome, la antipatía de los porteros me hastiaba.
No había barreras que me impidieran ver las ruinas, que eran pocas, esparcidas en un territorio no muy grande. El único edificio en pie era el museo de construcción reciente como centro de interpretación, mostrando en la fachada la imagen de San Ignacio de Loyola. Dentro de él, sabía que pasaban un documental de 5 minutos y se exhibía una maqueta de madera de cómo debió haber sido la misión en el pasado, más unas pocas efigies de santos. Todo lo demás se veía sin necesidad de entrar. Pensé que por ver el museo no justificaba gastarme 15 euros, así que me fui, rodeé el complejo haciendo fotos de absolutamente todas las ruinas, sin dejarme ni una, es decir, lo mismo que si hubiera entrado pagando los 150 pesos.
Gracias a esa decisión ahorré la equivalencia en pesos a esos 15 euros.

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169 -

A veces he tenido éxito practicando avión-stop, pero no en la isla de San Martín, a pesar de que lo intenté dos mañanas seguidas. Al final tuve que comprar un vuelo triangular: Saint Martin – Saba – Sint Eustatius – Saint Martin.
No pretendía explorar la isla de Saba en profundidad visitando los cuatro elementos que señala UNESCO. Me contenté con conocer superficialmente la isla y realizar un trekking a la cima más alta del Reino de los Países Bajos: el Monte Scenery, de 888 metros, que es un volcán potencialmente activo.

El aterrizaje en el aeropuerto de la isla me cortó la respiración. La pista es tan corta que temí que el avión cayera al agua.
Desde allí caminé hasta la primera población, The Bottom, la capital de la isla. Fue fundada sobre un cráter. Los amables conductores paraban sus coches junto a mí y se ofrecían a llevarme, pero yo declinaba con gentileza, ya que deseaba sentir la isla bajo mis pies.

En The Bottom visité un museo, las tres iglesias de diferentes denominaciones, un supermercado para comprarme un bocadillo de mortadela para la cena, y la parada del autobús en forma de kiosco, en cuyo banco de madera pasaría la noche. No necesitaba nada más.
Por la mañana visité la Oficina de Turismo, donde me proveí de mapas gratuitos de la isla, y emprendí un corto pero agradable trekking que me tomó menos de dos horas a través de una naturaleza exuberante, hasta el pico Scenery. El sendero estaba muy bien señalizado; era imposible extraviarse por entre la maleza. Desde la cima, la vista era espectacular.

A pesar de que ese trekking no estaba incluido entre los cuatro elementos de la lista del Patrimonio de la Humanidad de Saba, fue lo que más me complació de la isla.
A media tarde, cuando llegó la hora, volé con destino a Sint Eustatius.

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170 -

Un día entre los días caminé desde mi albergue de Seúl (Banana Backpackers) al centro histórico porque me habían dicho que en una plaza los locales jugaban al ajedrez, juego que adoro.
En esa plaza se hallaba un santuario real confuciano que, de carambola, visité, aunque debo reconocer que empleé más tiempo tratando de aprender las leyes del ajedrez coreano (que en realidad es chino) y haciendo amistades con los ajedrecistas, que en la visita al interior del templo, y eso que era interesante y bello.
El billete no era caro. Allí durante tres horas recorrí todo el recinto y entré en todos los templos, sin dejarme ni uno.

Lo único que lamenté fue el saber que tendría que haber visitado ese templo durante una de las cinco ocasiones anuales en las que se celebran ritos y servicios a los fallecidos, con música de tambores, coloridas danzas y vestimentas fantásticas. Un ajedrecista me informó que justo dos días atrás se había celebrado el último servicio a los difuntos, y yo por tonto (ese día me había apuntado a la excursión a la zona desmilitarizada, o abreviado en inglés como DMZ, en la frontera con Corea del Norte), me la había perdido ¡Qué rabia me dio!

Pero el aprender a jugar ajedrez coreano no fue un logro menor, y regresé a mi albergue satisfecho por haber invertido ese día en cosas provechosas.

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171 -

La danza de los Derviches Mevlevis en Konya había acabado muy tarde. Abordé el tren a Tarsus y llegué a esta ciudad casi a medianoche. Había poca gente por la calle para preguntar por un hotel económico para dormir, pues no me atrajo la idea de pasar la noche en un parque o bajo ruinas arqueológicas. Por lo general, cerca de las estaciones ferroviarias se suelen encontrar hoteles para los pasajeros. Pero no en Tarsus. Un peatón me condujo durante un cuarto de hora en la oscuridad con dirección a una gasolinera junto al mar, donde de paso podría comprar algo de comer, pues ese día sólo había desayunado. Me mostró una calle céntrica y de allí caminé a paso ligero un cuarto de hora más hasta que encontré un hotel de precios moderados, donde me alojé.

Por la mañana comencé a explorar la ciudad. Hallé pronto la Puerta de Cleopatra, pues la había atravesado la noche anterior, así como diversas mezquitas de aspecto seductor que en el pasado habían sido iglesias armenias, más restos de murallas de 6.000 años de antigüedad, lo cual denotaba que Tarsus debió ser una ciudad poderosa. Y, cómo no, no faltaban los monumentos a Atatürk.
Pronto encontré los callejones con balcones antiguos y en una plazoleta escondida leí en un letrero en turco lo siguiente: St. Paul Suyusu.

La entrada era gratuita para los peregrinos, que fue como me declaré para evitar comprar el billete y ahorrar un poco. Y no sentí remordimiento de conciencia, pues dije la verdad ya que en ese viaje por Medio Oriente iba buscando huellas de sabios, santos y viajeros; los demás tipos de personajes no me interesaban tanto. Y San Pablo de Tarso fue un apóstol de Jesucristo que comprendía esos tres calificativos, sabio, santo y viajero, pues según los Hechos de los Apóstoles, realizó muchos viajes misioneros por Asia Menor, a pie. Es muy probable que también viajara a la vieja Tarraco, en nuestra España.

Lancé un cubo al pozo de San Pablo y extraje mediante una cuerda un poco de agua que me bebí con fruición, hasta con avidez, repitiendo la operación varias veces, sirviéndome de un vaso de aluminio que allí habían dejado para tal fin.
Sentí que la atmósfera que se experimentaba en ese sitio nutría mi alma.
En ese recinto había columnas y restos de una casa atribuida a San Pablo, el apóstol de los gentiles. Placas en turco y en inglés explicaban la historia de este santo.
Pocas horas más tarde me hallaba en la estación de autobuses para visitar un sitio UNESCO propiamente dicho: las fantásticas ruinas de Nemrut Dagi, adonde llegaría de noche.

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172 -

Hallándome en Santillana del Mar no pude visitar las cuevas de Altamira por estar cerradas, pero sí las cuevas de Las Monedas y El Castillo, en Puente Viesgo (Cantabria), que también están incluidas en este mismo patrimonio.
Visitar estas cuevas me emocionó pues fue como viajar a las entrañas de mis antepasados, los celtíberos.
UNESCO reconoce nuestra cultura celtíbera concediéndonos cuatro Patrimonios Mundiales, éste de Altamira, más el “Sitio Arqueológico de Atapuerca”, el de “Arco rupestre del arco mediterráneo de la Península Ibérica” y, compartido con Portugal, “Sitios de arte rupestre prehistórico del Valle de Cõa y de Siega Verde”.

Era obligado visitar esas cuevas con guía. El precio de entrada era de sólo 3 euros. El guía nos explicaba que los celtíberos poseíamos una lengua y un alfabeto propio, una cultura milenaria y religión basada en las fuerzas de la naturaleza, éramos dueños de nuestra península, desde los Pirineos a Gibraltar, desde el Mar Mediterráneo al Océano Atlántico, con sus bosques y meseta, pescábamos y cazábamos, éramos felices. Pero tras sucesivas invasiones, la más importante la de Roma, abandonamos nuestra cultura para aceptar la invasora romana, que reconocimos como superior, y hoy amamos como nuestra, adoptando su religión y lengua latina. Posteriormente llegaron árabes, pero tras numerosas guerras expulsamos a muchos de ellos y otros se instalaron y se convirtieron en españoles, lo mismo que las tribus bárbaras que habían llegado antes que los árabes. De Francia también acogimos indígenas francos que Carlomagno nos mandó del actual sur de Francia para poblar la Marca Hispánica en nuestra península. Esos franceses hablaban un dialecto del latín, que al adoptar masivamente palabras del español dio lugar al actual valenciano, balear, catalán, etc. Y a esos invitados de Carlomagno también los acogimos en nuestra tierra; hoy ya son españoles de pleno derecho, como los demás, pues el noble pueblo celtíbero es hospitalario y todos son bienvenidos a nuestra península, que hoy está dividida entre dos países cien por cien celtíberos y hermanos, Portugal y España.

El guía nos condujo durante una hora en cada una de las cuevas a todos los recovecos. Vimos signos de manos humanas y animales, y experimentamos una sensación casi mística; íbamos siguiendo al guía en silencio observando todos los detalles con gran atención, esas cuevas parecían templos.

Unos de los visitantes me dijo a la salida que esas cuevas de Las Monedas y El Castillo eran auténticas, pero las de Altamira, donde él había estado el día anterior, no eran las originales (pues se hallan cerradas al público) sino una reproducción para contentar a los turistas.

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173 -

Un amigo que vive en Tarragona me invitó un día en su coche a conocer un sitio de dramática situación geográfica, no muy lejos de su ciudad. Se trataba de la antigua Seviriana de los Romanos, que ha cambiado de nombre numerosas veces. Durante el período de dominación musulmana se llamaba Xibrana, mientras que en la actualidad lleva por nombre de Ciurana de Tarragona (en español) y de Siurana (en catalán), aunque también vi un letrero que se refería a esa población como Siurana de Prades. Me encantan las ciudades que por sus antiguos nombres denotan una rica historia, como es el caso de Bizancio-Constantinopla-Estambul, o Tsaritsyn-Stalingrado-Volgogrado, etc.

A pesar de que mi amigo había estado en Siurana varias veces, nos perdimos y por ello empleamos casi dos horas en alcanzar este pueblo encantador, rodeado de paisajes que te cortan la respiración.
Mi amigo me explicó que el antiguo Reino de Xibrana fue el último bastión de los árabes en la actual Cataluña antes de que les expulsáramos de nuestra península durante nuestra larga Reconquista.
Había restos de una fortaleza, una iglesia, y abajo observé un pantano.
El castillo había sido destruido por los soldados franceses de Napoleón y hoy solo había ruinas.

La iglesia era románica, se llamaba Santa María y fue erigida el siglo XII. Entré en ella, introduje una moneda de 1 euro sobre una ranura y, como por arte de Birlibirloque, se iluminó, pudiendo así admirar su esplendor. El altar era sobrio pero atractivo. Me encantó el tímpano; Jesucristo crucificado estaba representado rodeado de ocho discípulos, más el sol, la luna y dos leones.
También advertí la presencia de un monolito de piedra coronado por una gran cruz. Luego supe por mi amigo que databa del 1953, cuando allí se irguió para conmemorar los 800 años de su reconquista por los cristianos.
La vieja Xibrana parecía un lugar casi inexpugnable, cuya conquista por nuestros soldados cristianos debió de ser muy denodada, pues está rodeada de montañas. El sitio era de una belleza que estaba más allá de la imaginación.

Mi amigo me contó muchas historias sobre ese antiguo reino musulmán y una leyenda sobre una reina mora que era muy hermosa y todos sus pretendientes, moros, judíos y cristianos trataban de requebrarla, sin éxito.
El poblado estaba habitado por apenas unas treinta personas que se desempeñaban vendiendo aceite de oliva, vino, queso y otros productos del lugar en unos kioscos callejeros.
Tratamos de comer en el restaurante del único hotel, pero sólo aceptaban a los clientes que allí pernoctaban. Menos mal que enfrente había un restaurante donde disfrutamos de un yantar de ricas viandas regadas por un delicioso vino de Priorat, uno de mis favoritos en España.
Al acabar el ágape regresamos a Tarragona, esta vez sin extraviarnos, y poco después regresé en tren a mi pueblo, Hospitalet de Llobregat.

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174 -

La visita al Templo del Cielo por la mañana, más la del Templo Taoísta de la Nube Blanca por la tarde, fueron las que más me cautivaron durante mi estancia en Beijing, aunque el último templo taoísta no está contemplado en la lista de UNESCO.
Con el billete de entrada me regalaron un estupendo mapa del Templo del Cielo, que es taoísta.
Antes de llegar a él y dentro ya del recinto, vi un sinfín de chinos que se dedicaban a diversas actividades, como practicar Taichí, jugar al ajedrez, vender loros, bailar y cantar, trucos de magia, malabarismo, etc. Aquello parecía un carnaval más que un templo.

Gracias a unas señales metálicas, en chino y en inglés, uno sabía orientarse en el territorio, que era muy extenso. Una señal explicaba acerca del Salón de Oración para la buena cosecha, otro te indicaba cómo llegar a la Bóveda Imperial del Cielo, etc. La simbología también era explicada en los letreros metálicos, teniendo mucha importancia el número 4 (por las estaciones), así como el 12 (por los meses), el 9 (por el rey). El número 7 representaba los siete picos de las sagradas Montañas de Taishan, que allí estaban simbolizadas por siete piedras.
El templo principal, el dedicado al cielo, era el edificio más bello (en mi opinión); su color azul y sus formas arquitectónicas me atraían poderosamente.

El altar de los sacrificios era otro lugar de los más populares, sobre todo frecuentado por chinos (los pocos turistas extranjeros se concentraban principalmente en el Templo del Cielo), y se hacían fotografías en un punto central, como si fuera un chakra de energía. Calculé que en ese complejo de templos debería haber cien chinos por un occidental.
Pero no todo se circunscribía al Templo del Cielo y el altar de sacrificios, sino que había piedras y árboles sagrados, jardines y tiendas de suvenires.

Al inicio de la tarde me desplacé al Templo Taoísta de la Nube Blanca.

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175 -

Bruselas es una ciudad hermosa llena de historia relacionada con España; uno se siente allí en casa, desde la bella estatua dedicada a Don Quijote y Sancho Panza (copia de la de la Plaza España en Madrid), al busto del Emperador Carlos V en un palacio (La Maison du Roi) de la Grand Place, más las cafeterías con nombres de nuestros reyes y príncipes de la dinastía Habsburgo.
Una vez vistas estas atracciones turísticas, a las que añadí los dibujos de Tintín por las calles, me dediqué a conocer los edificios construidos por el arquitecto Víctor Horta, el pionero del Modernismo.

Comencé por el Hotel van Eetvelde, que diseñó a finales del siglo XIX. Media hora antes de que lo abrieran ya esperábamos en la calle media docena de extranjeros, incluida una chica coreana. El ingreso era gratuito e incluso nos proporcionaron un guía para explicarnos cada rincón del edificio (también de manera gratuita) durante unos 40 minutos.
Todos los visitantes nos sentíamos en el séptimo cielo, aquello era maravilloso. Nos gustaron en especial las hermosas cristaleras.
A mí me recordó a la Casa Batlló en Barcelona, reformada por el arquitecto tarraconense Antonio Gaudí (su creador fue el arquitecto Emilio Sala).
El único inconveniente era que no se podían tomar fotografías, por lo que aquí sólo muestro las del exterior del edificio.
Este edificio es hoy sede de una compañía de gas (había gente trabajando en su interior que se mostraron indiferentes con los turistas que pasábamos por allí; ellos iban a lo suyo, a trabajar).

La segunda visita relacionada con Víctor Horta fue a su museo y su taller. Pero allí la entrada era de pago ¡y muy cara!
Ya no tuve tiempo para visitar otras obras de Víctor Horta en Bruselas, pues debía regresar a mi pueblo Hospitalet de Llobregat, en mi querida España.

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176 -

No habría podido visitar este sitio candidato a ser nominado Patrimonio Mundial por UNESCO a no ser por un amigo estadounidense, residente en la ciudad de Phoenix, que me llevó en su coche a Scottdale, a unos 15 kilómetros de distancia.
Por el camino iba tatareando una canción melodiosa con aires de guitarra del estilo bossa nova, de Simon y Garfunkel, que era famosa durante mis años en los que era un brioso mancebo:
– “So long, Frank Lloyd Wright
I can’t believe your song is gone so soon
I barely learned the tune
So soon
So soon
I’ll remember… lalala… lalala…”

El complejo era original y en la actualidad se había transformado en una escuela de arquitectura, además de ofrecer visitas guiadas a los turistas. La arquitectura usaba como material base la piedra e integraba el edificio a la naturaleza del desierto de Arizona.
Noté varias figuras de porcelana japonesas como decoración. Y es que Frank Lloyd Wright amaba el arte japonés.

El complejo contaba con albergues en el medio del desierto que eran utilizados por los estudiantes de arquitectura. Una torre coronada por una campana se tocaba regularmente para que los estudiantes acudieran a los refrigerios cuando los turistas se habían marchado.
A la salida de la casa-museo había una tienda vendiendo suvenires relacionados con la arquitectura de Frank Lloyd Wright, incluyendo libros, reproducciones en miniatura de sus edificios principales, y hasta un CD con el álbum de Bridge over Troubled Water, de Simon y Garfunkel, donde se incluía el tema de:
– “So long, Frank Lloyd Wright
I can’t believe your song is gone so soon
I barely learned the tune
So soon
So soon
I’ll remember… lalala… lalala…”

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177 – CENTRO HISTÓRICO DE LA CIUDAD DE OLINDA
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Llegué ya oscuro a Olinda, en el estado de Pernambuco, localicé un albergue junto a la playa y me instalé en él para pasar la noche.

Por la mañana visité el centro histórico de la ciudad de Olinda.

Comencé el recorrido ascendiendo una gran cuesta hasta alcanzar la parte más alta, donde se hallan el observatorio astronómico, la catedral y el convento de São Francisco. Casi todas las casas eran históricas, de tiempos de los portugueses, y estaban pintadas con colores muy llamativos. Olinda fue una de las primeras ciudades que construyeron los portugueses en Brasil. Era en esos tiempos muy rica y se referían a ella como “Lisboa Pequena”.

A pesar de su destrucción salvaje por los holandeses en el siglo XVII, Olinda fue levantada de nuevo y hoy representa una de las villas más fascinantes de Brasil.

La abundancia de sus iglesias y palacios, su naturaleza exuberante, sumado a la situación idílica junto a la playa, convierten a Olinda en un lugar muy turístico, tanto para brasileños como para extranjeros.

A media tarde me desplacé a la vecina ciudad de Recife y de allí viajé en autobús a Maceió, la capital del estado de Alagoas.

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178 -

Me hallaba recorriendo todos los fragmentos que, de momento, ha dejado la antigua Yugoslavia. Aún no están consolidados y se pueden producir nuevas descomposiciones; seguro que se producirán, será inevitable.
Una vez en Mostar, antes de llegar al famoso puente de Sinan, designado Patrimonio de la Humanidad, observé en mi camino un trozo de pan y un gato durmiendo la siesta. Sobre una piedra al lado de un mortero, habían pintado con tinta negra la frase: “DON’T FORGET”.
Pero el hombre olvidará; por desgracia siempre olvida.
Justo frente al puente encontré una casa particular donde acordé con la dueña y su hija un precio moderado por dormir allí 3 noches. Ese tiempo lo dividiría entre la ciudad de Mostar y el tekké derviche de Blagaj, a pocos kilómetros de distancia, donde durante dos noches asistí a los ejercicios de Sema de los derviches mevlevi.

Por la mañana me paseaba por el antiguo barrio y siempre visitaba la Plaza España, donde se halla un bello edificio de estilo “revival”, albergando un gimnasio.
España colaboró de manera generosa con la reconstrucción de la ciudad de Mostar, tanto económica como con la aportación de miles de soldados en las fuerzas multinacionales durante 15 años. Un monumento en el centro de la plaza se había erigido en honor a los soldados españoles caídos durante su misión, cuyos nombres estaban grabados sobre una piedra.

Lo que más me sedujo de la histórica ciudad de Mostar seguía siendo su Viejo Puente, o Stari Most (most significa “puente” en bosnio), que la organización UNESCO colaboró en su reconstrucción, que finalizó el año 2004. Cada día lo cruzaba de un lado a otro y me paraba en el medio para admirar el curso del río Neretva a la par que sorbía un té.

Para mí era un puente mágico, perfecto; no sabía si era más bello de día o de noche, cuando lo iluminan, y aparece todavía más romántico, haciendo olvidar los horrores de los que fue testigo a lo largo de su historia. El último horror, sucedido entre 1992 y 1995, dejó 200.000 muertos.
El cuarto día me marché de Mostar para viajar a otra parte.

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179 – EL SITIO LA CHAUX-DE-FONDS/LE LOCLE- URBANISMO DE LA INDUSTRIA RELOJERA 
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Llegué en tren desde Basilea a La Chaux-de-Fonds, ciudad donde sólo permanecería medio día, pues me pareció que este sitio UNESCO no merecía más tiempo.
Era muy temprano y había nieve por las calles. En la estación de tren había dibujos mostrando a la población fabricando relojes.
Letreros por varias partes de la ciudad te recordaban que uno estaba en una ciudad nombrada Patrimonio de la Humanidad.
Pregunté en la calle a los nativos por los lugares más interesantes desde el punto de vista turístico, y dos de ellos coincidieron en indicarme el mismo sitio, el edificio llamado ESPACITÉ (siempre suelo preguntar a más de un indígena para asegurarme de que me aconsejan bien).Caminé hacia el ESPACITÉ, que era una especie de símbolo de la ciudad. Para subir al último piso había un ascensor y una vez arriba entré en una cafetería. La vista desde allí en lo alto era magnífica y se distinguía la distribución de los edificios siguiendo una evolución.
Le Corbusier nació en esa ciudad, donde realizó sus primeras obras.
En la planta baja del ESPACITÉ había una oficina de turismo donde me proporcionaron un mapa con flechas para irlas siguiendo, lo cual me tomaría unas tres horas, escalando en la sinagoga, en un museo gratuito de relojería (Espace de l’Urbanisme Horlogier) donde me mostraron un video con la historia de la ciudad, en el Museo de Bellas Artes y, finalmente, en las calles llenas de relojerías. La caminata enlazando todos esos lugares estaba jalonada por bellas casas donde me paraba para admirar su arquitectura.Ese Patrimonio Mundial se complementa con la vecina ciudad de Le Locle, pero sentí que ya tenía bastante de relojes por ese día.
Aunque La Chaux-de-Fonds no fue mi UNESCO favorito en Suiza (lo sería días más tarde el trayecto en el Ferrocarril Rético desde St. Moritz a Tirano), me satisfizo todo cuanto vi.
Proseguí a media tarde mi viaje por Suiza abordando un tren con destino Lucerna, donde me quedaría a dormir.
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180 -

Iba siguiendo en tren, autobús, a pie y hasta en autostop, los pasos de nuestros Tercios de Flandes capitaneados por el Duque de Alba, desde Milán hasta los Países Bajos.
Al arribar a Lorena visité la bella Nancy (Patrimonio de la Humanidad) y tras ello me desplacé en tren a Metz, que constituye precisamente la capital de Lorena. A pesar de que el Duque de Alba no entró en esta ciudad, sino que la rodeó para alcanzar Thionville, yo sí decidí pasar en ella medio día antes de marcharme a dormir a Thionville, ciudad donde, además del Duque de Alba, había pernoctado el Emperador Carlos V.
La estación de trenes fue lo primero que me impresionó de Metz. El edificio está catalogado como Monumento Histórico por los franceses. El interior es una maravilla, pues además de la cristalera de Carlomagno en el Salón del Emperador Wilhelm II, se hallan los frisos, la Torre del Agua al lado; todo su interior es extraordinario.
De hecho, esa estación, o la parte final (pues ya existía otra anteriormente) fue construida por los alemanes (Alsacia y Lorena eran parte de Alemania en esos tiempos) a principios del siglo XX por motivos militares. Esa estación era la última escala de la ruta Berlín – Metz.

