El Camino del Viajero

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Hola, me llamo Jorge Sánchez. Nací en Hospitalet (Barcelona), España, hace bastante más de medio siglo. Ya desde mi tierna infancia no permití que el colegio obligatorio interfiriera con mi amor por el aprendizaje y la educación. Me apasionaba la Geografía Universal y el Humanismo que estudiaba por mi cuenta, pero me repelían muchas asignaturas alienantes que se impartían en mis tiempos en España (y hoy hasta han empeorado ¡pobres niños!) que en nada contribuían a la comprensión que yo buscaba del mundo en el que había nacido; desde bien pequeño intuí que la verdadera inteligencia es el uso libre de la inteligencia. A los 13 años, siendo ya un mancebo brioso, no consentí que se me robara más mi valioso tiempo con nefastas enseñanzas.

Mis padres se desesperaban por mi futuro. Ante su pregunta: “¿Qué quieres ser de mayor?”, yo callaba y encogía los hombros. No me atraía ninguna profesión en particular, todas me parecían demasiado aburridas; yo sólo deseaba conocer el mundo entero y utilizaría los trabajos para conseguir el dinero necesario a ese fin, sin tomarlos en serio, e interiormente estaría muy alejado de ellos. Para mí viajar era aprender, aprender era amar, amar era vivir, y vivir era viajar. Por las noches consultaba arrobado la enciclopedia de mi padre donde en el último tomo había dibujos con las coloridas indumentarias de las etnias de todo el planeta, poblados de arquitectura original, plantas exóticas y animales fantásticos, grandes cascadas, cañones inmensos, montañas e islas inexploradas, espesas selvas tropicales y desiertos sin fin, y yo soñaba poder un día contemplar con mis propios ojos todas esas maravillas.

Por un tiempo me integré en el modo de vida de la mayoría de mis semejantes: hice la comunión, serví en la “mili”, me casé (luego me divorcié), encontré trabajo en una empresa naviera extranjera… Y hasta aquí todo más o menos normal, como todo el mundo. En mis ratos libres leía, leía sin parar libros de viajes y aventuras, de Sindbad el Marino, de Marco Polo, de Cabeza de Vaca, de Francisco de Orellana, de Benjamín de Tudela, de Ibn Batuta, de Hiuan Tsang, de Fernão Mendes Pinto, de Mulá Nasrudín… Y de esta guisa, un día entre los días, embelesado por la lectura de relatos admirables y de contemplar ensimismado durante horas seguidas ese libro mágico y peligroso que es el atlas, sentí con fuerza impetuosa que viajar permite mantener constantemente despierto el sentido de lo asombroso, saborear la quintaesencia de la vida, y mi alma deseó con ardor conocer a gentes de costumbres exóticas y admirar los prodigios de la naturaleza y las obras de arte producidas por el hombre… Nada me pareció más cautivador y romántico en este mundo que abandonarlo todo para vivir andanzas extraordinarias. Bajo ese estado arrebatado de ánimo resolví emprender el Camino del Viajero.

En la escuela

Durante dos años realicé autostop por una docena de países de Europa occidental durante el tiempo de los hippies, y viajé a la Isla de Wight, la Meca de los festivales de música en aquel período. Tenía 18 años, era rebelde, vegetariano, vestía pantalones tejanos, me dejaba el pelo largo y, como muchos otros jóvenes de entonces, leía a Walt Whitman, a Hermann Hesse, a Alan Watts, o a Kahlil Gibran.

Intuía que algo grande y noble se estaba desarrollando entre la juventud a mi alrededor; la camaradería entre nosotros era proverbial, entablábamos conversación sin conocernos chapurreando varios idiomas, compartíamos el yantar, discurríamos sobre el sentido de la vida, que la hallábamos bellísima, y, por las noches, antes de introducirnos en nuestros sacos de dormir y tumbarnos sobre los jardines del Hyde Park de Londres o del Vondelpark de Ámsterdam, siempre había quien interpretaba con su guitarra a Joe Cocker, a The Doors, The Mamas & The Papas, o el tema “Beautiful People”, de Melanie, dedicado a los hippies.

