El Camino del Viajero

 

“Wight is Wight, Dylan is Dylan, Wight is Wight, viva Donovan. 

Es como una luz en la  oscuridad Wight is Wight, hippy hippy py Isla de la paz donde llegó la juventud para cantar al mundo entero su verdad. Con el equipaje de su amor sin más deseos que sembrarlas flores de su libertad.

  Wight is Wight, Dylan is Dylan Wight is      Wight,  viva Donovan. Es como una luz en la      oscuridad Wight is Wight, hippy hippy py Tú    que  has escogido la prisión no tienes por  que  condenar a los que quieren  escapar.Cada cual  escoge su razón la suya  es la del corazón abre  los ojos y verás.”

Esta canción de Michel Delpech fue mi himno durante los dos años que realicé autostop por una docena de países de Europa occidental durante el tiempo de los hippies, y lo que me motivó a viajar a la Isla de Wight, la Meca de los festivales de música en aquel período. Tenía 18 años, era rebelde, vegetariano, vestía pantalones tejanos, me dejaba el pelo largo y, como muchos otros jóvenes de entonces, leía a Walt Whitman, a Hermann Hesse, a Alan Watts, o a Kahlil Gibran.

Intuía que algo grande y noble se estaba desarrollando entre la juventud a mi alrededor; la camaradería entre nosotros era proverbial, entablábamos conversación sin conocernos chapurreando varios idiomas, compartíamos el yantar, discurríamos sobre el sentido de la vida, que la hallábamos bellísima, y, por las noches, antes de introducirnos en nuestros sacos de dormir y tumbarnos sobre los jardines del Hyde Park de Londres o del Vondelpark de Ámsterdam, siempre había quien interpretaba con su guitarra a Joan Baez, a The Mamas & The Papas, o el tema “Beautiful People”, de Melanie, dedicado a los hippies.

También había quienes fumaban hojas, tallos y flores de la planta del cáñamo. Pero yo, a pesar de ser invitado a participar, siempre decliné con gentileza, y hasta evité ser arrastrado por el instinto gregario provocado por políticos de diverso pelaje que con su verborrea utilizaban a los jóvenes en manifestaciones, lo cual estaba a la orden del día por las calles de París tras el Mayo del 68. Siempre mantuve mi serenidad interior y me comportaba como el somormujo, que se sumerge en el agua para pescar algún pez y remonta inmediatamente el vuelo sin mojarse las plumas. Por ello seleccionaba la compañía y siempre procuraba unirme a los adolescentes más inquietos, a los que hacían planes para viajar por tierra a la India y Nepal realizando escalas en la isla de Ibiza, Estambul y Kabul. Todos aspiraban a alcanzar los valles del Himalaya para, según la terminología de moda, “encontrarse a sí mismos”, ser “libres”, “realizarse”, u obtener la “iluminación”, como el Yogi Milarepa.

Influido por estos ideales un fausto día decidí recorrer, no sólo la India y Nepal, sino el mundo entero en siete largos viajes para aprender sobre las cuestiones que me turbaban en esos tiempos, utilizando el autostop, durmiendo en parques, bajo los puentes, o en nidos de cigüeñas, y trabajando en los países que atravesara para sufragarme los gastos más imperiosos.

Tras una vida viajera parecida a un cuento, en el año 2003 pude proclamar haber visitado con cierta profundidad la totalidad de los 192 países existentes en la Tierra. A lo largo de esos siete viajes en busca de conocimientos me vi involucrado en un sinfín de aventuras que a punto estuvieron de costarme la vida. Varias veces estuve en prisión por atravesar fronteras prohibidas en Chad, Paraguay y Georgia. He sido capturado por las guerrillas de las FARC en la cordillera de los Andes. Me han encerrado en un calabozo al ser confundido por mafioso en las Islas Bermudas. He sido punto de mira de armas de fuego en El Salvador, en Nicaragua en tiempos “sandinistas”, y en la zona tamil de Sri Lanka. Me condenaron a 5 años de cárcel por “espía” en Kabul; viajé en pateras a Borneo con los badjaos esquivando a los sanguinarios piratas joloanos del archipiélago filipino de Sulú; estuve cerca de la muerte cuando, débil y enfermo de malaria, fui atacado por millones de hormigas carnívoras “magnan” en las junglas del Parque nacional Taï de Costa de Marfil, a las que rechacé con fuego hasta que amaneció; me he visto con un revólver calibre 38 en el cinto en un centro de narcotraficantes peruanos del Amazonas donde trabajaba de “pistolero” en un club de lenocinio; sobreviví de milagro al maleficio de Nan Madol en la isla micronesia de Pohnpei; me han bombardeado cazas rusos en los valles del Hindu Kush, y aviones ingleses y estadounidenses en Bagdad en tiempos de Saddam Hussein; he sido expulsado de la belicosa isla de Bougainville por los guerrilleros; me han deportado de Somalia, Kazajstán, Sudáfrica, Colombia, Sinkiang, Afganistán, Tíbet, y del impenetrable Reino de Mustang en el Himalaya; he sido buscador de oro en las selvas entre Bolivia y Madre de Dios; me relacioné con contrabandistas de ginseng en Corea del Sur; y un largo etcétera de experiencias inusuales.