Al caminar hacia la catedral, observé con agrado placas en el suelo señalando que Metz es escala en el Camino de Santiago, lo que me emocionó. Metz es escala en las rutas del norte de Europa que se dirigen a Francia para empalmar con uno de sus cuatro lugares iniciales del Camino Francés (otro sitio UNESCO). En este caso Vézelay o Le Puy.
Este hecho me hizo sentir “en casa”; era como estar protegido por un halo de santidad.
La Oficina de Turismo se halla junto a la Catedral. Allí me dieron folletos y mapas, además de explicaciones sobre la fantástica catedral que me disponía a visitar.
La catedral se llama Saint-Étienne y era gigantesca. Me impresionó más que la de Nancy. Según una empleada de la Oficina de Turismo, la superficie de sus vidrieras era de 6.500 metros cuadrados, siendo la más extensa del mundo, más que nuestra catedral en León (España). Tres de esas vidrieras habían sido fabricadas en pleno siglo XX por el artista ruso-judío (nacido en Vitebsk, en la actual Bielorrusia) Marc Chagall.

Me quedaban aún 3 horas de tiempo, por lo que me dirigí al río Mosela (que desemboca en el Rin).
Metz es una ciudad de 3.000 años de antigüedad, por lo que no me sorprendió encontrarme en mi camino ruinas romanas, como columnas decoradas dedicadas a Apolo, Minerva, Juno y Hércules, o la Porte Serpenoise, que era una especie de antiguo Arco de Triunfo reconstruido a principios del siglo XX.
Seguí la calle peatonal, por la zona llamada Village Taison, disfrutando de una atmósfera muy grata, casi festiva a pesar de ser un día laborable. Fue allí donde me comí un couscous argelino, pues al ser jueves lo ofrecían a precios de risa como Plat du Jour en todos los restaurantes. El jueves es día de couscous en Francia, como en España es el día de la paella.

Sabía de le existencia de otras atracciones turísticas en Metz, como el Centro Pompidou, pero tras el couscous quería hacer la digestión con tranquilidad y dejar de visitar tantas piedras, prefiriendo recrearme un poco más por el Village Taison, y tras ello regresé a la estación de trenes para dirigirme a Thionville, donde dormiría junto al palacio donde pernoctó nuestro Emperador Carlos V (hoy en ese palacio han construido una pizzería) y, además, allí descansaron también nuestros Tercios de Flandes cuando trajeron a España el cadáver de don Juan de Austria (que hoy se alberga en el Panteón del Monasterio de El Escorial).

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181 -

Cerro de la catedral vieja de Lérida

Pasé medio día en la antigua Ilerda de los Romanos (aunque mucho antes nuestros Iberos la conocían por Iltirta). Pero los tiempos cambian y hoy esta ciudad es llamada Lérida en español, o Lleida en catalán.
Primero visité la parte central de la ciudad, con su Catedral Nueva (del siglo XVIII) y otros atractivos turísticos. Tras ello subí al cerro, que encontré lo más interesante de Lérida.
Había que pagar una entrada para visitar el interior de la vieja catedral con su museo, pero los amables porteros, cuando les conté que acababa de llegar de un peregrinaje a pie al Castillo de Javier (La Javierada) desde Pamplona, mostrándoles mi Credencial del Peregrino con el sello del monasterio de San Francisco Javier, e informarles que me hallaba en tránsito de regreso a mi pueblo (Hospitalet de Llobregat), me dejaron entrar gratis, pues los peregrinos gozan de ese privilegio en la Vieja Catedral de Lérida.

Una vez dentro sentí la magnificencia de esa gran catedral; uno era consciente de inmediato que se hallaba en el interior de un sitio imponente, colosal, e imaginé cómo debió ser la atmósfera sobrecogedora allí antes de ser convertida a inicios del siglo XVIII en un cuartel militar durante una de nuestras absurdas guerras civiles españolas. El rey Felipe V a punto estuvo de ordenar su destrucción cuando conquistó Lérida, pues por su situación estratégica militar esa catedral había contribuido decisivamente en la defensa de la ciudad.

Por unos folletos que me dieron en la recepción, supe que en el emplazamiento de esa catedral hubo anteriormente un templo visigodo, y tras la invasión de los moros de toda nuestra península sirvió de mezquita.
Durante unas tres horas lo visité todo siguiendo las instrucciones de los folletos, el retablo, el coro, el claustro, el campanario, la Puerta de los Apóstoles, más las diferentes capillas.
En el exterior de la catedral había bunkers de piedra construidos en los tiempos de Franco ante su temor de que los Aliados intentaran invadir España. La vista desde allí en lo alto te permitía hacer buenas fotografías panorámicas a la ciudad y los alrededores.

Se portaron tan bien conmigo los habitantes de Lérida (no sólo los recepcionistas de la catedral vieja, sino otros que encontré en la parte moderna), que tengo muy buenos recuerdos de esa noble gente. Por ello me alegré cuando en Wikipedia leí posteriormente la siguiente noticia:
“El día 2 de Octubre de 2015, el conjunto monumental de la colina de la Seu Vella (“Conjunt Monumental del Turó de la Seu Vella”) fue incorporado, por el Ministerio de Cultura del Gobierno de España, a la lista indicativa de monumentos españoles que optan a ser declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO”.
Sólo me resta desearles éxito y que UNESCO acabe declarando Patrimonio Mundial esa Catedral Vieja.
A media tarde abordé un autobús hasta mi pueblo.

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182 -

Tuve la oportunidad de visitar este imponente palacio por dentro y por fuera, de manera gratuita, que fue construido en tiempos de los españoles. Además, coincidí con uno de los días del cambio de guardia, con caballos y músicos. El despliegue de medios fue tan espectacular que aquello más bien parecía el rodaje de una superproducción en Hollywood, tipo Ben-Hur, o Lo que el Viento se llevó.

Primero entramos unos cuantos curiosos en el palacio y nos fueron mostrando diferentes salas, casi todas bautizadas con nombres de colores, como Salón Amarillo, Salón Azul, Salón Rojo…. Y también vi salones dedicados a Pedro de Valdivia, a los Edecanes, a la Independencia, etc. Una vez en el llamado Patio de los Cañones observé que esos cañones, fabricados por los españoles bajo las órdenes del barcelonés Virrey Amat (o Manuel de Amat y Junyent, que fue gobernador de Perú y Chile), se preservaban en perfecto estado, como si fueran nuevos. Incluso se podía leer en ellos el nombre del Virrey Amat grabado.

Los guardias eran muy amables y no ponían objeciones a dejarse fotografiar con los turistas, que éramos muchos, superando el centenar.

Pronto comenzó la música de trombones, trompetas, clarinetes, pitos y flautas, que cargaban medio centenar de músicos con sus uniformes militares. Al rato aparecieron al menos una cuarentena de caballos con sus cuarenta jinetes asiendo lanzas, y más de cien soldados con sus espadas y rifles. Los músicos interpretaron diversos temas conocidos universalmente. Me emocioné cuando el primero de ellos fue el Concierto de Aranjuez, del Maestro Rodrigo. También tocaron una samba, y ello era debido, sin duda, a la multitud de turistas brasileños que había por Santiago en esos días y no paraban de aplaudir.
Los jinetes nos deleitaron con hábiles maniobras con sus caballos, se izó la bandera chilena, se hicieron diversas maniobras marciales y al cabo de una hora se acabó el espectáculo. Todos los asistentes estábamos regocijados.

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183 -

Me detuve medio día en Diyarbakir en mi camino hacia los monasterios cristianos sirios vecinos a Mardin .
En unos folletos que me regalaron en la Oficina de Turismo se afirmaba que las murallas de Dibaryakir eran las segundas más extensas del mundo, sólo por detrás de la Gran Muralla china. Habían sido construidas por los Romanos en las postrimerías del siglo III y medían unos 6 kilómetros.
El autobús me dejó junto a un portal de tal muralla y pude apreciarla.

Francamente, yo esperaba más de esas murallas. Las de Lugo y, sobre todo las de Ávila, son mucho más estéticas y su visión te exalta, además de estar mejor preservadas que las de Dibaryakir.
No obstante no me defraudaron y me felicité por detenerme en esa ciudad, pues aparte de las murallas encontré otros lugares remarcables, como fue la gran mezquita. Me descalcé y entré en ella. Era hermosa y está considerada la quinta más sagrada del islam.

En un principio fue iglesia, hasta que los árabes invadieron ese territorio y la convirtieron en mezquita, al igual que habían hecho los musulmanes con nuestra bella basílica visigótica de San Vicente Mártir en Córdoba, que tras la conquista de la ciudad en el siglo VIII convirtieron en mezquita, bella, sí, pero más bella e histórica (del siglo VI) era la iglesia cristiana anterior.
La mezquita de Dibaryakir era muy espaciosa, mucha gente dormía y algunos fieles leían el Corán en alto. Parte de ella había sido reconstruida utilizando columnas y piedras de un antiguo teatro erigido por los Romanos 2.000 años atrás.

Pero lo mejor de ese medio día fue el caravansarai Hasan Pasa Hani, que encontré por azar entre las murallas y la gran mezquita. En la entrada había una placa donde se podía leer (en inglés) que un viajero polaco de principios del siglo XVII, llamado Simeón, había estado allí alojado y daba esta descripción del lugar:
– “Fui al caravanserai de Hasan Pasa Hani, el magnífico edificio de piedra podía albergar dos establos con capacidad para 500 caballos, y disponía de una fuente preciosa y diversas habitaciones en sus tres pisos”.

En ese caravanserai histórico me instalaría por dos horas, sentado en una cafetería, donde ordené un té acompañado de palomitas de maíz, para sentir la atmósfera kurda.
Tras Diyarbakir, me dirigí en autobús a Mardin para visitar los monasterios cristianos vecinos donde había estado el santo Efrén de Siria.

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184 – HOI AN
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Cuando me estaba despidiendo de unos amigos en la isla de Phu Quoc para viajar al norte de Vietnam, me advirtieron que no me detuviera en Hoi An porque era un pueblo “demasiado turístico”.
Pero yo no les hice caso. Muy bien – pensé- yo seré un turista más en Hoi An, pero iré.
Llegué a Hoi An a media tarde y me instalé en un hotelito céntrico.
Todo el mundo me sonreía, las calles estaban limpias, la vida barata. Sí, había muchos turistas, pero a mí no me molestaban en absoluto.
Al caer la noche cené en un restaurante romántico a la luz de varias velas.

Todo el día siguiente recorrí el centro, compré frutas, visité el puente cubierto japonés del siglo XVI, y no paraba de admirarme de la amabilidad de las gentes y la bella arquitectura.

Hoi An, en tiempos de los portugueses y los españoles (que se adelantaron varios siglos a los franceses en conocer Indochina) la llamaban Faifo. Muchos aventureros celtíberos, a lo Fernão Mendes Pinto, como el manchego Blas Ruiz y su amigo portugués Diogo Veloso, anduvieron por esas tierras experimentando mil y una vicisitudes a lo largo de los siglos XVI y XVII. Y hasta el fraile capuchino Antonio da Madalena, en el año 1586, descubrió para el mundo occidental el complejo de templos de Angkor Wat, y pocos años más tarde (en 1614) aparecería un libro en lengua portuguesa sobre su hallazgo.

Ofrecían excursiones por los alrededores de Hoi An, muy populares con los turistas alemanes y rusos, pero yo preferí saborear todo el día el encanto de esa ciudad.
El tercer día abandoné feliz Hoi An hacia el norte, haciendo cortas paradas por el camino, como en la Bahía de Ha-Long y en las montañas de Sa Pa, antes de penetrar en China y proseguir en trenes hasta Vladivostok, vía Manchuria.

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185 -

Llegué de madrugada a Lvov (también conocida como Lviv en ucraniano, Lwowie en polaco, y Lemberg en yiddish), la antigua Leópolis.
Provenía de Kiev, y por la noche proseguiría mi viaje hasta las orillas del Lago Balatón, en Hungría. Viajaba en trenes por la noche, visitaba durante el día las ciudades y maravillas naturales, y al hacerse oscuro proseguía mi viaje, y así día tras día desde Vladivostok, sin jamás coger un avión, hasta que llegué a mi pueblo natal Hospitalet de Llobregat, en mi querida España, lo que me tomó dos meses.
La estación del tren de Lvov me encantó. Era de estilo Art Nouveau, construida por polacos los primeros años del siglo XX.

Como enseguida comprobaría, Lvov parecía una ciudad polaca, e incluso la religión predominante allí era la católica. No en vano Lvov perteneció a Polonia durante varios siglos.
Había tranvías, lo que hace una ciudad romántica, y también carros tirados por caballos. Pero no fue necesario abordarlos pues el centro histórico estaba a un tiro de piedra, y caminé todo el rato. Cuando estaba cansado me sentaba sobre un banco callejero.
Había notado que en Kharkov, Dniepropetrovsk, Donetsk, Sebastopol, Kiev, y hasta en Odessa, la lengua predominante en la calle era el ruso, sin embargo en Lvov la gente tenía preferencia por el ucraniano, que es muy fácil de comprender por su parecido con el ruso.

No me dejé ni una de las iglesias principales de Lvov, dando preferencia a la Iglesia Dominica y monasterio, donde compré un cirio al monaguillo.
También dediqué tiempo a recorrer el barrio armenio y el judío. Había incluso placas dedicadas a Sholem Aleichem, también vi bustos y monumentos recordando a Gogol, a Mikhail Bulgakov, y a reyes varios.
Una casa muy atractiva se llamaba Casa Negra, cerca de la Plaza del Mercado, pero no pude entrar en ella y lo lamenté. Albergaba el Museo de la Historia de Lviv, pero coincidí en un día profiláctico. Databa del siglo XVI y su estilo era renacentista. Había sido construida para un recolector de impuestos italiano.

En la plaza central vi una gran cantidad de jóvenes que se manifestaban contra el aborto. También en esa ciudad se recuerda cada año el aniversario del Holodomor en tiempos del siniestro Stalin, y el Holocausto de los judíos allí asesinados durante la Segunda Guerra Mundial.

Como aún me faltaban varias horas para la salida de mi tren a Hungría, abordé un autobús hasta el Museo de Lviv de Arquitectura Popular y Vida Rural, en un parque llamada Shevchenko.
Allí me recreé durante varias horas visitando una reproducción de una aldea típica ucraniana, con sus murallas de madera y su iglesia, donde se celebró una ceremonia de Comunión. Como me entró hambre en ese museo, aproveché para ordenar en una de sus cafeterías al aire libre un plato de borsch acompañado por un vasito de gorilka, o un típico licor ucraniano.
Cuando llegó la hora regresé a la estación de trenes y reanudé mi viaje.

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186 -

Venezuela, a pesar de su inmensa superficie (cerca de 1 millón de kilómetros cuadrados, o casi el doble de la de España), sólo ha recibido por parte de UNESCO tres Patrimonios Mundiales: Coro, Parque Nacional Canaima y la Ciudad Universitaria de Caracas, lo cual considero una injusticia. El Barrio de Saladillo (en Maracaibo), la vieja ciudad de Mérida con su teleférico, o los fantásticos Tepuys, además de otros sitios únicos en ese país, merecerían también añadirse.
Al salir de visitar la casa natal de Simón Bolívar, en Caracas, abordé el Metro hasta la estación de Plaza Venezuela, donde hice transbordo, y a continuación proseguí hasta la parada de Ciudad Universitaria. Al llegar a la universidad los porteros me dejaron entrar cuando les dije que estaba interesado en ella por ser Patrimonio Mundial.

Un anuncio sobre una placa de cristal explicaba que esa universidad había sido inscrita el año 2000 en la Lista de Patrimonio Mundial, Cultural y Natural de la UNESCO, y que era obra sobresaliente del arquitecto venezolano Carlos Raúl Villanueva y un grupo de artistas de vanguardia.

Había esparcidas estatuas entre los jardines y los estudiantes se tumbaban a leer (y flirtear con las estudiantes) en medio del follaje. Vi cafeterías al aire libre y un jardín botánico. Era agradable; aquello más bien daba la impresión de ser un gran jardín de recreo que una universidad.
Conocía la Universidad Nacional Autónoma de México, que también está inscrita en la lista de UNESCO, pero la de Caracas no me satisfizo tanto, probablemente por ser un ignorante en arquitectura. Los bloques de la universidad eran de hormigón de un estilo que no lo encontré atractivo; tal vez esperaba encontrar una arquitectura más “india”.

Pude visitar dos lugares que por lo general se hallan fuera de acceso a los turistas, que fueron el Auditorio y la Aula Magna con sus nubes acústicas.
No obstante, en general, me agradó la visita, aunque no fue como para tirar muchos cohetes.
Como se hizo la hora del almuerzo me dirigí al comedor comunal y pude pedir, a precios de estudiante, un plato típico de la gastronomía venezolana llamado Pabellón Criollo.
Una vez que acabé, tomé de nuevo el Metro descendiendo en la céntrica estación de Sábana Grande.

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187 – SHIBAM

La razón principal de viajar al Valle de Hadramaut, fue la de intentar saber más sobre los dos primeros europeos en penetrar en ese territorio: el barcelonés (de Vic) Antonio de Montserrat y el madrileño (de Olmeda de las Fuentes) Pedro Páez.
Ambos eran jesuitas, grandes amigos (el fútbol aún no había sido inventado, y por lo tanto no existía la rivalidad entre el Barça y el Real Madrid). Viajaron en un barco portugués desde la Isla de Diu, en India, hacia Etiopía, cuando en su escala en Mascat fueron secuestrados por piratas y vendidos a los turcos. Pasaron como esclavos siete años en un pozo del desierto del Valle de Hadramaut, hasta que fueron liberados y pudieron navegar a Goa, India.

Pedro describe así las condiciones de él y su amigo Antonio durante su cautiverio en el Valle de Hadramaut: … “con cadenas muy gruesas al cuello durmiendo en lugares debajo de la tierra muy oscuros y calientes”…

Llegué a Shibam en autobús por cruzando el desierto. Iba siguiendo la Ruta del Incienso a través de las ciudades de Tarim, Say’un, y ahora Shibam.
A Shibam se la compara con Nueva York, por ello es denominada la Manhattan del Desierto. Era una ciudad de apenas 7.000 habitantes que vivía “en vertical” en sus altos edificios de adobe.

Descubrir sus callejones era una delicia, la gente iba en burros y cuidaba de las cabras, las mujeres vestían de negro y los viejos se sentaban en cuclillas a la entrada de un portal de la muralla para mascar chat. Los portales de las casas eran originales y nadie cerraba sus casas con cerrojos o candados. Uno experimentaba una extraña sensación en Shibam, distinta a la que se siente en otras ciudades yemeníes.
Cuando oscureció abordé un autobús nocturno a Sanaa.

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188 – SAMARCANDA
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Samarcanda es la ciudad uzbeka cuyo nombre más intriga y aventura evoca aunque, tras conocer bien el país, el viajero encuentra más atractiva la ciudad de Bujara, o al menos ese fue mi caso.
Fui por primera vez a Samarcanda en los tiempos de la Unión Soviética, con un grupo de turistas españoles más una guía de Intourist que nos acompañaba desde Moscú, más otra guía local en cada ciudad que visitábamos, incluida Khiva. Repetiría ese viaje en años posteriores media docena de veces, siempre acompañando turistas españoles, tanto de Madrid como de Barcelona o Zaragoza; el viaje individual por la URSS estaba prohibido.
Durante esas visitas turísticas entramos en los atractivos principales previstos en el tour, como el observatorio de Ulug Beg (nieto de Tamerlán), el Mausoleo de Gur-e-Mir, donde precisamente está enterrado este gobernante y astrónomo, además de matemático (o sea, un sabio), la antigua Afrosiab, museos varios, espectáculos con danzas, etc.

Lo mejor era cuando nos quedábamos solos. No estábamos en ninguna prisión ni éramos controlados como hoy el turista lo está en Corea del Norte, donde no te dejan solo ni siquiera dentro del hotel donde estás alojado. En cambio, en Uzbekistán en tiempos de la URSS podíamos pasear a nuestro aire tras las visitas programadas, comprar especias o seda en el mercado junto a la mezquita de Bibi Janim, o bien hacer amistades locales en la famosa plaza del Registán, donde por la noche había un espectáculo de Luz y Sonido.
Esa plaza de Registán era de una belleza incomparable. A mí me recordaba, en cierto modo, a la plaza de Naqsh-e Yahan, en Isfahán.
Las madrasas que la circunscriben más las cúpulas de color turquesa era lo que más nos atraía a los españoles.

Tan pronto como se descompuso la URSS regresé a Uzbekistán, esta vez solo, para descubrir lugares nuevos que no te enseñan los guías locales, como por ejemplo la calle dedicada a nuestro “Marco Polo”, el embajador Ruy González de Clavijo, que siguiendo las órdenes de nuestro rey español (castellano entonces) Enrique III viajó a Samarcanda, adonde llegó el año 1403. Tal huella dejó Clavijo en Samarcanda que los niños estudian su historia en las escuelas, y los de Samarcanda, al encontrarse por la calle con extranjeros de origen europeo, les llaman: “Clavijo, Clavijo…”.
Existe una placa dedicada a nuestro héroe viajero Ruy González de Clavijo en Madrid, en la Plaza de la Paja. La primera vez que fui a esa plaza, justo del portal donde se halla la placa, salió una mujer con un niño, y me dijo que su hijo se llamaba Ruy, inspirado en el viajero Clavijo.

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189 – BRASILIA
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Brasilia me pareció la capital más moderna del mundo, una ciudad de ciencia ficción. Estaba diseñada en forma de avión, en cuyo morro había un lago artificial y unos veinte edificios gubernamentales que correspondían a otros tanto ministerios diferentes, más una iglesia subterránea con tres grandes ángeles de piedra colgados en su centro con cables. En cada ala estaban situadas las embajadas y las viviendas con un complejo hotelero. Y en la cola quedaba la rodoviaria. No era una ciudad adecuada para conocerla a pie; todo allí estaba ordenado por bloques, separados por enormes distancias matemáticas.

