MI UNIVERSO VIAJERO
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En este apartado deseo detallar sucintamente a las cuarenta personas principales de mis siete primeros viajes (en los que invertí veinticinco años de mi vida, desde 1972 a 1997) que me ayudaron a evolucionar como persona y a comprender un poco mejor la naturaleza humana y el sentido de nuestra existencia. Entre ellos hay sabios, patanes, guerrilleros, mercenarios, truhanes, reos, reyes, jefes de estado, ministros, anacoretas, pedigüeños, hetairas, bufones, viajeros… todos ellos me enseñaron a luchar contra dragones interiores para vencer el mal y rescatar princesas, a socorrer a damas de gentil donaire mediante lances caballerescos, a buscar tesoros dentro de uno mismo, a arriesgar para acceder a lugares impenetrables donde adquirir conocimientos de orden psicológico; en suma, a desarrollar el alma. La vida no es muy larga ¿cuánto viviré? me preguntaba: ¿70 años? ¿tal vez 80? Resolví que no había que perder el tiempo en futilidades o moriría como un perro, como un bípedo implume, y desperdiciaría la posibilidad de “completarme” y justificar mi existencia; tenía que luchar contra el tiempo y contra los obstáculos que te impiden aprender qué haces en este mundo. Comprendía que la vida tiene un propósito y sentía como un deber encontrarlo. Lo primero que tuve que hacer fue desintoxicarme de todo el adoctrinamiento infame de escuelas y propaganda de políticos a través de los medios de comunicación que controlan, para llegar al punto cero y de allí empezar a crecer. Me negaba a entregarme a la mediocridad. El viaje me ayudó, pues al viajar se respira pureza. En mis viajes iba desenmascarado, sin pretensiones, con maneras simples, mostrándome tal cual era, y confiaba solamente en las gentes que mi intuición me aconsejaba. A veces me equivoqué, pero también de mis yerros aprendí. A todos estos cuarenta personajes les agradezco lo que me aportaron. A lo largo de esos siete viajes en busca de conocimiento aprendí a mantener mi serenidad interior en medio de la algarabía, a ser un monje de ciudad.

Sí, gracias a mis viajes hoy estoy considerado el segundo mejor viajero de mi pueblo Hospitalet de Llobregat (provincia de Barcelona), sólo por detrás de mi vecino Toni Rubio, que lleva toda una vida viajando sin parar. Teniendo en cuenta que Hospitalet la pueblan unas 250.000 personas, siendo la duodécima población de España por habitantes, ostentar la segunda posición en ella tiene mucho mérito.

El tesoro es la búsqueda; el Camino es el tesoro, y lo más valioso que aprendí en esos siete viajes fue a amar todo cuanto respira.

En un principio éstas son las cuarenta personas:

PRIMER VIAJE: EUROPA, 1972 – 73 – 74
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- Roberto Monzoncillo, el ex legionario madrileño: Una mañana de un frío invierno en el laboratorio parisino donde trabajaba de mecánico dentista, Roberto me pidió prestados 1500 francos franceses,  el sueldo de todo un mes en aquellos tiempos. Se los entregué y esa misma noche se fugó con ellos para no volverlo a ver más. Pero aprendí la lección acerca de la amistad: seguiría ayudando a otras personas, prestándoles dinero si lo precisaban, solo que sería más cauto en el futuro. Años más tarde, al acabar mi viaje por Europa, traté de localizarle en Madrid, no para recriminarle nada ni reclamarle el dinero, pues a cambio de esos 1500 francos Roberto me enseñó París, sobre todo su vida nocturna, y un fin de semana me llevó en su coche, junto a su novia francesa, a visitar la catedral de Chartres y a las costas de la Bretaña (aunque me hizo compartir los gastos de la gasolina). Solo le quería saludar y comunicarle que había aprendido francés. Di con su teléfono y un familiar me dijo que había abierto una clínica dental en Estocolmo, donde residía. Nunca volví a saber nada más acerca de él.

Lo que más amé de la catedral de Chartes fueron sus vidrieras

 

- Ian el hippy: Nos conocimos en la Isla de Wight, trabajando como pasteleros en el mismo hotel. Había asistido a todos los festivales de música de esa isla, de la que estaba enamorado y quería vivir en ella toda su vida. Ian era muy noble y me enseñó el valor de ser siempre sincero con uno mismo.

Festival hippie en la Isla de Wight.

- Pancho, el músico vallisoletano: Nos conocimos en el sur de Inglaterra y meses más tarde nos encontramos en Liverpool. Junto a su compañero Antonio, también músico, hicimos autostop hasta Francia. Con ellos conocí la verdadera amistad. En una ocasión nos enviamos paquetes con regalos (él a mí un casete de música más el libro Hojas de Hierba, de Walt Whitman, traducido por Jorge Luis Borges, y yo a él libros de ajedrez). Poco después dejamos de escribirnos.