También había quienes fumaban hojas, tallos y flores de la planta del cáñamo. Pero yo, a pesar de ser invitado a participar, siempre decliné con gentileza, y hasta evité ser arrastrado por el instinto gregario provocado por políticos de diverso pelaje que con su verborrea utilizaban a los jóvenes en manifestaciones, lo cual estaba a la orden del día por las calles de París tras el Mayo del 68. Siempre mantuve mi serenidad interior y me comportaba como el somormujo, que se sumerge en el agua para pescar algún pez y remonta inmediatamente el vuelo sin mojarse las plumas. Por ello seleccionaba la compañía y siempre procuraba unirme a los adolescentes más inquietos, a los que hacían planes para viajar por tierra a la India y Nepal realizando escalas en la isla de Ibiza, Estambul y Kabul. Todos aspiraban a alcanzar los valles del Himalaya para, según la terminología de moda, “encontrarse a sí mismos”, ser “libres”, “realizarse”, u obtener la “iluminación”, como el Yogi Milarepa.

Influido por estos ideales un fausto día decidí recorrer, no sólo la India y Nepal, sino el mundo entero en siete largos viajes para aprender sobre las cuestiones que me turbaban en esos tiempos, utilizando el autostop, durmiendo en parques, bajo los puentes, o en nidos de cigüeñas, y trabajando en los países que atravesara para sufragar los gastos más imperiosos.

Tras una vida viajera parecida a un cuento, en el año 2003 pude proclamar haber visitado con cierta profundidad la totalidad de los, entonces, 192 países existentes en la Tierra. A lo largo de esos siete viajes en busca de conocimientos me vi involucrado en un sinfín de aventuras que a punto estuvieron de costarme la vida. Varias veces estuve en prisión por atravesar fronteras prohibidas en Chad, Paraguay y Georgia. He sido capturado por las guerrillas de las FARC en la cordillera de los Andes. Me han encerrado en un calabozo al ser confundido por mafioso en las Islas Bermudas. He sido punto de mira de armas de fuego en El Salvador, en Nicaragua en tiempos “sandinistas”, y en la zona tamil de Sri Lanka. Me condenaron a 5 años de cárcel por “espía” en Kabul; viajé en pateras a Borneo con los badjaos esquivando a los sanguinarios piratas joloanos del archipiélago filipino de Sulú; estuve cerca de la muerte cuando, débil y enfermo de malaria, fui atacado por millones de hormigas carnívoras “magnan” en las junglas del Parque nacional Taï de Costa de Marfil, a las que rechacé con fuego hasta que amaneció; me he visto con un revólver calibre 38 en el cinto en un poblado peruano sin ley a orillas del río Huallaga, donde trabajaba de guardián; sobreviví de milagro al maleficio de Nan Madol en la isla micronesia de Pohnpei; me han bombardeado cazas rusos en los valles del Hindu Kush, y aviones ingleses y estadounidenses en Bagdad en tiempos de Saddam Hussein; he sido expulsado de la belicosa isla de Bougainville por los guerrilleros; me han deportado de Somalia, Kazajstán, Sudáfrica, Colombia, Sinkiang, Afganistán, Tíbet, y del impenetrable Reino de Mustang en el Himalaya; he sido buscador de oro en las selvas entre Bolivia y Madre de Dios; me relacioné con contrabandistas de ginseng en Corea del Sur; y un largo etcétera de experiencias inusuales.

Por un lado sentía piedad hacia mis semejantes que no viajaban; incluso en mi juventud los consideraba desventurados y mi corazón se afligía cuando los veía sufrir, o cuando se gastaban el dinero en cosas estúpidas. Me preguntaba con estupor: “¿Por qué eligen la prisión? ¿Es que no se dan cuenta de que hay más cosas en esta vida, y que pronto se morirán sin conocerlas? ¿Por qué no se extasían ante la visión de un mapamundi y lo dejan todo para viajar?” Y pensaba: “Se están perdiendo el admirar nuestro apasionante planeta y el contacto con pueblos de costumbres sorprendentes, lo que les haría tener una concepción más amplia de la vida y les transformaría la mentalidad al reconocer la magnificencia del mundo, las leyes que lo rigen y su infinita pequeñez física en él, y tal vez ello les motivaría para elevar su ser inquiriéndose sobre el sentido de sus existencias”. Mas pronto comprendí que todos no podemos observar el Camino del Viajero. La Naturaleza es sabia y mantiene todo equilibrado.