De la rodoviaria me desplacé en Metro al centro, y una vez allí recorrí a pie todos los edificios de Oscar Niemeyer, como la Biblioteca Nacional, el Museo Nacional, la Catedral Metropolitana Nuestra Señora de Aparecida, las estatuas de los Evangelistas más el Campanario (donado por el Gobierno Español un 12 de octubre, fiesta nacional española), el palacio Itamaraty, la plaza de los Tres Poderes (Palacio del Planalto, Supremo Tribunal Federal y Congreso Nacional), la Alameda de los Estados, más los edificios de las embajadas.

Me pareció que estaba viviendo un déjà vu, pues en 1986 había pasado en esa ciudad varios días tras haber trabajado en un centro turístico en el estado de Mato Grosso, por ello esta vez sólo empleé 3 horas en revisitarla. Además, me impacientaba por llegar con luz del día a mi siguiente destino, que era otro Patrimonio Mundial donde nunca había estado: la ciudad de Goiás, en el estado de Goiás.

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190 -

En Aswan abordé un minibús, junto a un pequeño grupo de españoles (los de la tercera foto, donde yo aparezco justo en el medio), hasta Abu Simbel. Se puede llegar allí en avión, pero era caro y nosotros deseábamos llegar por tierra, atravesando el desierto. Tardamos unas 4 horas en llegar.
No sé si estaba incluido, pero había guías egipcios que hablaban muy bien el español explicando la historia del lugar a otros españoles y nos unimos a ellos. Tal vez el guía lo habían contratado los otros españoles, o estaba incluido sólo si llegabas allí en avión (como el otro grupo) pero al unirnos nadie se quejó, así que nos beneficiamos de las explicaciones y entramos en el templo de Ramses II y en el de la diosa Hathor, representada por su esposa Nefertari.

La historia de la situación actual de Abu Simbel todo el mundo la conoce; cuando se construyó la Presa de Aswan (me cuesta escribir Asuán en español) España participó en el traslado de ese maravilloso templo. Los templos tuvieron que ser cortados en varios pedazos y ser transportados por helicópteros gigantes a su ubicación actual. Gracias a nuestra colaboración con el proyecto dirigido por la Organización UNESCO recibimos el fantástico Templo de Debod, que se instaló sobre una histórica colina cerca de la Plaza de España, en Madrid. Los otros tres países colaboradores que también se beneficiaron de otros templos como recompensa a la ayuda, fueron Estados Unidos, Italia y Holanda.

En nuestro viaje de regreso a Aswan paramos un poco antes para visitar el Templo de Philae, en el actual emplazamiento de la isla de Agilkia, pues también se tuvo que trasladar debido a la Presa de Aswan. Aunque es pequeño produce un gran impacto.

Cuando debíamos regresar al puerto para abordar nuestra furgoneta a Aswan, faltaba una chica, Montse, la barcelonesa. La vi en lo alto de un templo y le saludé agitando el brazo como señal para que viniera. Pero en vez de ella, un político español llamado Miguel Roca me devolvió el saludo pensando que iba dirigido hacia él.
Me dio mucha rabia que pensara que le saludaba a él y de inmediato le retiré la mirada, pues no simpatizo con los políticos en general, y mucho menos con el partido que ese político representaba.
Al final tuve que subir al templo y coger a Montse del brazo para traerla al puerto.

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191 – MASADA 
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Durante el tiempo que trabajé como voluntario en un kibutz (llamado Mefalsim) tuve la oportunidad de visitar todos los Patrimonios Mundiales que posee Israel en la actualidad, aunque por aquel entonces (año 1984) Israel no poseía ninguno. Cosas de UNESCO.

Cada sábado nos invitaban a todos los voluntarios extranjeros del kibutz a conocer un lugar destacable de Israel, tales como el Mar Muerto, el Mar de Galilea, las fortificaciones de los Cruzados en San Juan de Acre, la tumba del profeta Abrahán en Hebrón, etc. Una de esas excursiones fue a Masada, adonde llegamos en el autobús del kibutz.

La jefa de los voluntarios fue nuestra guía. Ascendimos hasta la fortaleza, nos explicó la heroica defensa de los judíos en la conocida como Primera Guerra Judeo-Romana (cuando los habitantes de Masada, dirigidos por los zelotes, prefirieron suicidarse antes que entregarse a los invasores romanos, que los hubieran masacrado o esclavizado), y nos dejó varias horas libres para que hiciéramos fotografías panorámicas y paseáramos por entre las ruinas.
El sitio era más fantástico por las vistas que desde allí arriba se disfrutaban que por las ruinas en sí, que consistían en restos de palacios, fortalezas, la sinagoga, las viviendas, los baños, restos de torres, y también mosaicos de colores en aceptable estado de conservación.

En el autobús llevábamos comida y bebida, así que preparamos en la explanada central de Masada un picnic. Cuando empezaba a oscurecer regresamos a nuestro kibutz. Había sido una bonita excursión.

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192 – CONJUNTO DE MONUMENTOS DE MAHABALIPURAM

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Llegué a Mamallapuram, también conocido como Mahabalipuram, desde Pondicherry, y me quedaría hasta el anochecer, cuando proseguiría mi viaje hasta Madrás.

Los templos y vestigios arqueológicos de Mamallapuram se hallan en su mayoría junto al mar. Allí vi turistas indios paseando a caballo, y diversos kioscos vendiendo pescado fresco. También había tiendas vendiendo reproducciones en piedra de los dioses de la religión hindú. La estatua más simpática era la de Ghanesa descansando.

El extranjero paga por el billete de entrada en los templos 25 veces más caro que el turista indio. De todos modos, para un europeo el precio del ticket no era caro.
Cuando acabé de visitar los templos y estatuas a orillas del mar, me desplacé hacia los cinco rathas, o especie de templos de granito en forma de carruaje, hechos de una sola pieza. Esta sección me causó más placer que los templos a orillas del mar.

Pero eso no era todo lo que tenía que ofrecer Mamallapuram. Camino de la estación de autobuses me detuve para admirar unos bajorrelieves fantásticos, llamados “El Descenso del Ganges”.
Antes de que anocheciera viajé en autobús a Chennai (Madrás) y me alojé en un albergue de peregrinos cristianos, pues el día siguiente me proponía peregrinar a pie a los lugares donde vivió (y murió asesinado) el Apóstol Santo Tomás.

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193 -

Desde que alcancé a pie Santiago de Compostela tras haber realizado el Camino de Santiago sentí que era, tras Jerusalén, mi segunda ciudad favorita entre todas las que existen en nuestro planeta Tierra.
Santiago es una ciudad bella, sagrada, entrañable. Y llegar a ella tras un largo peregrinaje te proporciona un gozo cuya descripción está más allá de la imaginación.

La catedral también es una maravilla, aunque aquí debo confesar que hallo más bella la de León, por ejemplo. Sin embargo en la de Santiago presencié la oscilación del botafumeiro durante una misa en honor a los peregrinos.
El malvado moro Almanzor destruyó esa catedral los últimos años del siglo X, aunque no se atrevió a tocar el sepulcro del Apóstol Santiago, que se halla allí custodiado. Esclavizó a los habitantes de la ciudad y les obligó a arrastrar las campanas de la catedral hasta Córdoba, donde las colocó en la mezquita. Tuvimos que esperar dos siglos y medio hasta que Fernando III el Santo reconquistara Córdoba para obligar a los prisioneros moros a que llevaran esas campanas de retorno a Santiago.

Cada vez que el 25 de julio (festividad de Santiago) coincide en domingo, se considera Año Santo Jacobeo y se abre la Puerta Santa.
Todo seduce en Santiago, sus callejones estrechos, sus edificios de piedra milenarios, su universidad, sus palacios, la Plaza de Platerías, la Casa del Cabildo, la encantadora Rúa do Villar… ¡la atmósfera de su casco antiguo está llena de magia! Es imposible no amar Santiago.
Una vez que el peregrino obtiene la Compostela en la Casa do Deán, tiene derecho a entrar en el Parador de los Reyes Católicos, situado en la Plaza del Obradoiro, y aprovecharse de tres comidas que se ofrecen diariamente al peregrino, de manera gratuita, durante tres días seguidos.

Yo siempre desayunaba, comía y cenaba en un cuarto en el interior de este Parador, lo que era un lujo. El actual Parador fue fundado como hospital y albergue de peregrinos por orden del rey Fernando el Católico tras realizar a pie el peregrinaje a Santiago.
Pero el peregrinaje no acaba en Santiago de Compostela. Todavía hay que caminar tres días hasta Finisterre y quemar allí, junto a las aguas del Océano Atlántico, la ropa vieja para favorecer un cambio interior y devenir un hombre nuevo.

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194 -

Me gusta visitar los lugares donde han estado los grandes viajeros del pasado, a ver si se me pega algo de ellos. Por ello viajé en tren a Hangzhou, ya que allí estuvo Marco Polo, quien afirmó que Hangzhou era la ciudad más bella del mundo. Una placa junto a su monumento así lo afirmaba.

En una cafetería a la salida de la estación del tren a Hangzhou conocí a dos hermanos chinos y como ellos también tenían la intención de conocer la ciudad, decidimos irnos juntos. Eran muy agradables y pasamos varias horas juntos recorriendo el perímetro del Lago del Oeste, deteniéndonos ante sus pagodas y estatuas representando personajes notables de la historia de esa ciudad. Muchos chinos afirman: Arriba está el cielo, y abajo está Hangzhou.
Había excursiones en barco por el lago y muchas estatuas con loas por haber sido objeto de inspiración de poetas y escritores. Uno de los monumentos más tiernos era el dedicado a la poetisa Su Xiaoxiao, una joven muy hermosa e inteligente. Su poesía exhala amor hacia la vida. Había nacido en el siglo V en Hangzhou, y murió en esa ciudad cuando sólo tenía 19 años.
Como vieron que me conmovía la historia de Su Xiaoxiao, mis amigos me hicieron una fotografía junto a su monumento y comimos en un restaurante cercano que llevaba su nombre.

En uno de los jardines observé el signo de UNESCO, y es que los chinos están muy orgullosos de pertenecer al segundo país con más Patrimonios de la Humanidad del mundo, tras Italia.
Pero no todos los sitios interesantes de Hangzhou se circunscribían a ese lago. No muy lejos de él se localiza la calle peatonal Hefang, con muchos atractivos turísticos y una imponente mezquita frecuentada por los chinos musulmanes.

Cuando empezaba a oscurecer me despedí de los dos hermanos para reanudar mi viaje por China, dirigiéndome a las grutas budistas de Longmen, otro Patrimonio Mundial de UNESCO, adonde también viajó un sabio indio, a la par que gran viajeros (y fundador del Budismo Zen en el monasterio de Shaolin, otro sitio UNESCO que también visitaría días más tarde), al que los chinos veneran: Bodhidharma, que los chinos conocen por Da Mo.

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195 -

He visitado dos veces la encantadora ciudad de Quebec. La primera fue en 1984, junto a varias amigas quebequoises (de Montreal) que me enseñaron la parte vieja de la ciudad, y la segunda fue en este siglo XXI durante mi viaje en autostop a la Península del Labrador. Las fotos que muestro corresponden a esta segunda visita, pues de la primera, que eran fotos de papel, ya no conservo ninguna.

La primera vez coincidí un 24 de Junio, que se celebra en la ciudad de Quebec las fiestas locales de San Juan Bautista, y los indígenas precolombinos celebran el solsticio de verano. Nadie dormía por la noche, todo el mundo estaba en las cafeterías celebrando la noche.
Por la mañana mis amigas me llevaron a visitar las atracciones turísticas de Quebec.

Me gustaban las calles con dibujos en las paredes, el castillo de Frontenac, y sobre todo pasear por las orillas del río San Lorenzo donde ese día había una concentración de veleros de diversos países del mundo, como el buque escuela español Juan Sebastián Elcano.
En una calle peatonal descubrí una estatua dedicada a Louis XIV, y otra al fundador de la ciudad de Quebec, Samuel de Champlain.
No dejé asimismo de entrar en el Museo del Fuerte y en la Basílica de Notre Dame.

Pero lo mejor, lo confieso, fueron las dos noches que pasé allí callejeando con mis amigas por la “Basse Ville”, o zona baja del Vieux Québec.
La última vez, en el siglo XXI, sólo pasé una mañana en Quebec antes de reanudar el autostop hasta Goose Bay, en Labrador, lo que me tomó cinco días sin parar.

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196 -

No soy un incondicional de los sitios UNESCO; muchos de ellos, estando en la ciudad donde se ubican, los he ignorado si no me han parecido lo suficientemente atractivos.
No fue el caso cuando visité Brujas, pero debo confesar que el “plato fuerte” de ese viaje fue la vecina Gante (que no es Patrimonio de la Humanidad) y donde empleé mucho más tiempo que en Brujas. Y es que en un palacio de Gante dio a luz nuestra reina Juana I de Castilla (Juana la Loca) y nació nuestro Emperador Carlos V.

En aquellos tiempos yo iba siguiendo los pasos de nuestros Tercios de Flandes y su Camino Español, desde el Milanesado hasta Flandes. Pero como disponía de una media tarde de tiempo me aventuré a visitar Brujas (que de hecho ya conocía de un viaje de mi adolescencia), más bien para “matar el tiempo” que otra cosa.
Claro, me encantó la ciudad y, desde un punto de vista turístico, se considera más bella que Gante.

Cumplí con mis deberes como turista y en Brujas no dejé de admirar sus canales y sus puentes, la bellísima plaza de Grotte Markt, la catedral con su campanario (aunque no subí sus 366 peldaños) e iglesias principales, etc., y hasta admiré varias pinturas de Jan van Eyck.

Pero no era lo que yo buscaba, por lo que de madrugada, tan pronto como me despertaron los que regaban las calles, me reincorporé de mi banco de madera de la Grotte Markt donde dormía, y salí a pie de la ciudad para hacer autostop de regreso a Gante para seguir rindiendo homenaje al emperador más poderoso de su tiempo, cuyo lugar de fallecimiento había visitado años antes en Yuste.

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197 -

Mis amigos argentinos me aconsejaron antes de viajar a este Patrimonio Mundial:
– ¡Tienes que pasar 3 días en la Quebrada de Humahuaca!
Pero yo sólo disponía de un día y una noche. Iba con prisas y con poco dinero, y no podía perder el tren de Villazón a Uyuni, en Bolivia.
Lo ideal era emplear el primer día en Purmamarca (con la colina de los siete colores), el segundo en Tilcara (con su “pucará” o fortaleza precolombina), y el tercero en Humahuaca, realizando trekkings por los alrededores, incluyendo un fragmento del milenario Camino del Inca. Esas tres poblaciones son como los antiguos caravanserais, tipo posadas para el antiguo indígena y actual turista.

Me resigné y eliminé las dos primeras escalas, aunque el autobús pasó por ellas y pude apreciar los 155 kilómetros de la quebrada enn todo su esplendor, a la luz del día, con sus impresionantes paredes rocosas; sólo me perdí algunos trekkings.

Me alojé en el dormitorio de un hostal en Humahuaca cruzando el Río Grande, y recorrí por todo un día ese pueblo con casas de adobe. Incluso me desplacé a pie hasta un cerro vecino para obtener una vista panorámica del lugar y observar el colorido de las montañas. A medianoche me dirigí a la plaza del Cabildo, donde está sita la iglesia del siglo XVII “Nuestra Señora de la Candelaria”, junto a varios extranjeros del albergue, para presenciar una ceremonia indígena cuando una estatua representando a santo (San Francisco Solano) bendice a los asistentes y a la Pachamama. Tras ello los clientes del albergue y yo regresamos a nuestro dormitorio, a unos 15 minutos a pie más allá del Río Grande.

Parte del día siguiente lo invertí en recorrer otros atractivos de esa población, como el monumento a los héroes durante la guerra de la independencia (de España), el mercado central y los callejones empedrados. Algunas paredes de las casas lucían curiosos dibujos naifs. Y no me olvidé de hacer amistades locales.

Y cuando llegó la hora abordé el autobús a la frontera con Bolivia. Ese trayecto paralelo al Río Grande también fue memorable; una buena parte de él transcurrió por el valle bordeando unas montañas de formas y colores fantásticos.
A pesar de mi breve estancia abandoné Humahuaca satisfecho. Ahora me esperaba otro plato fuerte en mi viaje: el Salar de Uyuni.

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198 -

Escalé un día de primavera del año 1983 en el aeropuerto de Sídney, en Australia, país donde permanecería los 3 meses de visado turístico que me concedieron en Inmigración. Era muy joven y estaba dando una vuelta al mundo.
Como todos los viajeros que van a Australia, yo también buscaría allí trabajo, con éxito. Australia siempre ha sido un país amigo de los viajeros. Si uno trabaja en las granjas gana más dinero, pero yo preferí la comodidad de vivir en una ciudad grande, como es Sídney que, además, me gustó a primera vista.

Aún recuerdo mi primera visita a esa bella metrópoli: ¡la Opera House! Llegué a ella desde el aeropuerto, con mi bolsa de viaje. Ya me preocuparía después de buscar alojamiento y trabajo, pero pensé que lo primero era lo primero, y esa visita era lo más importante.
No me cansaba de admirarla y de hecho, una vez instalado en un albergue de Liverpool Street y de haber conseguido un puesto de friegaplatos en un restaurante de la cadena T. Bone en Bondi Beach, me pasearía delante del Opera House casi a diario; era mi lugar de ocio y de encuentros con amigos y amigas.
En el interior había exhibiciones de arte, cines y cafeterías.
Me atraían sus formas, me recordaban a una orgía de caracoles.

La Opera House, el impactante puente cercano sobre la bahía, que allí llaman “Sydney Harbour Bridge”, más el Hyde Park, donde los fines de semana jugaba al ajedrez junto a la estatua del Capitán Cook con los entonces yugoslavos (el país aún no se había descompuesto), eran mis tres lugares favoritos.
Durante mi estancia en Australia también frecuenté museos en Sídney, y realicé una vuelta en autostop al país, vía Brisbane, Cairns, Alice Springs (con una escalada al Ayers Rock, o Uluru, que en aquellos años estaba permitida), más Adelaida y Canberra.

El museo que más me impresionó y llegué a visitar tres veces, estaba justo en una esquina del Hyde Park, y se llamaba Australian Museum, siendo el más antiguo del país. La sección dedicada a los aborígenes me hacía estremecer. Había fotografías realizadas en el mismo siglo XX, y se explicaba cómo los europeos cazaban a los aborígenes (el Gobierno de Australia pagaba una recompensa por sus cabezas), cómo se exterminó la raza aborigen que poblaba Tasmania, al cien por cien, y otras atrocidades como encadenar a los aborígenes antes de ejecutarlos, o robar los niños para adoctrinarlos a la manera inglesa, violaciones de menores, encarcelaciones y suicidios. Algunas de las fotos, realizadas por mí en un viaje reciente a Sídney (30 años después de mi primera visita) y que muestro aquí, todavía siguen impresionándome.
El día número 91 de mi estancia en Australia me dirigí al aeropuerto y me marché a viajar a otra parte.

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199 -

Durante el día que pasaría descubriendo Sucre, leí en letreros que era denominada “La ciudad de los cuatro nombres”, según reza la conocida copla que leí en un azulejo callejero:
“Cuatro nombres muy gloriosos tiene nuestra capital.
Son La Plata, Charcas, Sucre, Chiquisaca la inmortal.
Cuatro nombres luminosos de grandeza y dignidad.
Ciudad Blanca, Madre y honra de la bolivianidad.
Te llaman la Culta Atenas por tu saber y beldad.
Tú rompiste las cadenas y nos diste Libertad.”
Venía de Potosí y el autobús me dejó cerca de una universidad, la primera de Bolivia, con un letrero que me daba la bienvenida a Sucre, junto a una cruz, la de San Andrés, que había sido otorgada a Sucre por el Emperador Carlos V.
Mientras que en Potosí la altitud era de casi 4.000 metros, en Sucre apenas alcanzaba los 2700 metros, por lo que físicamente me sentía más liviano y no precisé beber ningún té de hojas de coca para aliviarme.

Sucre me pareció a primera vista una ciudad colonial preciosa. Sus casas estaban encaladas de blanco, sus iglesias y palacios databan del siglo XVI, y sus balcones me hicieron recordar a los de Cartagena de Indias. Las gentes de Sucre están muy orgullosas de la capitalidad y afirman que es una ciudad de estudiantes, de amistades leales y de amores eternos. Todas las mujeres portaban sombreros.

Gracias a un mapa que me regalaron en la Oficina de Turismo visité sistemáticamente todos los edificios y monumentos que contempla UNESCO, empezando por la catedral y sus tesoros, luego entré en la iglesia de San Lázaro (la más antigua de Sucre), también en la colosal iglesia Nuestra Señora de la Merced, y terminé por los templos de San Francisco y la universidad jesuita, llamada “Universidad Mayor Real y Pontificia San Francisco Javier de Chuquisaca”, la primera de Bolivia y de todo el continente americano.
Me alegraba cuando veía en los muros de las iglesias o palacios, una placa adosada donde se indicaba la cooperación española, pues España ayuda económicamente a Bolivia, lo mismo que a Paraguay y a otros países hispanoamericanos, a la restauración de los edificios coloniales.

El presidente de Bolivia, Evo Morales, aparecía en los carteles del centro histórico, siempre inaugurando el agua corriente o el gas en los pueblos de los alrededores.
Abandoné Sucre esa noche para dirigirme a Asunción en lo que sería un larguísimo viaje en camiones y autobuses que duró tres días, cruzando todo el Gran Chaco.