Como buenos músicos, Pancho y Antonio fueron a Liverpool para seguir las huellas del mítico grupo musical The Beatles.

- Igor, el judío de Christianía: viajamos en autostop entre Holanda y Alemania. Vivía en París y hablaba cinco idiomas. Era de origen judío-ruso. Me animó a que aprendiera los más hablados de la Humanidad, como son el Árabe, Chino, Español, Francés, Inglés y Ruso. Y le haría caso. Viajando juntos nuestro destino era Christianía, en Copenhagen, un supuesto paraíso para los jóvenes donde no existía el dinero, sino la libertad infinita y el amor… pero sí que existía el consumo impune de estupefacientes, y la suciedad por doquier… Fuimos robados en el Vondelpark de Ámsterdam por dos franceses, por ello, al alcanzar Hamburgo, en autostop, Igor se quedó a trabajar en una cantina del puerto para conseguir algo de dinero, mientras que yo preferí marcharme a trabajar a Suiza. Igor viajaría más adelante a Christianía, pero yo no durante ese viaje. Años más tarde, cuando mi ser ya estaba formado, visité Christianía y me alegré de no haber ido en mis años de aprendizaje de la vida, para no estropearme.

Christianía, adonde por suerte no fui a los 18 años.

SEGUNDO VIAJE: VUELTA AL MUNDO, 1982 – 83 – 84

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- Carlos Bosch, el cineasta barcelonés: viajamos juntos a Siberia, donde le ayudaba como traductor para entrevistar a los nativos de los alrededores del Lago Baikal. Entonces él era periodista. En el Tren Transiberiano me explicaba que no se sentía bien trabajando como periodista porque no escribía sobre los temas que él quería, sino sobre los que le ordenaban sus jefes. Para mí esto era un nuevo concepto que me hizo reflexionar; hasta entonces yo había trabajado porque era necesario para ganar dinero, pero los trabajos eran solo un medio y no me importaba que fueran ingratos, tales como fregar platos en un restaurante o recoger basuras en un hotel; pero sabía que gracias a ellos podría viajar. Años más tarde, siendo ya un reconocido cineasta (director de “Balseros”), me volví a encontrar con Carlos en Barcelona.

En el trayecto Moscú – Novosibirsk Carlos y yo conocimos a Tania y una amiga, que eran las provodnitsas, o cuidadoras de un vagón del tren. Llegados a Novosibirsk abandoné el hotel y me trasladé por unos días a casa de Tania. Fue cuando me contó que estaba divorciada. Años más tarde volví a verla. El encuentro fue cordial y se había reconciliado con su ex marido, a quien me presentó y no me guardó rencor. Al contrario, era del Cáucaso y me pidió dólares a precio de mercado negro. Cosa que acepté.

Carlos Bosch con su amiga rusa. Yo abrazo a Tania, la provodnitsa del Transiberiano.

- Bunsan, el monje Budista: Viví durante un tiempo en el templo de Bunsan, al norte de Kyoto, preparándome para ser digno de ser aceptado en el Monasterio de Bukkokuji. Él me enseñó la importancia de vivir y de apreciar las cosas pequeñas. Una vez que volqué en un saco de basura unos granos de arroz, me regañó. Al contestarle que quedaba muy poco arroz, él me respondió: “Poco también importante”. Gracias a Bunsan aprendí que en el camino del aprendizaje a vivir correctamente no debía dar nada por sentado; no debía creer en nadie ni en nada, solo debía creer en los conocimientos que adquiriera con mi propio esfuerzo, y entonces debía incorporarlos a mi ser y actuar en consecuencia. Bunsan fue la primera persona que provocó que iniciara mi evolución desde bípedo implume a hombre.

Entrada al Monasterio de Bukkokuji, donde me introdujo Bunsan

- Roshi Sama, el Gran Maestro Zen: Con Roshi Sama, el Gran Maestro del Monasterio Budista Zen de Bukkokuji, aprendí mis dos primeras palabras en japonés: ima kokó (ahora y aquí). Él también me enseñó sobre el drama que vive el Universo y el puesto del hombre en él.Yo no pretendía ser un santón, tampoco levitar ni alcanzar el nirvana. Tan solo aspiraba a comprender un poco mejor el sentido de nuestra existencia consultando a gente sabia. Y Roshi Sama era un sabio.

Por unos amigos polacos que viajan cada año a Bukkokiji, sé que Roshi Sama ya se encuentra en un estado de nirvana perpetuo.

Roshi Sama en su monasterio Bukkokuji.