Por un lado sentía piedad hacia mis semejantes que no viajaban; incluso en mi juventud los consideraba desventurados y mi corazón se afligía cuando los veía sufrir, o cuando se gastaban el dinero en cosas estúpidas. Me preguntaba con estupor: “¿Por qué eligen la prisión? ¿Es que no se dan cuenta de que hay más cosas en esta vida, y que pronto se morirán sin conocerlas? ¿Por qué no se extasían ante la visión de un mapamundi y lo dejan todo para viajar?” Y pensaba: “Se están perdiendo el admirar nuestro apasionante planeta y el contacto con pueblos de costumbres sorprendentes, lo que les haría tener una concepción más amplia de la vida y les transformaría la mentalidad al reconocer la magnificencia del mundo, las leyes que lo rigen y su infinita pequeñez física en él, y tal vez ello les motivaría para elevar su ser inquiriéndose sobre el sentido de sus existencias”. Mas pronto comprendí que todos no podemos observar el Camino del Viajero. La Naturaleza es sabia y lo tiene todo previsto.

En la actualidad, nada más reunir el dinero necesario para un nuevo viaje, ya sea ejerciendo de guía turístico “free lance” (más “free” que “lance”) o fregando platos en los hoteles de la Costa Brava, o de la venta de mis libros, rápidamente remonto el vuelo a islas prácticamente impenetrables para seguir aprendiendo, procurando al mismo tiempo mantener una actitud correcta ante la vida, como un monje peregrinando por su templo, el planeta Tierra, tratando de observar los principios de compasión, agradecimiento y ética.

Según una conocida fábula oriental, un barquero ha de cruzar al otro lado del río una col, una cabra y un lobo, sin que el segundo se coma al primero ni el tercero al segundo, pudiendo llevar en su barca en cada viaje una sola cosa. Si el hombre, como el barquero, logra vivir armoniosamente con esos tres elementos dentro de sí evitando que se devoren mutuamente: el cuerpo, los sentimientos y la mente, la propia acción del tiempo le convierte finalmente, de manera natural, en un ser sabio, y entonces la búsqueda del “nirvana” y de Dios deja de ser importante.

Ienno Guio Dia, el amigo de los viajeros (pintura de Nikolai Roerich)

The Way of the Traveller

Wight is Wight Dylan is Dylan

Wight is Wight Viva Donovan 

C’est comme un soleil

Dans le gris du ciel

Wight is Wight

Hippie, hippie, …pie

Hippie hippie

Hippie hippie

 

Ils sont arrivés dans l’île nue

Sans un bagages et les pieds nus

Comme un cyclone inattendu

Comme une fleur avant la saison

Comme une pluie de papillons

A laquelle on a jamais cru 

Wight is Wight Dylan is Dylan

 Wight is Wight Viva Donovan 

C’est comme un soleil

Dans le gris du ciel

Wight is Wight

Hippie, hippie, …pie

Hippie hippie

Hippie hippie

 

Toi qui a voulu t’emprisonner

As tu le droit de condamner

Celui qui cherche à s’évader

Chacun mène sa vie comme il veut

Tu ne peux plus baisser les yeux

Car aussi vrai que tu es né

This song by Michel Delpech was my anthem through two years of hitching about the countries of Western Europe during the Hippy years and the thing that moved me to get to the Isle of Wight, the Mecca for the great music festivals of the period. I was 18 years old, a rebel and a vegetarian. I wore jeans and let my hair grow long and, like other young men of the time I used to read Walt Whitman, Hermann Hesse, Alan Watts, or Kahlil Gibran.

I sensed that something fine and noble was developing between the young people in my circle; the camaraderie between us was legendary. We would strike up conversations without even getting to know each other first, using smatterings of various languages. We shared our food and ruminated on the feelings inherent in the fabulous lifestyle we had found. Then before we got into our sleeping bags and stretched out in London’s Hyde Park or Amsterdam’s Vondelpark there was always somebody to give a guitar rendering of Joan Baez, The Mamas and The Papas, or the song “Beautiful People” by Melanie, devoted to the hippies.