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200 - ITCHAN KALA
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Tuve suerte de visitar varias veces Jiva (Khiva) en los tiempos de la URSS, siempre acompañado de españoles, en tren, que bordeaba el río Amu Daria. Entonces a los turistas nos llevaban en tren desde Tashkent, Samarcanda o Bujara hasta Urgench, donde nos esperaba un autobús de Intourist para transportarnos a Jiva, a unos 30 kilómetros de distancia, casi en la misma frontera con Turkmenistán, y allí dormíamos en un hotel modesto en el interior de la ciudadela de Jiva, o Itchan Kala, y yo experimentaba una sensación inefable. Es como si las murallas protegieran tu sueño, como estar en el vientre materno, uno se siente seguro, como dentro de la amurallada Jerusalén o incluso de Lugo. Los antiguos camelleros de la Ruta de la Seda debían sentir la misma sensación cuando llegaban cansados al caravanserai del oasis de Jiva, con sus mercaderías chinas que transportaban con destino Europa.
A pesar de lo diminuto de la ciudadela, su interior está preñado de mezquitas, madrasas, palacios, mausoleos y casas antiquísimas. Las mujeres visten con unos chillones vestidos de seda y los hombres cubren sus cabezas con un gorro de cordero de lana negra de Astrakhan. La atmósfera te transporta a los tiempos de Sheherezade.
Por lo que me han contado, estos últimos tiempos Jiva se ha convertido en un lugar muy turístico, pero en los años 80 del siglo XX nuestro grupo de españoles era el único que disfrutaba de la ciudad, éramos siempre los únicos turistas y al declarar ser de España los locales lo veían como si fuéramos de un país maravilloso, creo que nosotros éramos más exóticos para ellos que al revés, y nos invitaban a té y dulces en sus casas.
Tras un día en Jiva, nuestra guía de Intourist nos devolvía a la estación de trenes de Urgench para proseguir el programa, esta vez con destino a Nukus, la capital de Karakalpakstán, la república autónoma y rebelde de Uzbekistán, donde siempre los niños nos tiraban piedras al vernos, por considerarnos “infieles”.
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201 -

He de reconocer que más que visitar otro sitio UNESCO, mi intención al viajar a Canterbury fue iniciar el peregrinaje de la Vía Francígena. Ello no quitó el que visitara todos los lugares inscritos como Patrimonio de la Humanidad, tanto la catedral, como la abadía de San Agustín y la iglesia de San Martín, además de otros lugares no contemplados por UNESCO que alberga la fascinante ciudad de Canterbury.
El primer día de la Vía Francígena no me fue fácil. Son sólo 31 kilómetros, pero hay que hacerlos de un tirón, hasta Dover, ya que no hay donde pernoctar durante el camino.
Iba siguiendo la ruta de Sigerico el Serio, el arzobispo de Canterbury que a finales del siglo X emprendió a pie el peregrinaje a Roma, lo que le tomó 80 días con etapas de 20 kilómetros, o un total de unos 1.800 kilómetros.

Era enero del 2016, invierno. Como no existen albergues de peregrinos en Canterbury había dormido sobre un cartón bajo un cajero automático callejero, y no me mojé sino que dormí plácidamente, pues el sonido de la lluvia me sirvió de nana.
A las 9 de la mañana abrieron la catedral de Canterbury a través de un portal majestuoso. Asistí a la misa anglicana y recibí la bendición del peregrino. Tras ello me dirigí a la catedral católica, a pocos pasos de la anglicana, y también solicité la bendición del párroco católico, por si acaso, pues más vale que sobren bendiciones que no que falten.
En ambas catedrales sellaron mi Credencial del Peregrino.
A la salida de Canterbury me detuve en una cafetería para tomarme un buen desayuno inglés, ya que pensé que hasta la noche no volvería a comer (de hecho me equivoqué pues por los huertos del camino recogería rábanos, riquísimos, que me comería mientras caminaba).

A la salida de Canterbury visité por unos minutos la iglesia de San Martín, la más antigua de Inglaterra, incluida, junto a la catedral, en el Patrimonio Mundial de la UNESCO, y tras ello seguí el camino hasta un poblado llamado Patrixbourne, antes de internarme por el follaje por más de 20 kilómetros. Había tanto barro campo a través que cada poco rato debía hacer un alto para limpiar mis mocasines. Ello aminoró mi marcha.
Me perdí dos veces. La Vía Francígena no está tan bien organizada ni señalizada como el Camino de Santiago. Una vez oí disparos de escopetas, eran cazadores matando pájaros; había entrado en un coto de caza sin darme cuenta. Y otra entré en la autopista y la Policía me detuvo y me depositó de nuevo en el camino.

Así y todo logré alcanzar Dover poco antes del anochecer, cansado por tantas paradas para limpiarme el barro. Una vez en esa ciudad costera caminé hasta el puerto y pocas horas más tarde crucé al Canal de la Mancha.
En Calais, ya en Francia, el peregrinaje se haría más benigno, pero no lo concluiría hasta Roma sino que varias etapas más adelante lo interrumpiría y regresaría a Hospitalet de Llobregat, en mi querida España, para proseguir la Vía Francígena más adelante.

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202 – PALACIO DE LA MÚSICA CATALANA Y HOSPITAL DE SAN PABLO, BARCELONA
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Las dos únicas veces que he visitado tanto este Palau (Palacio en español) de la Música Catalana, como el hospital de Sant Pau (San Pablo en español), ha sido motivado por la petición de dos amigos extranjeros alojados en mi casa, quienes me señalaron que eran componentes de un Patrimonio Mundial y me pidieron acompañarles. Uno era de Italia, a quien conocí en las Islas Salomón, y otro (otra) una turista de Rusia.
¡Qué vergüenza! Tuvieron que venir de fuera para forzarme a visitar esos dos maravillosos sitios, y eso que vivo en un pueblo a un tiro de piedra de Barcelona.

Desde Hospitalet de Llobregat abordamos el Metro hasta la Sagrada Familia, edificio que les mostré a ambos (en dos diferentes visitas). De allí caminamos al Hospital de San Pablo, cuya entrada era gratuita y, además, en una caseta nos agruparon con otros visitantes (todos extranjeros, menos yo) y una chica en inglés nos fue enseñando algunos de los pabellones modernistas y callejones del recinto de ese estupendo hospital. Pensé que debe dar gozo caer enfermo si te hospitalizan allí, pues la belleza ayuda a sanarte.
En las dos ocasiones iba admirado contemplando la belleza de las vidrieras y la armonía de las formas arquitectónicas.

Más lúcida fue la segunda visita, ya de noche, al Palacio de la Música Catalana. Tras verlo desde fuera y hasta tomarnos un café en el interior, no quisimos pagar la entrada para la visita guiada, ya que por apenas unos pocos euros más preferimos adquirir un billete para, además de ver la maravillosa arquitectura interior, presenciar un show, en una ocasión, con mi amigo italiano, de música clásica española (no recuerdo el nombre del virtuoso de la guitarra, pero era de Castilla), y la segunda fue un espectáculo de flamenco increíblemente colorido y bello, y así mi amiga rusa “mató dos pájaros de un tiro”, como se suele decir, ya que además de observar por dentro el Palacio de la Música Catalana (sitio UNESCO) también asistió a un espectáculo de flamenco, que es Patrimonio Inmaterial de la UNESCO.

Ni qué decir tiene que mi amiga se sintió en el séptimo cielo.
Todos los catalanes (o al menos la inmensa mayoría) adoramos el flamenco, por ello cada año celebramos la mayor concentración de personas en España (sólo por detrás de la Feria de Sevilla), o unos 3 millones de catalanes amantes del flamenco que nos congregamos la Feria de Abril junto al Fórum para, durante diez días, disfrutar de sevillanas y el arte de la guitarra española bebiendo finos y comiendo “pescaitos”. En verdad, los catalanes somos afortunados de tener en casa este evento anual, uno de los más numerosos que se celebran en el mundo, sólo superado por los carnavales del Brasil, los Kumbha Melas de la India, o los peregrinos a La Meca.
Por otra parte, los catalanes estamos muy orgullosos del Palau de la Música Catalana, pues es para nosotros como un templo del flamenco. La programación de espectáculos de flamenco es uno de los que tienen allí más éxito, y es difícil conseguir billetes de entrada. El Palau es mejor sitio que uno de los numerosos tablaos que existen en la ciudad condal para presenciar ese arte, una de las danzas más bellas que ha producido la Humanidad.
A la salida del espectáculo flamenco del Palau, vendedores magrebíes y norteafricanos vendían (con éxito) castañuelas, muñecas de bailarinas andaluzas y sombreros cordobeses a los espectadores, que todo compraban encantados.

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203 - CENTRO HISTÓRICO DE LA CIUDAD DE YAROSLAVL 
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Me encantan las ciudades que componen el Anillo de Oro en Rusia y a lo largo de diversos viajes he tratado de conocerlas todas, aunque aún me faltan unas cuantas por visitar.
A Yaroslavl se la denomina la “Florencia rusa”. Sí, es exagerado, pero el calificativo da una idea de que allí se pueden encontrar tesoros artísticos y bella arquitectura.

La ciudad debe su nombre al zar Yaroslav el Sabio, quien la fundó el año 1010, junto al río Volga. En una céntrica plaza pude observar la estatua de este zar, asiendo en sus manos una maqueta de una iglesia. Cerca de esa plaza también se encuentra un oso, el símbolo de la ciudad.
Su Kremlin se localiza en el centro de la ciudad. Se debía pagar en rublos el equivalente a un euro para visitar unas iglesias en miniaturas en un jardín. A la salida rodeé el Kremlin por todo su perímetro, tras lo cual entré en el “plato fuerte” de la ciudad: la Iglesia de San Elías. Sólo por esta iglesia ya merece la pena viajar a Yaroslavl.

Esa iglesia fue la primera que se construyó en Yaroslavl, durante el período cuando los polacos invadieron Rusia.
Tras adquirir el billete de entrada pude admirar durante unas dos horas los detalles y la perfección de los frescos sobre los muros de la iglesia; aquello era comparable a la Capilla Sixtina del Vaticano, o a la Colegiata de San Isidoro de León.
Esos frescos fueron creados en el siglo XVII por dos monjes artistas de la ciudad de Kostroma. Se les atribuye haber pintado frescos en, al menos, una iglesia de cada ciudad que integran el Anillo de Oro.
Sus frescos representan la vida de santos.

Era un milagro que las iglesias de Yaroslavl no hubieran sido destruidas por los comunistas. La explicación que me dieron allí fue que como la letra Y de Yaroslavl (pronunciada como ia), es la última del alfabeto ruso y ellos iban destruyendo iglesias en orden alfabético comenzando por la “a”, al haber tantas iglesias en Rusia no les dio tiempo de llegar a las que tenían un nombre que comenzara por la última letras. Por eso se salvó Yaroslavl, para la delicia de sus visitantes.

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204 – CENTRO HISTÓRICO DE GUIMARÃES  
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Con base en la bella Oporto invertí un día entero en visitar Guimarães, y la vecina ciudad de Braga.
He de confesar que me sedujo más Braga que Guimarães, a pesar de que es esta última ciudad el Patrimonio Mundial de UNESCO.
Compré un billete de tren en la estación de Oporto, llamada São Bento, nombre religioso pues anteriormente se hallaba allí un monasterio benedictino. Mientras esperaba la salida contemplé los bellos azulejos de la estación, unos 20.000 me dijeron, representando diferentes momentos históricos del país.
La vendedora de los billetes me aconsejó comprar primero la ida en tren a Braga, desplazarme en autobús desde Braga a Guimarães, y regresar a Oporto por tren desde esta ciudad.
Le hice caso, pues ella, siendo portuguesa, sabía más que yo sobre esas ciudades.

El tren Oporto – Braga me tomó una hora de tiempo. La visita fue de 2 horas. El autobús de Braga a Guimarães empleó otra hora de tiempo, mientras que la visita a Guimarães fue de 4 horas. Y el trayecto en tren desde Guimarães a Oporto también empleó una hora.
Pero me precipité en las visitas de Braga esperando que el “plato fuerte” de ese día era Guimarães, por estar en la lista de UNESCO, mientras que Braga no lo está. Por ello, apenas pasé allí dos horas, incluyendo la visita a su fantástica catedral, al Palacio Raio y al santuario vecino de Bom Jesus de Braga.
Hoy aconsejaría invertir las mismas horas en Braga (combinado con Bom Jesus de Braga) que en Guimarães.

La zona histórica de UNESCO en Guimarães estaba al lado de la estación de autobuses.
Sobre un muro leí la frase: “Aquí nasceu Portugal” y muy cerca encontré la estatua del rey Afonso Henriques y el castillo, que se llamaba Castelo.
Empecé por el castillo, que estaba vacío, completamente. Yo lo esperaba lleno de muebles y armaduras, pero no, además, al parecer ese día no lo limpiaron y deduje que allí entraban impunemente los perros para desembarazarse de sus residuos fisiológicos. Lamenté ese estado de abandono en el que se encuentra (o se encontraba cuando lo visité) pues ese castillo está considerado una de las siete maravillas de Portugal. Lo mandó construir en el siglo X una condesa (Muniadona Díaz) para defender un monasterio vecino de los ataques de los normandos y de los moros.

En la Plaza de Oliveira me comí una francesinha en la terraza de un restaurante. Después entré en varias iglesias y también en el Palacio de los Duques de Braganza, lo que más valió la pena (visita de pago) de Guimarães, además del sabrosísimo bocadillo de la francesinha.

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205 - SANTUARIO HISTÓRICO DE MACHU PICCHU 
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Realicé el Camino del Inca el año 1986. Eran otros tiempos. En la actualidad las condiciones y precios para hacerlo son otros.
Desde Cuzco abordé un tren hasta el kilómetro 88.
Acceder al Sendero del Inca costaba 10.000 soles para los peruanos, pero 105.000 soles para los “gringos”.
Tras más de dos meses viajando por Perú ya estaba cansado de comprobar cómo se abusaba del extranjero. Expliqué al portero que me hallaba en apuros económicos y sin darle tiempo a pensar le dejé sobre la mesa los 10.000 soles y crucé raudamente el puente.

Nadie me detuvo y yo cada vez caminaba más rápido, por si acaso me seguían.
Iba con una mano por delante y otra por detrás, sin tienda de campaña, sin cantimplora para el agua, sin ropa de invierno, y como todo alimento había comprado dos latas de sardinas de 100 gramos cada una, y un cuarto de kilo de pan.
Mal lo hubiera pasado de no haber dormido la primera noche en la tienda de unos turistas protegiéndome así del frío y de la lluvia. Y el segundo día un portugués me dio comida y me prestó ropa seca tras cinco horas corriendo bajo la lluvia hasta que encontré un túnel para dormir.
¡Y al tercer día llegué al majestuoso Machu Picchu!
Había caminado 45 kilómetros por montañas, ríos y gargantas a más de 3.000 metros de altitud y había admirado bellos paisajes con selva y ruinas incas en el camino. Sí, había sido duro, pero llegar a la meta compensaba por todo.
Por fin me hallaba ante el Machu Picchu, que tantas veces había contemplado en fotografías, uno de los objetivos de mi largo viaje por Sudamérica.
Antes de bajar a visitarlo me quedé más de media hora admirando el conjunto, sentado sobre unas ruinas llamadas Puerta del Sol.

La sensación de belleza adquiría más fuerza en todos los que habíamos recorrido el Sendero del Inca por cuanto parecía que nos lo habíamos ganado a pulso. Y por ello, cuando nos acercábamos a la Puerta el Sol, dudábamos antes de bajar a unirnos a los miles de turistas que pululaban por el lugar, llegados en infinidad de autocares lujosos. De seguro que nosotros más que nadie saboreábamos el magnetismo y la magia de esas montañas.
En la Puerta del Sol había un danés que había contratado los servicios de un porteador peruano para que le cargara la mochila y la tienda de campaña durante los tres días. También había una pareja muy simpática de franceses, y un grupo de quince estadounidenses cuarentones que habían pagado 300 dólares por persona a una agencia de viajes en Cuzco, para recorrer cómodamente el Sendero del Inca acompañados por quince peruanos que, durante los cinco días que les tomó la caminata, se ocuparon de transportarles las mochilas, tiendas de campaña, sillas y mesas plegables, cocinarles las comidas, y deleitarles las veladas con música de flauta de la altiplanicie interpretándoles “El cóndor pasa” y otras canciones con guitarras y quenas.

Al final me decidí a bajar a la Ciudad Perdida de los Incas, el Machu Picchu, cuyo nombre significa Pico de la Vieja Montaña.
Machu Picchu es una ciudadela rodeada por montañas rocosas por todos los lados, y circundada por el Cañón de Urubamba.
Tras pasar varias horas ensimismado recorriendo las ruinas, tomé un tren a Cusco, donde visité las ruinas de Sacsayhuamán y Pisac, y al día siguiente me marché a viajar a otra parte.

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206 - SITIO ARQUEOLÓGICO DE PANAMÁ VIEJO Y DISTRITO HISTÓRICO DE PANAMÁ 
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Panamá fue la primera ciudad construida en la costa pacífica americana, pero fue arrasada por el criminal Morgan, un repugnante pirata inglés que hoy sería considerado un terrorista, perseguido por la comunidad internacional y ahorcado sin piedad al ser capturado.

El casco antiguo del actual emplazamiento de Panamá (a pocos kilómetros del anterior) es merecedor de una visita de, al menos, un par de días. Yo ya conocía esa ciudad, además de Portobelo, de un viaje anterior en el año 1984 (aunque en aquellos tiempos carecía de cámara fotográfica), por lo que esta segunda vez me alojé sólo dos noches en Panamá, en una pensión a apenas dos “cuadras” (manzanas) de la Catedral Metropolitana.

En esa zona me sentía en un pueblo extremeño o andaluz, y sus gentes eran de lo más afable conmigo cuando les decía que era español.
Mientras organizaba mi incursión en las Islas de San Blas y la Jungla del Darién, tuve oportunidad de revisitar los lugares más remarcables e históricos del denominado Casco Antiguo de Panamá, sus iglesias principales y antiguos palacios erigidos por los españoles.

Una visita que no está contemplada por UNESCO en la ciudad de Panamá pero no por eso dejé de realizar, fue el templo Bahai, que durante mi primer viaje aún no estaba construido. Quedaba a unos 10 kilómetros de la ciudad de Panamá. Llegar a él fue fácil y la hospitalidad de sus feligreses fue ejemplar. Pasé toda una mañana allí disfrutando de las bellas vistas de la ciudad de Panamá a lo lejos.
Al tercer día me marché en un vehículo todo-terreno, junto a un grupo de indios Kuna, a la costa atlántica para visitar en lanchas las Islas de San Blas.

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207 – FUERTE Y JARDINES DE SHALAMAR EN LAHORE
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En el año 1988 había muy malas relaciones entre la India y Pakistán por las recientes guerras entre esos dos países. La frontera de Wahga la abrían sólo tres días al mes, los 2, 12 y 22. Yo acababa de conseguir el visado indio en Islamabad y me dirigí a la frontera cuando en Lahore me enteré de esta noticia. Había llegado cuatro días antes y debía esperar, pero era mejor hacerlo en Lahore que no en la pequeña población de Wahga.
En el YMCA en The Mall nos reunimos varias docenas de viajeros esperando la apertura de esa frontera. Preferíamos esperar que volar para entrar en la India, como los viajeros de verdad, pues volar cuando se puede viajar por tierra es como hacer trampas.
Me uní a un pequeño grupo de europeos (varios italianos muy simpáticos) y aprovechábamos los días para visitar los sitios más remarcables, como la impresionante mezquita de Badshahi, que está considerada la quinta más grande del mundo. Y en una esquina de la parte amurallada de la ciudad entramos en un Patrimonio Mundial de UNESCO, aunque nosotros lo ignorábamos. Se trataba del Fuerte (a los jardines de Shalimar no fuimos, aunque apenas se hallaban a 5 kilómetros de distancia de Lahore).

Como han pasado 3 décadas desde mi visita y no disponía de cámara de fotos (las que muestro aquí son de amigos) sólo recuerdo la entrada al fuerte y que en su interior admiramos la decoración, y creo que trepamos por algún torreón de lo traviesos que eran los italianos, pero poco más.

Lo que sí recuerdo como si lo hubiera visto ayer fue una estatua extraordinaria y única que alberga el Museo de Lahore. El edificio en sí es magnífico e impresionaba desde la distancia; se sitúa cerca de un gran bazar, junto a The Mall. En ese museo trabajó como curador el padre de Rudyard Kipling durante el período de dominación inglesa de la India. Entramos en él por unas pocas rupias. Había en su interior, protegido por una caja de cristal, una estatua de Buda delgado hasta los huesos, y cuya visión al principio te provocaba hasta repulsión; Buda estaba como un esqueleto. Pero observándola un poco más junto a la expresión de sabiduría, la llegué a amar y comprendí que así debió de encontrarse Buda cuando se sentó bajo aquella higuera de Bodh Gaya donde alcanzó la Iluminación.

Sin embargo, ese extraordinario museo no lo contempla UNESCO como Patrimonio Mundial.
Cuando llegó el día de la apertura de la frontera viajé a Wahga y crucé a la India para alcanzar en autostop la ciudad de Amritsar, donde visité el Templo Dorado de los sikhs.

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208 - CIUDAD HISTÓRICA FORTIFICADA DE CAMPECHE  
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Lo primero que llama la atención al llegar a Campeche es la fortaleza y sus muros en muy buen estado de conservación. Gracias a ella los españoles evitaron asaltos de piratas ingleses y franceses. Vi en una de sus entradas un monumento dedicado a un carro con un caballo y su dueño que llevaba por título El Aguador, y al lado se localizaba una placa metálica de UNESCO en la que se podía leer:
“ADUANA MARÍTIMA. Edificio de carácter militar, construido entre 1786 – 1790. Funcionó como enlace comercial con Europa, por ser este el único Puerto de la región desde el siglo XVI al XVIII”.
Busqué un alojamiento en el interior de sus murallas y hallé un antiguo convento convertido en albergue donde me hicieron un buen precio por una antigua celda en la planta baja.

Durante ese día y parte del siguiente recorrí la ciudad y hasta caminé a lo largo del malecón hasta que me encontré con una carabela española (debía ser una reproducción) convertida en cafetería y restaurante, donde no dejé de probar un vasito de tequila añejo.
Entré en la Catedral de la Concepción, donde compré un cirio, y también compré otro en la Iglesia de San Francisco.

Al mediodía del día siguiente viajé a unas ruinas mayas cercanas, llamadas Edzna, donde admiré el Juego de Pelota de los Mayas más la construcción de la Gran Acrópolis.

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209 - MEDINA DE ESSAOUIRA (ANTIGUA MOGADOR)  
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En el año 1505 los portugueses erigieron una fortaleza en la actual ciudad de Essaouira, llamada Castelo Real de Mogador. Sería una entre la serie de fortalezas que edificarían en la costa atlántica del norte de África. Durante el siglo XVIII fue destruida y en el XIX bombardeada y sus restos se pueden hoy ver. A esa zona se la conoce como Scala del Mar.

Me atrajo esa pequeña ciudad de apenas 70.000 habitantes; en algunos folletos turísticos se la denomina la Perla del Atlántico, y también la Bella Durmiente. Sin embargo, salvo un grupo programado de turistas franceses que les conducía un guía en el interior de sus murallas y les llevaba a tiendas de souvenires para percibir su comisión, no vi a ningún otro extranjero durante el día entero que permanecí en esa ciudad.

Encontré un hotel económico dentro de la parte amurallada y allí al lado comía, en un restaurante español llamado Casa Vera, que me preparaba sardinas u otro tipo de pescado fresco, tanto para comer como para cenar, pues repetí de lo bueno que era el cocinero. Observaba a los pescadores que faenaban en el puerto, frente a ese restaurante español, y supuse que el pescado estaría fresco y delicioso, como así fue.