- Hiromi, la vendedora de perlas: nos conocimos en Tokyo y viajamos juntos por un mes por las islas del Sur de Filipinas. Gracias a su gran sensibilidad y feminidad conocí la ternura y la importancia de la complicidad entre el hombre y la mujer … Tras un viaje que realicé a Corea del Sur junto a un grupo de contrabandistas de ginseng para ganar algo de dinero para mis futuros viajes, volví a encontrarme con ella en Tokyo. Años más tarde nos vimos de nuevo. Se había casado con un japonés y tenía un hijo…

Hiromi, con su kimono, en el puente sagrado Shinkyo, Nikko, Japón.

- Katherine, la escritora londinense: Viajamos juntos durante unos meses por Sinkiang, y nos separamos en Urumchi, ya que a ella, al ser rubia y con ojos azules, le habrían descubierto al intentar burlar los controles para acceder a la mítica Kashgar, adonde penetré en solitario sin ser descubierto, disfrazado de uigur. Nos escribimos por un tiempo. Tras China viajó a Cayenne, en la Guayana Francesa, para reunirse con un novio francés, y nunca más supe de ella. Ella me enseñó que, debido a mis viajes, que son mi primer amor, debía amar al género femenino en general.

Con Katherine, a mi izquierda, comiendo en un cafetín Uigur in Urumchi, China.

- Pulán, la gentil doncella que me enseñó chino mandarín: Conocí a Pulán en Taipei y nos relacionamos durante unos meses, tras lo cual proseguí mi viaje por Extremo Oriente. En mis viajes buscaba el amor, la belleza y la sabiduría, pero el viaje era lo primero. Durante años nos escribimos regularmente. Ella se acabó casando con un suizo. Cuando viajó a España me telefoneó, pero yo no estaba en casa, sino viajando. Posteriormente la visité en Zúrich cuando me enteré de que estaba divorciada de su marido, viviendo con dos niños pequeños, y se hallaba embarazada de un tercero. Sus hijos la adoraban, les enseñaba a cocinar comida taiwanesa y hablaba con ellos en chino mandarín.

Un año más tarde Pulán me llamó desde el hospital antes de morirse, tenía cáncer y se quería despedir de mí. Como de costumbre, yo no estaba en casa.Esos días me hallaba en la provincia de Málaga, en Marbella, trabajando, cuando uno de sus hijos me escribió un imeil informándome que acaba de expirar. Me sentí muy culpable por no haberme enterado antes y poder así haber viajado a Suiza a pasar con ella los últimos momentos de su existencia. Entonces, tras leer ese mensaje, hacia la medianoche, cené en un restaurante chino la comida favorita de Pulán y de inmediato me marché a pie a Benalmádena, a la estupa más grande de Europa, fundada en el año 2003 por Lopon Tsechu Rinpoche, de la orden Kagyupa, y recé toda la noche por el alma de Pulán al estilo budista, tal como ella me había enseñado.

Con Pulán en Kaohsiung, sur de Taiwan.

- Leah, la tierna damisela filipina: Leah fue por un tiempo mi tierna enamorada filipina y me enseñó mucho sobre la delicada naturaleza femenina. Viajamos juntos por un mes por el norte de la Isla de Luzón. Nos dábamos de comer el uno al otro en los restaurantes y siempre jugábamos como niños por el Parque La Luneta. Me escribió por última vez desde Manila contándome que se iba a Estados Unidos invitada por un hombre de negocios norteamericano, pero por una foto que me mandó donde se notaba que había perdido su fragancia, tuve la sensación de que no viajó a América y se quedó para siempre en Manila, sobreviviendo como buenamente haya podido.

Con Leah en el Parque La Luneta, Manila.

- Mari Carmen, la maga de Sydney: Era una mujer encantadora, castellana, de unos 60 años de edad, unida sentimentalmente a un hombre asturiano que era un jugador de cartas empedernido, sin remedio, que se gastaba en pocos días el sueldo de su trabajo en su vicio en el Spanish Club de la Liverpool Street de Sydney. Me tomó mucha simpatía y me regalaba ropa. Tenía la facultad de ver el aura de las personas y “leer” su vida pasada, presente y futura.

Yo era escéptico cuando me lo dijeron, pero una tarde, cuando me invitó a tomar un café con bollos de nata en su casa, me habló con toda familiaridad, como si me conociera de toda la vida, y analizó mi relación con mi padre, del cual dijo que me echaba mucho de menos y sufría por mi presente viaje alrededor del mundo. También me detalló a todos mis amigos en Sydney, uno a uno, hasta con el color del pelo. Se me puso la piel de gallina ¡Todo era cierto! Además, me previno de las “infidelidades” de una chica francesa (de Nueva Caledonia), en cuya casa vivía, y que se demostraron ciertas. Incluso me predijo que visitaría la Isla de Pascua, pero no en ese viaje, como era mi propósito, sino en uno próximo.