There were also those who smoked the leaves, stems and flowers of the cannabis plant but, although I was invited to join in, I would always decline politely. I even avoided to follow the herd instinct, that was fanned up by politicians of various hue, to join in demonstrations – such as was the order of the day on the streets of Paris after May, 1968. I maintained an inner calm and behaved like a grebe, that dives into the water in pursuit of a fish and immediately resumes its flight without even getting its feathers damp. I chose my company carefully and always managed to attach myself to the most ardent, those who made plans to travel overland to India and Nepal, going in stages via Ibiza, Crete, Istanbul and Kabul. They were all determined to get to the Himalayan valleys in order, in the language of the times to ‘discover themselves,’ to be ‘free,’ to ‘realise their inner nature,’ or to ‘achieve enlightenment’ like Yogi Milarepa.

Influenced by this, one auspicious day I decided to travel, not just to India and Nepal but through the whole world in seven long trips to find answers to the questions that were plaguing me at that time, getting about by hitching and sleeping in parks, under bridges or even in the open, working in the countries I was passing to finance my most pressing outgoings.

After a travelling existence resembling a novel, by 2003 I could claim to have visited, more than casually, all 193 of the world’s countries. During these 7 voyages in search of knowledge I found myself involved in no end of adventures that came very close to costing me my life. On more than one occasion I was imprisoned for crossing prohibited frontiers in Chad, in Paraguay and in Georgia. I have been kidnapped by FARC guerrillas in the Andes. I was locked up in the Bermudas as a result of being mistaken for a Mafioso. I have been fired at in El Salvador, in Nicaragua during the Sandinista times and in the Tamil region of Sri Lanka. I was convicted to five years imprisonment for so-called spying in Kabul. I travelled in boats from Zamboanga to Borneo with the Badjaos dodging the bloodthirsty Joloanos pirates from the Philippine archipelago of Sulu. I was on the point of death, enfeebled and sick from malaria – when I was attacked in Ivory Coast by a horde of carnivorous ‘magnan’ ants which I kept at bay with fire until day broke. I found myself with a 38 calibre pistol in my belt in the centre of the drug-trafficking part of the Amazon basin in Peru, where I was employed as a gunman by a brothel. I survived by a miracle an evil spell in the Micronesian island of Pohnpei. I have been bombed by Russian fighters in the valleys of the Hindu Kush and by British and American planes in Baghdad in Saddam Hussein’s time. I have been expelled from the warlike island of Bougainville by guerrillas. I have been deported from Somalia, Kazakhstan, Colombia, Sinkiang, South Africa, Afghanistan, Tibet, and from the impenetrable Kingdom of Mustang in the Himalayas. I have searched for gold in the forests between Bolivia and Madre de Dios. I have been involved with those smuggling contraband ginseng in South Korea and – - – in a whole lot more remarkable experiences.

For a time I felt pity for those of my peers who were not travelling. It was inherent in my youth that I suffered deeply when I saw them unhappy or spending their money on stupid things. I would ask myself in total bewilderment, ‘Why do they choose to be confined? Don’t they give a thought to the fact that there is far more to life and that before long they will die without having seen its wonders? Why don’t they become enraptured at the sight of an atlas and give up everything to travel? They are sacrificing the opportunity to gaze upon our fantastic world and to encounter people with almost incredible customs. They would get a far broader concept of life and the laws of nature governing it – and their own infinitesimal part in it. Perhaps that would motivate them to inquire into the course of their lives.’ Later I realised that it is not given to all of us to pursue the Way of the True Traveller. Nature is wise and has seen it all.

Actually, purely to finance another trip, whether by acting as a freelance tourist guide in the Costa Brava or from the sale of my books, I soon got back to flying to practically impenetrable islands to carry on with learning, aiming at the same time to retain a correct attitude to life – like a monk wandering around his temple, the planet Earth, trying to keep to principles of compassion, gratitude and morality.

According to a well-known eastern fable, a boatman has to take across a river a cabbage, a goat and a wolf, without the goat eating the cabbage or the wolf eating the goat. He is limited to taking one of the three on each trip. If a real man, like the boatman, can manage to live with three attributes in harmony with each other – these being body, mind and feelings – without them destroying each other, then this very action will in time convert him into a wise man. Then the search for Nirvana and for God ceases to be important.