Deambulaba por entre los callejones, entraba por los portales y observaba a los pescadores cómo preparaban sus redes para pescar langostas mientras las gaviotas sobrevolaban la zona y, al menor descuido, robaban una sardina a los pescadores y se escapaban volando. Me encantó la atmósfera.

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210 - PATRIMONIO NATURAL Y CULTURAL DE LA REGIÓN DE OHRID 
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Llegué a Ohrid a media tarde tras haber partido de buena mañana desde Tesalónica.
Iba siguiendo en autobuses la histórica Vía Egnatia fundada por los Romanos, desde la antigua Bizancio (hoy Estambul) hasta Dyrrachium (hoy Durres, en Albania), a orillas del Mar Adriático.

Desde la estación de autobuses de Ohrid caminé unos diez minutos hasta el centro y allí una familia me propuso un cuarto en su casa por 10 euros, cosa que acepté. Además, para cenar me prepararían una sopa boba, y para el desayuno un café con leche junto a un bollo de nata.
Tras dejar mi pequeña bolsa salí a recorrer el centro y buscar un supermercado junto al lago, done me compré un bocadillo de mortadela.
No pude visitar nada más pues pronto oscureció; todas las atracciones turísticas estaban cerradas, así que pospuse las visitas hasta la mañana siguiente.
Tras el desayuno caminé hacia la fortaleza. Por el camino encontré la estatua dedicada a los santos y hermanos Cirilo y Metodio quienes, basados en el griego, crearon el que sería el actual alfabeto cirílico, hoy utilizado por alrededor de una docena de países, como Macedonia, Rusia, Bulgaria, Bosnia, Mongolia, Ucrania, Bielorrusia, Serbia, etc.

Pasé frente a la Iglesia de Santa Sofía, pero al estar cerrada seguí subiendo hasta la fortaleza, pero aplacé su visita hasta el mediodía, pues no me la quise perder por la perfección que observé en su arquitectura gracias a una maqueta que había junto a la entrada.
Alcancé el Monasterio de San Panteleimón, o Pantaleón, también llamada de San Clemente, que fue discípulo de los hermanos y santos Cirilo y Metodio. Aún estaba cerrado. Mientras esperaba a que lo abrieran me recreé ante la bella vista del lago. Había ruinas y mosaicos por doquier y andamios que denotaban que estaban restaurando la magnificencia original del lugar.
Pronto apareció un monje, un monaguillo y una chica joven que era la vendedora de suvenires. Aunque aún no era la hora prevista en el horario marcado en una nota, me dejaron entrar y pude así admirar los mosaicos, frescos, más los diversos iconos.
Compré un cirio y la chica, tras preguntarme el nombre, me regaló una postal de San Jorge.

Durante mi descenso al lago no dejé de entrar en otras iglesias, siendo la más notable la de Santa Sofía, cuyos frescos interiores me llenaron de gozo.
Al entrar la tarde proseguí mi viaje a lo largo de la Vía Egnatia.

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211 - SANTUARIO Y TEMPLOS DE NIKKO   
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Menos mal que he visitado Nikko y estoy complacido por ello. En viajes anteriores a Japón los viajeros con los que hice amistad me aconsejaban: “No vayas a Nikko, es demasiado turístico”. Y siempre les hice caso.
Pero en un viaje posterior, muchos años después, resolví yo también ser un turista, razonando:
– ¿Acaso la Alhambra de Granada no es muy turística, y el Museo del Prado también? Pero no por ello dejé de visitar esas maravillas en el pasado.

Llegué a Nikko bien temprano, somnoliento, proveniente de la Isla de Hokkaido en autostop y trenes, durmiendo en los internet cafés por unos pocos yens. Y, tonto de mí, al llegar al complejo turístico lo primero que hice fue comprar un ticket para “tocar” el famoso y bello puente de Shinkyo, lacado de color bermellón, que salva el río Daiya.
Supe que había hecho el turista ingenuo cuando los japoneses me miraban y se reían para sí tocándose la punta de la nariz, y sus hijos me señalaban con el dedo. Nadie pagó, nadie atravesó ese puente a pie, como yo hice.
Me dolió ese “despilfarro” por tocar y atravesar un puente que se veía a pocos metros de distancia, no hacía falta cruzarlo a pie. Con los yens que pagué por el ticket podría haber desayunado una sopa de fideos con un huevo cocido.

En la entrada al recinto una piedra te indicaba que aquello era un:
“WORLD HERITAGE, Shrines and Temples of Nikko”.
Subí al complejo de templos traspasando un gigantesco Torii, e hice una pausa para saborear el momento. Ese sitio UNESCO era bello, bellísimo, y me sentí deslumbrado por la armonía de los templos entre el entorno natural.
Sólo volví a pagar para entrar en el Sanbutsu-do (el Santuario de los tres Budas), todo lo demás lo contemplé desde fuera, o camuflándome entre un grupo numeroso de turistas.

Cuando me sentí empachado de ver tantos templos, pagodas y estatuas de Buda caminé a la estación de tren y abordé uno de los lentos a Nagano.

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212 - VILLA D’ESTE (TÍVOLI)  
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Es muy fácil visitar este Patrimonio Mundial de UNESCO y combinarlo con Villa Adriana el mismo día.
En Roma abordé un autobús a Tívoli y justo a la llegada, a apenas cuatro pasos, se situaba la entrada a Villa d’Este.
Había un letrero de UNESCO a la entrada.

Compré mi billete de acceso y me dediqué durante unas tres horas a conocer este lugar, que consta de dos partes, la primera el palacio y la segunda los bellos jardines llenos de fantasía, con la gran cascada y adornados con estatuas.
Por un folleto que me regalaron aprendí que la villa fue encargada reconstruir por el cardenal Hipólito II de Este, que era nieto del papa español Alejandro VI (el valenciano Rodrigo de Borja), y convirtió el antiguo convento benedictino en palacio, y el claustro en unos jardines maravillosos.

Primero visité el palacio, lleno de frescos por todas las paredes y hasta en los techos, mostrando alegorías, sobre todo a la caza. Era bello.
Tras ello descendí a los jardines donde también disfruté recorriéndolos al azar, sin orden ni concierto, dejándome llevar por las estatuas y las fuentes.
La disposición y ornamentación de esos jardines inspiraron los que se crearían en años posteriores en toda Europa.

Al final no sabría decir qué me cautivó más, si el palacio con sus frescos o la gracia de los jardines con sus juegos de agua.
Tras la visita de Villa d’Este abordé un autobús hacia Villa Adriana, el segundo Patrimonio Mundial que visitaría ese mismo día.

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213 -

Tras mi visita a Tskhinvali, en Ossetia del Sur, me dirigí a Gori, donde permanecería tres días.
El dueño de la casa donde estaba alojado, el señor Vahtang, se ofreció a llevarme en su coche a la Ciudad Cueva de Uplistsikhe, un sitio que yo ignoraba, así que acepté.
El nombre de Uplistsikhe significa en idioma georgiano Cabeza de Dios.
Al llegar comprobé que Uplistsikhe debió haber sido una ciudad troglodita con una enorme cantidad de grutas comunicadas.

El señor Vahtang me contó que Uplistsikhe es uno de los lugares más antiguos de la civilización y fue escala en una variante de la Ruta de la Seda. Además, era un sitio sagrado para los paganos. En el siglo XIII los mongoles, al mando de Hulagu (el nieto de Gengis Khan) destruyeron Uplistsikhe, y desde entonces está abandonada.

Sin embargo, al entrar en una de sus iglesias noté que estaba bien cuidada, hasta con cirios llameando, pues los nativos de los alrededores suelen frecuentarlas para rezar. En su interior vi iconos y frescos. En una de ellas coincidí con varios artesanos que estaban restaurando el altar, y que me vendieron un cirio para colocarlo frente a un icono con la imagen de San Jorge.
En las cuevas de la parte alta vivían los aristócratas y los indígenas pobres vivían en las cuevas de abajo.
La cueva más superlativa fue la que servía de palacio a la reina de medieval de Georgia: Tamara.
Justo cargaba en mi bolsa un libro que me había comprado en Gori, titulado: El caballero en la piel de tigre, del poeta georgiano Shota Rustaveli, dedicado a la reina Tamara.

Tras unas tres horas de visita en las cuevas laberínticas de Uplistsikhe y aún a una catedral vecina llamada Urbnisi, regresamos a su casa. Tras la cena junto al señor Vahtang y su esposa, me dedicó varios temas georgianos con su acordeón, mientras sorbíamos unos chupitos de vodka de una garrafa. Me sentía gozoso; ese día había sido muy provechoso.

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214 – CONJUNTO CONVENTUAL DE NOVODEVICHY 
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Moscú es una capital europea con tres Patrimonios Mundiales. Además del Kremlin y la iglesia de la Ascensión de Kolomenskoye, Moscú también cuenta con otro sitio maravilloso, como es el Monasterio de las Doncellas, o Novodevichi, donde actualmente viven varias decenas de novicias.
Está cerca del centro, la parada del Metro que te deja al lado se llama Sportivnaya.

Fue en Enero del año 2016 cuando decidí revisitar este monasterio, pues las veces anteriores, en tiempos de la URSS, no poseía cámara de fotos.

De hecho la visita al complejo amurallado es gratuita. El billete de entrada (300 rublos) te da derecho a entrar en dos museos; en uno se preservan iconos de gran belleza y te explican la historia sobre la famosa y benevolente Madre Superiora Serafina, que murió a finales del siglo XX. En el segundo museo te muestran sobre la invasión de Moscú por parte de las tropas de Napoleón a principios del siglo XIX y los destrozos y saqueos que realizaron los franceses. Todo es muy didáctico y te permiten hacer fotos sin flash. Además, dentro de las murallas está la Torre Octogonal, la Catedral Nuestra Señora de Smolensk y el Refectorio, lugares que merecen la pena ser visitados, pero las monjas no te permiten hacer fotografías en el interior.

En el territorio de Novodevichi se hallan varias tumbas, siendo la más famosa la de la Madre Serafina, seguida por la del guerrillero y, además, poeta Denis Davidov, un héroe muy querido por los rusos que luchó contra los soldados franceses de Napoleón que invadieron Rusia. Lev Tolstoy se inspiró en varios de los episodios bélicos de Denis Davidov para escribir su gran obra Guerra y Paz.
Anexo al monasterio de Novodevichi hay otro cementerio, mucho más grande, donde están enterrados personajes célebres, como el ex presidente Boris Yeltsin, la esposa del ex presidente Gorbachov, escritores varios como Gogol, Chejov o Mikhail Bulgakov, y hasta ajedrecistas que han sido campeones del mundo, como Mikhail Botvinnik y Smislov.

Tres horas fueron suficientes para recordar mis viajes anteriores a este monasterio. Tras ello me marché a visitar otros sitios de Moscú, tales como el interior del Kremlin.

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215 -Viajé por primera vez a Etiopía en 1993. Tras haber visitado las ruinas del Palacio de Gorgora, a orillas del lago Tana, donde había vivido (y muerto) el jesuita madrileño Pedro Paéz (el descubridor para el mundo occidental de las Fuentes del Nilo Azul el año 1618), me desplacé a Gondar, donde permanecería dos días admirando unos castillos que denotaban influencia portuguesa (Portugal había enviado al español Pedro Páez a Etiopía para tratar de convertir al rey al catolicismo).Los castillos se hallaban en la misma ciudad, en una especie de ciudadela junto a varias iglesias maravillosas (otra de las joyas de Gondar). Lo visité todo durante un día entero, de arriba abajo y de abajo arriba.
El segundo día visité una casa donde aún quedaba una familia de Falashas, también llamados Beta Israel, o aquellos descendientes del rey Menelik I, hijo de la Reina de Saba y del rey Salomón. Por ello los israelíes los consideran de los suyos. Hoy, casi todos viven en Israel, a excepción de una mujer con su hija.Como en ese viaje no disponía de cámara de fotos, muestro las que hice en años posteriores, cuando viajé allí con varios amigos españoles. En una de las fotos aparezco con mis amigos más la madre y la hija Falashas (soy el tercero por la izquierda).He de confesar que en Gondar obtuve más satisfacción de las iglesias del recinto amurallado, más el conocer a esa familia de Falashas, que por entrar en los castillos en sí. La iglesia de Debre Birhan Selassie con su techo de angelitos, era tan enternecedora que sólo por ello se justifica una visita a Gondar; en su interior se tenía la sensación de haber penetrado en lo más íntimo de su propia alma.
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216 -

He visitado dos de las cuatro iglesias incluidas en este Patrimonio Mundial: la de Iloilo y la Iglesia de San Agustín, en Intramuros, Manila.
UNESCO está considerando añadir cinco nuevas iglesias a estas cuatro, totalizando nueve. De las cinco nuevas sólo he estado en la de San Pedro Apóstol de Loboc, en la Isla de Bohol, más en la del Patrocinio de María, en la Isla de Cebú.

Con las “Iglesias Barrocas de Filipinas” y la “Ciudad Histórica de Vigan”, son dos los sitios UNESCO de obra española.
Además, otros tres sitios candidatos que aparecen en la Lista Indicativa de UNESCO y que confío que pronto sean de propio derecho Patrimonios de la Humanidad, fueron erigidos por los españoles durante los más de tres siglos y medio que permanecimos en las Islas Filipinas. Estos tres nuevos sitios, son:
– Fortificaciones coloniales españolas en Filipinas
– Iglesia de San Sebastián
– Iglesias jesuíticas de Filipinas
Cuando se confirmen estos tres nuevos sitios candidatos, serán cinco los Patrimonios de la Humanidad construidos por los españoles en Filipinas.

En Manila me quedé a dormir en un hotelito dentro de Intramuros, en la Calle Urdaneta (en honor de nuestro Andrés de Urdaneta, que halló la corriente del tornaviaje del Galeón de Manila, y que era primo de Legazpi).
Sólo tenía que bajar a la recepción de mi hotel y a 50 metros tenía ante mí la Iglesia de San Agustín, que visitaba cada día para comprar cirios.
Dentro de esta iglesia se encontraba una majestuosa estatua de madera representando a San Agustín de Hipona.
En las paredes y junto a esta iglesia había placas y signos de UNESCO.

Durante los años cuando los ingleses invadieron Manila (segunda mitad del siglo XVIII), profanaron esta iglesia, saqueándola y robando todo lo que pudiera ser valioso, que se llevaron a Inglaterra. Los estadounidenses no serían mejores y utilizaron esta iglesia como prisión para realizar el primer exterminio del siglo XX de la Humanidad, contra el pueblo filipino, cuando masacraron al 10 por ciento de la población civil, entre ellos muchos españoles nacidos en España. Los japoneses también usaron esta iglesia como campo de concentración, asesinando a la mayoría de los filipinos allí encerrados.
La iglesia, además de guerras, ha sufrido terremotos. Pero allí sigue de pie, orgullosa y magna.

En mi opinión, debería ampliarse este Patrimonio de la Humanidad a todo Intramuros, pues a pocos metros de esta iglesia, en la Plaza de Roma, se halla la catedral, el fuerte de Santiago, la estatua de Felipe II (de cuyo nombre deriva el de las Islas Filipinas), la estatua de Isabel II de España, y la de Carlos IV con una placa de agradecimiento, pues fue este rey español quien comisionó y sufragó la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, de 11 años de duración (1803 – 1814), la primera de la historia de la Humanidad que realizó una vuelta al mundo en la nave María Pita, y que tantas vidas salvó en todo el mundo, en especial en los países del continente americano y en Filipinas (además de otros países asiáticos), donde se padecía la viruela.
Tras Manila navegué a Zamboanga para, desde allí, viajar por el archipiélago de Sulu y saltar, de isla en isla, hasta Borneo.

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217 -Antes de entrar en la catedral me detuve frente a ella y, para tomar una buena foto captando toda su magnificencia, retrocedí hasta ponerme de espaldas a las casas de enfrente. Era una verdadera obra de arte; su estilo arquitectónico exterior me recordó a Notre-Dame de París y también a la catedral de Chartres. Pero la catedral de Amiens es la más alta de todas las catedrales góticas francesas.
Antes de entrar, en un lateral descubrí una estatua que me inquietó por su parecido a la de Savonarola en Ferrara, Italia. Representaba a Pedro de Amiens el Ermitaño. A sus pies estaba escrita la frase: Dieu le veut” que es el lema de los Caballeros de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén.No te hacen pagar para entrar en la catedral de Amiens (algo que deberían de copiar en las catedrales de España, como las de Burgos, León, Toledo, Barcelona, Sevilla, Granada, Valencia, Córdoba, y un largo etcétera).
Su interior está lleno de esculturas representando episodios de los Evangelios, por ello a esta catedral se la denomina “la Biblia de Amiens”.
Hay placas que recuerdan su historia, desde su fundación hasta los peligros que pasó durante las dos guerras mundiales del siglo XX.
Un anuncio que me llamó la atención fue el referido al Camino de Santiago. Aunque Amiens no entra dentro de los cuatro caminos de Santiago que se originan en Francia (Vézelay, Le Puy, Arles y París), allí se indicaba que en la Edad Media esa catedral era paso de tránsito para los peregrinos que procedían de Bélgica y otros países norte europeos, más de los ingleses que cruzaban a Francia por el Canal de la Mancha.Invertí unas dos horas en su interior prestando atención a sus capillas, el coro barroco, la sillería, las reliquias, el altar, el púlpito, las gárgolas y quimeras, las torres y las columnas. Los colores de las vidrieras te hacen estremecer por la perfección y la delicada elaboración, pero… llegó un momento en el que me saturé de tanta belleza; me cansé, me impacienté, pues ¡qué caramba! tenía otro motivo “viajero” en Amiens, y era visitar la casa de Julio Verne que, aunque no está dentro de los sitios UNESCO, bien merecía un desvío.Salí de la catedral y me dirigí a ella a pie. En una plazoleta advertí una estatua representándole. Su casa era un museo de cuatro pisos. En la recepción vendían postales y posters con los títulos de sus libros, entre ellos “La Vuelta al Mundo en 80 Días” y “Viajes Extraordinarios”. Según me informó el portero, aunque Julio Verne nació en Nantes, los últimos 27 años de su vida los pasó en esa casa de Amiens.
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218 -Al llegar a Zabid, una histórica ciudad fundada en el siglo VIII, me dirigí al zoco para comer algo, pues no había desayunado nada y ya era mediodía.La primera impresión de la ciudad no fue muy positiva. Los edificios históricos como la famosa universidad, las mezquitas con sus madrasas, las puertas a la ciudad amurallada y los palacios estaban semi-abandonados, casi en ruinas; era evidente que la ciudad necesitaba una restauración urgente. El esplendor de Zabid, cuando comerciaba con el este de África y con Asia, se desvaneció. Hoy, la mayoría de sus casas estaban construidas con ladrillos de barro.La mezquita, encalada de blanco, gozaba de una situación dominante en la ciudad. En el pasado fue un centro de educación del mundo árabe y musulmán, y en su universidad se acuñó la palabra álgebra.
No encontré a ningún otro extranjero durante el medio día que pasé allí, pues Zabid no es un sitio turístico. Ello hacía que los niños me miraran con curiosidad, y los adultos me sonreían y trataban de entablar conversación conmigo. Todos se asombraban cuando, al preguntarme la nacionalidad, les contestaba que era español. Ellos, en su ingenuidad, se admiraban y decían que España debía ser un país extraordinario. Un nativo, en broma, proponía cambiarme su burro por mi billete de avión a España.No me dejaban pagar el té en el zoco; siempre varios nativos a la vez le pedían al camarero que no me cobrara.
Entré en un viejo palacio donde de nuevo bebí té acompañado con unos dulces de miel.
Pronto se hicieron las 6 de la tarde y me pregunté dónde dormiría esa noche en Zabid, una ciudad de unos 20.000 habitantes. Contemplé la posibilidad de pasar la noche sobre los pufs del palacio que acababa de visitar, pero al final decidí marcharme en autobús a la vecina ciudad de Hodeidah, a las orillas del Mar Rojo.
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219 - CIUDAD IMPERIAL DE THANG LONG – HANOI  
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Mientras esperaba en Hanoi mi tren nocturno para dirigirme a visitar las coloridas tribus de las montañas en Sapa, tuve tiempo de entrar en la Ciudad Imperial de Thang Long-Hanoi, caminando, pues se halla al lado del lago Hoan Kiem, frente al monumento dedicado a Lenin. La entrada era gratuita.

Entré en todas las partes adonde que me dejaron, subí unos peldaños hasta lo que parecía un palacio, pero su verdadero nombre era el Portal del Norte (North Gate). Allí se subían todos los turistas, prácticamente todos debían ser vietnamitas por sus aspectos, no recuerdo haber visto ni un sólo occidental durante las aproximadamente dos horas que pasé allí.

Según leí, en un pasado los palacios allí erigidos debieron mostrar una gran magnificencia, pero fueron destruidos durante sucesivas guerras; los franceses también hicieron de las suyas y se les considera culpables del estado ruinoso en que hoy se encuentra esta ciudadela.
Había una zona donde te hacían pagar entrada, pero yo no fui al hallarme corto de presupuesto.

A decir verdad, este Patrimonio Mundial no subyuga, y si uno no sabe que UNESCO lo ha declarado como tal, mete la cabeza al complejo, echa un vistazo furtivo y se marcha más bien indiferente. No es una Alhambra de Granada, ni un Machu Picchu, y lo que más impacta es la torre con la bandera. El lugar es más bien una versión modesta (modestísima) del Palacio Imperial de Beijing.
Al parecer, el gobierno vietnamita quiere restaurar su antiguo esplendor, lo que tomará varios años (yo lo visité el 2013). Hubo un tiempo cuando esa Ciudad Imperial era el centro político, económico y cultural de la nación, donde se celebraban las ceremonias más importantes.
No obstante, me sentí satisfecho con la visita, pues como se dice en mi tierra: “a caballo regalado no le mires el dentado”.
Poco más tarde viajé a Sapa.

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220 -

En septiembre del año 2007 viajé en un barco pescador (Edinburgh of the Seven Seas) desde Ciudad del Cabo a la isla de Tristán da Cunha. La travesía duró diez días debido a los malos vientos y oleaje.
A causa de la abrupta orografía de la montañosa isla, el barco tuvo que echar ancla a unos 100 metros del puerto y mediante una jaula descender a los pasajeros hasta una barcaza de la comunidad isleña que había venido a recogernos. Éramos solo 10 pasajeros, todos “tristanos”, excepto yo.

Me quedé en casa de los nativos. La reserva y el permiso los había gestionado por adelantado con el gobierno de la isla de Tristán da Cunha por medio de correos electrónicos. El pago lo efectuaría in situ.