Mari Carmen me abrió una ventana inesperada en mi comprensión de las facultades y la complejidad de la naturaleza del ser humano.

El Spanishs Club en Sydney, donde conocí a Mari Carmen.

- El Wizard de Christchurch: Le conocí en el año 1983 y asistí con delectación a su discurso del día frente a la iglesia anglicana de Christchurch. La gente le escuchaba con atención y apreciaba todo cuanto decía. Además de ser un erudito era un filósofo y un sabio. Pero no osé intentar hablar con él; tanto era mi respeto hacia él. Solo en el año 2012 tuve oportunidad de entablar conversación con él y quedé admirado de su bondad y su amor hacia el mundo. Tras la charla que mantuve con él sentí en mi alma que aquél había sido un gran momento en mi vida. Ha sido uno de los personajes más tiernos, afectuosos y humanos que he conocido en mi vida. De él aprendí que toda persona puede alcanzar ese estado de amor y sabiduría llevando una vida cotidiana en una ciudad, como un monje de estar por casa, estado que hasta entonces creía era solo para seres privilegiados, como los yogis del Himalaya o los monjes cartujos.

El Wizard dando su discurso diario en Christchurch

Con el Wizard, 30 años más tarde. Sentí que el Wizard era una obra de arte humana

 

- Francine, la artista del teatro de marionetas: Nos conocimos en Miami. Ella estaba viajando desde hacía casi un año por toda Norteamérica, siempre en autostop. Viajamos durante tres meses por el sur de Estados Unidos, México y Centroamérica. Nunca había viajado tanto tiempo seguido con una mujer. Nos separamos en Guatemala y nos citamos meses más tarde en Nuevo Mexico. Pero el reencuentro nunca se llevó a cabo. Yo fui a casa de su hermana en Montreal y ella encontró a un estadounidense haciendo autostop y se casó con él. Con ella aprendí mucho sobre la naturaleza de la mujer. Un día escribiré sobre la vida sentimental de los viajeros.

Con Francine en el mercado de Chichicastenango, Guatemala.

- Osnat, la regidora de kibbutz: nos conocimos en el Desierto del Néguev, al sur de Israel, y me invitó a vivir con ella por un tiempo en un kibbutz llamado  Ga’aton …  Semanas más tarde nos separamos con pena en el piso que su kibbutz poseía en Tel Aviv. Por un tiempo nos correspondimos y un año más tarde la fui a visitar a su kibbutz, pero ella estaba “ocupada” con un voluntario japonés. Fue el fin de nuestra relación para siempre jamás. Pero también aprendí de ella gracias a las intimidades que me contó. Todas las mujeres juegan a dos barajas.

Foto que le tomé a Osnat junto al Mar de Galilea, Israel.

- Juan, el capitán Badjao que me ayudó a cruzar Sulu eludiendo a los piratas: gracias a él pude convivir con una familia de Badjaos en el islote de Sitangkai, como uno más de ellos. Una noche sin luna me llevó en una patera a la isla de Borneo, ilegalmente, junto a multitud de “inmigrantes” filipinos que deseaban mejorar sus vidas en el rico estado malayo de Sabah, burlando los controles de las patrulleras malayas, indonesias y filipinas…

La isla de Sitangkai, la Venecia filipina, en el archipiélago Sulu.

TERCER VIAJE: SUDAMÉRICA, 1986
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- El Capitão Dias, el garimpeiro que me llevó desde Santa Isabel do Rio Negro a São Gabriel da Cachoeira en su balsa. A veces me dejaba tomar el timón. Era una persona entrañable que tenía varias esposas en diversos poblados de indígenas Tukanos…

Barco del Amazonas como el del Capitão Dias.

- Víctor, el guerrillero de Bucaramanga: Fue un guerrillero de las FARC que me ayudó en las fuentes del Río Magdalena y evitó que sus compañeros me secuestraran. Debido a sus actividades guerrilleras tuvo que huir de Colombia. Posteriormente lo encontré varias veces en Moscú, donde ayudaba a los turistas a cambiar dólares americanos por rublos a cambio favorable. Luego se casó con una ucraniana que tenía un hijo de un matrimonio anterior, se fueron a vivir a Kharkov y le perdí la pista.

Las amistades de Víctor; todos eran guerrilleros jóvenes de las FARC

– Don José, el buscador de oro de los Andes: me aceptó en su campamento para trabajar con su equipo como cascajero, separando las piedras de las pepitas de oro, con el barro hasta las rodillas y los mosquitos que no nos dejaban en paz, ni de día ni de noche. Me pagaron en oro…

Extraje oro del Amazonas con un grupo de garimpeiros bajo las órdenes de Don José.