En la actualidad ya estoy retirado de los viajes y me ocupo de mi familia, pero hasta recientemente, nada más reunir el dinero necesario para un nuevo viaje, ya fuera ejerciendo de guía turístico, o de la venta de mis libros, rápidamente remontaba el vuelo a lugares prácticamente impenetrables para seguir aprendiendo, procurando al mismo tiempo mantener una actitud correcta ante la vida, como un monje peregrinando por su templo, el planeta Tierra, tratando de observar los principios de compasión, agradecimiento y ética.

Según una conocida fábula oriental, un barquero ha de cruzar al otro lado del río una col, una cabra y un lobo, sin que el segundo se coma al primero ni el tercero al segundo, pudiendo llevar en su barca en cada viaje una sola cosa. Si el hombre, como el barquero, logra vivir armoniosamente con esos tres elementos dentro de sí evitando que se devoren mutuamente: el cuerpo, los sentimientos y la mente, la propia acción del tiempo le convierte finalmente, de manera natural, en un hombre completo, y entonces la búsqueda del “nirvana” y de Dios deja de ser importante.

Ienno Guio Dia, el amigo de los viajeros (pintura de Nikolai Roerich)

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The Way of the Traveller

 

Hi; I’m called Jorge Sánchez, born at Hospitalet [near Barcelona, Spain] over half a century ago. Even from a very tender age I would not allow my compulsory schooling to get in the way of my love for real learning. I loved world geography and humanism, which I studied out of pure interest; however, I was affronted by other repellent subjects which were taught during my years in Spain [it’s even worse now; poor kids!] which made no useful contribution to the understanding I was seeking to build of the world into which I was born.. From a very young age I perceived that true intelligence lies in the free use of one’s intellect. At the age of thirteen, already being a spirited young man, I decided that no more of my precious time should be stolen by harmful so-called teaching.

My parents were despairing about my future. Whenever they asked me, ‘What do you want to be when you grow up?’ I would hold my tongue and shrug my shoulders. I didn’t find any occupation appealing – all seemed equally boring. My only desire was to get to know the whole world so I would make use of jobs solely to earn the necessary money for achieving this end, taking none of them seriously and keeping a mental distance. For me to travel was to learn, to learn was to love, to love was to live and to live was to travel. In the evenings I would pursue avidly my father’s encyclopaedia, where the final volume held pictures of the brightly coloured clothing of all the races of the world and was full of original architecture, exotic plants, fantastic creatures, great waterfalls, immense canyons, unexplored mountains and islands, dense tropical forests and deserts stretching interminably away. I would dream of being able, one day, to look upon them all with my own eyes.

For a time I enjoyed a similar life to that of my peers; I took communion, did military service, was married [and later divorced] and found a job with a foreign shipping firm. Up to this time my life was normal, just like that of the majority of people. In my free hours I would read; I read ceaselessly books of travel and adventure; books about Sinbad the Sailor, Marco Polo, Cabeza de Vaca, Francisco de Orellana, Benjamin of Tudela, Ibn Batuta, Xuanzang, Fernão Mendes Pinto, Mula Nasrudin…Thus, one day, thrilled with reading these wondrous adventures and engrossed for hours afterwards in that magical and dangerous book that is the atlas, I was struck by the recognition that travel provided an endless way of pursuing marvels and tasting the quintessence of life; my soul was ablaze with desire to encounter races with exotic behaviour patterns and to gaze upon the wonders of nature and man-made works of art. Nothing in the whole world seemed more captivating and romantic than abandon everything in order to live through extraordinary adventures.It was in this impassioned state of mind that I resolved to pursue the Way of the True Traveller.

During 2 years I traveled, hitch hiking, around 12 countries of Western Europe during the Hippy years, reaching the Isle of Wight, the Mecca for the great music festivals of the period. I was 18 years old, a rebel and a vegetarian. I wore jeans and let my hair grow long and, like other young men of the time I used to read Walt Whitman, Hermann Hesse, Alan Watts, or Kahlil Gibran.

I sensed that something fine and noble was developing between the young people in my circle; the camaraderie between us was legendary. We would strike up conversations without even getting to know each other first, using smatterings of various languages. We shared our food and ruminated on the feelings inherent in the fabulous lifestyle we had found. Then before we got into our sleeping bags and stretched out in London’s Hyde Park or Amsterdam’s Vondelpark there was always somebody to give a guitar rendering of Joe Cocker, The Doors, The Mamas and The Papas, or the song “Beautiful People” by Melanie, devoted to the hippies.