Tuve tiempo de hacer trekkings, entablar amistades, asistir a misa el domingo, comprar un cirio, y divisar la Isla Inaccesible, situada justo frente a Tristán da Cunha (ver fotos décima y undécima).
Tras diez días de estancia en Tristán da Cunha, el barco había pescado suficientes langostas y embarqué de regreso a Ciudad del Cabo, donde doce días más tarde debía volar de regreso a Barcelona, España.
Pero a las pocas horas de haber iniciado el regreso a Sudáfrica llegó un comunicado desde la naviera del barco, ordenando al capitán del Edinburgh of the Seven Seas de hacer una escala de emergencia en la Isla de Gough, pues un meteorólogo se había vuelto loco.

El capitán alteró el rumbo dirigiéndose hacia la isla de Gough. Yo le rogué que me permitiera desembarcar en la isla, pero él rehusó todas las veces que insistí, alegando que era peligroso y se jugaba su puesto de trabajo si me sucedía algún siniestro; nunca dio su brazo a torcer. Era la medianoche cuando llegamos a Gough y una lancha zodiac con dos pescadores fue a buscar el meteorólogo enajenado. Yo me quedé mirando la escena, con rabia por no haber podido ir allí.
A decir verdad, el enajenado, vestido con una camisa de fuerza, estaba ya abajo, y de haber ido a Gough no habría podido subir por un tipo de ascensor arriba, donde se halla la base meteorológica. Pero, igualmente, me habría gustado “pisar” la isla y no conformarme con sólo verla desde la distancia.
Esa noche el capitán echó ancla frente a Gough y zarparíamos de madrugada.
Ese desvío supuso una pérdida de dos días de tiempo y, en consecuencia, perdí mi billete de avión de regreso a Barcelona, en España.

Me pregunto: si un turista viene a Barcelona y visita la Sagrada Familia por fuera, todas sus fachadas, pero se asusta de la larga cola para comprar un billete para ver su interior, o bien no quiere pagar el excesivo precio del billete, y no entra ¿ello cuenta como “visita” de la Sagrada Familia?
Pues ese fue mi caso con las islas Inaccesible y Gough. Pero al menos las vi, y hasta observé cómo sus aves endémicas sobrevolaban Gough y graznaban al ver humanos sobre el Edinburgh of the Seven Seas.
Eso es mejor que nada ¿no?

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221 -

Llegué de madrugada a Lvov (también conocida como Lviv en ucraniano, Lwowie en polaco, y Lemberg en yiddish), la antigua Leópolis.
Provenía de Kiev, y por la noche proseguiría mi viaje hasta las orillas del Lago Balatón, en Hungría. Viajaba en trenes por la noche, visitaba durante el día las ciudades y maravillas naturales, y al hacerse oscuro proseguía mi viaje, y así día tras día desde Vladivostok, sin jamás coger un avión, hasta que llegué a mi pueblo natal Hospitalet de Llobregat, en mi querida España, lo que me tomó dos meses.
La estación del tren de Lvov me encantó. Era de estilo Art Nouveau, construida por polacos los primeros años del siglo XX.

Como enseguida comprobaría, Lvov parecía una ciudad polaca, e incluso la religión predominante allí era la católica. No en vano Lvov perteneció a Polonia durante varios siglos.
Había tranvías, lo que hace una ciudad romántica, y también carros tirados por caballos. Pero no fue necesario abordarlos pues el centro histórico estaba a un tiro de piedra, y caminé todo el rato. Cuando estaba cansado me sentaba sobre un banco callejero.
Había notado que en Kharkov, Dniepropetrovsk, Donetsk, Sebastopol, Kiev, y hasta en Odessa, la lengua predominante en la calle era el ruso, sin embargo en Lvov la gente tenía preferencia por el ucraniano, que es muy fácil de comprender por su parecido con el ruso.

No me dejé ni una de las iglesias principales de Lvov, dando preferencia a la Iglesia Dominica y monasterio, donde compré un cirio al monaguillo.
También dediqué tiempo a recorrer el barrio armenio y el judío. Había incluso placas dedicadas a Sholem Aleichem, también vi bustos y monumentos recordando a Gogol, a Mikhail Bulgakov, y a reyes varios.
Una casa muy atractiva se llamaba Casa Negra, cerca de la Plaza del Mercado, pero no pude entrar en ella y lo lamenté. Albergaba el Museo de la Historia de Lviv, pero coincidí en un día profiláctico. Databa del siglo XVI y su estilo era renacentista. Había sido construida para un recolector de impuestos italiano.

En la plaza central vi una gran cantidad de jóvenes que se manifestaban contra el aborto. También en esa ciudad se recuerda cada año el aniversario del Holodomor en tiempos del siniestro Stalin, y el Holocausto de los judíos allí asesinados durante la Segunda Guerra Mundial.

Como aún me faltaban varias horas para la salida de mi tren a Hungría, abordé un autobús hasta el Museo de Lviv de Arquitectura Popular y Vida Rural, en un parque llamada Shevchenko.
Allí me recreé durante varias horas visitando una reproducción de una aldea típica ucraniana, con sus murallas de madera y su iglesia, donde se celebró una ceremonia de Comunión. Como me entró hambre en ese museo, aproveché para ordenar en una de sus cafeterías al aire libre un plato de borsch acompañado por un vasito de gorilka, o un típico licor ucraniano.
Cuando llegó la hora regresé a la estación de trenes y reanudé mi viaje.

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222 - BUDAPEST CON LAS ORILLAS DEL DANUBIO, EL BARRIO DEL CASTILLO DE BUDA Y LA AVENIDA ANDRÁSSY 
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Llegué a Budapest en tren, procedente de Lvov, en Ucrania. Siempre suelo caminar en las ciudades que visito, aunque sean extensas, pues considero que es la mejor manera de conocerlas, y mi pequeña bolsa de viaje, de apenas 3 kilos de peso, no me molesta en absoluto el cargarla conmigo en el lomo. Sin embargo, en esta segunda vez que me encontraba en Budapest abordé el Metro porque gracias a una empleada de la Oficina de Turismo supe que es el más antiguo de Europa. No me perdoné que la primera vez ignorara este hecho histórico, menos mal que lo subsané.
Sin embargo no cogí el funicular para ascender al castillo.
Se agradece que Budapest no sea tan turístico como otras ciudades centroeuropeas, en especial Praga. En Budapest, entrar en una cafetería y tomarte una cerveza o un café, no resulta tan caro, excepto en la zona del Castillo de Buda.Además de regresar al fantástico Puente de las Cadenas, o Széchenyi Lándchíd, sobre el río Danubio (el segundo más largo de Europa, tras el Volga), sobre el que gira la ciudad, con vistas soberbias del Parlamento, volví a callejear por la avenida Andrassy, para revisitar sus atractivos turísticos.No dejé de admirar, asimismo, los lugares religiosos, tales como la catedral, iglesias varias y la histórica sinagoga (la segunda más grande del mundo).Suelo detenerme ante todas las estatuas históricas y leer sus placas, para aprender cosas nuevas. Gracias a esta costumbre me paré ante la de Giovanni di Capistrano y aprendí que este monje franciscano es llamado el Santo de Europa, pues gracias a sus arengas enardeció a los cristianos en un intento de invasión de los otomanos, venciéndolos y haciéndolos retroceder, con lo cual se salvó la fe cristiana en Belgrado, en Hungría y, en general, en toda Europa.
Otra estatua, el Pequeño Príncipe (Kiskirálylány), a las orillas del Danubio, era tan popular con los turistas que se ha convertido en otro símbolo de Budapest, como la sirenita en Copenhague o la giralda en Sevilla.
Cuando empezaba a oscurecer me marché a seguir viajando a otra parte.
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223 -
Coincidí en Filadelfia un 4 de julio, la fiesta nacional. La entrada al Independence Hall y sus instalaciones era libre. Multitud de turistas, tanto estadounidenses como extranjeros aguantaban largas colas para poder visitar este edificio. Todos se hacían una fotografía ante la famosa Campana de la Libertad. Y como yo no quería ser menos, también me fotografié junto a ella.Hubo desfiles militares, y hasta de las nacionalidades que viven en Filadelfia, como mexicanos, venezolanos, brasileños, peruanos, etc., todos ataviados con vestimentas coloridas y folclóricas.
Pero no todo eran halagos a esa fiesta. Distinguí un grupo de Amish que se manifestaban en ese hall con pancartas criticando los cuatro “dioses” de los Estados Unidos: dinero, sexo, entretenimiento y un Jesucristo americano.De hecho yo había viajado a Filadelfia para pasar un día en los pueblos de los Amish observando sus costumbres, y fue el azar que hizo que estuviera ese 4 de julio en ese Independence Hall.
Por la noche hubo fuegos de artificio, música y venta de perros calientes y hamburguesas con bebidas de burbujas, aunque yo preferí tomarme una cerveza artesanal en una cafetería llamada White Dog Café, frecuentada por la viajera rusa Madame Blavatsky.Cuando me entró sueño entré en un Salvation Army para pasar la noche, pero al estar lleno sólo me permitieron tomar una ducha y me regalaron un bocadillo untado con mantequilla de cacahuete para cenar. Buscando en la oscuridad un sitio seguro localicé una estatua de Jesucristo en medio del follaje de un parque cerca de las letras LOVE, y me instalé detrás de ella, con la esperanza de que nadie me molestara mientras dormía, como así fue.
Por la mañana reanudé mi viaje por los Estados Unidos de América.
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224 -Llegué en autostop a Almadén, desde Sevilla. El sitio UNESCO ya estaba cerrado, debía pasar la noche en esa población y visitarlo por la mañana. Pregunté el precio de un cuarto económico en el primer hotel que hallé, dentro de una plaza de toros hexagonal. Me presenté a la recepcionista como un peregrino por los caminos de España (como cantaba Cecilia) y me ofreció una habitación por un precio de risa, que acepté. Fui el único cliente esa noche.Por la mañana me desplacé a pie a la entrada de las minas y esperé hasta que abrieran el complejo. Pronto llegaron más turistas, todos españoles. En el interior había tres placas escritas en español, francés e inglés, indicando que ese era un Patrimonio Mundial. También en el recibidor se exponía una réplica en miniatura de las naves españolas cargadas de mercurio que navegaban a América.
Pagué 13 euros por la entrada y un guía nos mostraría el lugar durante varias horas, en las cuales aprendimos sobre el uso del mercurio y las condiciones de los obreros, más acerca del Real Hospital de Mineros. Todo fue muy didáctico.
Nos colocaron un casco sobre la cabeza y descendimos en un ascensor unos 50 metros. Había más niveles, hasta los 700 metros de profundidad.Durante unas dos horas caminamos por corredores y túneles con cortas paraditas para las explicaciones o para mostrarnos alguna efigie de la Virgen, o de la maquinaria utilizada para extraer el cinabrio, o el material del mercurio.
Ese mercurio de Almadén sirvió para extraer la plata y el oro en bruto de las minas de Sudamérica mediante la “amalgama”, aunque después se descubrió otra mina de mercurio que los españoles llamaron Santa Bárbara, en Huancavelica, Perú.
Tras la visita a las minas abordamos un trenecito y luego un minibús.
Finalmente nos mostraron un museo con juegos para niños.Me sorprendió que el sistema de presentación de esas minas fuera tan atractivo como para que una persona tan ignorante sobre minerales como yo, encontrara la visita fascinante.
Me sentí tan bien en ese lugar que al acabar la visita me quería apuntar al segundo turno y repetir. Pero para ello debía pagar otra vez. Al final, como aún no me quería ir de allí tan pronto, me quedé a comer en su restaurante, llamado El Malacate (un gazpacho más una paella y sangría, con postre y café, por 8.50 euros).
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225 - IGLESIA DE LOS TRES JERARCAS DE IASI

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Me quedé un día y una noche en Iasi en mi camino a Comrat, la capital de Gagauzia. Tras dejar mi pequeña bolsa de viaje en un hotelito que me hizo un precio de amigo, me dediqué a recorrer la ciudad para descubrir todos sus atractivos turísticos, empezando por la Iglesia de los Tres Jerarcas, que son: Basilio el Grande, Juan Crisóstomo y Gregorio Nacianceno (también conocido por el Teólogo).
No tuve suerte pues esos días de mi visita estaban reparando sus fachadas, lo cual le restaba atractivo. Aún así pude apreciar la perfección y belleza de sus frisos.

Me dio la impresión de que el ingreso era de pago para los extranjeros, pues advertí una nota en inglés que así lo confirmaba, pero al haber misa nadie me detuvo a la entrada, tal vez por parecer rumano, y pude de este modo participar en el servicio religioso, como un fiel más. Al concluir la mise admiré la iglesia por dentro, que me pareció bella, a pesar de que en el pasado había sufrido terremotos e incendios.

La Iglesia de los Tres Jerarcas comprendía también un monasterio anexo. Inquirí sobre él pero no me autorizaron a visitarlo.
Cerca de esa iglesia encontré un busto de piedra dedicado a Mihai Eminescu, de quien después supe que fue un poeta rumano del siglo XIX, muy querido por la población.
Aún disponía de varias horas hasta el anochecer, que aproveché para conocer el centro entrando en una catedral católica (donde compré un cirio). No me dejé la plaza frente al Teatro Vasile Alecsandri (otro poeta del siglo XIX) con pintores callejeros que ofrecían sus pinturas, el Palacio de la Cultura con su estatua ecuestre del rey y santo Esteban el Grande (o Stefan del Mare), y aún otros sitios interesantes e iglesias de belleza sin par que me causaron admiración.
Pero he de reconocer que lo que más me sedujo de Iasi fue la Casa Dosoftei, a pesar de no estar el sitio registrado como candidato a devenir Patrimonio de la Humanidad. Estaba junto al Palacio de Cultura y su arquitectura era muy atractiva. Su interior es en la actualidad un museo de literatura antigua, pues en el pasado fue una imprenta donde se publicaron textos religiosos. Junto a ella se yergue una estatua dedicada al habitante de tal casa en el siglo XVII: Dimitrie Barila, mejor conocido como Dosoftei, que fue otro poeta rumano, además de traductor y Obispo Metropolitano de la Iglesia Ortodoxa Rumana.
La Casa de Dosoftei era una pequeña joya, tanto por fuera como por dentro y me alegré mucho de haber tropezado por ella, pues antes de viajar a Iasi ignoraba su existencia. Fue una de esas sorpresas que aguardan siempre al viajero recalcitrante.

El día siguiente por la mañana me desplacé a la estación de autobuses de Iasi y poco después crucé la frontera con Moldavia con destino a Chisinau, transbordando a continuación en un minibús hasta Comrat, ciudad que exploraría durante dos días.

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226 - CONJUNTO HISTÓRICO Y ARQUITECTÓNICO DEL KREMLIN DE KAZÁN 
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La mejor forma de alcanzar Kazán es en barco, a través del río Volga, para apreciar su kremlin blanco.
La primera vez que estuve en Kazán fue durante los tiempos de la URSS. Pasé un día y una noche. Llegué a esa ciudad en barco y salí también en barco. Fue muy romántico. Ese día visité el Kremlin y diversas iglesias y mezquitas más la calle peatonal y la Universidad, donde estudió leyes y lenguas orientales el escritor Lev Tolstoy. Casualmente, en esa misma universidad también había estudiado Lenin, un personaje a quien no tengo ningún aprecio. Pero yo sólo fui a esa universidad por Lev Tolstoy, y en ese mismo viaje también visitaría su tumba, en Yasnaya Polyana.La segunda vez, ya en el siglo XXI, arribé a Kazán en tren. Desde la estación se observaban sobre la cima de una colina las cúpulas de la iglesia y la mezquita en el interior del Kremlin. Aunque en Kazán existe Metro y una estación se llama precisamente Kremlin y te lleva a su puerta, preferí caminar, pues es a pie que se conoce una ciudad a conciencia.En la entrada observé el signo de UNESCO, algo nuevo para mí, pues durante mi primera visita la ciudad no había obtenido tal distinción.Todo lo encontré nuevo esa segunda vez, vi carros tirados a caballos que se ofrecían a los turistas (todos rusos, a juzgar por la lengua que utilizaban; no observé ningún extranjero) y encontré más colorido su Kremlin, más exótico (al menos para un viajero de cultura cristiana), y más encantador.
Por la noche regresé a pie a la estación de trenes y proseguí mi viaje.
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227 - MEMORIAL DE LA PAZ EN HIROSHIMA (CÚPULA DE GENBAKU) 
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En el tren desde la isla de Shikoku a Hiroshima no pude evitar ir tatareando todo el rato el estribillo de la siguiente canción, que fue muy popular en los años 80 del siglo XX:
“Enola Gay
You should have stayed at home yesterday
Ah-ha words can’t describe
The feeling and the way you lied…”
Enola Gay era el nombre del avión que aquel infausto 6 de Agosto de 1945 lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima, acabando con la vida de unas 140.000 personas y produciendo cerca de 360.000 heridos.
El avión había sido bautizado así por su piloto y coronel, quien le dio el nombre y apellido de su propia madre: Enola Gay Tibbets.

En Hiroshima no esperaba encontrar bellezas deslumbrantes, como en Nikko o en el Fuji Yama. No; más bien viajé allí como un deber, casi como un acto de expiación.
Lo que me encontré fue una lección de historia, de paz y de superación humana que me hizo tener más fe en nuestro futuro.
Y, en efecto, Hiroshima es hoy una ciudad moderna e industrial que supera el millón de habitantes, reconstruida y embellecida, con un imponente castillo, amplios bulevares, grandes almacenes y hombres de negocios acompañados por sus elegantes esposas bien perfumadas.

Me dirigí al Parque Conmemorativo de la Paz, pues es allí donde se localiza la Cúpula de Genbaku, que preserva su forma en ruinas tras la caída de la bomba, a la manera de lo que hicieron los alemanes con las ruinas de la Iglesia Memorial Kaiser Wilhem en Berlín.
En los alrededores observé diversos cenotafios, la campana de la paz y las cinco Puertas de la Paz, con la palabra paz en 49 lenguas, entre ellas el español.

Visité el “Hiroshima Peace Memorial Museum”, cuyo ingreso era gratuito. Allí mostraban de manera didáctica la historia de la ciudad antes y después del lanzamiento de la bomba “Little Boy”, con fotografías ilustrativas.
Visité los alrededores de la ciudad, su hermoso castillo y hasta encontré una catedral católica, cuyo interior visité para comprar un cirio.
Tras la visita de Hiroshima me dirigí en tranvía a Itsukushima.

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228 –  CIUDAD DE VERONA
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Llegué a las 6 de la tarde a Verona, ya oscureciendo, y me preocupé por buscar un alojamiento para pasar la noche y dejar las visitas para la mañana siguiente.
De la estación de tren caminé hacia el centro siguiendo las indicaciones de un indígena a quien pregunté. Una vez que hallé la Porta Nuova que me había advertido, giré a la izquierda y entré en el centro histórico de la ciudad por un arco. Al advertir la arena y el Palacio Barbieri volví a girar a la izquierda hasta el león de San Marcos en la Plaza delle Erbe, penetrando en unos callejones, tal como me había aconsejado el nativo italiano de la estación del tren.
El albergue no estaba muy lejos de allí, dejé mi bolsa, me duché y como aún era pronto para acostarme y tenía hambre, salí a comprarme un bocadillo de mortadela y a explorar la ciudad de noche.

He de confesar que no me llevó a Verona el interés por los monumentos de la antigüedad, como las ruinas grecorromanas, que han hecho ser declarados Patrimonio Mundiales, aunque visité los principales al día siguiente, sino (y creo que a la mayoría de los turistas también) la bella historia de amor de Romeo y Julieta.
Ruinas grecorromanas hay muchas en Italia, pero Casas de Julieta sólo hay una.

Localicé enseguida la Casa de Julieta, pues muchos letreros callejeros te indican su paradero. Vi el famoso balcón. En el patio de la planta baja había una tienda abierta aún, donde vendían todo tipo de souvenirs relacionados con la historia de amor entre Romeo y Julieta, como tazas con dos corazones, imanes en forma de corazón, o candados para colocarlos en unas barras de hierro. En una pizarra habían pegado innumerables mensajes en papel y poemas de amor escritos por los turistas, dirigidos al espíritu de Julieta.
Sin duda, Verona no era la ciudad de las ruinas grecorromanas, sino la ciudad de Julieta.
Cerca de allí advertí un busto de Shakespeare con la siguiente frase en una placa, extraída de su obra “Romeo y Julieta”:
“There is no world without Verona walls, but Purgatory, Torture, Hell itself, hence banished is banish’d from the world, and world’s exile is death: …”

Por la mañana, cuando me desperté, aún empleé un par de horas en recorrer los monumentos de UNESCO, sin dejarme las ruinas grecorromanas, el Ponte Pietra, el Duomo, donde compré un cirio, palacios, iglesias, estatuas y jardines. Pero el “plato fuerte” había sido la visita de la noche anterior a la Casa de Julieta.
Hacia el mediodía dejé Verona y me marché a viajar a otra parte.

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229 -Con base en Panajachel, a orillas del idílico lago Atitlán, decidimos un día realizar una excursión de ida y vuelta a Chichicastenango, un poblado indígena vecino del cual nos habían hablado maravillas otros viajeros que habíamos conocido en los alrededores de ese lago.Llegamos un día de mercado y pasamos casi todo el tiempo en La Plaza. Allí vendían frutas, verduras, souvenires y máscaras de madera. Los indios estaban acostumbrados a regatear y, si al darte el precio no comprabas el producto, te preguntaban cuál es el que tú ofreces.
Yo ya cargaba conmigo el libro sagrado de los Mayas, el Popol Vuh, donde se narra el origen del pueblo quiché, o los mayas guatemaltecos, que releía de vez en cuando. Pero allí en Panajachel lo ofrecían también en algunas tiendas ya que fue hallado en esa población.
Lo mejor fue entrar en las iglesias y comprobar que las imágenes de Jesucristo mostraban facciones de indios, como si Jesús de Nazaret fuera de la etnia Quiché, lo cual nos agradó. La Virgen María y los santos también parecían indígenas. Nos gustó esa visión quiché de la Biblia; los quichés habían aceptado el Cristianismo, sí, pero a su manera.

La gente era muy creyente. En el interior de la iglesia de Santo Tomás no vi bancos para sentarse, sino paja donde los feligreses se ponían de rodillas para rezar. Y muchos, mediante una lata de sardinas vacía, esparcían incienso por el interior de la iglesia. Todo ello contribuía a crear una atmósfera peculiar en esa iglesia. La misa de ese día fue en lengua quiché, aunque me aseguraron que también se ofrece en español.

Pero no éramos los únicos “gringos” o “güeros”; casi la mitad de los paseantes por esa Plaza eran turistas que llegaban desde México, del lago Atitlán, o directamente desde Antigua.
Había ruinas antiguas no lejos de esa Plaza, con piedras representando dioses mayas, donde los chamanes quichés realizan ceremonias paganas, pero al final no las vimos.
A media tarde regresamos en autobús a Panajachel.