- Chato, el piquete de Sión: Chato fue mi primer y mejor amigo en Sión, adonde me llevó la emoción de penetrar en un lugar sin ley. Él me protegió de los mafiosos que no veían con buenos ojos que un viajero español hubiera llegado a uno de los mayores productores de Pasta Básica de Coca del Perú, que se “exportaba” a Colombia. Chato era responsable de la seguridad de Sión, iba armado y se preocupaba por que nadie me “liquidara”.

Los militares peruanos acabaron descubriendo los campamentos de armas y Pasta Básica de Coca de Sión, en el departamento de San Martín.

- China, la hetaira del Amazonas: me ayudaba a que no me mataran los contrabandistas colombianos del poblado sin ley de Sión, en la Amazonía peruana, donde fui forzado a aceptar un trabajo de pistolero en un club de lenocinio en medio de un centro de recolección de la pasta básica de coca que se enviaba diariamente en unas avionetas especiales a Cali, en Colombia…

“Cocina” de coca en el Amazonas de Perú.

- Konstantinopoulos, el mercader griego de trebejos para garimpeiros: tras derrotarle en una emocionante partida al ajedrez en São Gabriel da Cachoeira decidió ayudarme para penetrar en Mitú por una zona de leprosos e indígenas Tukanos, alquilándome una lancha para surcar un afluente del río Orinoco…

En la lancha de Konstantinopoulos atravesamos durante varios días poblados de Tukanos que nunca antes habían visto a un europeo, y también leproserías.

CUARTO VIAJE: SUR DE ASIA, 1989 – 90
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- Yogi Shanti, el maestro de Yoga: lo conocí en el ashram de Pilot Baba y me invitó a visitarle en su ashram de Haridwar, y allí me impartió enseñanzas para abandonar el cuerpo chakra tras chakra, hasta el Sahasrara. Para él, el hombre es un diamante en bruto, pero si no se pule, es decir, si no se trabaja sobre uno mismo, se desperdicia su valor.

Tras mi última visita a su templo en las afueras de Haridwar me enteré de que unos desalmados le molieron a palos para robarle, hasta que lo mataron. Era seguidor de Sri Raghavendra, un maestro del siglo XVI que aun permanece en estado de nirvana en Mantralayam, Andhra Pradesh, y me transmitió su mantra secreto, en sánscrito, para pedir su protección en casos extremos, como peligrar mi vida (algo que hice, con éxito, meses más tarde en las mazmorras de Afganistán).

En el año 2014 viajé a Mantralayam para visitar a su maestro. Lo importante no era visitar Raghavendra Swami, sino cumplir un deseo de Yogi Shanti. Y mi alma quedó en paz.

Yogi Shanti, a la izquierda, vestido de rojo, junto a dos norteamericanos y dos indios

- Pilot Baba, el ex-piloto de las Fuerzas Armadas Indias que vivió siete años en una cueva dentro de un glaciar del Himalaya: me invitó a su ashram durante el Kumbha Mela de Allahabad. Enseñaba a desplazar el alma de chakra en chakra…

Pilot Baba en una tienda de peregrinos durante el Kumbha Mela. En la foto explica que “poco también es importante”.

- Baba Ashoka Nanda, el anacoreta del Himalaya: dejó su cueva en Pracheen Gufa, al norte de Gangotri, y se fue a Japón como instructor de yoga. Viví en su cueva durante unos días, junto a la viajera Ghislaine, para practicar los ritos hindúes y participar en las pujas que organizaba.

Ghislaine era una osada viajera bordelesa. Nos conocimos en las fuentes del Ganges y por unos días vivimos en el interior de la cueva de Baba Ashoka Nanda. Un año después, en Sitges (Barcelona, España), pasamos los carnavales juntos. Años más tarde, encontrándome en el sur de Marruecos, tuvo en Francia un accidente de coche que casi le costó la vida, fue cuando me enteré de que había adoptado un niño. Nos solemos felicitar las Navidades.

 

- Sahir, el mujahidin del frente de Jalalabad: Fui al frente de guerra de Jalalabad, a una trinchera a 100 metros de los soldados rusos y afganos, para experimentar in situ el horror de la guerra. Consideraba que sometiéndome a condiciones extremas de existencia profundizaría sobre el conocimiento de la naturaleza humana. Los mujahidines me aceptaron como observador, durante una semana, y jamás empuñé un arma.

Gracias a Sahir aprendí en el frente de guerra muchas cosas sobre el valor de la vida. Cuando caían las bombas, Sahir no parpadeaba siquiera; para él era natural respirar pólvora y sentir que su vida pendía de un hilo. Había nacido en Kabul hacía 35 años, de los cuales llevaba 11 ”ejerciendo” de mujahidin. Le gustaban los rayos luminosos que dejaban en el cielo los Stinger al disparar, y por la noche no conciliaba el sueño si no oía caer morteros, lo que para él actuaba como una nana.