There were also those who smoked the leaves, stems and flowers of the cannabis plant but, although I was invited to join in, I would always decline politely. I even avoided to follow the herd instinct, that was fanned up by politicians of various hue, to join in demonstrations – such as was the order of the day on the streets of Paris after May, 1968. I maintained an inner calm and behaved like a grebe, that dives into the water in pursuit of a fish and immediately resumes its flight without even getting its feathers damp. I chose my company carefully and always managed to attach myself to the most ardent, those who made plans to travel overland to India and Nepal, going in stages via Ibiza, Crete, Istanbul and Kabul. They were all determined to get to the Himalayan valleys in order, in the language of the times to ‘discover themselves,’ to be ‘free,’ to ‘realise their inner nature,’ or to ‘achieve enlightenment’ like Yogi Milarepa.

Influenced by this, one auspicious day I decided to travel, not just to India and Nepal but through the whole world in seven long trips to find answers to the questions that were plaguing me at that time, getting about by hitching and sleeping in parks, under bridges or even in the open, working in the countries I was passing to finance my most pressing outgoings.

After a travelling existence resembling a novel, by 2003 I could claim to have visited, more than casually, all 193 of the world’s countries. During these 7 voyages in search of knowledge I found myself involved in no end of adventures that came very close to costing me my life. On more than one occasion I was imprisoned for crossing prohibited frontiers in Chad, in Paraguay and in Georgia. I have been kidnapped by FARC guerrillas in the Andes. I was locked up in the Bermudas as a result of being mistaken for a Mafioso. I have been fired at in El Salvador, in Nicaragua during the Sandinista times and in the Tamil region of Sri Lanka. I was convicted to five years imprisonment for so-called spying in Kabul. I travelled in boats from Zamboanga to Borneo with the Badjaos dodging the bloodthirsty Joloanos pirates from the Philippine archipelago of Sulu. I was on the point of death, enfeebled and sick from malaria – when I was attacked in Ivory Coast by a horde of carnivorous ‘magnan’ ants which I kept at bay with fire until day broke. I found myself with a 38 calibre pistol in my belt in a part of the Amazon basin in Peru, where I was employed as a guardian. I survived by a miracle an evil spell in the Micronesian island of Pohnpei. I have been bombed by Russian fighters in the valleys of the Hindu Kush and by British and American planes in Baghdad in Saddam Hussein’s time. I have been expelled from the warlike island of Bougainville by guerrillas. I have been deported from Somalia, Kazakhstan, Colombia, Sinkiang, South Africa, Afghanistan, Tibet, and from the impenetrable Kingdom of Mustang in the Himalayas. I have searched for gold in the forests between Bolivia and Madre de Dios. I have been involved with those smuggling contraband ginseng in South Korea and – - – in a whole lot more remarkable experiences.

For a time I felt pity for those of my peers who were not travelling. It was inherent in my youth that I suffered deeply when I saw them unhappy or spending their money on stupid things. I would ask myself in total bewilderment, ‘Why do they choose to be confined? Don’t they give a thought to the fact that there is far more to life and that before long they will die without having seen its wonders? Why don’t they become enraptured at the sight of an atlas and give up everything to travel? They are sacrificing the opportunity to gaze upon our fantastic world and to encounter people with almost incredible customs. They would get a far broader concept of life and the laws of nature governing it – and their own infinitesimal part in it. Perhaps that would motivate them to inquire into the course of their lives.’ Later I realised that it is not given to all of us to pursue the Way of the True Traveller. Nature is wise and keeps all in balance.

Actually I am retired from the travels and take care of my family, but until recently, purely to finance another trip, whether by acting as a tourist guide in the Costa Brava or from the sale of my books, I soon got back to flying to practically impenetrable parts of the world to carry on with learning, aiming at the same time to retain a correct attitude to life – like a monk wandering around his temple, the planet Earth, trying to keep to principles of compassion, gratitude and morality.

According to a well-known eastern fable, a boatman has to take across a river a cabbage, a goat and a wolf, without the goat eating the cabbage or the wolf eating the goat. He is limited to taking one of the three on each trip. If a real man, like the boatman, can manage to live with three attributes in harmony with each other – these being body, mind and feelings – without them destroying each other, then this very action will in time convert him into a complete man. Then the search for Nirvana and for God ceases to be important.