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230 - KIZHI POGOST   
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Desde San Petersburgo llegué por la mañana en tren a Petrozavodsk, ciudad que había sido fundada por el zar Pedro I el Grande.
Pretendía viajar a una isla llamada Kizhi, en el lago Onega. Allí esperaba contemplar una iglesia extraordinaria llamada de la Transfiguración, construida completamente de madera encastrada, sin usar clavos.

Como tenía varias horas de tiempo antes de la salida del hidroala, que los rusos llamaban Meteor, visité lo mejor que pude Petrozavodsk. Una estatua dedicada a Pedro I recordaba la fundación de la ciudad el año 1703. También había monumentos dedicados a Marx y Engels hablando apaciblemente, y a los pescadores del lago Onega. La ciudad parecía agradable. Me dio tiempo a entrar en la catedral Alexander Nevski, admirar la fachada del teatro y aún otros edificios notables.
El precio ida y vuelta para viajar en el “Meteor” a Kizhi costaba 1900 rublos, igual precio para rusos que para extranjeros. Nadie se podía quedar a dormir en Kizhi, estaba prohibido. El último Meteor regresaba a Petrozavodsk a las 6 de la tarde.

A la llegada todos compramos el billete de entrada al lugar. Había un guía que daba explicaciones y ofrecía un tour gratuito, pero yo preferí descubrir a mi aire esa isla, pues su longitud apenas alcanza 6 kilómetros por 1 de anchura.

Pronto hallé la famosa iglesia de la Transfiguración. Era maravillosa, una obra de arte, tanto por fuera como por dentro. Si es verdad la leyenda que afirma que su maestro, llamado Néstor, la creó con ayuda de solamente un hacha, que luego lanzó al lago, su construcción se acerca a lo milagroso.
En otra iglesia vecina, llamada Intercesión, que incluso rivalizaba en belleza con la de la Transfiguración, hubo un servicio religioso para los pasajeros del Meteor. Yo también participé en la misa y le compré un cirio al pope.
Vi una tercera iglesia, llamada San Lázaro, y un campanario, un museo, una tienda de suvenires, una oficina de correos más una cafetería. Un hombre vendía en la calle figuritas de madera. No vivía casi nadie en esa isla, solo unos pocos pueblerinos más algunos empleados y personal de mantenimiento y seguridad.
Recuerdo que al entrar en una casa había tres mujeres jóvenes que estaban sentadas, cosiendo y cantando antiguas canciones rusas. Adiviné que habían comenzado a cantar cuando escucharon mis pisadas mientras subía a su habitación. Era una especie de montaje para los turistas, pero me encantó, y me quedé un rato con ellas escuchando sus bellas melodías folclóricas.

De regreso a Petrozavodsk me uní a un grupo de peregrinos rusos que se dirigían a un monasterio de las Islas Solovetsky (otro Patrimonio de la Humanidad). Esa misma noche abordamos un tren hasta la ciudad de Kem, donde en un puerto cercano (Rabocheostrovsk) nos embarcaríamos al día siguiente en un ferry matutino al monasterio Solovetsky.

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238 - CENTRO HISTÓRICO (CHORÁ) CON EL MONASTERIO DE SAN JUAN EL TEÓLOGO Y LA GRUTA DEL APOCALIPSIS EN LA ISLA DE PATMOS   
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Navegué desde Kusadasi, en Turquía, hasta la isla de Samos, y dos días más tarde arribé a la isla de Patmos, en el archipiélago del Dodecaneso.
Desde el puerto subí por una colina durante unos 30 minutos, hasta que alcancé el monasterio de San Juan el Teólogo, fundado el siglo XI por Christodoulos, un monje del Asia Menor.

El monasterio parecía una fortaleza. En su interior se localizaba la Gruta del Apocalipsis.
A pesar de ser muy temprano, los portones estaban abiertos. Adentro estaban celebrando su fundación por el monje Christodoulos, con vinos y bollos de nata, así que aproveché para servirme, al declararme peregrino y pude desayunar.
Había una tienda en el monasterio donde vendían el Libro de la Revelación y postales de los sitios más sagrados, así como pequeños iconos de madera.
Entré en la Gruta del Apocalipsis, donde Juan de Patmos obtuvo sus visiones y las dictó a su discípulo Procoro.
El presenciar esta gruta siendo sabedor de su importancia bíblica, me emocionó hasta el máximo de los extremos.

No permitirían alojarme en el monasterio, ni siquiera tumbado sobre mi saco de dormir en el interior de la Gruta del Apocalipsis, como le rogué al archimandrita pues al ser ése un día especial, todas las celdas estaban ocupadas esa noche con huéspedes venidos desde otras islas, incluso desde Atenas, y tenían preferencia sobre los peregrinos extranjeros como yo.

Cuando comprobé que ya había visitado el monasterio por todas partes, por delante y por detrás, por dentro y por fuera, por arriba y por abajo, descendí al puerto de Skala, dormí sobre un banco de madera de respaldo curvo (mis preferidos) y a la mañana siguiente abordé un barco hacia El Pireo.

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241 - CONJUNTO ARQUITECTÓNICO DE LA LAURA DE LA TRINIDAD Y SAN SERGIO EN SERGIEV POSAD  
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Visité este maravilloso monasterio el año 1985, en tiempos de la Unión Soviética, cuando la ciudad era conocida como Zagorsk (hoy se llama de nuevo Sergiev Posad).
Se hallaba a unos 70 kilómetros de Moscú, o a una hora en un autobús especial para los turistas.
Iba acompañando a un grupo de turistas españoles, pues en esos tiempos no se permitía el turismo individual y uno debía estar siempre controlado por una guía de la compañía soviética Intourist.En este caso la guía que nos asignaron se llamaba Tatiana, que hablaba español y nos daría explicaciones en el interior del complejo monástico, en especial de los frescos e iconos de Andrei Rublev (pronunciado como Rubliov), que fue un artista y al mismo tiempo un santo que vivió entre los siglos XIV y XV.

En el interior del monasterio había diversos monjes, no vimos muchos, pero en la actualidad está habitado por unos 300.
Todo cuanto vimos era extraordinario. Los murales y los tesoros que albergaba ese monasterio eran de un valor incalculable.
Una vez en los muros exteriores del complejo monástico observamos una pequeña capilla que cubría una fuente de un pozo sagrado. Todos los turistas hacían fotos de ella.

Para culminar la excursión, tras las visitas Tatiana nos condujo primero a una tienda de souvenirs, llamada Beriozka, donde sólo aceptaban dólares americanos. Algún que otro turista español de mi grupo compró una típica muñeca rusa llamada Matrioska, o bien un gorro de Lenin.
Tras ello nos dirigimos en el autobús a un restaurante cercano para turistas donde nos sirvieron borsch (una sopa con remolacha) y unos pinchos morunos que allí llaman shashlik.
Regresamos a Moscú hacia las 6 de la tarde. La excursión había durando un día entero y todos los turistas estábamos muy satisfechos.

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242 -Tras unos días de visitas en la isla de Granada resolví conocer alguna de las islas del grupo de las islas Granadinas pertenecientes a este país, cuanto más que ya había estado en dos islas de las Granadinas pertenecientes a San Vicente (Bequia y Mustique). Consecuentemente fui al puerto y pregunté a los marineros por las próximas salidas a cualquiera de las Granadinas. Por ellos supe que una hora más tarde zarparía un barco a la isla de Carriacou, a su capital, llamada Hillsborough. Y compré el billete hacia allí.Durante la travesía vi pequeñas islas habitadas. La de Carriacou parecía la más grande entre las Granadinas, y de hecho lo es.
Hillsborough no es que fuera un sitio idílico pero la atmósfera era muy tranquila, estaba llena de pacíficos rastafaris fumando marihuana, o eso a mí me pareció. No los vi dedicarse a nada; durante los dos días que allí pasé nunca los vi realizando alguna actividad laboral más allá de agarrar mangos de los árboles, sino pasear, nadar en la playa y dormir la siesta.
No fui a la isla de Carriacou por ser un lugar candidato para incorporarse en la lista de UNESCO (cosa que ignoraba cuando viajé allí) sino para profundizar sobre el conocimiento y problemáticas de las islas del Caribe, las menos visitadas, y fui el único extranjero durante dos días en Carriacou. Además, al cruzar en barco pasé por las placas tectónicas que destaca UNESCO, algo que he aprendido hoy al escribir esto.La isla era bella, con naturaleza exuberante. Tuve la oportunidad de recorrerla casi en su totalidad, a pie y en autostop.
Hice amigos con rastafaris pero…. la conversación con ellos acerca del jamaicano Marcus Garvey me cansaba y no me atraía; a esos rastafaris no los vi ni filósofos ni interesantes, sino más bien gente ociosa que se habían acostumbrado a vivir de manera holgazana, sin trabajar, escuchando música de Bob Marley y fumando porros.

Como no disponía de mucho dinero, la primera noche dormí en el aeropuerto, que se halla al final de Hillsborough, donde me dejó pernoctar el portero de noche y hasta me regaló una espiral para espantar los mosquitos. Pero la segunda anoche la pasé en el puerto durmiendo sobre un banco de madera de respaldo curvo, mis favoritos. Al llegar la madrugada regresé en barco a Granada.

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243 -

Llegué a Las Médulas caminando, desde Ponferrada, la ciudad de los Templarios, donde había pasado la noche anterior en el refugio de peregrinos. Iba realizando a pie otros caminos menos conocidos a Santiago, y uno de ellos, llamado “De Invierno”, pasaba por Las Médulas, así que determiné “matar dos pájaros de un tiro” visitando al mismo tiempo ese Patrimonio Mundial.
Hacia el mediodía pasé por la reproducción de una casa romana, llamada Domus Procuratoris, a la que hice una foto. Estaba a la entrada a Las Médulas. También muy cerca encontré la Iglesia de San Simón y San Judas. Pero como esos dos lugares se abrían al cabo de 2 horas para su visita (tal como me informaron en el Centro de Visitantes, donde entré a consultar), no quise pararme para verlos por dentro, a pesar de que debían ser interesantes. El camino era el camino y esa noche debía llegar a mi próxima etapa, hasta la aldea de Puente de Domingo Flórez, siguiendo el cauce del río Sil y la Ribeira Sacra gallega.

Compré pan en una panadería de Las Médulas y proseguí a pie siguiendo las flechas amarillas y los mojones jacobeos, atravesando fantásticos paisajes “lunares”. La visión de esos montículos y farallones de tierra rojiza parecía un cuadro del pintor español Salvador Dalí. De vez en cuando hacía un alto para tomar fotografías.

Ese paisaje de Las Médulas era el resultado del sistema de extracción del oro español por parte de los invasores Romanos, y se llamaba Ruina Montium. Estaba basado en la fuerza del agua para horadar y derrumbar montañas, arrastrando la tierra hasta los lavaderos de oro, donde se recogía el polvo de oro. Ya conocía esa técnica de mis tiempos de buscador de oro durante mis años mozos, en Madre de Dios, Perú, donde trabajé en un campamento de oro como “cascajero”.

Esa breve visita (de unas 2 horas de duración, no más, pues no quería que me alcanzara la noche) me hizo reflexionar y comparar el saqueo del cien por cien de nuestro oro español, que se llevaba a Roma, con el justo Quinto Real que se embarcaba a España en pago a nuestra tecnología y aporte del mercurio de nuestras minas de Almadén (Ciudad Real, España) para las minas de minerales de América. Quinto Real que luego descendió del 20 al 7 por ciento. Por ello las ciudades americanas como Lima, Potosí y tantas otras, gracias al 80 por ciento y luego al 93 por ciento de los minerales que se quedaban en América, eran muchísimo más ricas que las españolas (a excepción, tal vez, de Sevilla). Oro y plata de América que nuestros reyes Habsburgo despilfarraban pagando a nuestros Tercios de Flandes en sus luchas contra los protestantes de los Países Bajos.

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244 -

Viajé a Arles, no porque deseara conocer los vestigios romanos y románicos que le han valido a esta ciudad ser nombrada Patrimonio de la Humanidad, sino porque quería iniciar uno de los cuatro Caminos de Santiago que comienzan en Francia. Los otros tres se originan en Vézelay, en Le Puy y en París.
La oficina de información al peregrino estaba cerrada. Había llegado demasiado temprano. Me tomé en un bar un café au lait y un croissant, tras lo cual, y más bien para matar tiempo, visité todos los atractivos turísticos a mi paso, dando vueltas por el centro histórico.

Por otro lado, en aquellos tiempos ignoraba que Arles era una ciudad UNESCO. De carambola entré precisamente en los lugares considerados Patrimonios de la Humanidad, empezando por la magnífica Iglesia de San Trófimo. El tímpano sobre una de sus entradas me cautivó; representaba el Apocalipsis de San Juan con el Juicio Final. Las estatuas simbolizando a los cuatro evangelistas (el león, el águila, el toro y el ángel) eran extraordinarias; a uno le entraban ganas de hincar las rodillas y agradecer al escultor por tanta perfección.

Cerca de allí entré en las Arenas Romanas (que estaban en obras), y luego contemplé el colosal obelisco de Constantino II. Todavía me paseé por el embarcadero del Río Ródano, admiré el anfiteatro y ruinas varias, y cuando llegó la hora entré en el centro jacobeo, ya abierto, donde me sellaron la credencial del peregrino. Ya estaba libre para comenzar el peregrinaje.

En el centro jacobeo me hablaron del encuentro en Arles de Vincent Van Gogh y Paul Gauguin y del lugar donde discutían, pero no presté mucha atención, pues no me interesaba por esa historia entre los dos pintores; yo sólo iba a lo mío y quería iniciar el peregrinaje con la mínima pérdida de tiempo, sin hacer el turista.
Me compré una botella de agua en un supermercado, crucé el Río Ródano y me alejé raudo de Arles, caminando.

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245 - CIUDAD PREHISPÁNICA DE UXMAL  
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Con base en Mérida, cada día solía realizar una excursión a sitios precolombinos vecinos, volviendo por la noche a nuestro hostal meridano, donde en la Plaza de Armas ofrecían jotas aragonesas, que allí llaman “jarana” o “jarana yucateca”, y es la danza nacional del Yucatán, que mezcla jotas de Aragón con las danzas de la cultura maya, y no nos queríamos perder ningún espectáculo de lo preciosos y coloridos que eran.
A Uxmal fuimos el día siguiente de Chichen Itza. Nos gustó incluso más que Chichen Itzá y a ello contribuyó, probablemente, el nombre evocador de una pirámide, llamada del Adivino. Por esos días estábamos leyendo el libro maya Popol Vuh, y todo lo relacionado con la magia nos atraía.

Además, había un juego de pelota maya y la decoración de las paredes. Vimos palacios de los gobernadores, templos varios, la Casa de las Tortugas y un sitio llamado Cuadrángulo de las Monjas. Todos estos nombres fueron dados por los españoles.
El juego de pelota consistía en un agujero de piedra sobre una pared; debía ser una especie de baloncesto maya.

Yo me quedé embelesado frente a la Pirámide del Adivino, tanto es así que pedí a mi compañera que me hiciera una foto frente a ella. Me encantaba su forma y siempre volvía a ella. Encontraba perfecta esa pirámide, más bella incluso que la de Keops, aunque mucho más pequeña. Mientras Keops tiene una altura que casi alcanza los 137 metros, la del Adivino (también conocida por la del Hechicero, o del Enano) tiene una altura de sólo 35 metros.
Tras esa visita regresamos a Mérida para presenciar las bellísimas “jotas aragonesas”.

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246 – CIUDAD DE LUXEMBURGO: BARRIOS ANTIGUOS Y FORTIFICACIONES 
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Me costó al menos una hora llegar, ya oscuro, desde la estación de tren al albergue de Luxemburgo, abajo del todo, junto al río, en un barrio llamado Grund Quarter. Allí conseguí una cama en un dormitorio a precios razonables. Me gustó mucho el alojamiento y conocí en él a viajeros notables españoles, con los que no paré de intercambiar información viajera.

Por la mañana organicé mis excursiones a esa ciudad, tan relacionada históricamente con España. Tras visitar las casamatas (erigidas por los españoles) junto a las murallas y sólidas fortificaciones, el Gran Palacio Ducal (por fuera, pues no me dejaron por dentro), y comprar un cirio en la catedral de Notre-Dame, me dirigí a la Oficina de Información y Turismo para recabar información sobre el paso de nuestros Tercios de Flandes por Luxemburgo, villa que era escala entre Milán y Bruselas, y donde nuestros soldados se sentían en casa.

Telefonearon a un historiador, que se presentó al ratito y durante más de una hora no paró de darme datos sobre los Tercios de Flandes y los lugares y signos que recuerdan a los españoles en Luxemburgo, como la calle dedicada a Felipe II (la más “chic” de Luxemburgo), y otra, la Rue Monterey, en honor de Juan Domingo de Haro, gentilhombre de Felipe IV.

Y, para finalizar, me obsequiaron con un mapa para efectuar por mi cuenta un tour circular llamado Wenzel, el cual me tomó unas dos horas, para conocer los sitios más históricos y característicos de Luxemburgo.
A media tarde me compré un bocadillo de mortadela para merendar, y embarqué en un tren a Namur, donde visitaría los famosos campanarios (otro Patrimonio Mundial) y el cenotafio donde se preserva el corazón de nuestro Don Juan de Austria.

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247 - CIUDAD PORTUGUESA DE MAZAGÁN (EL JADIDA)
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Llegué a El Jadida procedente de Essaouira (Patrimonio Mundial construido por los portugueses).
El Jadida es una de las primeras fortificaciones de los portugueses en el actual país de Marruecos. Ellos la llamaban Mazagão.

Los portugueses, al igual que los españoles, han erigido numerosos Patrimonios Mundiales por todo el mundo. Hacía calor en El Jadida, y las gotas del sudor me corrían por la pelambrera hasta alcanzarme el cuello. Necesitaba un barbero. Encontré uno en el zoco y por unos pocos dírhams me cortó el cabello. Al salir me sentía fresco como una lechuga.
Le pregunté al barbero por un alojamiento dentro de la ciudadela, pero me advirtió que no había en esa zona y que al ser oscuro sería peligroso andar por ella. Me ofreció una cama en su casa por un precio un poco superior al del corte de pelo, y acepté.
Por la mañana me invitó a un té con pastas de miel, y tras ello me dirigí a la antigua vieja ciudad amurallada portuguesa.

Había letreros en lengua portuguesa por las tiendas. Vi vestigios de una iglesia católica llamada Asunción, más restos de la vieja cisterna manuelina. No observé nada más de origen luso. El pasear por esos callejones me hacía sentir en una ciudad medieval, perdida en el tiempo.

Desde un punto de vista español, la vieja ciudad de Mazagão era muy interesante pues su fortaleza había sido construida por un arquitecto español cuyo nombre merece estar escrito con letras de oro en los anales de la historia de UNESCO. Se trata del cántabro Juan de Castillo, uno de los mayores arquitectos de toda Europa en los siglos XV y XVI, que participó activamente en la construcción de siete Patrimonios Mundiales.
Al mediodía abandoné El Jadida y proseguí mi viaje por Marruecos.

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248 - CENTRO HISTÓRICO DE URBINO   
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Llegué a Urbino en autobús, procedente de Pesaro (45 minutos).
La primera vista a la entrada a Urbino impresiona. Uno ve de frente el colosal Palazzo Ducale, erigido por Federico da Montefeltro, un condottiero (mercenario) y luego duque, un gran hombre de historia fascinante que amaba el arte y la literatura.
Ese palacio sería, por lógica, mi primera visita de la ciudad.
No tuve suerte, estaban haciendo restauraciones y muchas salas no se podían visitar, lo que lamenté, pues ese palacio alberga una de las colecciones de arte más notables de Italia y del mundo. Pero con lo que vi en dos horas, que a despecho de las rehabilitaciones fue mucho, me sentí moderadamente satisfecho.

Frente al Palacio Ducal entré en la Iglesia de Santo Domingo. Un letrero a la entrada afirmaba que se había fundado el siglo XIV y que la luneta en la parte superior de la fachada era obra del escultor Luca della Robbia.
¿Pero qué es lo que vi en su interior? Aquello era un bazar, no una iglesia. Vendían suvenires y cosas chinas tipo “todo a veinte duros”. No me gustó, lo encontré una profanación.
Entré entonces en la oficina de Turismo, en el edificio justo al lado de esa iglesia, y me quejé. Les dije que había viajado a Urbino por ser una ciudad cuyo centro histórico está protegido por UNESCO y no comprendía cómo una iglesia del siglo XIV se había convertido en un zoco moruno. Pero no me supieron dar una respuesta convincente. No obstante, me regalaron varios mapas y folletos con un itinerario sugerido, que lo seguiría para no perderme nada importante.

Durante varias horas visité el centro histórico y hasta entré en los Jardines Botánicos. No me dejé la casa donde nació Rafael (Raffaello Sanzio), y el Oratorio della Grotta (la Grotta del Duomo), en cuyo interior advertí la existencia de varias capillas (la de la Natividad, la de la Crucifixión y la de la Resurrección), con esculturas representando la vida de Jesucristo, donde aproveché para comprar un cirio.

Y aún visité otros lugares notables que me aportaron muchos conocimientos culturales.
Cuando me entró hambre entré en un supermercado a prepararme un bocadillo de mortadela, y poco después me marché a seguir viajando a otra parte.

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249 - MONTAÑAS DORADAS DEL ALTAI   
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Por diversas circunstancias he viajado a este sitio UNESCO en cuatro ocasiones, la primera vez en el año 1990, en los tiempos de la Unión Soviética. Y admiré el Pico Belukha (4.506 metros de altura), aterricé en helicóptero a las orillas del Lago Teletskoye (el segundo más profundo de Siberia, tras el Lago Baikal), realicé rafting durante una semana a lo largo del Río Katun.

Pero no recuerdo el Plateau de Ukok, aunque sospecho que he estado en él, debo haber estado, pero no lo aprecié por no haberle prestado importancia hace ya tres décadas.

Las tres ciudades principales que se deben atravesar para alcanzar este Patrimonio de la Humanidad son de sumo interés por sus gentes e iglesias históricas: Gorno Altaisk, Byisk y Barnaul.
La que mejor conozco de las tres es Barnaul, por estar hermanada con la ciudad aragonesa de Zaragoza, lo cual me dio ilusión e incitó a pasar en ella varios días descubriendo su vieja iglesia y los restos de su fortaleza.
Uno de los viajeros rusos que más admiro, Nikolai Roerich, viajó a principios del siglo XX por los Montes Altai a la búsqueda de una ciudad fantástica, conocida como Belovodye, de leyenda parecida a Shangri-La, o Shambala, o Agartha. Roerich estaba convencido de que Belovodye existía y se localizaba en algún vericueto de los Montes Altai, y sus habitantes eran los Viejos Creyentes. Por ello, a la ciudad siberiana de Novosibirsk regaló una treintena de sus pinturas sobre sus viajes por el Tíbet y el Himalaya.

Una de las veces que estuve en las faldas del Pico Belukha iba acompañando a un grupo de ornitólogos de España que tenían la esperanza de avistar el escurridizo leopardo de las nieves. Aunque no tuvimos éxito.