Durante el día nos atacaban los helicópteros rusos Mil Mi-24, mientras que por la noche nos bombardeaban los Antonov An-12, que llegaban desde Tashkent. Pero nosotros nos refugíabamos en cuevas en el interior de las montañas.

- Jan Nessar, el reo del Valle de Swat: Sería uno de mis mejores amigos en la prisión de Pul-e-Charkhi, donde ya llevaba 9 años privado de libertad. Entró en ella a los 16, acusado de espionaje.

Se aseaba y afeitaba a diario, como si fuera a ser liberado de inmediato, dando ejemplo a todos los demás condenados, que tenían un aspecto desaliñado, y muchos estaban idos, a quienes se les tenía que dar de comer la patata diaria y llevarlos al retrete.

La siniestra prisión de Pul-e-Charkhi estaba construida en forma de rueda de carro y constaba de ocho módulos, algunos de ellos eran fosas comunes conteniendo miles de cadáveres. Yo estaba en el módulo número 3, el de los extranjeros, junto a pakistaníes, jordanos, árabes, iraníes, iraquíes, etc.

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 Shahpur Ahmedzai, hermano de Najibullah, el ministro afgano que hablaba español (aprendido en Cuba): era una persona muy jovial; me visitaba con regularidad en las siniestras mazmorras de Pul-e-Charkhi, al este de Kabul (donde me condenaron a 5 años de cautividad por cargos de “espionaje”), para ayudarme y traerme comida facilitada por la Embajada de Turquía. Fue muy cordial conmigo y lo recuerdo con agrado y gratitud. Años más tarde fue bestialmente asesinado, junto a su hermano, el Presidente Najibullah, en Kabul, por los fanáticos y criminales mujahidines.

En 1996 los talibanes asaltaron el edificio de las Naciones Unidas de Kabul y secuestraron a Najibullah (en el centro) y a su hermano Shahpur (a la derecha), ahorcándolos

- El Rey de Mustang: me expulsaron del Reino de Mustang con destino a Nepal siguiendo sus órdenes, durante mi segundo viaje a ese impenetrable lugar en los tiempos que estaba prohibido a todo intruso. Tras el francés Michel Peissel (aunque él disponía de permiso) he sido el segundo europeo en visitar ese impenetrable reino (hoy abierto a los turistas previo pago de unas elevadas cantidades de dinero) a mi regreso del Tibet.

El Rey de Mustang, con la pistola, participando en una ceremonia budista

QUINTO VIAJE: VUELTA AL MUNDO, 1990 – 91
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- Yuan, el chino de Honolulu que me ayudó a viajar a Samoa: me vendió a precio razonable un fajo de billetes de avión para volar por media Polinesia, Melanesia y Micronesia, sacrificando parte de su beneficio como agente de viajes, y todo por simpatía hacia otro ser humano con el que encuentras afinidad. Me enseñó que en este mundo existen personas que sienten la necesidad de ayudar al prójimo, como los misioneros.

Viví durante varios meses en el Institute for Human Services, gratis, sobre colchonetas, junto a numerosos vagabundos. También nos invitaban a cenar y a desayunar y a veces cantábamos el tema “Amazing Grace”. Trabajaba a diario de azulejador, y el dinero ganado me lo guardaba Yuan, hasta que reuní lo suficiente para comprar un airpass y poder volar a una docena de islas del Pacífico.

- El Cargocultista de la isla de Bougainville: En esos tiempos Bougainville era una isla que pretendía la secesión de Papúa Nueva Guinea. El jefe de los rebeldes era un cargocultista, pero no me expulsó de la isla devolviéndome a las Salomón, y me ayudó a llegar a la fabulosa mina de Panguna…

Danzas cargocultistas en la Isla de Bougainville.

-Los cinco reyes y las cuatro reinas en las pompas fúnebres de la Isla de Pohnpei por la muerte de la reina del Reino de Kiti: Encontrarme y relacionarme por toda una mañana con esos cinco reyes y cuatro reinas, más los ministros de los Estados Federados de la Micronesia fue una de las experiencias más originales de mi vida. Esos reyes y reinas me mostraron que son personas sencillas, buenas, a pesar de su posición social. Durante el ágape me ofrecieron varias tajadas de perro, pero decliné con gentileza, y a cambio pedí algo suave, como una sopita y un par de huevos fritos. Eso sí, participé muy activamente en la ceremonia del kava y me bebí varias pociones seguidas mientras los cinco reyes y las cuatro reinas me miraban asombrados.

Me bebí varias tazas de Sakau, también llamado Kava, ante el estupor de los cinco reyes y las cuatro reinas de Pohnpei.

SEXTO VIAJE: ÁFRICA, 1991 – 92
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- Sileu el animista: Sin apenas dinero, dejé en camiones Lagos, en Nigeria, y tras cruzar durante varios días y varias noches Biafra en autostop alcancé como pude Douala, en Camerún. Era oscuro y trepé a una ventana dejada abierta de una escuela para penetrar en un aula y así dormir tranquilo, sin percatarme de su portero, Sileu, quien al descubrir mi presencia intrusa, en lugar de denunciarme me ayudó a encontrar un alojamiento más ortodoxo e incluso a ganar unos pocos CFA para poder llegar a Guinea Ecuatorial.

Durante varios días Sileu me daría lecciones magistrales sobre el animismo y el significado e interrelación entre la vida de los animales y de las personas, una simbiosis entre ambas existencias.

Desde que conocí a Sileu considero a los llamados brujos, hechiceros, chamanes o marabús, así como a los derviches, maestros de los secretos de las fuerzas de la Madre Naturaleza.

Un marabú camerunés realiza una danza animista.

- Kafelo, el monje copto errante: Me ayudó en el monasterio etíope de Debre Libanos y me enseñó el valor de la vida invitándome a pasar la noche en el interior de una catacumba, y allí hacerme a la idea de que acababa de morir; tenía que despedirme de la vida, imaginar cómo era el mundo sin mí, para, unas horas más tarde, despertar de ese estado y regresar a la vida con las vivencias de la muerte, como un resucitado… sólo así se aprecia el valor de la vida y lo milagroso que es morar en un cuerpo humano.

El Monasterio de Debre Libanos, donde conocí al monje copto errante Kafelo.

- El oficial chadiano Abdullah: Acababa de visitar a los derviches de Omdurmán y me dispuse continuar atravesando África en horizontal, desde el Mar Rojo al Océano Atlántico, por medios locales, a camello y a pie, lo que me tomaría cuarenta días.

Gracias a Abdullah pude cruzar la frontera entre Sudán y Chad sin visados ni dinero. Iba con el hijo subido a su espalda. Me dio una lección sobre la felicidad. Me preguntó para qué viajaba y a continuación afirmó: “la felicidad es pasear a tu hijo a caballito”.

Los derviches de Omdurman, al Sur de Jartúm.

 

- El joven Nigeriano anónimo: Tras siete meses de viaje por África sin coger un avión, solo autobuses, trenes, jeeps, camellos, barcos y a pie, desde Melilla a Ciudad del Cabo y desde Eritrea con destino a Mauritania para proseguir a España, casi al final de mi odisea me hallaba a bordo de un camión relleno de nativos, entre Abeche y Ndjamena (Chad).

Arriba del camión, sobre fardos de diversas mercancías, íbamos apiñadas alrededor de un centenar de personas, como sardinas en lata, agarrándonos para no caernos, tragando polvo, y así durante varios días y noches.

Viajaba sin visado del Chad. Los agentes fronterizos sudaneses se apiadaron de mí y me dejaron entrar en Chad sin visado, pero en el control de Abeche los militares se portaron mal conmigo. Viajaba con una mano por delante y otra por detrás, sin apenas dinero, sin comer varios días salvo un sofrito con sabor a rayos que me sirvieron en un puesto callejero en Abeche, lo que me produjo una sensación de fuego en los intestinos. Cada dos por tres solicitaba al conductor del camión que hiciera una parada en medio de algunas matas de los oasis para aliviar por unos instantes mi vientre descompuesto. Los africanos son gente amable, humana, entrañable, y nadie se quejó por mis continuos ruegos para parar el camión.

Pero yo sufría por ellos y en cierto momento pedí que me dejaran allí en medio del desierto, y esperaría a otro transporte que tal vez pasara al día siguiente.

A mi lado viajaba un nigeriano joven con el que me pasaba los días hablando sobre su odisea. Me contó que tras dos años de intentos frustrados para penetrar ilegalmente en Arabia Saudita, o en otro país de la Península Arábiga, regresaba derrotado a Lagos, en Nigeria.

Cuando sugerí quedarme en medio del desierto, él me reprendió:

-         ¿Estás loco? No pasará otro camión en varios días. Te morirás aquí en medio de la nada ¡Eres un hombre! ¿Me oyes? ¡Eres un hombre! ¡Has de seguir!

Fue tan convincente que no volví a pedir más que pararan el camión y mi malestar fisiológico desapareció como por arte de birlibirloque.

Por el camino me esperarban nuevos contratiempos, como ser robado por los militares 4.000 CFA antes de entrar en Djamena, golpeado con un revólver en el cráneo hasta agrietármelo y dejado desnudo en medio del desierto durante varias horas. Pero por fin llegué sano y salvo a Ndjamena antes de proseguir en camello durante varios días y noches hasta Níger.