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250 – AUSCHWITZ BIRKENAU CAMPO NAZI DE CONCENTRACIÓN Y EXTERMINIO (1940-1945) 
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Hace unos años, encontrándome en Múnich, un amigo alemán propuso llevarme en su coche al antiguo campo de concentración nazi de Dachau, a apenas unos pocos kilómetros de distancia. Instintivamente me salió una respuesta negativa, y no fuimos. La misma respuesta le di a un amigo de mi barrio, que me quería mostrar la ubicación de las infames checas soviéticas de San Elías, en Barcelona, donde se practicaba la cremación de los allí detenidos, tras torturarlos, sobre todo con curas y monjas, antes y durante la Guerra Civil Española (1936 – 1939), adelantándose a los nazis de Alemania.

Sin embargo, poco después viajé a Hiroshima y aunque me entraron ganas de llorar cuando entré en el Parque del Memorial de la Paz, no lamenté la visita. Al contrario, me ayudó a conocer mejor la naturaleza humana. Antes de ir a Hiroshima me cuestionaba el por qué el ser humano había caído tan bajo como para lanzar sobre sus semejantes bombas de tal capacidad letal. Pero al salir de ese parque comprendí que estaba equivocado; la humanidad no había caído muy bajo, sino que la realidad era que nunca había estado tan alta como yo creía.

Por ello, recientemente, al cruzar desde Ucrania a Polonia, no me importó detenerme medio día en Auschwitz y Birkenau de camino hacia mi pueblo Hospitalet de Llobregat.
La entrada era gratuita. Me dieron folletos en español con explicaciones sobre las instalaciones.
La frase de ARBEIT MACHT FREI que observé a la entrada al campo me recordó a la de SLAVA TRUDU (Gloria al Trabajo), en las ciudades de la desaparecida URSS.

Medio día fue un tiempo suficiente para visitar ambos lugares. Entre Auschwitz y Birkenau caminé los 3 kilómetros de distancia. No me dejé nada por ver, ni siquiera los barracones de los gitanos, a pesar de que varias veces estuve a punto de llorar.
A media tarde proseguí el viaje hacia mi pueblo en España.

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290 - MEDINA DE MARRAKECH  
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La primera vez que visité Marrakech fue en 1984, en autostop. La razón fue una vieja canción llamada Marrakech Express, de Graham Nass. El nombre de esa ciudad africana evocaba en mí imágenes de intriga y aventura, al igual que Timbuktú, o Zanzíbar, y deseé viajar a ella.

No tenía dinero, y dormía sobre un cartón en el suelo, en la Plaza de Djemaa el Fna, hasta que al amanecer, cuando el muecín anunciaba desde su minarete la primera oración, abrían la mezquita de esa plaza y entraba a dormir un poco más, caliente, sobre las alfombras y luego me lavaba.
En ese primer viaje Marrakech no era aún Patrimonio Mundial (lo sería el 1985).

Regresé a Marrakech en otras condiciones tres décadas más tarde, de manera más consciente, y hasta pude alojarme en un riad de medio pelo (iba acompañado) y comer tres veces al día en restaurantes donde, tras la cena, varias mozas de proporciones físicas que te quitaban el hipo interpretaban la Danza del Vientre. Entonces sí que visité todos los lugares que UNESCO contempla como maravillosos, como las mezquitas de Kutubiya y otras principales, palacios y madrasas. Y un día, para que no se me escapara nada importante, me apunté a un tour en un autobús turístico que me llevó a todos sitios.

Pero mi mejor recuerdo de Marrakech siempre fue y será la plaza de Djemaa el Fna con sus encantadores de serpientes y sus puestos nocturnos de comida callejera y zumos de naranja natural.

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291 – IGLESIAS TALLADAS EN ROCA DE LALIBELA  
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Visité Etiopía el año 1992. A Lalibela llegué tras cuatro largos días en camiones, desde el Lago Tana, donde visité los lugares donde había estado nuestro Pedro Páez (un viajero jesuita español completamente desconocido en esos tiempos en España, que había descubierto las fuentes del Nilo Azul a inicios del siglo XVII), localizando los restos de su palacio e iglesia en Gorgora.
Aunque el precio para visitar las once iglesias de Etiopia no era caro, a mí ya casi no me quedaba dinero de un largo viaje por 26 países de toda África, y aún debía regresar a España por tierra, vía Sudán, Chad, Níger, Burkina Faso, etc., hasta que en Mauritania me ayudarían los pescadores españoles a alcanzar en sus barcos las Islas Canarias. Por ello me tuve que “colar” burlando los controles y haciendo amistades con los monjes declarándome un peregrino (ver la foto donde aparezco con un monje que no me cobró).

Esas iglesias subterráneas están excavadas en roca, algo que impresiona. En el interior de esas iglesias monolíticas hay columnas acabadas de manera perfecta, patios interiores, arcos, pasadizos, los dormitorios de los anacoretas, los refectorios, los campanarios…

Sólo pude visitar siete de las once iglesias, seis que se hallaban juntas más otra al otro lado del río Jordán. Los guardianes de las otras cuatro restantes no me dejaron entrar ni a tiros si no compraba el billete, y no valió el declararme peregrino.
Mi preferida de todas ellas era la iglesia de San Jorge, mi patrón. La técnica de su construcción se ha perdido, pero una leyenda afirma que Dios envió a uno de sus ángeles para ayudar a los arquitectos.

Esas iglesias recuerdan otras maravillas similares construidas sobre roca, como Petra en Jordania, o algunas cuevas en India, Sri Lanka y China.
Tras Lalibela aún viajé cuatro días más, en camiones, hasta que alcancé Axum, donde intenté visitar furtivamente el Arca de la Alianza.
(Tiempo después regresé media docena de veces a Etiopía, con algo más dinero, y esas seis veces sí que visitaría las once iglesias de Lalibela como Dios manda).

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292 - SAN CRISTÓBAL DE LA LAGUNA 
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Visité durante un largo día San Cristóbal de la Laguna, una ciudad construida en el siglo XV. Se hallaba cerca de Santa Cruz de Tenerife, donde me encontraba alojado en un hotel.
Según unos folletos turísticos que me regalaron en la Oficina de Turismo, el lugar donde hoy se encuentra San Cristóbal de La Laguna era un asentamiento guanche y sitio sagrado para ellos.
Me encantó su arquitectura; me hizo recordar a las bellísimas ciudades coloniales de Hispanoamérica, como Cartagena de Indias, o La Habana, o San Juan de Puerto Rico, o Lima.

San Cristóbal de La Laguna no estaba amurallada; era una ciudad pequeña, de unos 150.000 habitantes, así que la llegué a conocer moderadamente bien, pues salvo un par de pausas que efectué para comer algo y beber cervezas, no paré de recorrerla.
Entré en palacios, en conventos, en patios interiores, admiré sus balcones, visité la catedral, la Casa Salazar, la Plaza del Adelantado, el mercado.

Una iglesia que me atrajo fue la Parroquia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción. Entré en ella seducido por su torre renacentista, comparable a la de la catedral de Turín, en Italia.

Ese día era domingo y me pareció que todos los 150.000 habitantes de la ciudad estaban al mismo tiempo tomando tapas en el casco antiguo. Tuve que abrirme paso dando codazos para poder asir en el mostrador de un bar un par de tapas de gambas más una jarra de cerveza y comérmelo todo de pie en la terraza. La atmósfera festiva era otro atractivo de esta encantadora ciudad.
Hacia las 6 de la tarde regrese en una “guagua” a Santa Cruz de Tenerife, regocijado hasta el máximo de los extremos por el día tan grato que acaba de pasar.

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293 - SANTUARIO SINTOÍSTA DE ITSUKUSHIMA 
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En Hiroshima tomé un simpático tranvía al puerto de Miyajimaguchi, donde abordé un ferry que cruzó el mar interior de Seto hasta la isla de Itsukushima.
La vista del gran Torii, erigido sobre el agua, me emocionó durante la travesía. Era majestuoso, de belleza serena; al contemplarlo uno sentía estar frente a una obra de arte del hombre, un lugar sagrado y especial del planeta.

Al desembarcar me paseé por el pueblo y advertí una placa de piedra con el logo del cuadrado dentro de un círculo, más el símbolo de un templo con el acrónimo de UNESCO, recordando a los visitantes que Itsukushima era un Patrimonio Mundial.

Observé que pululaba una gran cantidad de inofensivos ciervos que descansaban tumbados sobre los jardines. Ascendí a la pagoda de los cinco pisos (llamada Gojunoto) para obtener una buena vista sobre el entorno, y después entré aún en otros santuarios sintoístas. Cuando me entró hambre me comí media docena de ostras junto al embarcadero.
Tras ello busqué un lugar apacible para pasar la noche enfrente del gran Torii; quería quedarme dormido con mi mirada dirigida hacia él, pues la perfección de sus graciosas formas parecía “mesmerizarme”. Al final desplegué mi saco y me instalé sobre las arenas frente a él, a unos pocos metros, intuyendo que me transmitiría lo que los sufíes conocen por “baraka”, o bendición. Al rato me quedé dormido.

Serían las 2 de la noche cuando me desperté, pues la marea había subido y el agua había penetrado en mi saco de dormir, mojándome hasta las rodillas.
Rápidamente me mudé a un banco de madera de un jardín junto a un templo sintoísta y traté de proseguir mi sueño. Pero fue en vano, pues los ciervos me lamían la cara, y aunque los echaba, ellos regresaban y se quedaban frente a mí, mirándome. Ya no dormiría. El resto de la noche lo pasé ensimismado con la mirada proyectada hacia el gran Torii, hasta que amaneció, cuando desayuné seis ostras (ya que había hecho amistad con el cocinero la noche anterior), retorné en ferry a Miyajimaguchi y continué mi viaje, completamente exaltado.

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294 - VILLA PROTECTORA DE SAN MIGUEL EL GRANDE Y SANTUARIO DE JESÚS NAZARENO DE ATOTONILCO     
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Venía de Aguascalientes y paré por sólo unas 4 horas en San Miguel de Allende, cosa que hoy lamento, pero debía realizar en 20 días el Camino Real de Tierra Adentro, lo que en condiciones normales te lleva 60 días, y por ello hubo veces en las que me salté algún pueblo o bien pasaba sólo unas pocas horas en él.

En San Miguel de Allende “sacrifiqué” la visita al Santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco para concentrarme en la ciudad en sí, que hallé muy atractiva.
Era el día decimonoveno y estaba impaciente por llegar al umbral de mi meta, a Querétaro, para el día siguiente presentarme en México D. F. y dar por finalizado el Camino Real de Tierra Adentro, tras tres semanas de dedicación a él.

En la Oficina de Turismo me regalaron varios folletos para ir descubriendo los atractivos turísticos de la ciudad. Al inquirir sobre el Camino Real de Tierra Adentro me sugirieron dirigirme al Barrio de San Juan de Dios, a apenas 200 metros de la Plaza Mayor, donde, me aseguraron, encontraría la placa que buscaba, como así sería.
Resultó que San Miguel de Allende era un Patrimonio de la Humanidad por partida doble.
Primero visité la catedral y compré un cirio. Una vez que localicé la placa donde se indicaba que el Camino Real de Tierra Adentro cruzaba esa villa, fundada por el fraile español Juan de San Miguel en el siglo XVI, me hice una foto junto a ella y me sentí satisfecho, pues mi objetivo principal era precisamente ese camino, más que visitar la ciudad en sí.

Recuerdo que comí en un centro artesanal junto a la Plaza de Armas, e hice amistad con los jóvenes que vendían tapetes y muñecas de trapo. Tras ello caminé hasta la estación de autobuses y me marché a Querétaro.

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295 - CENTRO HISTÓRICO DE OPORTO 
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Hace unos años emprendí a pie el peregrinaje del Camino de Santiago Portugués desde la bella población de Oporto.
Iba junto a unos amigos españoles. Volamos por un pequeño puñado de euros desde Barcelona a Oporto, de allí abordamos un tren al centro y encontramos alojamiento cerca de la Torre de los Clérigos, precisamente en la zona que UNESCO considera Patrimonio Mundial.
La credencial del peregrino nos fue sellada en la oficina de Turismo en la explanada de la catedral, que a continuación visitamos, al igual que hicimos con otras iglesias notables junto al Barrio de la Ribera, zona que nos agradó sobremanera por sus intrincados callejones estrechos.

Como yo ya conocía Oporto de un viaje anterior, fui el cicerone de mis compañeros peregrinos. Les conduje a visitar la Bolsa, cuyos interiores recuerdan la Alhambra de Granada, a ver la extraordinaria Iglesia de San Francisco con su interior donde se utilizaron 300 kilos de oro. Luego paseamos por las orillas del Río Duero, que los portugueses conocen como Douro. Cruzamos por el puente de Dom Luis I al otro lado de la villa, a Gaia, y allí entramos en una bodega que nos sirvió delicioso vino de Oporto.

Les había contado a mis amigos que a los habitantes de Oporto se les conoce por Tripeiros, debido a una expedición a la conquista de Ceuta a los moros que zarpó de esa ciudad a inicios del siglo XV, y fue capitaneada por Enrique el Navegante, quien se llevó en sus barcos toda la carne de la ciudad, con lo que sólo quedaron las tripas. Los ingeniosos nativos aprendieron a cocinar de manera muy sabrosa las tripas restantes, o callos como se conocen en España, por ello nuestro almuerzo consistió en ese plato, acompañado por una botella de vino verde bien fresca. Tras ello les llevé a tomar un café de postre a una cafetería de la Belle Époque, como es Café Majestic, no muy lejos del Bairro da Ribeira.

Por la noche disfrutamos de un espectáculo de fado junto al Duero, en un edificio histórico y entrañable que había sido en el pasado un Consulado ingles.
Había sido un día perfecto. Y por la mañana emprendimos nuestro peregrinaje a pie hacia Santiago siguiendo las flechas amarillas. Ese día llegaríamos hasta São Pedro de Rates.

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296 - CONJUNTO DEL MONASTERIO DE FERAPONTOV   
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Fue fácil acceder en autobús desde la ciudad de Vologda. Una vez allí compré el billete de entrada y admiré durante tres horas todo el complejo. Tenía derecho a entrar en el complejo del monasterio (maravilloso), más la sala de artesanía (curiosa, pero poca cosa más), y otra sala conteniendo pintura contemporánea (nada interesante en absoluto y salí tan pronto observé cuadros con sólo rayas).

Todos los visitantes eran rusos, sin excepción. Por lo que me contaron, pocos extranjeros van a visitar ese monasterio; incluso es bastante desconocido para los propios rusos. Debido a ello el precio era el mismo para todo el mundo.
Lo mejor de mi visita fueron los frescos de Dionisio el Sabio, un monje moscovita que pintaba iconos con un estilo propio que llegó a ser conocido como “Arte Manierista Moscovita”.
Aparte del monasterio, donde no me dejaron hacer fotos a los frescos (salvo la que aquí muestro, al no saber que estaba prohibido, pero de inmediato un monje me recriminó y guardé la cámara), visité también la pequeña capilla, las celdas del archimandrita más la de los monjes.

A la salida del monasterio me informaron que ya no había autobuses de regreso a Vologda hasta el día siguiente, por lo que inicié el autostop, aún cuando no es muy conocido en Rusia. No obstante mediante dos coches alcancé la población de Kirillov y me sentí salvado, pues desde ese pueblo sí que existía servicio de furgonetas (marshrutka) hasta la noche.

Pero antes de regresar a Vologda aproveché para conocer otro monasterio notable en esa localidad que, a pesar de no estar en la lista de UNESCO, era superlativo. Se llamaba Kirillo-Belozersky y está construido a orillas de un lago llamado Siverkoye a la manera de fortaleza, con varias torres de vigilancia. Por lo que aprendí sobre este segundo monasterio del día, gracias a un letrero a la entrada, supe que fue erigido en el siglo XIV y durante muchos años constituyó el monasterio más grande de Rusia. Junto al monasterio se erguía una catedral llamada Virgen de Kazán, que también visité.
Cuando llegó la hora de salida de mi marshrutka, regresé a Vologda. Había sido un día muy provechoso.

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297 - BARRIO HISTÓRICO DE LA CIUDAD DE COLONIA DEL SACRAMENTO   
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Desde Buenos Aires abordé un barco hasta Uruguay.

El puerto de Colonia se halla a apenas cien metros del barrio histórico de la ciudad Colonia del Sacramento.

Comencé mi recorrido a pie por la famosa e histórica Calle de los Suspiros, que no encontré nada especial. Después continué hasta un faro de color blanco al que se subían los turistas para disfrutar de una buena vista panorámica.

Por el camino vi ruinas de fortalezas y de conventos y casas viejas. La mayoría de las calles estaban empedradas. Se percibía la influencia de los portugueses, pues fueron los que invadieron ese territorio y levantaron la ciudad de Colonia en 1680. Tras su expulsión, los españoles fundaron nuevas construcciones. Esa mezcla de estilos hace hoy de Colonia una ciudad muy seductora.

La parte histórica era muy festiva ese día de mi visita; había muchos restaurantes y cafeterías con terrazas llenas de turistas bebiendo cervezas y comiéndose un típico plato llamado chivito.

Junto a la plaza de Armas entré en la basílica Santísimo Sacramento, que se considera la iglesia más antigua de Uruguay. Exteriormente no era nada atractiva; su arquitectura mostraba formas cuadradas simples y sus muros estaban encalados. En su interior me fijé en dos tallas de madera; una representaba a san Pedro de Alcántara y la otra, a san Francisco Javier.

A continuación entré en el Museo del Período Histórico Español, en la calle España. Allí aprendí que las primeras causas de la creación de Uruguay como futuro país independiente provienen de las dos invasiones por Portugal de ese territorio, en el siglo XVII y en el XIX.

A media tarde abordé un autobús con destino a Fray Bentos para visitar otro Patrimonio Mundial.

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298 -

Mis amigos chilenos me habían recomendado visitar en la avenida de la Alameda de Santiago esta iglesia, la primera en Chile, que también fue un antiguo convento. Fue fácil hallarla, pues al lado se localizaba un moai de piedra de la Isla de Pascua y poseía una torre campanario con un reloj que se veía de lejos.

Fui a ella una mañana, las 8, y asistí a la misa, tras ello comulgué y compré un cirio.
Todo el interior producía una atmósfera de quietud, de recogimiento. Incluso el techo artesonado era de una belleza sin par.

Al salir de la misa observé que en un anexo de la iglesia había un Museo Colonial, en el interior del viejo convento. Escudriñé por entre unas rejas y me pareció magnífico; por su patio se paseaban pavos reales desplegando sus preciosas plumas para atraer y seducir a las pavas, que al principio se hacían las indiferentes.
El precio de entrada era de risa, no llegaba ni a los 10 céntimos de euro. Y, además, me regalaron un folleto en colores.
Una placa de mármol recordaba que el conquistador extremeño Pedro de Valdivia había fundado esa iglesia, y frases de alabanza hacia ella del Premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral.

Pasé más tiempo en ese magnífico museo que en la misa. En las salas había tallas de madera representando santos, muy bien labradas. El santo principal era San Pedro de Alcántara, que se veía por doquier, en los murales también. También entré en una sala donde 54 pinturas detallaban la vida de San Francisco de Asís.
Esa visita, he de confesar, fue la que me causó más satisfacción de mi estancia de una semana en Santiago de Chile.

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299 -

Estaba alojado en una casa particular en Mostar, cuando su dueña me aconsejó visitar un monasterio derviche en la pequeña población de Blagaj, a unos 15 kilómetros de distancia.
Y le hice caso.
A la mañana siguiente abordé un autobús hasta esa población y caminé por un rato hasta descender al río Buna, donde advertí en una orilla un restaurante para turistas, y en la otra orilla seguí una senda que me condujo a un complejo llamado Tekke Blagaj.

Cuando penetré en el territorio del tekké derviche, que era al mismo tiempo madrasa musulmana, mausoleo de santos sufíes y mezquita, me quedé estupefacto, aquello era de una rara belleza, casi de cuento. El río Buna nacía por una cueva bajo un dramático acantilado. Arriba había más cuevas, y en los árboles colgantes se cobijaban diversas aves.

El tekké disponía de un patio y servían café. Pedí uno y me lo trajeron acompañado de un dulce que en Turquía se llama lokum.
Pronto hice amistad con un derviche muy joven que se estaba preparando practicando su ney, o flauta, para una ceremonia que tendría lugar esa noche. Le rogué ser aceptado y él, tras hacerme prometer que participaría en los rezos musulmanes, permitió que asistiera esa y la siguiente noche al sema, o danza de los derviches mevlevi, o giratorios.
Acabé comprándole un CD que aún conservo y cuyos temas musicales a veces escucho.

Cuando acabó la ceremonia, sobre las 10 de la noche, dos de los participantes me condujeron en su coche a Mostar.
Al día siguiente acudí de nuevo, y de nuevo ejecutaron el sema acompañado por la interpretación del ney de mi joven amigo derviche.
Esa doble visita a Blagaj con las ceremonias derviches me satisfizo más que la visión del famoso puente de Mostar.

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300 – FLAMENCO
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Me alegré mucho cuando en el año 2010 UNESCO incluyó el Flamenco en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, pues de entre las danzas que he tenido oportunidad de presenciar durante mis viajes, tanto dentro como fuera de España, el flamenco es la que más me ha emocionado.

He visto espectáculos de flamenco en diferentes tablaos de Andalucía (dos en Sevilla, uno en Málaga, y tres o cuatro en las cuevas de Albaicín de Granada), cuatro tablaos en Barcelona (El Cordobés – que es el mejor de la Ciudad Condal -, el Patio Andaluz, el de la Plaza Real, y el de dentro del Pueblo Español), y seis o siete en Madrid (siendo los mejores El Corral de la Morería – ¡excelente! – y el Café de Chinitas).
No cuento los “tablaos” de la Costa Brava u otros para los turistas, donde les cuelan gato por liebre.

Tanto el sonido de las cuerdas de la guitarra española interpretada por un virtuoso, como el sentimiento del cantaor, el bello espectáculo visual de las danzas y las coloridas vestimentas de las bailaoras junto a la gracia salerosa de sus movimientos, me subyugan, me embelesan, me encandilan…
Cataluña, donde he nacido y vivo cuando no viajo, es la segunda región española donde más se ama el flamenco (tras Andalucía), pues cada año, durante diez días, en la explanada del Fórum de Barcelona, se celebra la Feria de Abril, donde participan unos 3 millones de catalanes, o casi el cincuenta por ciento de la población en esa región.

Somos afortunados los que vivimos en España de tener a un tiro de piedra en cualquier ciudad de Andalucía, Extremadura, Murcia, en Madrid o en Barcelona (principalmente), este maravilloso espectáculo sin par que todos los españoles amamos y del que nos sentimos muy orgullosos.

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