Lamento no haberle preguntado el nombre a mi amigo nigeriano. Me dio una gran lección sobre la hombría.

Éstos son los camiones que circulan por el Sahel


 

- El Padre Lopes, misionero de la isla de Mozambique, al norte de Mozambique: me alojó durante varios días en su parroquia y me dio una lección sobre la perseverancia. Seguramente allí también se alojaron mis héroes Fernão Mendes Pinto, San Francisco Javier y Luis de Camões…

Isla de Mozambique, donde dormí en la misma parroquia que el misionero navarro San Francisco Javier

SÉPTIMO VIAJE: VUELTA AL MUNDO, 1997
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- Lidia, la cirujana que truncó su vida: me ayudó en Khabarovsk a ganar algo de dinero para atravesar Siberia en trenes… En la actualidad (año 2012) se encuentra en un centro de rehabilitación para alcohólicos… triste destino de una bella e inteligente mujer que fue cirujano, directora de Aeroflot, y hablaba siete lenguas, entre ellas el chino y el japonés. Fue la mujer que más me enseñó sobre la naturaleza femenina y a diferenciar entre una mujer tipo “La Matrona de Éfeso” del Satiricón de Petronio, y las decembristas rusas. También me ayudó a comprender un poco mejor las debilidades humanas.

Con Lidia y su hija en Khabarovsk.

- Sascha, el explorador siberiano: Lo conocí en la Isla de Pascua, donde le serví de intéprete y entrevistar a Kitín Muñoz para pedirle enrolarse en su expedición (Kitín rehusó). Meses más tarde lo volí a encontrar en Magnitogorsk, Montes Urales, desde donde organizó una expedición a los milenarios vestigios arqueológicos de Arkaim, a la que le acompañé. En esa expedición aprendí un poco mejor la prehistoria de la historia.

Junto a Sascha, su hijo y su madre en Magnitogorsk, Rusia

- Kitín Muñoz, el emulador de Thor Heyerdhal en la Isla de Pascua: Nos conocimos en la Isla de Pascua. Él estaba haciendo los preparativos para dar la vuelta al mundo en una balsa de totora (la expedición Mata Rangi). Alwin quiso entrevistarle y yo le ayudé de intérprete. Nos invitó a comer atún fresco y fue muy cordial. La gente de la Isla de Pascua le amaba. Años más tarde me lo encontré junto a su hermano en la Puerta de Alcalá, en Madrid, y charlamos por un rato. Pocas semanas después lo vi en un hotel de Cabo Verde, pero no le quise ir a saludar para no molestarle y pensara que le seguía los pasos. Cuando se casó con una princesa búlgara abandonó los viajes y las aventuras para dedicarse a su familia y a su chollo con la organización UNESCO.

Kitín Muñoz en una de sus expediciones cruzando el Océano Pacífico.

– Alwin, el mercenario de Tasmania: Ha sido el personaje más extraño e impenetrable que haya conocido jamás. Me encontré con él en la Isla de Pascua y charlamos junto a Kitín Muñoz. Llevaba tatuajes en la cara de calaveras (probablemente representando a las personas que había matado durante su actividad de mercenario) y la cabeza rapada a cero, con más calaveras tatuadas sobre ella. Tenía una concepción del sentido de la vida, basada en la existencia de fuerzas, que me trastornó. Cuando nos despedimos me ayudó económicamente para proseguir mi séptima vuelta al mundo. Prometí visitarle en su mansión en una isla cercana a Tasmania, algo que quisiera hacer en el futuro…

Llevé a Alwin a ver a Kitín, junto a su balsa Mata Rangi, abajo, a la orilla de la playa.

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 Volpe Ciro, el aventurero serbio: Abandonó su belicosa Yugoslavia huyendo de la guerra con la intención de emigrar a los Estados Unidos de manera subrepticia. Para poder ingresar en Islandia había tenido que comprar en Londres un billete de avión de ida y vuelta, el cual me regaló cuando comprobó que dormía gratuitamente en el Ejército de Salvación de Reikiavik y carecía de dinero para abandonar Islandia. Él voló al día siguiente a Nueva York, y yo a Londres, a pesar de que mi ticket iba a otro nombre. Volpe me enseñó que la solidaridad humana se pone más de manifiesto en circunstancias adversas. Nunca más supe de él. Ojalá que hoy en día viva en América.

Un matrimonio compuesto por dos simpáticos valencianos, ambos Guardias Civiles, me ayudaron en su furgoneta a cruzar Islandia en autostop. En la foto yo aparezco a la izquierda, junto a la valenciana.